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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

El príncipe azul

Posted by Pocho On marzo - 21 - 2012

Por: Alexandra Pumarejo

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

“El príncipe azul no existe”

Al comentarle esta frase a mi mamá, mujer barranquillera de 64 años, me dijo, “Niña, ¿cómo así que no existe?, ¿no viste a esta jovencita tan bonita que se casó con el Príncipe Guillermo? Ella consiguió su príncipe y se casó con él. Para los que piensan igual que mi mamá y necesitan mayor explicación de mi afirmación, tienen que saber lo siguiente.

Desde que somos niñas, nuestros padres nos leen cuentos de hadas maravillosos donde nuestras heroínas son princesas y nuestros héroes, príncipes. En casi todas las historias, las princesas son bellísimas, jóvenes, con voces de ángel y cinturas de avispa. Amadas por vecinos, animales, enanos, flores, ogros y pretendidas por cientos de valientes caballeros. Ellas cantan, bailan, limpian y no se les mueve un pelo, pero a la hora de defenderse del “mal”, quedan paralizadas sin saber qué hacer.
Si bien, todos estos relatos fantásticos cautivan a los niños, sus temáticas hubieran hecho que Freud replanteara toda su teoría de sicoanálisis. En nuestros casos, por ejemplo, la reina “más bella del espejo” pidió que le trajeran el corazón de Blanca Nieves en una caja, a Cenicienta le robaron todo lo que le pertenecía a su papá y la Bella Durmiente fue alejada de sus padres que tanto la adoraban.
Que vidas tan catastróficas habrían tenido estas bellas jovencitas si no hubiera sido por la suerte de haber conocido al príncipe azul, que las salvaría de sus “calamidades domésticas”. Con tan solo cantar algunas estrofas de una linda canción y pestañearles unas cuantas veces, un amor a primera vista estaba garantizado para la eternidad. No hubo necesidad de intercambiar “pin”, ni de buscarse en Facebook o Twitter, ellos sabían que eran el uno para el otro.
Cuando nuestras heroínas fueron engañadas por la manzana venenosa, encerradas en la torre, o puestas a dormir por una eternidad, no pudieron, o más bien, no supieron hacer nada. Sucumbieron ante la maldad y la adversidad que las abrumó. Ninguna pudo salvarse sola. Todas, sin excepción, no tenían otro recurso que ser rescatadas por el príncipe azul, que sobra decir, era guapo, inteligente, valiente, soltero y heterosexual.
Tal vez de adultas no creemos en los cuentos de hadas pero muchas mujeres seguimos soñando con el príncipe azul. Aquel hombre que va llegar y va a desaparecer con su espada todo lo malo que nos aflige en la vida: la soledad, la baja autoestima, la pobreza y el juicio de la sociedad. Todavía seguimos empeñadas en creer que con un beso apasionado o con un anillo de diamante se nos van a quitar los pesares.
Claro que existen hombres maravillosos que podrían merecer ser llamados príncipes pero a ninguno le podemos ceder el poder de “rescatarnos”. Esto solo lo podemos hacer nosotras queriéndonos mucho, estudiando, trabajando duro y, ante todo, creyendo en nosotras mismas. No esperemos que llegue un hombre en un caballo blanco y nos lleve a vivir “felices para siempre”, es mejor forjar nuestro propio futuro y buscar a un hombre que nos complemente y nos ayude a ser la mejor versión de nosotras mismas.
No le hagamos caso a la Tía Rita cuando nos mira feo por no tener novio ni esposo, más bien digámosle con orgullo, “no he encontrado a un hombre que me merezca” .
Y a los hombres me permito aconsejarles que no busquen princesas indefensas que solo quieren subirse a su caballo y vivir en su castillo. Busquen mujeres que el día de mañana van a ser sus compañeras de batalla luchando en el día a día, hombro a hombro. Mujeres que son tan seguras de sí mismas que no los tienen que llamar 40 veces al día para estar tranquilas, mujeres que están con ustedes porque quieren estarlo, no porque no tienen otra opción.
Para terminarles dejo esta última inquietud:¿se han preguntado qué pasa con los príncipes azules después de diez años de matrimonio, quince kilos de más, tres hijos y cuando la voz ya no es tan melodiosa?

