"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

Cerebro google

El problema más grave de exteriorizar nuestras memorias en dispositivos electrónicos es que estamos degradando nuestra capacidad para fabricarlas a la manera antigua.

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

601. Cerebro Google

Leí, en días pasados, la historia de una mujer que perdió varias partes de la memoria debido a una encefalitis viral, que es una inflamación del cerebro que afecta los órganos y las sinapsis que guardan y procesan los recuerdos. Ella puede, por ejemplo, recordar a la mamá y a la hermana, pero no recuerda al marido.

Antes de la enfermedad era una ilustradora de carátulas para libros, y si bien todavía tiene la capacidad móvil para ilustrar, no tiene la memoria inmediata para recordar, cuando empieza una ilustración, qué es lo que está haciendo pocos minutos más tarde.

Ese caso extremo y triste me hizo pensar cuántas veces escucho gente adulta de todas las edades quejándose de la mala memoria. Yo lo hago todo el tiempo. La realidad es que, en general, nuestros recuerdos son imperfectos. 

Muchos están basados en una particularidad que nos marcó o en una foto donde la gente aparece con sonrisas forzadas, o en lo que otros nos han contado. Es que la memoria es un proceso de construir y reconstruir narrativas, no de simplemente almacenar y recuperar datos. Igualmente, mientras dormimos el cerebro fabrica historias con los recuerdos antes de memorizarlos (de ahí provienen los sueños).

Pero el placer de rescatar un recuerdo impreciso es algo que estamos olvidando a medida que externalizamos nuestra memoria a dispositivos electrónicos. Cuántas veces, durante una cena entre amigos, una reunión familiar, una cita de negocios, alguien acude a su teléfono para buscar un dato que no se recuerda en el momento.

Una serie de televisión inglesa mostró un episodio reciente en el que la moda es la implantación de una cápsula en el cuello que graba y puede proyectar en la pantalla de televisión o del computador todo lo que la persona ve y oye. Lo cual no es tan absurdo si consideramos que las redes sociales son memorias parciales donde la gente graba, para la posteridad y al alcance de cualquiera, lo que hace, come, piensa; lo que le gusta o le disgusta.

¿Ha notado cómo la gente, sobre todo las nuevas generaciones, está perdiendo la costumbre de mirar a los demás a su alrededor por estar embebida en mirar su teléfono, en tomar fotos de sí misma, o selfis; en escribir sus comentarios sobre lo que los otros publican en las redes sociales, en llenar esa memoria infinita que es el internet, donde todo puede ser almacenado y visto por otros?

Mirarnos los unos a los otros es un acto elemental en nuestro reconocimiento como especie humana; y mirarnos a nosotros mismos, en vez del afán de mostrar a otros lo que hacemos o pensamos, es el primer paso para ver y entender a los demás. Pero ese proceso hoy se confunde con las selfis. Y Google se confunde con memoria. Hoy no hace falta recordar, porque se puede ‘googlear’.

El problema más grave de exteriorizar nuestras memorias en dispositivos electrónicos es que estamos degradando nuestra capacidad para fabricarlas a la manera antigua. De la misma manera que la capacidad de comprometerse con el momento, de vivir cada instante, se diluye porque hay que poner atención en teclear en el teléfono lo que se va a comentar, y en subir la foto para que otros la vean.

Un estudio del University College London sobre las supuestas contribuciones de la tecnología en casos de demencia temprana sugiere que la parte del hipocampo que recupera recuerdos simplemente no se activa cuando un dispositivo electrónico realiza la tarea.

Un recuerdo nunca formado es mucho peor que un recuerdo olvidado. El hecho que olvidamos es precisamente lo que hace nuestras memorias preciosas.

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Garganta Profunda

Garganta Profunda, tal vez la película pornográfica más taquillera de todos los tiempos, es la historia de una mujer que tenía el clítoris en la garganta.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Con ese apelativo se bautizó al célebre informante del caso Watergate, que a la postre resultó ser Mark Felt, el número dos del FBI, que le suministró datos relevantes al reportero Bob Woodward, del Washington Post.

El escándalo Watergate, que estalló en 1972, prácticamente había echado una cortina de humo sobre el informante más tremendo de la historia de los Estados Unidos hasta entonces, Daniel Ellsberg, que sacó a flote los herméticos Papeles del Pentágono, filtrados por él a The New York Times en 1971. Estos documentos revelaban las mentiras del gobierno norteamericano sobre la guerra de Vietnam, las víctimas reales que costaría y acerca de que, en últimas, los gringos la iban perdiendo. Además decían que el presidente Lindon B. Johnson había ocultado información de interés al pueblo norteamericano.

