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Los y las neutrales

Posted by pocho On Enero - 11 - 2010

Por: Salud Hernández-Mora

Fuente: El Tiempo

No sé qué fue peor si el asesinato o la excusa. Alegar que solo querían hacer un juicio político al gobernador, reafirma la tesis de que no hay camino distinto que enfrentarlos a bala hasta lograr que se sometan a la Ley de Justicia y Paz.

Imposible dialogar con una organización criminal que considera legítimo irrumpir a sangre y fuego en un hogar, arrancar de su familia a un señor de 69 años, matar fríamente a un policía y herir a otros dos para lograr su objetivo, degollar después a su rehén al sentirse acorralados, y todo por llevarlo ante sus supuestos tribunales.

Y qué decir de las voces que suplicaron a las Farc que reconocieran la autoría de su última salvajada. Era evidente, dada la forma y lugar donde se produjo, que solo ellos podían realizarlo. Pero siguen existiendo bobos útiles, dentro y fuera de estas fronteras, que aún creen que esa banda de delincuentes tiene escrúpulos y motivaciones políticas.

Algún día se darán cuenta de que no les importan ni los contrarios ni su propia gente. Porque al prontuario de ‘Alfonso Cano’ tenemos que agregar la veintena de guerrilleros dados de baja por las Fuerzas Militares en el campamento del Meta; no incluyo a los cabecillas, que murieron en su ley, sino a los jóvenes que se alistaron engañados, que son utilizados como carne de cañón y que sufren una existencia esclavizante, desgraciada.

Por eso, y por el respeto que merece la labor de Colombianos y Colombianas por la Paz, sorprende su último comunicado:

“Expresamos nuestra inquebrantable voluntad de aunar esfuerzos para que Colombia transite rápidamente en mecanismos que permitan el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario por parte de los actores involucrados en el conflicto armado, como un mecanismo para humanizar la guerra, mientras se encuentran los espacios para la negociación política y la construcción de la paz” (copiado de Semana).

En cristiano puro significa que se declaran neutrales en el conflicto. Ponen al mismo nivel a las Farc que al 98 por ciento de ciudadanos que las rechazan, y a los policías y militares que los combaten para cubrirnos las espaldas. Pese a encontrar aberrante su postura, es un punto de vista permitido y por eso no entiendo que recurran a un lenguaje confuso, casi que vergonzante. A diferencia de ellos, pienso que las Farc conquistan espacios a golpe de matanzas, secuestros y narcotráfico, que mordieron la mano que les tendimos y que ya no merecen ninguna consideración adicional.

El mundo democrático erró su estrategia frente a esas bandas terroristas. Creyó ver generosidad donde solo había cobardía de la sociedad; toleró la combinación de formas de lucha como una expresión política más, mientras los pistoleros, que tenían nítido el fin que perseguían, se alimentaron de nuestra sangre y nuestros miedos, de la certeza de que tarde o temprano cederíamos porque somos incapaces de unirnos frente a la barbarie y porque siempre habrá quienes los comprendan y justifiquen.

Pero el terrorismo no se confronta solo con balas. Mientras la Justicia siga en pañales, sin recursos suficientes y sin mucha credibilidad, no avanzaremos. Es inadmisible que dejen libre al sindicalista de Fensuagro y a sus seis compinches, capturados en el campamento del ‘negro Antonio’, por vencimiento de términos. Cualquier día se fugan. O que suelten a los militares implicados en los falsos positivos porque también excedieron los plazos del nuevo sistema penal acusatorio. Absurdo pensar que en solo tres meses pueden cerrar los expedientes a tantos acusados de procesos complejos.

