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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

El derecho al olvido

Posted by Pocho On junio - 9 - 2011

Por: Milagros Pérez Oliva

Fuente: El País – Madrid, España

Si alguien introduce el nombre de la gimnasta Marta Bobo en Google, el buscador le ofrecerá cuatro posibilidades. La cuarta es “Marta Bobo anorexia” y conduce directamente a una información publicada en EL PAÍS en julio de 1984. Es una noticia corta, pero categórica: “Marta Bobo sufre anorexia”. Cuenta que tres atletas, entre ellas Marta Bobo, se disputan las medallas de gimnasia rítmica de los Juegos Olímpicos, “pero Marta, con 29 kilos a sus 18 años, con anorexia diagnosticada, se encuentra en Los Ángeles en contra de los consejos del psiquiatra. Su situación, no ya anímica, sino física, ha podido ser peligrosa”, dice. El texto no identifica las fuentes y tampoco incluye la versión de la interesada.

Marta Bobo tiene ahora 45 años y es profesora de la Facultad de Ciencias del Deporte de la Universidad de A Coruña. Madre de dos niñas, se considera injustamente perseguida por una noticia que, asegura, “es falsa”: “Nunca he sufrido anorexia. Nunca se me ha diagnosticado tal enfermedad. Y mi peso no era de 29 kilos, sino que oscilaba entre 39 y 41; ligero, pero lejos de lo patológico teniendo en cuenta que entrenaba nueve horas diarias”, dice.

Veintiséis años después, ella y su marido, Alberto Martínez, acuden a la Defensora para que “de algún modo se advierta que la información, aunque se creyera correcta en su momento, resultó ser falsa”. No quieren que sus hijas la lean y tampoco que sea utilizada, como ha ocurrido hace poco en otro diario, en contra de ese deporte.

Si la noticia era falsa, ¿por qué no instó una rectificación? Marta Bobo explica que en ese momento su máxima preocupación era competir en los Juegos. “Había obtenido la clasificación directa en los Mundiales de gimnasia rítmica, pero 15 días antes de volar a Los Ángeles, la Federación Española intentó sustituirme por otra atleta. Como por las marcas no podía justificarlo, dijo que sufría anorexia nerviosa. Mis padres me llevaron al médico y las revisiones acreditaron que no tenía problemas de salud. La Federación no pudo impedir que participara, pero lo hice en medio de una gran tensión”. Acabados los Juegos, abandonó la Federación Española y se fue a Canadá, donde ejerció como entrenadora y completó su carrera con un doctorado.

“Una vez leí una referencia a mi supuesta anorexia en Vogue. Pensé que se iría olvidando, pero ahora resulta que la noticia tiene de nuevo repercusión”, dice Marta Bobo. La tiene porque los buscadores convierten el pasado en un presente continuo. Lo cual ha dado lugar a una nueva demanda social, el derecho al olvido, que afecta a todo tipo de contenidos y sobre el que se espera con gran expectación que la Unión Europea se pronuncie antes del verano.

Como ya expuse en mi artículo Condenados a permanecer en la Red, los buscadores de Internet han dado nueva visibilidad a noticias del pasado que sin su mediación dormirían en las hemerotecas. Ahora, con solo teclear el nombre, cualquiera puede acceder al historial digital de una persona, incluidas noticias antiguas que pueden tener un efecto negativo en el presente.

La Agencia Española de Protección de datos recibió 150 demandas de cancelación en 2010 y este año lleva ya unas 250, según dijo Ángel García en un debate celebrado el jueves en Madrid, en el marco del Foro de la Gobernanza de Internet en el que tuve ocasión de participar. La agencia considera que el primer responsable de suprimir o cancelar unos datos es el medio que contiene la información (webmaster). Pero admite que ello no siempre es posible.

