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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Toritos

Posted by Pocho On enero - 25 - 2012

Por: Antonio Caballero

Fuente: Revista Semana – Bogotá, Colombia

Todos los animales padecen dolor por culpa de los hombres. Y todos mueren. Solo la muerte inevitable de los toros es digna: en la pelea. No en la ejecución infame y sin defensa a la que son sometidos todos los demás.

Hace tres semanas unos cuantos aficionados a los toros publicamos un manifiesto sobre la tolerancia, que sigue firmando gente. Y saltó el nuevo alcalde de Bogotá Gustavo Petro a hincarle el diente al asunto, declarando con prosopopeya que él está a favor de la vida, y no de la muerte. Estrictamente hablando, el tema no le compete: pero es apetitoso para alimentar prensa (ya lo habrán visto ustedes).

Y si no se los hubiera apropiado de antemano con brazo de hierro la demagoga senadora Gilma Jiménez, ya tendríamos a Petro sacándoles también jugo de la yugular a nuestras niñas y nuestros niños. Y a ver qué hace con nuestros pobres e indefensos caballitos, víctimas inocentes de los malvados zorreros que solo viven para torturarlos.

Pero hablemos en serio.

Cien veces han querido prohibir las fiestas de toros. Desde que existen. Lo han pretendido todos los poderes: los papas de Roma, los reyes de España, los presidentes de diversas repúblicas, los alcaldes, los jueces, los parlamentos, la prensa bienpensante. Con argumentos variados: el peligro para la vida humana; el rechazo a la imposición de una costumbre foránea; el dolor causado a los animales.

Todos ellos son pretextos espurios. La vida humana está en riesgo siempre: habría que prohibir todos los oficios, desde el de torero hasta el de papa (y también el de alcalde). Todo en la historia ha sido en su origen imposición extranjera: las religiones, las fiestas, las prohibiciones. Todos los animales que tienen contacto con los hombres (que son todos los animales) padecen dolor por culpa de ellos. Y todos mueren. Pero de todos ellos los que mejor vida llevan son los toros de lidia. Cuatro años de holganza y protegida libertad en el campo, y media hora final de lucha a muerte. Y la muerte inevitable, pero digna: en la pelea. No en la ejecución infame y sin defensa a la que son sometidos los cerdos o los pollos, los atunes o las ratas, o los gusanos de seda.

Hasta aquí, las razones para enfrentar las razones que alegan los antitaurinos (que no tienen razones, porque por lo general no saben de qué hablan: nunca han ido a los toros y lo que dicen es de oídas, o de prejuicios de sordos). Las razones en contra de los que están en contra. Pero las que de verdad importan son las razones a favor. A favor de los toros, y a favor de las fiestas de toros.

A favor de los toros bravos: los más hermosos animales de la creación. De la creación ayudada por el ingenio humano. Pues el toro de lidia no es un animal natural, como pueden serlo el jaguar o el tiburón, sino el producto de la selección y de la crianza, como el caballo de carreras o el perro guardián. El toro bravo es bello en la paz del campo; y lo es en la batalla: en el mismo campo con sus congéneres, o con los hombres en la plaza. Y lo es también en la muerte. Esa que se llama ‘muerte de bravo’ de un toro bravo en el ruedo, ya matado por la espada pero todavía en pie y negándose a aceptar la agonía por terquedad o por orgullo, o -para no abusar del antropomorfismo lírico connatural al tema taurino- por ganas de seguir peleando. La ‘muerte de bravo’ de un toro bravo en la plaza, ante el público que lo ovaciona, es la única muerte de un animal que es bella.

Y a favor de las fiestas de toros. Las hay primitivas y salvajes: las corralejas de la Costa colombiana, los correbous de Cataluña. Son estremecedoras, dionisíacas y terribles. Pero las razones de mi defensa quieren ir ante todo a favor de la corrida de toros ordenada, para usar la frase del ritual, ‘como mandan los cánones’. A favor de esa combinación sutil de civilización y de barbarie que es la corrida de toros, resultado del arte de la crianza, del arte del combate y del arte del juego con la muerte, que a la solemnidad del rito une la profundidad del sacrificio. Porque una corrida de toros no es una carnicería, sino una fiesta.

Volviendo a los que quieren prohibir esa fiesta: lo suyo es, simplemente, que quieren prohibir. Su placer consiste en impedir el placer de los demás. Para decirlo con una antigua frase de la sabiduría moral: tienen pesar del bien ajeno.

Y ese pesar del bien ajeno es lo que más éxito tiene en política, como lo está mostrando el nuevo alcalde de Bogotá.