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Alma mafiosa (By. María Elvira Bonilla)

Posted by pocho On Octubre - 6 - 2009

No desapruebo el contenido de estas producciones; pues muchos tienen razón en manifestar abiertamente que es nuestra realidad, y que seriamos hipócritas al tratar de no aceptarla. Lo que si desapruebo al 100%, son los horarios de emisión de estas novelas. Trayendo a colación una celebre frase de Albert Einsten: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”; justifico mi posición. ¿Que ejemplo están recibiendo nuestros hijos?, ¿Que ejemplo están recibiendo los jóvenes, que mañana serán los moldeadores de nuestro futuro?. Particularmente pienso que solamente personas adultas (y no todas), están en capacidad de digerir y comprender, realmente el mensaje siniestro que existe detrás de estas producciones. No pretendamos que los niños lo entiendan y lo capten. Pocho

233. El Capo II234. Las muñecas

Las novelas sobre el obsceno mundo de la mafia tienen copada la audiencia televisiva colombiana.

La racha de producciones, a cual más vulgar y banalizadora de la realidad trágica y asesina que se tomó el país desde hace 30 años, comenzó con la recreación del best seller de Gustavo Bolívar, Sin tetas no hay paraíso, que hizo el Canal Caracol y siguió con El cartel de los sapos, basado en una historia real que recrea con complacencia ese oscuro universo de relaciones, imperio de la traición, la venganza y la gama completa de los comportamientos ruines propios de una condición humana degradada que aprovecha y alimenta el negocio del narcotráfico.

El éxito en el rating que los inunda de millonarias pautas publicitarias, motor y razón de ser de la televisión comercial, hizo de la temática mafiosa el negocio del mundo para el prime time de la TV. Hoy RCN y Caracol se pelean cada noche una audiencia de más de 25 millones de personas, entre El capo y Las muñecas de la mafia. RCN prepara una nueva serie: Las prepago, y Caracol, Las fantásticas, lo que asegura que habrá tevemafia para rato. Con mucha plata para los canales y degradación y confusión para la teleaudiencia.

El narcotráfico sigue vivito y coleando, imparable fuerza económica con su máquina de lavar dólares, que corrompe la política, las instituciones del Estado y sus aparatos represivo y de justicia; intacto en su capacidad para prostituir toda expresión de cultura, impone la narcoestética en la moda, la arquitectura, la decoración; construye los nuevos estereotipos, referencias e imaginarios sociales. Se instaló definitivamente en el alma colombiana.

Los mafiosos, hijos de la ilegalidad y su carga de antivalores, poco a poco dejan de ser objeto de censura o cuestionamiento. Se toleran silenciosamente, complacientemente como grandes consumidores de artículos de lujo. Amos y señores de los centros comerciales, restaurantes y la clase ejecutiva de los aviones comerciales. Camuflados donde se camuflan detrás de anteojos oscuros, del brazo de mujeres envueltas en diminutas minifaldas, vulgaridad de escotes y descaderados. El capo como referencia de comportamiento social, con toda su rudeza y arbitrariedad, además de galán de telenovela, es comprador de corazones de reinas, modelitos y chicas de farándula. Personajes como Andrés López, “Florecita”, autor de El cartel de los sapos, un narcotraficante confeso que evadió la cárcel gracias a su colaboración con la justicia norteamericana, aparece fresco en las revistas del brazo de reconocidos personajes del espectáculo como Sofía Vergara.

Son los nuevos ricos de la época, la clase emergente a la que hacía referencia el presidente Julio César Turbay hace ya 30 años, cuando vaticinó que sus miembros serían los nuevos protagonistas de la vida del país, hoy legitimados por la pantalla televisiva, dispensadora del éxito y la aceptación social.

La historia trágica del país, con sus muertos y su dolor, su desmoronamiento institucional, va camino a quedar enterrada y olvidada por la extravagancia y la vulgaridad de las tetas y las colas que estimulan cada noche a machos elementales, en la oscuridad de las alcobas tanto de los distinguidos como de los populares hogares de colombianos.

Tomado de El Espectador

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Un sapo con suerte (By. María Jimena Duzán)

Posted by pocho On Abril - 18 - 2009

Dejar que los narcos escriban la historia del narcotráfico es tan absurdo como si la del holocausto judío la hubiera contado Eichmann en vez de Levi.

El Cartel

El Cartel

Supiste quién se ganó el India Catalina al mejor libreto original para una serie de televisión, me increpó un tanto alterada, una importante libretista hace unos días. Como vio que no lo sabía me reveló su nombre: se trata de Andrés López, me dijo en tono de enfado. 

