

“Esta es la imagen del día”, decía un periodista, mientras Nuestra Tele mostraba en cámara lenta y con la música triunfal de las películas, el abrazo de Sigifredo López y sus hijos. “Libre-libre-libre”, pasaban las letras luminosas de un subtítulo y veíamos en vivo y en directo cómo se desprendían los pétalos de las flores que los muchachos le habían llevado a su papá, cómo la esposa avanzaba hacia el abrazo, cómo la cara de Piedad Córdoba giraba hacia el televidente. En fin: escenas que, por fortuna, se han repetido en el último año, a veces con flores de selva y a veces con flores de ciudad.
¿Será que nos estamos habituando a ver el drama de nuestros secuestrados como si fuera una película? A la manera de Rambo, las liberaciones parecen ajustarse a aquellas estructuras predecibles que se enseñan en un taller de guión. (Descenso de la nave en compañía de un político. Reencuentro familiar. Palabras de agradecimiento. Rueda de prensa. Recepción y serenata regional. Declaración presidencial. Escenas domésticas de los primeros días de rutina. Final ¿feliz? y olvido general.) Al final del cuarto de hora, que varía según el estatus de cada liberado, hay que desocupar el set porque ya viene otra avalancha de noticias y hay otra imagen-flor de un día que nos convocará frente al televisor. Entonces, el liberado no tiene más remedio que retirarse a escribir un libro y confiar en que alguien decida publicarlo, pues las “memorias de un secuestro”, un género auténticamente colombiano, comienzan a saturar el mercado editorial.
No me burlo, sino todo lo contrario. Pienso en lo que significa para los secuestrados, para sus familias y para todos los colombianos habernos habituado a ver esta tragedia como si fuera parte del folclor. La bienvenida al único ex diputado sobreviviente, con bombas, banderas tricolores, chirimías, autoridades y vendedores de canasto en la cabeza, parecía un espectáculo. “Vamos a levantar esa mano y ese grito: libre, libre”, arengaba una especie de recreacionista, al estilo de Jorge Barón en la plaza de San Francisco. El público coreaba las consignas y Sigifredo, recién aterrizado y lleno de adrenalina, se ajustaba al formato para asumir roles que iban desde el de predicador (“¿Ustedes son cristianos: sí o no?”), hasta el del hombre reflexivo y el del político en campaña. No lo critico, sino todo lo contrario. Un hombre lúcido y sensible que acababa de pasar siete años en el infierno merecía espacios menos bulliciosos. ¿Se imaginan que los sobrevivientes de un campo de concentración hubieran tenido semejante bienvenida?
“Van a pensar que hablo más que un secuestrado cuando recién lo liberan”, dijo Sigifredo. Y tal vez porque intuía que todo el mundo regresaría a sus asuntos y ya no tendría tantos micrófonos abiertos, se apresuró a contar, en primera persona del singular, ese fragmento de la historia colectiva, que tantas veces tendrá que repetir para empezar a deshacerse del dolor o, al menos, intentarlo. En el recinto había familias que también habrían necesitado saber detalles de la muerte de sus seres queridos en un espacio íntimo y que, antes que los periodistas, tenían derecho a hacer preguntas esenciales, en privado. Al fin y al cabo, la memoria de todos ellos estaba pendiente de las palabras de ese hombre. Mucho de lo que dijo merecía una actitud más atenta por parte de la audiencia, pero al país solo le interesaba saber lo que sabía: fueron las Farc y corte a comerciales.
Para los que regresan o no han vuelto todavía, y para las familias de los que están o no volvieron, la película no termina en el happy ending de la tele. Pienso en las heridas imborrables, en las infancias de los hijos, perdidas para siempre, y en la falta de trabajo, pues nadie tiene una pensión de ex secuestrado. Con esa ropa pasada de moda que después de tantos años quedó colgada en el armario, los liberados afrontan el regreso a un mundo que siguió sin ellos. Pero ese drama, difícil de empacar en formatos que dan rating, no parece interesar al público que aplaude y vocifera. Y que hace mutis por el foro cuando la euforia le cede el paso a la tristeza.
Tomado de El Tiempo (08 Feb. 2009)
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