Carlosprieto.net

"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Hablar con asesinos

Posted by Pocho On septiembre - 4 - 2011

Por: Héctor Abad Faciolince

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Íngrid Betancourt estuvo en el Caguán durante el despeje; les dio la mano a los líderes guerrilleros y creyó haberse ganado su lealtad.

Esa confianza en la amistad con los bandidos fue una de las causas que la llevó a cometer el acto temerario de irse por tierra a San Vicente. Creía que si la secuestraban, sus “amigos” la liberarían pronto. También el presidente Pastrana fue a darles la mano a Tirofijo y a sus secuaces. No le bastó el desplante de la silla vacía para desistir. Insistió —con ingenuidad—, en un despeje que sólo fortaleció a la guerrilla y nos dejó como estela el largo gobierno de Uribe, un gobierno cimentado en la exasperación de la mayoría de los colombianos, hartos del secuestro y de los métodos criminales de las Farc.

Varias veces me invitaron a ir al Caguán, como periodista, a conocer a los guerrilleros. Me salvó de esa vergüenza una alergia que tengo de nacimiento: se me ampolla la mano si se la doy a un asesino. He tenido la suerte de no tener trato (ni siquiera literario) con sicarios. No le he dado la mano a mafiosos ni a guerrilleros ni a paramilitares. Estaría dispuesto a estrecharla si se han desmovilizado, han pedido perdón y han pagado por sus crímenes ante la justicia. Antes no.

Yo no estoy seguro de que Piedad Córdoba sea Teodora Bolívar. Eso lo deben establecer los jueces colombianos. De la lectura de los expedientes y de las pruebas que se han presentado, yo tengo la impresión, sin ser un criminalista, de que Piedad y Teodora son la misma persona. Si esto se confirmara, si fuera ella la del trato amistoso y conciliador con criminales, me parecería que las sanciones de la Procuraduría son lo mínimo que se merece. He repudiado públicamente —desde un punto de vista periodístico— la manera de actuar de Jorge Enrique Botero. Él ha aprovechado su cercanía con líderes de las Farc para hacer reportajes en los que mezcla irresponsablemente realidad y ficción. Ocultó durante meses información fundamental sobre Clara Rojas y su maternidad, simplemente para dar un golpe mediático con un libro inexacto.

Es posible que un reportero tenga el deber de hablar incluso con el diablo. Pero debe saber que si va a entrevistar a una persona que está armada y tiene un grupo de matones alrededor (mafioso, paramilitar o guerrillero que sea) su manera de preguntar se verá afectada irremediablemente por el miedo y la intimidación. Es muy difícil hacer contrapreguntas duras ante las respuestas dictadas por la propaganda si estamos frente a un tipo armado. Por eso la cautela al relacionarse con bandidos tiene que ser extrema; todo debe estar autorizado por el director del medio. Y el resultado de esas entrevistas analizado con lupa en la redacción.

Ernesto Yamhure se presenta con una breve biografía en su página de Twitter: “Católico, columnista de El Espectador y Caracol, periodista de La Hora de la Verdad”. Debería actualizarla. Los tres medios para los que trabajaba como periodista le han aceptado la renuncia. La Iglesia Católica excomulga por abortar, pero no por hablar con asesinos. Para seguir en su Iglesia le bastará confesarse y arrepentirse. Su Dios es misericordioso; más misericordioso que el periodismo o la ley. Pero está bien que haya salido de los medios pues consultar sus opiniones con un asesino es inaceptable.

Ojalá este episodio sirva para que todos los periodistas colombianos nos alejemos del trato familiar con esas dos agrupaciones de criminales que han convertido a nuestro país en un infierno en los últimos decenios. No podemos ser tolerantes ni con los paramilitares, ni con las actuales bacrim, ni con las narcoguerrillas del ELN y de las Farc. Aquí muchos han banalizado el mal; muchos han tolerado y ensalzado a los asesinos de ambos bandos. Muchos se han regodeado con los sicarios hasta casi justificarlos. Entre las cosas tolerables no está la cercanía con los criminales. Esto no cae en el terreno de la tolerancia sino en el de la complicidad.

Íngrid y el odio

Posted by Pocho On septiembre - 22 - 2010

Por: Editorial El Espectador

Le he dado full garrote a Íngrid Betancourt en este blog. Aunque me pareció totalmente absurda su pretensión de presentar una demanda “simbolica” a nuestro país; no por eso, dejaré de leer su libro. Será un testimonio más, de esta guerra en la que año tras año, y generación tras generación hemos vivido los colombianos de bien. Íngrid tiene toda la razón cuando manifiesta: “En Colombia no aceptamos que las víctimas sean víctimas”. Ella no es más que una víctima, y de eso no nos podemos olvidar. Pocho

Que es una mala mujer, dicen unos. Que ni siquiera abrazó con cariño al hombre que luchó aquí y allá por su liberación. Sólo un beso frío y distante fue su premio, aseveran. Tampoco lograron gratitud los demás secuestrados, dicen otros. Esa mala mujer se fue al exterior y se olvidó del país.