- ¿El de La pelota de letras?

- No, -me respondió de manera cortante-. Este Andrés López es el otro, el de El cartel de los sapos. ¿Te acuerdas del narcotraficante que pagó su condena en Estados Unidos y que se volvió famoso con un libro en el que cuenta sus experiencias como matón de un cartel? 

Debo decir que comparto totalmente la indignación de mi interlocutora. Con tan buenos libretistas en el país, que se han ganado la vida de manera decente, sin necesidad de exportar cocaína a Estados Unidos, que se han ido labrando un nombre sin recurrir al descuartizamiento ni al asesinato de nadie, sorprende que el premio haya caído en las manos de un ex narco como Andrés López, cuya experiencia en el medio de las letras es tan corta como su pluma. 

De esta peripecia me preocupan varias cosas. Para un país que ha sufrido como ningún otro el efecto demoledor del narcotráfico, resulta altamente peligroso que esa historia termine siendo contada por los narcos y no por historiadores, periodistas, o libretistas, como ocurre en las democracias respetables. 

En Estados Unidos quienes han contado la historia de la mafia no han sido los mafiosos sino escritores de la talla de Mario Puzo o periodistas del calibre de Gay Talese, uno de los primeros en hacerle un reportaje a un hijo de un mafioso. En Italia el libro más vendido sobre la mafia napolitana es Gomorra, escrito por un periodista que se infiltró en sus filas. Los canales americanos no contrataron a ningún mafioso ex convicto para hacer Los Sopranos, sino a expertos libretistas que indagaron e investigaron hasta dar con una historia creíble y real que retratara una familia mafiosa. 

Hasta hace poco Colombia iba por ese camino. Los libros sobre Pablo Escobar habían sido producto de la investigación de periodistas; las dimensiones del holocausto paramilitar y los atropellos de la guerrilla habían sido escritas por investigadores de la talla de Alejandro Reyes y Eduardo Pizarro y lo propio había pasado con las series de televisión que hablaban sobre el conflicto. El olvido que seremos, de Héctor Abad, nos había mostrado cuán hondo es el dolor de un hijo que recuerda a su padre asesinado por el narcoparamilitarismo. 

Sin embargo, de un tiempo para acá, los narcos decidieron empezar a escribir sus libros y varias editoriales, sin ningún pudor, se los han ido comprando, creando un boom artificioso: el de la narco-literatura. 

Dejar en manos de los victimarios la construcción de un imaginario histórico en el que no tienen cabida las víctimas, es el gran aporte que hasta ahora nos ha dejado esta narco-literatura. 

La visión de Andrés López propone una mirada apologética del narcotráfico y hasta cierto punto irreal e indigna para con las víctimas que han dejado los narcos como él. En su libro, los mafiosos caleños son dioses jóvenes, apuestos, siempre rodeados de mujeres hermosas, de carros lujosos y de políticos y policías corruptos colombianos que ellos manejan con sólo mover la cabeza. A lo único que le temen es a la DEA, agencia que siempre termina convirtiéndolos en informantes y purificándoles el alma hasta guiarlos por los senderos de la justicia norteamericana, la única que para ellos vale. A los que les va mal terminan como Baruch Vega, dueños de una hermosa casa en la Florida. Y a los que les va bien, acaban escribiendo best sellers pasajeros de poco peso literario, como le ocurrió a Andrés López. Si encima de eso los premiamos y los exaltamos como si se tratara de intelectuales al servicio de la cultura, el mensaje que se le está dando a la sociedad colombiana no resulta muy alentador. 

Dejar que los narcos escriban la historia del narcotráfico es tan absurdo como si la historia del holocausto judío la hubiera contado Eichmann en lugar de Primo Levi o Hanna Arendt. Si se lo permitimos, ese sería su mayor triunfo en lo que va de esta guerra. Quienes escriben la historia de un país terminan detentando el mayor de los poderes. 