Manifiesto en defensa

Posted by Pocho On enero - 14 - 2012

Por: Antonio Caballero; Alfredo Molano; Victor Diusabá; Germán Castro Caycedo

“Existe una identidad entre el amor y el arte, en ninguno de los dos cabe la voluntad.” Juan Belmonte

“Las corridas de toros, como las conocemos hoy, datan en España y en la América española de la época de la Ilustración (l750-l850). Los señores de a caballo de las antiguas fiestas son sustituidos por los peones, y se escriben los primeros reglamentos taurinos, que buscan tanto proteger la vida del torero como preservar la integridad del toro hasta el momento ritual de su muerte. Son normas que, al ser observadas, permiten que el juego del toreo se transforme en arte. Un arte específico que contiene los ideales de la cultura hispánica: el sentido trágico y heroico de la vida. El toreo es así una gran metáfora sobre la vida y la muerte.

Como todo arte, el del toreo no es comprendido por todo el mundo.
Pero esa no es una razón para atacarlo y pretender prohibirlo con el argumento de que es cruel, detrás del cual se esconde el simple afán de prohibir los gustos y aficiones de los demás.

Nosotros, aficionados a la llamada fiesta brava, reclamamos y defendemos nuestro derecho a gozar de una tradición artística pacífica. Reclamamos nuestro derecho a la libertad de opción cultural, como se respeta la libertad de conciencia. El ataque a las corridas es una manifestación violenta de intolerancia cultural y social. Así como no pretendemos imponerle a nadie nuestra afición, exigimos respeto absoluto por nuestros gustos y sentimientos.

También nosotros somos defensores del medio ambiente y de la conservación de las especies, que incluyen la del toro bravo, y en consecuencia las condiciones que hacen posible su crianza y su existencia.”

Toreros muertos

Posted by Pocho On enero - 12 - 2012

Por: Salomón Kalmanovitz

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Miles de toros son molestados, torturados, picados, exhibidos cada año en España y sus excolonias, sometidos por el más narciso de los deportes (o artes). Un toro muerto no es noticia, pero un torero cogido sí lo es, por la rareza de su ocurrencia. Los Toreros Muertos era un grupo de rock español.

Se trata de una lucha desigual: una cuadrilla de asistentes marea al toro, unos picadores obesos sobre unos caballos acorazados les meten unos lanzazos tremendos, hasta que el toro queda totalmente aturdido. El público enardecido clama por sangre, borracho de cerveza o de manzanilla, aunque los insignes asistentes y los exponentes de las fuerzas vivas de la Nación tomarán buen whiskey.

Antes de la faena, el torero reza para que alguna virgen lo proteja, se confiesa para estar en estado de pureza por si le llega la hora y entra al ruedo a jugarse la vida, aunque las posibilidades de que un toro lo revuelque o lo mate, como ya dije, no son muy altas. Es un ritual en que se invoca a los hacedores de milagros, aunque insisto en que no es necesario ninguno. Se requiere más bien ejercicio, agudizar los sentidos y estudiar cuidadosamente los movimientos de la bestia para contrarrestarlos.

Una vez que le han clavado banderillas y los picadores le han destruido la cerviz, el valiente torero le asesta el golpe mortal a la noble bestia con su espada. El torero viste de luces (no eléctricas) y se aprieta el torso y la entrepierna insinuando su paquete y sus nalguillas.

Max Weber decía que el protestantismo había liquidado la esfera de los milagros, para convertirse en una religión que obligaba a la reflexión, contribuía a la previsión y facilitaba el pensamiento científico. Pero bueno, acá tenemos a los defensores de los viejos valores y de la superstición abogando para que continúe tan hermosa y cruel fiesta.

En Cataluña, la fiesta brava fue prohibida por una alianza progresista y entró en vigor el primero de enero de este año, ante la iracundia del Partido Popular y de otras fuerzas conservadoras. Según El País de España, “la presidenta del PP catalán ha anunciado que llevará al Senado y al Congreso de los Diputados la propuesta para declarar la fiesta de los toros de interés cultural general, para que sea protegida en el conjunto de España y no pueda ser prohibida por una comunidad autónoma”.

Yo no creo que sea bueno prohibir cualquier cosa. Si la medida resulta efectiva, no es resultado de la prohibición sino de que Cataluña es la región más industrializada de España, más cercana a la frialdad y al cálculo racional que Weber asociaba con el protestantismo, pero que se desarrollan por sí solos con la disciplina del capitalismo industrial: previsión, ahorro (el resto de españoles critica a los catalanes por tacaños) y rechazo a los aspectos supersticiosos de la religión, que queda confinada a la esfera íntima de las personas.

En Colombia se ha venido reduciendo el público adicto a los toros. Las corridas no alcanzan a llenar las plazas, la edad promedio de los asistentes es cercana a los 60 años, sólo superada por la de los escritores taurinos. Sin embargo, algunos jóvenes han incursionado en esta curiosa carrera (la de torero, digo) y recorren las plazas menores, construyendo pequeñas reputaciones.

Eventualmente, las corridas de toros se extinguirán por doquier, gracias a la modernidad. ¿A dónde irán entonces los toreros muertos? Pues, como todos, hacia la gran nada.

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