Ahora sí es francesa, qué tal la conveniencia, qué tal la traición, enjuician unos más. Igual, era de esperarse, añaden los que se unen al rechazo, al fin de cuentas, lleva la misma sangre de Yolanda Pulecio, esa otra mala mujer que despotricó del mismo gobierno que le rescató a su hija. Son ambas unas desagradecidas, sentencian. Esas brujas, esas arpías, vinieron al aniversario de la avanzada militar y sólo dos días después presentaron una “simbólica” demanda contra el Estado. Y, ahora, como si la desfachatez no fuera suficiente, se volvió escritora y va gritando a los cuatro vientos que la misma sociedad que rezó y marchó por ella, es despiadada. Que se vaya o se muera mejor, se lee en foros virtuales y redes sociales.

Difícil y preocupante reacción, sin duda. Es cierto que Íngrid Betancourt se convirtió en una figura pública que no asumió con acierto y responsabilidad su visibilidad y poder. Es cierto que varios de sus discursos y acciones desconocieron y ofendieron el país entero. Y es cierto también que su personificación de “víctima especial”, de víctima de víctimas, no tiene sentido en una sociedad que ha sufrido, sin excepción, las consecuencias de la violencia. Pero a pesar de sus errores, nadie puede olvidar que ella es una mujer que duró seis años en la selva en condiciones infrahumanas y Yolanda Pulecio, una madre con su hija secuestrada. El país no puede, de buenas a primeras, perder la sensibilidad de tan extenso y extremo sufrimiento. Un sufrimiento de tal magnitud, que rebasa la imaginación de los que han podido permanecer a salvo. Se puede disentir, por supuesto. Se puede juzgar su actitud, manifestar la distancia e, incluso, hacer pública la decepción. Pero vociferar odio de la manera como se ha hecho esta semana con motivo de la aparición de su libro no hace más que convertir a esta sociedad en la “despiadada” que la ex candidata del Partido Verde Oxígeno denunció el domingo en este diario.

Mal se hace al aborrecer de esa manera a una víctima del conflicto y peor aún cuando además se le responsabiliza de su suerte. Como le dijo Íngrid en su entrevista exclusiva para El Espectador a Héctor Abad: “Lo que me sucedió a mí, les sucede a las víctimas en Colombia todo el tiempo. Matan a un cura y dicen que tenía relaciones con los paramilitares; matan a una mujer o la violan, culpa de ella: se prestó. En Colombia no aceptamos que las víctimas sean víctimas”. Razón no le falta. Pareciera como si el país necesitara descargarse de la responsabilidad. O peor, que la violencia ha calado de tal forma que se juzga necesaria. Está muy mal una sociedad que hace culpables a las víctimas de lo que hacen sus victimarios.

Sin entrar al torpe juego de odios y amores, es necesario detener la avalancha de rencor y revisar con cuidado las implicaciones de juicios tan severos. El calibre de los calificativos que ella ha recibido no refleja la magnitud de sus faltas sino la voluntad de una sociedad deseosa de una caza de brujas. Los comentarios que la desacreditan como mujer y como víctima son muy desafortunados. Ella puede amar y dejar amar, hablar y dejar de hablar y refugiarse en el país del mundo que prefiera. Colombia no puede mirar hacia abajo desde una falsa grandeza, desconocer el dolor de un largo encierro y condenarla con desprecio. La insensibilidad tiene límites y la opinión pública hace tiempo está excedida. Puede que no se compartan sus actitudes, pero la obligación al respeto nunca se suspende.

Íngrid tiene huevo

Posted by Pocho On julio - 16 - 2010

Por: Daniel Samper Ospina

Fuente: Semana

Caricaturas Por: Matador

Creo que ni los tres huevos del presidente Uribe reunidos en uno solo alcanzan el tamaño del huevo que tiene Íngrid.

Reconozco que soy lento, que me cuesta trabajo comprender las cosas. Hace un mes, por ejemplo, cuando los noticieros informaron que una figura pública muy prestante padecía de severos daños cerebrales, pensé que se referían a Noemí. Sin embargo, alguien me aclaró que se trataba de un cantante latinoamericano.

—Yo sí le notaba algo raro a Ricardo Arjona -dije victorioso porque no sabía que hablaban de Cerati-: esas letras no podían salir de una persona normal.

