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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

El cáncer del poder

Posted by Pocho On febrero - 26 - 2012

Por: Héctor Abad Faciolince

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Aguirre, el mejor de mis amigos, siempre me dice lo mismo: “Hombre, yo tengo la sospecha de que me voy a morir”.

Después sonríe, irónico, porque él sabe y todos sabemos que la mayoría de la gente vive como si no tuviera siquiera la sospecha de esa certeza: nos vamos a morir. Y entre los seres humanos, los que menos sospechan que se van a morir, son los poderosos. Algo que distingue claramente a una sociedad abierta de una sociedad cerrada, es que los líderes máximos de las sociedades autoritarias son presentados al público como si fueran eternos. Para que la gente no se haga ilusiones ni se les oponga con alguna esperanza de cambio, su gobierno se presenta como irremediable, su “revolución” como eterna, su régimen como algo que durará para siempre. De ahí que sus enfermedades sean un secreto de Estado.

Los venezolanos son expertos en líderes máximos que parecen inmortales. Allá por 1935, durante semanas, no se atrevieron a celebrar el deceso del dictador Juan Vicente Gómez, pues éste había acudido varias veces al ardid de divulgar su falso fallecimiento para pasar por las armas a los traidores que festejaran su muerte. En Corea del Norte, donde impera un régimen comunista monárquico, no vale la pena celebrar que el dictador desencarne, pues para un Kim que se muere hay de inmediato otro Kim que lo sucede: Kim Il-sung, Kim Jong-il, Kim Jong-un… Por eso allá, para usar las palabras de García Márquez en El otoño del patriarca, nadie se atreve a lanzar “los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anuncian al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad ha terminado por fin”.

Cuenta Ibsen Martínez que en los mentideros de Caracas todo el mundo se ha vuelto oncólogo, por tratar de adivinar cuánto le queda de vida al coronel populista. Unos descartan el cáncer de próstata, porque no se trata con quimioterapia, y aseguran que si han ocultado tanto el lugar exacto de “la lesión” es porque esta tiene que estar situada en una zona íntima y casi innombrable del cuerpo. Los más doctos hablan de “leiomiosarcoma de vejiga”; otros disertan sobre cistectomía, metástasis en el piso pélvico, y uso masivo de esteroides. Especulan los supuestos expertos, cuando hay algo tan simple: todos, hasta Chávez, nos vamos a morir, y no importa mucho si es dentro de seis meses o dentro de seis años.

Importa todo, me dirán: seis años o seis meses significan que debo invertir ahora, o no, en bonos de deuda venezolana. Esta semana, por cuenta de la “otra lesión en el mismo lugar de la lesión anterior”, los bonos venezolanos subieron de precio. Como la vida es corta, seis años parecen muchos. Pero la historia es larga, y así como pasaron Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez, así como Franco se hundió en la muerte, lo mismo ocurrirá con Chávez. De él —como de mí— yo sospecho que se va a morir. Y la muerte o el golpe es lo único que nos libra de los dictadores, los cuales, por definición, nunca se dejan deponer por los votos.

Para que el buen candidato Henrique Capriles pueda ganarle a Chávez las elecciones, no bastará con que saque más votos (pues unos pocos votos de más los desaparece el régimen): tiene que arrasar en las urnas. Y arrasar en las urnas a un presidente con el barril de petróleo a más de cien dólares, es una tarea ardua. Sin embargo hay síntomas y símbolos que dan esperanza: el primero es que ya es evidente que Chávez no es eterno. El mismo hecho de que él haya prohibido la palabra muerte en la consigna “patria o muerte”, revela con claridad qué es lo que más teme y cuál es su más próxima y probable derrota: la palabra omitida. Los venezolanos tendrán que escoger entre la vida de su país, con un hombre sano, que es Capriles, frente a un coronel enfermo, Chávez, que si bien no es la muerte personificada, sí es un paciente. Si Capriles es inteligente, deberá tratar al enfermo Chávez con el trato humano que todos los pacientes merecen: no alegría, sino compasión. Y es lo que está haciendo.

El gramático

Posted by Pocho On septiembre - 2 - 2011

Por: Julio Cesar Londoño

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

El 17 de julio de 1911 Rufino José Cuervo madrugó, arregló su habitación con cirios y flores, se arregló con más esmero que de costumbre, se recostó con las manos cruzadas en el regazo, expiró como cualquier matrona macondiana y fue enterrado sin discursos en el cementerio de Père-Lachaise. Llevaba 39 años dedicados a la redacción de su monumental Diccionario de construcción y régimen. “Murió cuando apenas iba por la letra E, en París; lejos de Bogotá… y de la Z”, escribe en Chapolas negras Fernando Vallejo, nuestra versión criolla de Truman Capote.