En el caso de los medios de comunicación, la supresión de noticias afectaría al derecho a la información. “Nosotros no podemos modificar el contenido de la hemeroteca, porque sería falsear la historia”, sostiene Gerardo Viada, responsable de los servicios jurídicos del diario. “El problema se ha creado con la aparición de buscadores. Son ellos los que dan acceso a unas informaciones que en nuestro caso solo son accesibles de forma directa para los suscriptores”. Por eso, en los casos que afectan a los diarios, lo que se plantea no es suprimir la información publicada, sino impedir que sea visible a través de los buscadores de Internet. Y eso, técnicamente, pueden hacerlo tanto el medio como el buscador. Pero cada uno de ellos considera que es el otro quien debe resolver este problema.

En diversos casos planteados contra EL PAÍS y contra Google, la Agencia de Protección de Datos ha desestimado la reclamación contra el diario y ha mantenido la dirigida contra el buscador. En estos momentos la agencia tiene abiertos más de 100 expedientes contra Google por esta causa. Pero Google Spain se ha defendido ante los tribunales argumentando que la responsable de los motores de búsqueda es Google Inc. y, por tanto, cualquier reclamación ha de plantearse ante los tribunales de California, donde la empresa madre tiene su sede. El asunto está pendiente de resolución en la Audiencia Nacional.

En los medios, la casuística es compleja y variada. Se dan por lo menos cuatro grandes supuestos susceptibles de reclamación: 1) Noticia verídica sobre conductas o hechos considerados en su momento normales pero que han evolucionado hacia una percepción negativa. Por ejemplo, decir que se ha consumido LSD o aparecer vinculado a una organización extremista o sectaria. 2) Noticia verídica relacionada con hechos delictivos probados. La permanencia en la Red de esta información supone un estigma y plantea dificultades añadidas al derecho a la reinserción social una vez cumplida la pena. 3) Noticia verídica pero incompleta, bien porque no se han incluido todos los elementos, bien porque no se ha hecho el seguimiento adecuado. Sería el caso de personas imputadas en causas judiciales o administrativas de cuyo desenlace favorable no se ha informado. 4) Noticia falsa o errónea que en su momento no fue rectificada y que ahora emerge de nuevo con su dañino potencial.

En los dos primeros casos, parece difícil que el derecho al olvido permita actuar sobre el medio que alberga la información. Este no puede hacerse responsable de un pasado que vuelve. Cuestión distinta se plantea en el caso de noticias ya publicadas que resulten dañinas porque no se ha hecho el oportuno seguimiento o la evolución posterior ha revelado que eran inexactas. Aunque la nueva visibilidad no dependa de los medios, es obvio que alguna responsabilidad tienen en esa situación. Consciente de esta nueva problemática, como medida preventiva EL PAÍS ha establecido el criterio de que en noticias sobre sucesos y procesos judiciales se omita el nombre completo de las personas implicadas que no tengan relevancia pública, siempre que ese dato no sea necesario para la información.

Pero el gran reto sigue siendo cómo actuar en el caso de las noticias ya publicadas. Existe una solución técnica: se trataría de aplicar herramientas como los “robots txt”, que hacen que la noticia sea invisible para los buscadores. El problema radica en qué criterios aplicar. Gerardo Viada ve difícil poder atender estas demandas: “Resultaría enormemente complejo gestionar la avalancha de solicitudes que podría producirse y mucho más decidir en qué casos estaría justificado impedir la visibilidad y en cuáles no”, sostiene.

Respecto de las noticias incompletas, los medios podrían estudiar posibles medidas de autorregulación. Por ejemplo, habilitar un espacio en la edición digital en el que, previa demostración documental, se publicara una nota de la persona afectada comunicando el desenlace, por ejemplo, una sentencia absolutoria. Esa nota quedaría indexada y permitiría que cuando alguien buscase el nombre de esa persona, apareciera junto a la información.

Todo esto está sobre la mesa de debate. El derecho al olvido supone un gran desafío para los medios, pero también una oportunidad para demostrar su capacidad de adaptación a las nuevas demandas.