La nave de los locos

Posted by Pocho On junio - 23 - 2011

Por: Juan Esteban Constaín

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Napoleón tuvo los síntomas alarmantes del síndrome de Santa Helena: forma de locura que solo les da a los poderosos, sobre todo a los que se quedan sin el poder.

Entre 1803 y 1805, el señor Napoleón Bonaparte hizo algunas cosas importantes en su vida, al parecer. Se coronó él mismo Emperador de los franceses, por ejemplo, luego de conquistar todo el norte de Italia y luego de someter al pobre papa Pío VII, en París, a unas conversaciones voraces que podían empezar a las 3 de la tarde y terminar a la misma hora del siguiente día, según una nota del Times de Londres del 11 de diciembre de 1804.

Pero la obsesión verdadera del señor Bonaparte era dominar a Inglaterra, y para eso, en 1805, hizo un plan casi perfecto: mandó una flota que debía distraer a los ingleses en el Atlántico, y mientras puso a todo su ejército al frente de la Isla, esperando a que llegaran por mar, al estrecho de Calais, los refuerzos españoles que eran sus aliados. Todo lo medía -el viento, el frío, el cielo- y luego caminaba con las manos hacia atrás, enfundado en un abrigo verde que le había regalado su mamá.

Allí, frente a su presa que luego se le escurriría de las manos, Napoleón recordó la visita del inventor Robert Fulton, quien tres años antes le había propuesto dos juguetes descabellados para triunfar en su empeño de maldecir a los ingleses: un submarino de hélice llamado el Nautilius, y un globo aerostático de lino e hidrógeno para una invasión aérea. “Eh, no sé”, dijo al parecer Bonaparte.

O no: dijo algo mejor, porque a su lado estaba Marie Sophie Blanchard, una de las primeras aeronautas de la historia y quien pasaba su vida entre los globos, porque en la tierra les tenía franco terror a las ratas y a los hombres. Era ella quien le rogaba a Bonaparte hacer el desembarco por debajo y por arriba -las aguas quietas, despejadas-, hasta que el Emperador no pudo más y se la quitó de encima con una sonrisa y una frase lapidaria: “Querida: no puedo perder mi tiempo con esas cosas del futuro”.

Luego, encarcelado en Santa Helena, una isla volcánica en medio de la nada (en medio del Atlántico en el sur, pero tan lejos que allí hasta el viento se pierde; un peñasco en manos de los buitres y las abejas), en el exilio y el olvido, Napoleón volvería a recordar esos inventos precoces. Y siempre sonreía cuando pensaba en el futuro; cuando se acordaba del futuro. Pero a veces hay que agradecerle a Dios que ciertos juguetes no hubieran funcionado sino mucho después, cuando tocaba, porque las cosas habrían podido ser muchísimo peores.

Allá en Santa Helena también tuvo Napoleón los síntomas más alarmantes del (precisamente) síndrome de Santa Helena: esa forma de locura que solo les da a los poderosos -como si el poder no fuera ya una forma de la locura-, sobre todo a los que se quedan sin el poder. Entonces empiezan los delirios y las paranoias, y una ilusión absurda que consiste en creer que nada ha cambiado, que el mundo todavía es suyo. En medio de la nada, Napoleón firmaba decretos y se hacía llamar Emperador.

Como el dictador portugués Oliveira Salazar, que en su demencia senil, retirado y en piyama, firmaba miles de páginas en blanco pensando que eran sentencias de muerte. Sus sirvientes le decían Excelencia.

Y eso por no hablar de la locura del poder en ejercicio. Hace poco vi la foto de un varias veces centenario Fidel Castro, al lado de Hugo Chávez. Ambos en sudadera (la de Chávez era una bandera de Venezuela), admirados por esa joven promesa de la Revolución que es Raúl Castro. No supe, lo juro, si estaban en un hospital o en un manicomio.