Para evitar este destino fatal habría que hacer varios ajustes en nuestros resortes éticos como sociedad. Un buen comienzo sería que los canales de televisión y las editoriales en lugar de contratar matones, narcos y corruptos para reescribir nuestra historia, contrataran a periodistas, a cronistas y a libretistas. Y que a la hora de hacer los reconocimientos, los exaltados no fueran los primeros sino los segundos.

Tomado de Semana

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La guerra contraproducente (Jorge Orlando Melo)

Posted by pocho On Marzo - 5 - 2009

30-drogas

Los que fumamos a veces yerba en los 60 nunca pensamos que el narcotráfico se convertiría en el mayor problema de Colombia. Sin embargo, no fue por culpa de los que se dejaron llevar de una moda pasajera con aire rebelde. Alberto Lleras, en un artículo brillante de los 60, pronosticó el desastre y señaló el culpable. Según él, los Estados Unidos convertirían un problema menor en una gran tragedia, con una política “que consistía en elevar el precio de las drogas, persiguiéndola con todos los elementos”, de manera que los ingresos de los narcotraficantes crecieran hasta ser capaces de corromper y comprar las autoridades, porque su “socio involuntario era el organismo represivo de los Estados Unidos”.

La profecía pesimista se cumplió, en parte por la política interna de USA, que convirtió un problema de salud pública en una guerra sin límites. En efecto, la estrategia republicana de buscar electores a punta de miedo tuvo éxito, y nada perjudicaba más un candidato que parecer blando frente a los atracadores, la droga, los inmigrantes, los acosadores sexuales o los terroristas. Para rechazar la despenalización del consumo se evocaba siempre la imagen de niños acosados junto a las escuelas por vendedores infames, como si no se fuera posible y más eficaz perseguir a estos.

La guerra se extendió a todas partes y convirtió a Colombia, como anunciaba Lleras, en la Colombian Connection. Llenó también las cárceles de los Estados Unidos de centenares de miles de consumidores. De casi 2,5 millones de presos, al menos medio millón están por droga, la inmensa mayoría acusados de consumo. Hay estados en los que da cárcel tener salvia, una yerba que antes se fumaba en Colombia. Mientras tanto, los países que persiguieron a productores y traficantes, sin desviar recursos judiciales y carcelarios contra los consumidores, tienen un problema de drogas mucho menor.

A pesar de los efectos contraproducentes de la represión del consumo, señalados en el informe de Gaviria, Cardoso y Cedillo, y de que casi todos los expertos están de acuerdo en que la medida tranquiliza las conciencias y calma el corazón pero no sirve para nada, se insiste en Colombia en penalizar la llamada dosis personal. En vez de concentrar los esfuerzos represivos en destruir todavía más plantaciones, laboratorios y canales de comercialización, la estrategia será otra, más conveniente para los grandes traficantes.

Los recursos limitados de la policía se dispersarán para luchar contra centenares de miles de consumidores, y la justicia se congestionará aún más tratando de decidir si manda unos jóvenes inexpertos a completar su formación en las cárceles, con el apoyo de tribunales que tendrán que contestar la pregunta insoluble de si alguien es adicto o no, mientras se atrasan y prescriben los delitos de los traficantes. Aunque los vendedores son pocos en proporción a los consumidores, en vez de concentrarnos en perseguir a los jíbaros, vamos a encarcelar unos cuantos clientes, soñando que esto disminuya el consumo.

Un cambio radical de la estrategia contra la droga, con distribución regulada y controlada a los adictos, dañaría el negocio, pero es imposible, porque el mercado principal son los Estados Unidos y no hay probabilidades cercanas de que cambie el núcleo prohibicionista de su guerra contra la droga. Pero es probable que se suavice la política de encarcelar consumidores, siguiendo el modelo de la ley votada ayer en Nueva York.