Bill Gates – Skype

Posted by José Daniel On mayo - 29 - 2011

Fuente video: BBC

Fuente escrita: www.tecno.elespectador .com

Durante los primeros días de mayo, Microsoft apostó por esta firma tecnológica al comprarla por $8.500 millones de dólares. Sus 170 millones de usuarios ratifican su valor.


El pasado 10 de mayo, Microsoft anunció la adquisición tecnológica más grande en su historia, al pagar $8.500 millones de dólares por Skype, el principal servicio de voz sobre IP existente en la web.

La suma desembolsada por este servicio de telefonía por internet se produjo luego de que se filtrara en los medios que tanto Google como Facebook estarían interesados en la compañía y mantenían conversaciones con ésta para una posible adquisición o fusión con la firma tecnológica.

Dado el elevado precio que pagó la compañía de Bill Gates por Skype, en momentos en que Apple y Google cada día ganan más fuerza en el mundo de la tecnología, conviene preguntarse, ¿por qué importa tanto Skype?

Este servicio utiliza el protocolo de internet para transmitir voz, datos y vídeo, conocido como tecnología VoIP, y permite así mantener conversaciones en audio y vídeo gratuitas entre usuarios de todo el mundo, así como con teléfonos fijos y móviles con tarifas muy competitivas.

Skype también permite establecer videoconferencias entre dos o más usuarios y su software gratuito tanto en ordenadores como en diversos tipos de teléfonos móviles y otros dispositivos inalámbricos.

De concepción a adquisición

A lo largo de su historia, enmarcada entre inversiones, ofertas y ventas de la compañía, Skype sigue siendo una de las grandes y apetecidas firmas en el mundo de la tecnología.

Transcurría 2003 cuando Skype fue fundada por el sueco Niklas Zennström y el danés Janus Friiswhose, creadores de Kazaa, un software concebido para compartir música y películas.

Para 2005, el sitio de subastas de productos a través de internet eBay compró Skype por 2.600 millones de dólares. Antes de que finalizara ese mismo año, la compañía presentó uno de sus servicios insignia: la video llamada.

Durante 2006 Skype alcanzó los 100 millones de usuarios en el mundo. En el mismo año, lanzó la versión 3.0 de su software para Windows y la 2.0 para Mac.

Pero como en el mundo cambiante de la tecnología no todo puede ser ‘color de rosas’, en 2008 empezaron los conflictos con eBay. Por un lado, el servicio implementado para potenciar las comunicaciones entre compradores y vendedores, dentro del servicio de subastas en línea, no estaba dejando los réditos esperados. Por el otro, los antiguos desarrolladores del sistema demandaron a eBay porque las licencias usadas por éste habían caducado. En 2009, eBay terminó vendiendo el 70% de Skype por $2.750 millones de dólares al grupo Silver Lake Partners.

En 2010, la empresa reportó pérdidas netas por $6,9 millones de dólares. De todos modos, está claro que el valor de Skype no se mide por sus ganancias, que no crecen de la misma forma que su popularidad.

Con sus 170 millones de usuarios conectados, Skype es el servicio más utilizado de telefonía sobre IP y esa es una razón nada despreciable para que Microsoft, que poco a poco espera integrar este servicio a sus plataformas Outlook, Windows Live Messenger y Xbox, se decidiera por una inversión de ese tamaño por esta compañía, en momentos en los que este gigante busca aumentar su penetración afanosamente en la web.