El gobierno de Richard Nixon emprendió una campaña de hostilidades contra el informante, y estalló en furia en determinado momento cuando dijo: “¡Cojan a ese hijo de puta!”. Tanto Ellsberg como Garganta Profunda se convertirían en míticos filtradores de información a los medios periodísticos y contribuirían al desenmascaramiento de un Estado como el norteamericano, que para entonces ya encarnaba las perversiones que en la ficción habían formulado escritores como Georg Orwell y Ray Bradbury.

Las revelaciones sobre el Watergate realizadas por los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein ocasionarían la renuncia, en 1974, de Nixon, y pondrían en la cima de la discusión, junto con el caso de Ellsberg, el rol de los informantes en el periodismo. Muchos años después, el soldado Bradley Manning filtró más de setecientos mil documentos secretos a Wikileaks, de Julian Assange, sobre las guerras de Irak y Afganistán, aparte de otros papeles diplomáticos.

Hoy, la agitación mundial se debe a las filtraciones sobre programas ultrasecretos de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos. Varios operadores de Internet, como Google, Facebook y Youtube, cooperan con agencias de espionaje norteamericanas, en lo que se constituye en un nuevo atentado contra la libertad de expresión y el derecho a la privacidad. Estamos vigilados, tal vez todos seamos sospechosos de “terrorismo” y cualquiera podría ser, en potencia, un enemigo de Estados Unidos.  Este país, como en la novela de Orwell, tiene el Ministerio de la Verdad y es el Gran Hermano.

Obama ha continuado -como su antecesor- con el sistema de espionaje contra los ciudadanos norteamericanos, junto con los asesinatos selectivos con drones y las detenciones indefinidas de presuntos terroristas. Satélites, submarinos, robots, la tecnología toda, al servicio de un régimen que lo controla todo. Así como pueden interceptar las fibras ópticas submarinas para espiar otros países, también interfieren señales de radio, evaden radares y disparan armas de microondas.

Las denuncias que al respecto realizó el exagente de inteligencia Edward Snowden, otro “nuevo enemigo público” del imperio, mostraron una vez más cómo el monstruo de los mil y un ojos quiere controlarlo todo. “No quiero vivir en una sociedad que hace este tipo de cosas. No quiero vivir en un mundo donde todo lo que hago y digo está siendo grabado. No estoy dispuesto a apoyar o vivir bajo algo así”, dijo el exempleado de la CIA al justificar su heroica decisión.

Las históricas revelaciones de Snowden advierten sobre la inconstitucionalidad del espionaje a los ciudadanos estadounidenses y acerca de un vasto programa de intervención en los asuntos internos de otras naciones. Es lo que se ha denominado como una “arquitectura de la opresión”, según la cual, por ejemplo, se contemplan ataques cibernéticos de Estados Unidos a blancos escogidos por las agencias de inteligencia y se interceptan comunicaciones.

Vivir hoy bajo un nuevo panóptico no es sorpresa. Estamos vigilados, pero no para ser protegidos, sino para que el poder omnímodo detecte quiénes son sus contradictores. Obama, el sofista, dijo en su campaña electoral que no habría más escuchas ilegales ni más espionajes a ciudadanos que no fueran sospechosos de cometer un crimen. Hoy no solo demuestra lo contrario, sino que la seguridad no es para el ciudadano sino para un sistema opresor, que se ha caracterizado, precisamente, por ejercer el terror en otras partes del mundo.

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Amor algorítmico

Los jóvenes de hoy se quejan de que la informática acabó con el romance y la magia de la conquista. Muchos creen que los más beneficiados son los hombres.

Fuente: Revista Semana – Bogotá, Colombia

Ana todavía recuerda que cuando era adolescente sus pretendientes la llamaban a la casa, la visitaban o la invitaban a salir. Había regalos, rosas y otras señales inconfundibles de que la cosa iba en serio, y si a ella le gustaba, en cuestión de cinco semanas ya eran novios. Ahora, a los 26 años, añora esos viejos tiempos, pues sus potenciales enamorados hoy no hacen el menor esfuerzo por conquistarla. Ya no preguntan el número de su teléfono sino el pin; no salen a solas sino en parche y no la llaman sino que le envían un escueto mensaje de texto: “Cae a la 93”. Ella ignora ese tipo de invitaciones, pues considera que “merece al menos una llamada”.