No ha sido la primera vez que mis neuronas demuestran que tienen un servicio de electricidad parecido al que todos padecimos durante el gobierno de Gaviria. Esta semana el periódico advirtió que el presidente Uribe asistiría al congreso cafetero para analizar la verdadera situación del grano, y recuerdo haberlo criticado: para esos efectos era mejor mandar a Fabio Valencia, cuyo acné es un caso de análisis mucho más interesante que cualquier otro. Por esos días, justamente, lo vi pasar a él, a Valencia Cossio, en una camioneta que andaba a toda velocidad, y a la que seguían dos motos de la Policía.

—¡Eso, eso: agárrenlo, agárrenlo! -comencé a gritar, porque de verdad la policía ya lo tenía muy cerca—: ¡denle su merecido! ¡Que haya justicia!

Si un apiadado transeúnte no me hubiera explicado que se trataba de su escolta, ya estaría afónico.

Digo que me cuesta trabajo entender las cosas. No en vano soy periodista. Y por eso, cuando el pasado viernes salió la noticia de la indemnización de Íngrid, me pareció desmedida la reacción de todo el mundo en contra de la pobre mujer.

La verdad, en el caso de Íngrid yo sí estoy de acuerdo con lo de la indemnización: creo que es justo que ella le pague al Estado al menos 12.500 millones de pesos. Incluso más: deberíamos pedirle más, para que no vuelva a confundir arrogancia con valentía y aprenda a ser agradecida.

Debíamos pedirle más, pensaba, pero un compañero de la oficina me explicó que la demanda venía al revés. Y entonces volví a quedar en las nubes: ¿cómo así? ¿El Estado debe pagarle 12.500 millones a quién? ¿A la guerrilla por haber tenido a Íngrid? ¿O es Íngrid, acaso, la que se los debe pagar a Juan Carlos Lecompte por haberlo saludado como si fuera un fox terrier? ¿O es Juan Carlos Lecompte quien debe pagarle derechos a Íngrid por haber explotado su dummy?

Tuvo que explicarme mejor:

—Es Íngrid la que piensa demandar al Estado a pesar de que todo el mundo le advirtió que no se metiera en la boca del lobo.

—No entiendo -reviré confundido-: ¿se quería meter en la boca del presidente Gaviria? ¿Para qué, si de un tiempo para acá se le caen los dientes?

Ahora que me lo explicaron bien y que lo comprendí todo, permítanme hacer una confesión algo escatológica: siempre recordaré 2010 como el año en que supe de la condición testicular del presidente Uribe. Su confesión, debo admitirlo, me impresionó bastante. Jamás olvidaré el momento en que el mandatario más popular de los últimos tiempos confesó que tenía tres huevos. No lo quiero juzgar. Al menos no por eso. Entiendo que la suya es una malformación mucho más común de lo que se cree, y me parece que debemos rodearlo y darle afecto.

Sin embargo, creo que ni los tres huevos del presidente Uribe, reunidos en uno solo, alcanzan el tamaño del huevo que tiene Íngrid. Es tan grande que dan ganas de tirárselo de nuevo a José Obdulio en la frente y repetir esa escena memorable que recuerdo con cariño cuando no puedo conciliar el sueño: ¡cómo le escurría la yema! ¡Se parecía a Gorbachov!

La actitud de Íngrid es miserable, no tanto porque demuestra su ingratitud con las fuerzas del Estado que le advirtieron de los peligros que ella desoyó y que posteriormente la rescataron, sino por el precedente que dejará en las instituciones colombianas. Porque si prospera este caso, se viene una cascada de demandas imposible de detener: ya me veo a Fabio Valencia demandando a su dermatólogo, Noemí a su siquiatra y Gustavo Petro a su sastre.

No obstante, si ya es un hecho lo de la demanda, sugiero humildemente que incluyan este capítulo en la serie que están filmando sobre la Operación Jaque. Que a la heroína le muestren también su lado miserable. Porque a Íngrid hay que darle su merecido de alguna manera. Aun más: sugiero que ya no la interprete Marcela Mar sino Marcela Benjumea.

En su momento imploré para que a nadie se le fuera a ocurrir hacer de la Operación Jaque una película, porque ya me veía a Teresa Gutiérrez interpretando a Jorge Eduardo Géchem. Pero la demanda de Íngrid al Estado me parece un buen final. Ya no está Teresa Gutiérrez, pero la puede reemplazar Alan Jara, cuyo caso, dicho sea de paso, no se puede comparar con el de Íngrid. Si él decide demandar al Estado yo lo apoyo porque nadie le hizo advertencias sobre su seguridad y además necesita la plata para terminar de pagar el diseño de sonrisa.

Reconozco que soy lento, que me cuesta trabajo comprender las cosas, que casi nunca entiendo nada. Y por eso puedo estar equivocado. Pero yo creo que, esta vez, lo justo es que Íngrid nos pague a todos nosotros.

VIDEO DE LA SEMANA

Música recomendada

Escuchar Pocho.fm

Twitter