No parece oportuno meter a nuestros consumidores a la cárcel, cuando nuestro principal aliado tiene un presidente que propuso varias leyes para aumentar las penas por tráfico y reducirlas o eliminarlas por posesión o consumo. Y que “inhaló” marihuana y aspiró coca ocasionalmente cuando estaba joven, y debe estar agradecido por no haber tenido que ir a la cárcel.

www.jorgeorlandomelo.com

Jorge Orlando Melo (Tomado de El Tiempo)

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Maestros y directivos de colegios privados de estratos altos de diferentes ciudades del país comentan con preocupación lo que viene ocurriendo en ese segmento privilegiado de la educación. La educación privada no solo se caracteriza por ser financiada por las familias, sino porque es hermética de puertas para dentro. Más allá de los buenos resultados académicos, el origen social y económico de los niños moldea una cultura particular, que circula en los patios de recreo, la vida social, el modelo de autoridad y los comportamientos que asumen frente al mundo en el que viven. Una maestra con mucha experiencia me decía que le sorprendía un proceso que ella llamaba “la traquetización de los ricos”, que se manifiesta en las actitudes agresivas y prepotentes de los estudiantes.

Comportamientos de muy mal gusto fueron introducidos por los narcotraficantes, que, viniendo de sectores muy poco educados, se encontraron de pronto con inmensas fortunas sin destino claro. Surgieron Carlos Lehder con su Posada Alemana, Rodríguez Gacha y sus pasiones de mariachi, Pablo Escobar y sus ambiciones políticas, los Rodríguez Orejuela y sus bríos empresariales, los Ochoa y sus caballos de paso fino… Compraron fincas, hicieron edificios espantosos, construyeron casas enormes, inventaron zoológicos, fabricaron reinas y modelos. Sus hijos organizaron fiestas amenizadas por Julio Iglesias para sus compañeritos y repartían bicicletas y cadenas de oro como sorpresa. Además, entrenaron ejércitos de matones y se aliaron con políticos y dueños de fincas que requerían protección contra las guerrillas y apoyo electoral.

Con ingenuidad creí que las segundas generaciones, educadas en los mejores colegios privados y en universidades extranjeras, terminarían por mimetizarse bajo el ropaje de modales y comportamientos sociales más refinados y decentes y se convertirían en un par de décadas en empresarios discretos. Pero ocurrió lo inesperado: muchos ricos cuyos bienes eran incuestionables asumieron los comportamientos y gustos de los ‘traquetos’.

La discreción con que las familias tradicionales habían llevado su riqueza dio paso al exhibicionismo propio de los nuevos ricos. Se agudizaron los comportamientos agresivos, trasladados a sus hijos, que se fueron haciendo como sus padres. Ocasionalmente afloran escándalos de violaciones y golpizas entre adolescentes de este estrato. Ha habido casos de jovencitos que asaltan residencias, roban exámenes y organizan jornadas nocturnas de ‘limpieza social’. Esto para no hablar del aquelarre en que se convierten paseos de fin de año en hoteles del país y del exterior. Licor, drogas y sexo circulan con la complicidad de las familias, que luego les piden respuestas al Estado y a los colegios, mientras piensan en fiestas temáticas para niños de primaria, en las que gastan decenas de millones de pesos.

Muchas adolescentes aspiran a su primera lipoescultura o a sus implantes de silicona, porque sus madres ya lo han hecho emulando la belleza que fabricaron las fortunas rápidas en las muchachitas que, siendo las queridas de los narcos, aspiraban también a ser modelos o reinas. En algunos de estos colegios se hizo necesario organizar parqueaderos para las burbujas de los guardaespaldas de los alumnos que, al igual que sus padres, sienten que circular rodeados de personal armado es gran símbolo de poder. Lo malo es que estos niños son las víctimas de unos patrones sociales perversos, sostenidos y profesados como normales por sus padres que, sin duda, detentan buenas cuotas de poder en la sociedad. Y, más tarde, pero mucho más pronto de lo que quisiéramos, heredarán esa tajada del ponqué repitiendo y agrandando su prepotencia y convirtiéndose en victimarios.

No sobra reflexionar sobre esto, cuando muchos de estos enclaves del estrato seis solo se ocupan de los resultados académicos que publica el Icfes. Luego nadie entiende el éxito de las pirámides.

frcajiao@yahoo.com

Francisco Cajiao

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