Esta es una de las tantas anécdotas suyas que la lleva a pensar que el cortejo se acabó. No existe la expectativa de la cena romántica ni de estar solos, sino en grupo, y en esas circunstancias es muy difícil que la amistad pase a noviazgo. “Las relaciones se quedan en ese limbo en el cual uno se envía mensajes, se ve de vez en cuando, pero nunca pasa nada más”, dice Gloria, quien, como Ana, hace parte de la generación Milenio, la más afectada por esta nueva tendencia.

La etiqueta del romance también es confusa. Una solicitud de Facebook puede o no ser una señal amorosa, y un mensaje por Whatsapp puede ser muestra de interés, pero también de que él esta aburrido. Además, hay tantas tecnologías y canales de comunicación, que no se sabe a cuál atender. “Antes solo había que preocuparse por el teléfono fijo o el celular, pero ahora hay que estar pendiente de todas las redes sociales”, dice Ana.
Según la mayoría, los responsables de estas dificultades amorosas son los smartphones. Algunos creen que estas nuevas plataformas han facilitado las cosas para los hombres y los han vuelto perezosos para conquistar. Jaime Andrés, un músico de 27 años, lo admite. Cuenta que cuando no tenía teléfono inteligente planeaba la hora de la llamada, la estrategia y el discurso que le iba a dar a la joven para interesarla. Hoy enviar un mensaje de texto es tan sencillo y despersonalizado, que no lo piensa dos veces. “Ya no hay miedo de quedar como un intenso, ni del rechazo” dice. Con un ‘q +’ es suficiente para iniciar un contacto y si alguno de los dos se aburre, ni siquiera necesitan decir adiós.
Dan Slater, autor del libro Love in the Time of Algorithm, (Amor en la era del algoritmo), afirma que las redes sociales están volviendo las relaciones más casuales porque requieren invertir menos energía. “No hay que hacer mucho esfuerzo para dar clic en ‘me gusta’ de Facebook, pero sí para llamar a alguien al celular o encontrarse en algún sitio a tomar un café”, dijo a SEMANA.
Slater observa además que el grupo de mujeres y hombres disponibles se ha ampliado con las redes sociales. Una persona tiene 500 amigos en Facebook y otros 250 en los contactos del chat. A la hora de buscar programa solo tiene que mandar simultáneamente diez mensajes de dos palabras y en cuestión de segundos aparecen propuestas en forma expedita. La gente de una generación atrás debía invertir más tiempo y energía en hacer lo mismo con llamadas telefónicas.
Para Slater, este aumento de la demanda no ha creado pereza sino falta de compromiso, pues si hay más jóvenes para conquistar y una rechaza al pretendiente, no es problema porque habrá otra que aceptará. En un artículo de The New York Times, el periodista Alex Williams dice que hay tantas potenciales citas con mujeres ,que muchos incluso sienten que al salir con una se están perdiendo de algo y por eso “optan por la conquista rápida para que haya espacio para todas”. Este es el modus operandi de Jaime Andrés los viernes por la tarde. “Salen planes a cántaros y yo solo escojo el más interesante”, confiesa.
La rapidez del chat ha hecho que además, la regla de las cinco citas antes de tener una relación sexual se haya desdibujado porque a través de los mensajes de texto la gente cuenta con más herramientas para conocer al otro sin necesidad de verse. Las citas ahora se dan por Whatsapp y para los baches que queden están Google y Facebook,“que facilitan la búsqueda de información sobre la gente mucho antes de establecer una relación en la vida real”, dice Slater.
Gloria agrega que además la gente se siente más desinhibida a través de estos medios. “Si la relación es para sexo, el chat ayuda a romper el hielo”, señala. Según ella, la tecnología le ha quitado el aspecto romántico a la conquista y por eso “cuando uno solo quiere divertirse, este medio ayuda”, explica, porque los mensajes carecen de tono y no se ve la reacción del otro.
Carolina, de 30 años, cree que las nuevas tecnologías conectan y alejan a la vez. Si bien la gente está a un clic de distancia de alguien en cualquier lugar del mundo, la información que se obtiene a través de estos aparatos se da a cuentagotas. “No es fluida, nadie cuelga, ni se despide y uno no sabe si al tipo lo atropellaron o qué. Prima la incertidumbre”. Algo similar le pasa a Guillermo. “Ni los chistes ni los coqueteos se entienden”, dice. Aunque le parece que es más fácil contactar a las mujeres, aún le cuesta trabajo pasar del modo virtual al real. “El reto de uno hoy es cómo conseguir el espacio adecuado para decirle que le gusta”.
El psicólogo Diego Castrillón observa que en este momento la inmediatez ha impactado el proceso de conquista porque todo, desde la propuesta hasta el sí, se da en segundos. Esto ha favorecido que aparezca un abanico de posibles relaciones que se ubican entre amigos y novios. “Son amigos con derechos, pero ahora existen muchas subcategorías, con derechos temporales, permanentes o en ciertas circunstancias”. La tecnología le ha facilitado a Jaime Andrés plantear sus intenciones claramente. “Antes los tipos hacían todo el cortejo solo para acostarse con ellas, pero quedaban mal. Hoy uno les dice que no está interesado en nada serio y ellas verán si aceptan esos términos”.
Algunas mujeres se han adaptado a este nuevo estilo. Gloria dice que no le importa que sus amigos la conquisten por chat porque tampoco quiere nada serio en este momento, pero si estuviera interesada realmente en alguien, “me gustaría que tuviera la iniciativa, y que fuera paso a paso, a la manera tradicional, que es mucho más clara”. Ana piensa que la actitud de otras mujeres de aceptar esas condiciones está “dañando el mercado” porque les facilita las cosas a los hombres. “Si ellas están disponibles siempre, el tipo nunca va a enamorarse”. Para Ana, aún en los tiempos de internet es válido “hacerse la difícil”.
Otros creen que la tecnología ha beneficiado a ambos ,pues las mujeres también cuentan con más opciones y pueden disfrutar del sexo sin necesidad de estar en una relación comprometedora. “Este tipo de conquista es más espontáneo y la gente se conoce entre amigos. Es una bendición saberlo antes de comprometerse”, señala el psiquiatra canadiense J. R. Bruns. Emma Grey, columnista del Huffington Post, también cree que las grandes beneficiadas son las mujeres, pues han logrado “tener aventuras sexuales sin compromiso ni culpa”.
Según la psicóloga Ximena Sanz de Santamaría, los más confundidos con estos nuevos efectos de la tecnología son los adultos mayores de 30 años, que, a diferencia de los adolescentes, pueden comparar entre el ayer y el hoy. “Todo para ellos es por chat, la conquista, las peleas, las reconciliaciones, y no se lo cuestionan, pues así lo han vivido siempre”.
“La gente terminará adaptándose –dice Castrillón– y creará códigos diferentes según los grupos sociales en los que se mueva. La etiqueta se irá reinventando todos los días”. Al fin de cuentas, la tecnología no podrá cambiar el imperativo biológico de los seres humanos de buscar una relación estable para tener y criar hijos.
Algunas mujeres, como Gloria, Carolina y Ana, esperan que cuando aparezca su hombre, este las corteje a la manera tradicional. Como dice Carolina, “por el teléfono no creo que me enamore”.

