Por: Andrés Hoyos
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia
La derrota algo menos que estruendosa de Enrique Peñalosa a manos de Gustavo Petro el domingo pasado es la puntilla que le faltaba al ataúd del Partido Verde.
Dado que yo alguna vez expresé aquí un entusiasmo reservado por las perspectivas del mismo, me compete explorar las raíces de mi error. Sí, Sergio Fajardo salió elegido gobernador con más de 900 mil votos, pero por más rotundo que haya sido su triunfo en Antioquia, no alcanza ni remotamente para reversar el declive del partido.
Se podría hacer un análisis de los graves errores, individuales y mancomunados, que cometieron los dirigentes del Partido Verde: Mockus, Peñalosa, Garzón y el propio Fajardo, si bien los individuos no son la clave en éste, el enésimo fracaso en más de 150 años a la hora de fundar un partido perdurable en Colombia. La falla definitiva estuvo en las ideas. Empecemos por el nombre del partido, que entraña algo más que una confusión nominal. Los partidos verdes del mundo se llaman así porque el dilema ecológico les parece central y porque lo consideran la razón fundamental para unir a sus militantes. En términos generales, un partido nuevo no puede equivocarse sobre el principal problema que enfrenta el país en el que nace. ¿Cuál es para cada dirigente verde colombiano este problema? Mockus piensa que es el “no todo vale”, o sea la corrupción; a Peñalosa, podemos presumirlo, le importa ante todo el tipo de ciudad que se construye; el propósito de Garzón quizá sería la lucha contra la pobreza y la desigualdad; a Fajardo lo mueven la educación y una visión de desarrollo armónico, eficaz e igualitario del Estado.
Sucede, sin embargo, que ninguno de los anteriores es el principal problema que enfrenta Colombia. En mi opinión, éste es el narcotráfico, con sus dos rostros adicionales: la fallida Guerra Contra las Drogas y el prohibicionismo. La lucha contra la corrupción, por ejemplo, estará condenada al fracaso mientras siga existiendo una enorme economía subterránea y circulen ríos de dinero turbio que inevitablemente corrompen todo lo que tocan. El narcotráfico es también un potentísimo creador de pobreza y de desigualdad: de pobreza, porque alimenta dos grandes fuentes de la misma, el conflicto armado y el crimen; de desigualdad, porque vuelve multimillonarios fugaces a unos pocos, al tiempo que usa y desecha a centenares de miles. Y ni hablar de que el Estado pueda desarrollarse en forma armónica y eficaz mientras el narcotráfico envenena de forma sistemática la vida pública. Otros dos problemas cruciales se anuncian muy difíciles de tratar en un ambiente de narcotráfico: la cuestión agraria y la inseguridad.
No estoy diciendo que baste con una sólida postura antiprohibicionista para armar un partido moderno de centro izquierda en Colombia, sino que sin ella es imposible. Se requiere asimismo echar a la basura la ideología de la antipolítica y decantar un programa de fortalecimiento eficaz del Estado que se combine con una economía de mercado dinámica y regulada en todos los ámbitos que le son propios. No ignoro que la postura antiprohibicionista es minoritaria entre nosotros, a lo que respondería que un partido no tiene por qué asumir las posiciones de la mayoría de la población. ¿Que por ese camino se tardaría años, digamos, en poner (nunca “colocar”) a un militante en la presidencia de la República? No importa, un partido se funda para estar vigente durante décadas, no para ganar las siguientes elecciones.


