Por: Camilo Ayerbe Posada
Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Cuando era niño tuve un amigo que era uno “de los más pobres entre los pobres”. Un día, arreglando mi cuarto, encontré un helicóptero de juguete que mi padre me había traído del exterior. Como era Navidad pensé en regalárselo a John Esteban, mi amigo cartonero. Todo lo que le donaba siempre lo recibía con una gran sonrisa rebosante de dignidad. Con el helicóptero fue diferente: “Gracias… pero no tengo plata para comprarle pilas. Más bien deme comidita…”.
Le conté lo sucedido a mi padre, uno de esos bogotanos para los cuales nada en la vida cae del cielo, y me dijo: “Préstaselo más bien y le regalas siempre las pilas… dile que lo cuide mucho porque el juguete es tuyo”. Así lo hice y con la excusa del helicóptero y del cambio de las pilas nuestra amistad siguió durante muchos años.
El gobierno Santos quiere regalar cientos de miles de viviendas a los “más pobres de los pobres”. Es un gesto encomiable, pero me recuerda la anécdota de mi helicóptero. ¿Quién va a pagar por las pilas? ¿Quién cubre los servicios de agua, luz y gas. ¿Quién paga por los arreglos y los gastos de administración? Y caben otras preguntas: ¿La vivienda en qué estado va a estar al cabo de 5 años? ¿Cuando esta vuelva al mercado se va a valorizar? Lo dudo. Si vamos camino de la prosperidad, esos barrios gueto serán los menos codiciados.
En los países desarrollados en los últimos años se buscan acabar con el concepto de “los pobres entre ellos”, que es lo que hemos venido haciendo con la Vivienda de Interés Social (VIS) en Colombia. El verdadero regalo para ellos es permitirles vivir “cómo y con los menos pobres”: en una ciudad con servicios, comercio, parques y opciones recreativas y culturales.
En La Candelaria conviven desde hace años ricos y pobres. Y es el que tiene la tasa más baja de delitos de la ciudad. En el último año hubo un solo homicidio y fue pasional.
En Inglaterra como en Alemania (¡donde el 50 por ciento de la población vive en arriendo!) el social housing consiste en un esquema donde “no se regala” sino “se presta”. Los arriendos son subsidiados por el Estado (en parte o hasta en un 100 por ciento). Existen los “social landlords”, organizaciones públicas, ONG y otras instituciones sin fines de lucro encargadas por el Estado de “mantener, administrar y velar por la integridad” de las VIS.
El Estado no regala, financia la construcción que ejecutan los privados, pero los activos siguen siendo de la Nación. Se adjudican con un criterio selectivo y con estrictas condiciones, entre ellas el “cuidado del bien inmueble”. En la medida en que las condiciones socioeconómicas de los residentes y del país mejoren, el Estado puede comenzar a subastar (a precios favorables) las propiedades de Interés Social, con prioridad a los inquilinos. Recoge parte de su capital invertido y puede seguir acometiendo otros proyectos.
En Bogotá, y en varias ciudades más, se debe acometer un gigantesco plan de renovación urbana, donde un 20 por ciento de los barrios podría estar destinado a la VIS, como parece estar proponiendo el alcalde Petro. Darles a los pobres vivienda es un buen propósito. Lo mejor sería no regalarla, sino prestarla (así se puede construir con las mejores especificaciones), también hacerlo dentro de lo posible en los perímetros urbanos ya existentes, creando por ejemplo “distritos de renovación” donde tengan cabida viviendas de todos los estratos y de uso mixto.
Hace unos meses el Gobierno tuvo la acertada idea de crear la Empresa Nacional de Renovación Urbana. Sería oportuno que un porcentaje importante de esos billonarios recursos del Ministerio de Vivienda fueran entregados a esta nueva empresa, para que lidere la construcción de VIS en los perímetros centrales y semicentrales de nuestras ciudades, en asocio con las alcaldías y la empresa privada.
En esta ambiciosa propuesta del Gobierno no hay demagogia ni populismo. Las intenciones son las mejores. Pero con correctivos y una buena estructuración financiera, esos recursos se podrían duplicar.
Prestar, no regalar. Arrendar (gratis si se quiere), pero no titular… ese quizás sería el mejor regalo para los pobres de Colombia, que carecen de un techo digno, sin afectar el patrimonio de la nación, que es de todos.