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No seas malvado

Google, que atiende de inmediato peticiones razonables como la de sacar de sus motores de búsqueda videos que promueven el terrorismo, se da el lujo de decirle que no al país que quiera.

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Como si se tratara de cualquier gobierno del planeta, Google Inc., la gigantesca multinacional que prácticamente rige el mundo de Internet, ha presentado a la opinión pública internacional su quinto “informe de transparencia”. El documento, que el más célebre buscador de la web ha venido publicando desde mediados del 2010, revela detalles sobre las peticiones que tanto particulares como gobiernos suelen elevar para que sean censurados ciertos resultados de búsqueda en la red. El número de las peticiones de origen estatal, según el reporte,viene en aumento.

Pero quizás lo más sorprendente de la historia es que esta empresa, cuyo lema es ‘No seas malvado’ y que cree firmemente en la neutralidad y en la democracia en la red, se niega rotundamente -con la solidez de un Estado del primer mundo, de un imperio- a entorpecer el acceso a la información de millones de usuarios de la web. Google, que atiende de inmediato peticiones razonables como la de sacar de sus motores de búsqueda videos que promueven el terrorismo, se da el lujo de decirle que no al país que quiera. No está por encima de la legislación de ningún Estado, de ninguna manera, pero se resiste a los absurdos llamados de censura que hacen los gobiernos.