Internet y la rebelión

Posted by Pocho On abril - 9 - 2011

Por: Eduardo A. Prieto *

Fuente: El País – Madrid, España

Si queréis liberar a una sociedad, dadle Internet”. Esta receta, propuesta por Wael Ghonim, ejecutivo de Google, es compartida por aquellos que consideran que las revoluciones populares que han depuesto a los Gobiernos de Túnez y Egipto, y amenazan con derrumbar a otras tiranías semejantes en Bahréin, Yemen o Libia, constituyen la prueba fehaciente de que el poder emancipador de las nuevas tecnologías de comunicación es real. Los analistas, la prensa o las cancillerías, acostumbrados a interpretar el mundo a partir de los juegos de poder entre grupos políticos reconocibles -clases sociales, oligarquías, Ejército, sectas religiosas-, han visto desbordadas sus más arriesgadas previsiones y, al igual que ocurrió con el Mayo del 68 o la caída del muro de Berlín, son incapaces de enfrentarse a coyunturas en las que, siquiera sea temporalmente, los protagonistas son aquellos que tradicionalmente no han tenido voz -jóvenes, desempleados, mujeres- y que hoy se están sirviendo de las herramientas anónimas de la Red para ser escuchados.

El uso político de medios como Facebook o Twitter -originalmente destinados a dar respuesta a las inquietudes, muchas veces banales, de los jóvenes de las sociedades más desarrolladas- desmiente la idea de que la tecnología sea algo esencialmente neutral. Por el contrario, su singular disposición revolucionaria se ha puesto de manifiesto en la ineptitud de las rígidas estructuras represivas de los Gobiernos depuestos en Túnez o Egipto para hacerse cargo de la situación. Acostumbrados a habérselas con los enemigos rutinarios -panfletos, periódicos prohibidos, reuniones clandestinas-, la policía y la censura de aquellos países, poco adiestradas en el uso de los medios digitales, han sido incapaces de detectar y abortar los primeros pasos de los movimientos de protesta, construidos pacientemente en la Red por minorías de jóvenes e intelectuales, antes de convertirse en alzamientos generalizados.

Dicho esto, no es conveniente dejarse llevar, de nuevo, por la ilusión de que las herramientas digitales puedan constituir por sí mismas una alternativa completa a los sistemas de dominación heredados del siglo XX, como si de un bálsamo digital frente a las tradicionales alambradas, muros o guetos se tratase. Los recientes acontecimientos en el mundo árabe actualizan, por el contrario, la conocida máxima de Foucault según la cual lo que define a nuestra época es su carácter espacial. Nos hemos acostumbrado a la idea de que el desarrollo de los medios de comunicación acabaría sustituyendo, sin más, el modelo de relaciones sociales y económicas establecido por la tradición moderna del control político a través del espacio. Al espacial siglo XX seguiría, de este modo, un nuevo siglo XXI virtual definido por el potencial liberador de las nuevas redes capaces de destruir los sistemas caducos de participación ciudadana, mediados tradicionalmente a través del juego de representación de los partidos políticos y las estructuras simbólicas de la ciudad. Sin embargo, lo que las revoluciones digitales de Oriente Próximo ponen de manifiesto es que, si bien las movilizaciones propiciadas desde la Red han desbordado los cauces políticos habituales, el éxito final de las protestas ha dependido, en última instancia, de los mecanismos basados en el despliegue tradicional de los cuerpos en el espacio político.

Convocadas primero a través de Internet o la telefonía móvil, y engordadas después en su arrastre mimético, las masas de manifestantes -no muy distintas de las que ocuparon el espacio público de Occidente en las revoluciones del siglo XIX y XX- han inundado las calles de muchas ciudades árabes o beduinas. El movimiento subversivo, confinado hasta ese momento a los canales inmateriales de la Red, desbordó sus límites hasta expandirse al espacio real, colonizando lugares dotados de gran simbolismo cívico para los ciudadanos -la plaza de Tahrir en El Cairo, la recientemente arrasada plaza de la Perla en Bahréin- y desplegando en ellos las estrategias espaciales anacrónicas -pero no por ello menos eficaces- propias de la tradición revolucionaria moderna. Este salto al espacio real de un movimiento originariamente virtual vino acompañado de una transformación en el ethos colectivo de los manifestantes, conscientes ya de su fuerza como grupo unido, demostrando así que cualquier manifestación en masa, aunque sea pacífica, es el símbolo de una acción potencial, de una violencia retenida que, si fuese necesario, podría ejercerse sobre la realidad. Se trata de un poder físico del que carece cualquier herramienta digital.