Ya lo decía Céline: felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula. Felices quienes no vieron a Napoleón usar globos y submarinos y aviones, y sobre todo, felices quienes no lo vieron abrir una cuenta en Twitter.

Suicidio 2.0

Posted by Pocho On mayo - 26 - 2011

Fuente: www.shock.com.co

La máquina del suicidio 2.0

Si quiere morir, oprima el botón…

Desde Rotterdam, Holanda, el grupo de arte geek Moddr lleva casi dos años predicando sobre las bondades del suicidio, tanto así que inventó una máquina para dar fin a la vida, para muchos, esa inevitable cadena de tormentos. El colectivo, encabezado por Gordan Savicic, Danja Vasiliev y Walter Langelaar, pregona sin tapujos que la muerte es también un renacer. Su misión: la redención de las almas en pena.

El suicidio que proponen estos holandeses no es más que una metáfora sobre el fin de la vida mediada por computadores y redes sociales. Una vida artificial donde los usuarios les regalan sus más íntimos secretos a las corporaciones y a los Estados. La vida, para ellos, es para disfrutar experiencias reales: nada que el mundo 2.0 pueda superar, nada que la virtualidad pueda reemplazar. Por eso desarrollaron la Suicide Machine: una máquina de la muerte que hasta el momento ha liberado a 6.000 usuarios –mientras otros 80.000 están en lista de espera– de sus perfiles de Facebook, MySpace, LinkedIn y Twitter.

Si bien es posible eliminar las cuentas en cualquiera de estas redes, mucha información suele quedarse consignada en los servidores, incluso después de esto, por lo que el software de la Suicide Machine se encarga de borrar cualquier rastro de su vida virtual (fotos, posts, información personal), dejando un perfil vacío al que no se podrá volver a acceder jamás.

Manualmente, este proceso se puede demorar alrededor de diez horas, pero esta máquina reduce toda la inmolación virtual apenas a una hora. Una hora en la que, a través de una pantallita, el usuario podrá ver cómo el programa anula su personalidad 2.0, cumpliendo aquella promesa de que, antes de morir, toda la vida transcurre delante de sus ojos en el último segundo.

El proyecto, que nació luego de una Noche de Suicidio 2.0 en una discoteca en Rotterdam en la que los asistentes cerraban sus perfiles en redes sociales de manera colectiva, hace parte de una serie de obras que busca darles una mirada crítica a Internet y sus desusos.

Por esto mismo, los dueños de la Suicide Machine, partidarios del Open Source Movement, buscan compartir los códigos del proyecto para que cualquiera pueda suicidarse solito, sin ayuda y desde casa. Finalmente, su ideal es claro: la privacidad es sagrada y la web debe ser un territorio sin tiranos. ¿Está leyendo, señor Vargas Lleras?

Entrevistamos a Gordan Savicic, cabeza del colectivo Moddr.net

¿No cree que las redes sociales son vitales para la evolución de Internet y el empoderamiento de los ciudadanos y las sociedades?

Sí. Hay muchas herramientas y aplicaciones que empoderan a las personas para organizar eventos y revoluciones a través del uso de redes sociales. No estamos reclamando que las redes sean malas en sí, pero la manera en la que Facebook está sacando provecho basado en las relaciones de amistad viene con un precio muy alto para cada usuario: la privacidad. Después de todo, el usuario siempre es libre de entregarse a esos portales. Una vez usted sube información a cualquier servicio online, pierde control sobre ella.

¿Cuál es la red social de la que la gente más desea escapar?

¡Definitivamente Facebook! Siguen MySpace, Twitter y LinkedIn. Las noticias sobre Facebook han retumbado por todo el planeta y esa también es la razón por la que tanta gente ha querido erradicar su presencia en línea una vez se dan cuenta de la gran cantidad de tiempo y energía que consume esta actividad.

¿Cómo sería el uso ideal de Internet?

Accesible. Libre y de código abierto.

Visite: Suicidemachine.org

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