Dice el informe: “Del mismo modo que en las ocasiones anteriores nos han pedido que retiremos el discurso político. Esto es alarmante, no solo porque pone en riesgo la libertad de expresión, sino porque algunas de estas solicitudes vienen de países de los que quizá no lo hubieran sospechado, de democracias occidentales que no son asociadas típicamente con la censura”. El reporte pone como ejemplo la petición del gobierno canadiense de bloquear un video de YouTube en el que un ciudadano orina sobre su pasaporte. También habla de un juez en Estados Unidos que pidió retirar 218 resultados de búsqueda que conducen a sitios web supuestamente difamatorios.

Resulta alentador que Colombia, que hace unos días consiguió aprobar una ley que potencia el derecho a la información pública, no aparezca en la lista de los países que han solicitado censuras a Google. El acceso a la información, como predijo Alvin Toffler, originará las guerras del futuro. Y conviene estar preparado para ello.

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El derecho al olvido

Por: Milagros Pérez Oliva

Fuente: El País – Madrid, España

Si alguien introduce el nombre de la gimnasta Marta Bobo en Google, el buscador le ofrecerá cuatro posibilidades. La cuarta es “Marta Bobo anorexia” y conduce directamente a una información publicada en EL PAÍS en julio de 1984. Es una noticia corta, pero categórica: “Marta Bobo sufre anorexia”. Cuenta que tres atletas, entre ellas Marta Bobo, se disputan las medallas de gimnasia rítmica de los Juegos Olímpicos, “pero Marta, con 29 kilos a sus 18 años, con anorexia diagnosticada, se encuentra en Los Ángeles en contra de los consejos del psiquiatra. Su situación, no ya anímica, sino física, ha podido ser peligrosa”, dice. El texto no identifica las fuentes y tampoco incluye la versión de la interesada.

Marta Bobo tiene ahora 45 años y es profesora de la Facultad de Ciencias del Deporte de la Universidad de A Coruña. Madre de dos niñas, se considera injustamente perseguida por una noticia que, asegura, “es falsa”: “Nunca he sufrido anorexia. Nunca se me ha diagnosticado tal enfermedad. Y mi peso no era de 29 kilos, sino que oscilaba entre 39 y 41; ligero, pero lejos de lo patológico teniendo en cuenta que entrenaba nueve horas diarias”, dice.

Veintiséis años después, ella y su marido, Alberto Martínez, acuden a la Defensora para que “de algún modo se advierta que la información, aunque se creyera correcta en su momento, resultó ser falsa”. No quieren que sus hijas la lean y tampoco que sea utilizada, como ha ocurrido hace poco en otro diario, en contra de ese deporte.

Si la noticia era falsa, ¿por qué no instó una rectificación? Marta Bobo explica que en ese momento su máxima preocupación era competir en los Juegos. “Había obtenido la clasificación directa en los Mundiales de gimnasia rítmica, pero 15 días antes de volar a Los Ángeles, la Federación Española intentó sustituirme por otra atleta. Como por las marcas no podía justificarlo, dijo que sufría anorexia nerviosa. Mis padres me llevaron al médico y las revisiones acreditaron que no tenía problemas de salud. La Federación no pudo impedir que participara, pero lo hice en medio de una gran tensión”. Acabados los Juegos, abandonó la Federación Española y se fue a Canadá, donde ejerció como entrenadora y completó su carrera con un doctorado.

“Una vez leí una referencia a mi supuesta anorexia en Vogue. Pensé que se iría olvidando, pero ahora resulta que la noticia tiene de nuevo repercusión”, dice Marta Bobo. La tiene porque los buscadores convierten el pasado en un presente continuo. Lo cual ha dado lugar a una nueva demanda social, el derecho al olvido, que afecta a todo tipo de contenidos y sobre el que se espera con gran expectación que la Unión Europea se pronuncie antes del verano.

Como ya expuse en mi artículo Condenados a permanecer en la Red, los buscadores de Internet han dado nueva visibilidad a noticias del pasado que sin su mediación dormirían en las hemerotecas. Ahora, con solo teclear el nombre, cualquiera puede acceder al historial digital de una persona, incluidas noticias antiguas que pueden tener un efecto negativo en el presente.