La sociología que a lo largo de los últimos años se viene construyendo en torno a las consecuencias del uso de Internet ha insistido en el carácter dinámico y cada vez más fugaz de los intercambios humanos, insinuando que la dependencia creciente del ciberespacio podría suponer, a medio plazo, nuestra metamorfosis en seudocuerpos o almas puras que acabarían volcando toda su energía espiritual en la Red. Esta hipotética conversión de los internautas en ángeles cibernéticos queda refutada por los hechos acaecidos en Túnez o Egipto y los que hoy están ocurriendo en Libia. Al constituirse en movimientos de masas, los levantamientos sociales se han hecho necesariamente materiales, deviniendo una verdadera revolución de personas: cuerpos visibles y completos que, retando al poder constituido, se manifiestan como tales en el espacio público. Si estos cuerpos, finalmente, mantienen su inercia unitaria, su tozudez física a dejarse desplazar por dicho poder, entonces la resolución de esta puesta en escena es, tal y como ha ocurrido, inmediata: si se decide a ejercer la violencia sobre la masa de manifestantes, es el Estado el que gana la partida (recordemos casos análogos como los de Tiananmen, el cruel desalojo de la instant city de los saharauis en El Aaiún o la vesánica represión en Libia devenida ya cruenta guerra civil); si, por el contrario, es el poder estatal el que se muestra vacilante, son los revolucionarios los que se hacen con el triunfo y el régimen ominoso acaba cayendo. Este sentido material, corporal de la revolución democrática en los países árabes se ha podido constatar, desde el origen, en el hecho simbólico que desencadenó todo el proceso: la autoinmolación de un joven vendedor callejero, Mohamed Buazizi, como protesta porque la policía le había arrebatado el carrito de verduras con el que se buscaba la vida. Fue, de este modo, un acto físico, brutal, ejercido sobre su propio cuerpo por un ser humano, y no los angélicos intercambios de sujetos anónimos refugiados en la Red, el que prendió la llama en Oriente Próximo.

Olvidado por la tradición filosófica, el cuerpo ha sido a lo largo de los dos últimos siglos el arma de choque de las revoluciones de Occidente y parece ser que seguirá desempeñando esta función en las nuevas que se avecinan. En un mundo cuya realidad merma de espesor día a día, el cuerpo adquiere un prestigio, un aura mayor cuanto más dudosa sea la condición de lo real. Por otra parte, los roles tradicionales que el espacio público y deliberativo propio de la modernidad desempeñaban en nuestras sociedades están siendo asumidos por un nuevo ciberespacio democrático, que sustituye al antiguo allí donde existía (Occidente) o se instala donde no había ninguno, como en Túnez o Egipto. Junto a este espacio de comunicación -sea virtual o no- existe un segundo espacio: aquel que es el medio propio de la acción revolucionaria de los cuerpos, la tradicional escenografía política que sigue hoy desempeñando sus funciones propias, bien como elemento simbólico (las manifestaciones del Primero de Mayo en Occidente, por ejemplo), bien como verdadera trinchera para el cambio político (desde Tiananmen hasta Tahrir). Como han demostrado los hechos -en El Cairo, en Bengasi, en Bahréin- los agentes cibernéticos pueden ocupar el primer espacio, pero nunca el segundo. De este modo, el destino de los modelos de control político -sean espaciales o virtuales- es entreverarse, contaminarse mutuamente. Para cambiar la realidad no basta con aprovechar las ventajas que la rapidez y la relativa seguridad de la comunicación digital suponen para constituir la opinión pública, sino que esta debe acompañarse necesariamente de la fuerza de la masa ciudadana, dispuesta a ejercer la violencia sin desprenderse, en ningún momento, del aura de la que todavía gozan los cuerpos en la época de su presunta reproductibilidad técnica. Son ellos, no Twitter ni Facebook, los que están derribando a las dictaduras.

* Filósofo y arquitecto.

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