La Agencia Española de Protección de datos recibió 150 demandas de cancelación en 2010 y este año lleva ya unas 250, según dijo Ángel García en un debate celebrado el jueves en Madrid, en el marco del Foro de la Gobernanza de Internet en el que tuve ocasión de participar. La agencia considera que el primer responsable de suprimir o cancelar unos datos es el medio que contiene la información (webmaster). Pero admite que ello no siempre es posible.

En el caso de los medios de comunicación, la supresión de noticias afectaría al derecho a la información. “Nosotros no podemos modificar el contenido de la hemeroteca, porque sería falsear la historia”, sostiene Gerardo Viada, responsable de los servicios jurídicos del diario. “El problema se ha creado con la aparición de buscadores. Son ellos los que dan acceso a unas informaciones que en nuestro caso solo son accesibles de forma directa para los suscriptores”. Por eso, en los casos que afectan a los diarios, lo que se plantea no es suprimir la información publicada, sino impedir que sea visible a través de los buscadores de Internet. Y eso, técnicamente, pueden hacerlo tanto el medio como el buscador. Pero cada uno de ellos considera que es el otro quien debe resolver este problema.

En diversos casos planteados contra EL PAÍS y contra Google, la Agencia de Protección de Datos ha desestimado la reclamación contra el diario y ha mantenido la dirigida contra el buscador. En estos momentos la agencia tiene abiertos más de 100 expedientes contra Google por esta causa. Pero Google Spain se ha defendido ante los tribunales argumentando que la responsable de los motores de búsqueda es Google Inc. y, por tanto, cualquier reclamación ha de plantearse ante los tribunales de California, donde la empresa madre tiene su sede. El asunto está pendiente de resolución en la Audiencia Nacional.

En los medios, la casuística es compleja y variada. Se dan por lo menos cuatro grandes supuestos susceptibles de reclamación: 1) Noticia verídica sobre conductas o hechos considerados en su momento normales pero que han evolucionado hacia una percepción negativa. Por ejemplo, decir que se ha consumido LSD o aparecer vinculado a una organización extremista o sectaria. 2) Noticia verídica relacionada con hechos delictivos probados. La permanencia en la Red de esta información supone un estigma y plantea dificultades añadidas al derecho a la reinserción social una vez cumplida la pena. 3) Noticia verídica pero incompleta, bien porque no se han incluido todos los elementos, bien porque no se ha hecho el seguimiento adecuado. Sería el caso de personas imputadas en causas judiciales o administrativas de cuyo desenlace favorable no se ha informado. 4) Noticia falsa o errónea que en su momento no fue rectificada y que ahora emerge de nuevo con su dañino potencial.

En los dos primeros casos, parece difícil que el derecho al olvido permita actuar sobre el medio que alberga la información. Este no puede hacerse responsable de un pasado que vuelve. Cuestión distinta se plantea en el caso de noticias ya publicadas que resulten dañinas porque no se ha hecho el oportuno seguimiento o la evolución posterior ha revelado que eran inexactas. Aunque la nueva visibilidad no dependa de los medios, es obvio que alguna responsabilidad tienen en esa situación. Consciente de esta nueva problemática, como medida preventiva EL PAÍS ha establecido el criterio de que en noticias sobre sucesos y procesos judiciales se omita el nombre completo de las personas implicadas que no tengan relevancia pública, siempre que ese dato no sea necesario para la información.

Pero el gran reto sigue siendo cómo actuar en el caso de las noticias ya publicadas. Existe una solución técnica: se trataría de aplicar herramientas como los “robots txt”, que hacen que la noticia sea invisible para los buscadores. El problema radica en qué criterios aplicar. Gerardo Viada ve difícil poder atender estas demandas: “Resultaría enormemente complejo gestionar la avalancha de solicitudes que podría producirse y mucho más decidir en qué casos estaría justificado impedir la visibilidad y en cuáles no”, sostiene.

Respecto de las noticias incompletas, los medios podrían estudiar posibles medidas de autorregulación. Por ejemplo, habilitar un espacio en la edición digital en el que, previa demostración documental, se publicara una nota de la persona afectada comunicando el desenlace, por ejemplo, una sentencia absolutoria. Esa nota quedaría indexada y permitiría que cuando alguien buscase el nombre de esa persona, apareciera junto a la información.

Todo esto está sobre la mesa de debate. El derecho al olvido supone un gran desafío para los medios, pero también una oportunidad para demostrar su capacidad de adaptación a las nuevas demandas.

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