Aunque Cuervo siempre trabajó solo, hay que registrar la ayuda de su amigo Ezequiel Uricoechea, un aventurero bogotano, médico de Yale, antropólogo de la Sorbona y experto en árabe y lenguas indígenas que vivió muchos años en Europa. Cuervo le mandaba esmeraldas, que allá se cotizaban muy bien, y el hombre le enviaba a vuelta de correo abultadas cartas filológicas, discusiones eternas sobre el “leísmo”, las últimas novedades de las librerías y toneladas de corcho para las tapas de la cervecería de los Cuervo en Bogotá.

En una de las cartas, Uricoechea le cuenta a Cuervo que Alejandro Humboldt “me está iniciando en el estudio de la lengua alemana y me ofreció la cátedra de química de la Universidad de Berlín. Voy a pensarlo”. Uricoechea rechazó el ofrecimiento y viajó a continuar sus estudios de lengua y cultura árabe en Beirut, donde murió en 1880. Tenía apenas 46 años.

Para tener una idea de la dimensión del trabajo de Cuervo, veamos estas cifras. Él hizo un tercio del Diccionario. Para las otras dos partes se necesitó una minga de dos naciones, dos organismos internacionales, un mecenas infinitamente rico y un equipo de 40 investigadores que trabajó durante 42 años.

Otro maniático de los diccionarios, García Márquez, dijo, con las características hipérboles de su estilo, que “el Diccionario de Cuervo es una novela de las palabras, el diccionario menos imaginable del mundo por su fórmula y tamaño, por el siglo y cuarto de su ejecución, y por su inutilidad práctica”. (Lecturas Dominicales, octubre 10/99. Quizá no esté de más anotar que entre artistas, y desde Wilde, el adjetivo inútil es casi elogioso). Gabo no fue el único que quedó confundido. María Mercedes Carranza escribió en la revista Semana (febrero 8/99) que el Diccionario “absuelve dudas de toda índole en el manejo del idioma”. Es uno de los dislates más enternecedores en la historia de la crítica literaria de Occidente. El que llega al Diccionario con una duda, sale con veinte.

He hojeado con mucho placer y un principio de vértigo sus ocho gruesos tomos, los 600.000 ejemplos de uso, espigados en nueve siglos de prosa y verso castellanos, pero aún no me atrevo a decir para qué sirve ese “monumento a la lengua”, ni puedo dar una buena definición de él, ni estoy seguro de saber usarlo, ni me ayuda a resolver mis titubeos sintácticos, y a veces me asalta en la alta noche la idea sacrílega de que el Diccionario sea sólo el delirio de un genio que perdió el juicio en el curso de sus agotadoras jornadas de trabajo en un austero apartamento parisino.

Me declaro incapaz de decidir si estamos frente a la vulgata del castellano, un monumento de la lengua o una curiosidad bibliográfica, un mamotreto inútil, un museo de palabras muertas o un hito mayúsculo de la lingüística, el primer diccionario sintáctico de la historia.

Tal vez otro sabio tan terco como Cuervo dedique su vida a estudiar el Diccionario y muera dejando inconclusa su evaluación, y un equipo de 40 gramáticos emplee 40 años en terminarla y publique al fin la monografía crítica definitiva.

Marchas inútiles

Posted by Pocho On mayo - 21 - 2011

Por: Antonio Caballero

Fuente: Revista Semana – Bogotá, Colombia

En México, Javier Sicilia ha dicho que no volverá a escribir versos. ¿Les importa algo a los narcos semejante amenaza?

Grandes marchas pacíficas de protesta se realizan en México, convocadas al grito de “¡Estamos hasta la madre!” por el periodista y poeta Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado por los narcotraficantes. Una pregunta: ¿sirven de algo esas marchas?

Como desahogo, sí. Pero poco más. El grito es siempre el mismo: ¡Basta ya! Pero ¿basta ya de qué? ¿Del negocio del narcotráfico, como en el caso mexicano? ¿Del secuestro, como en Colombia se ha hecho contra las Farc? ¿De los asesinatos con tiro en la nuca, como una y otra vez se ha hecho en España contra ETA? Sobre tales organizaciones, mafiosas o terroristas, las marchas ciudadanas de rechazo no tienen ningún efecto. A las mafias criminales les importa un bledo no ser populares entre sus víctimas, ni entre la población en general que no participa en el negocio. A los grupos armados violentos -en Colombia o en Irlanda del Norte, en el País Vasco español o en Chechenia- esa impopularidad incluso les conviene, pues acentúa el poder de su herramienta principal, que es el terror. Ni ETA ha dejado de matar, por multitudinarias que hayan sido las marchas de repudio no solamente en toda España sino en el mismo País Vasco; ni las Farc han dejado de secuestrar en Colombia; ni las mafias del narcotráfico han abandonado su jugoso negocio ni en México ni en ninguna parte, abochornadas al ver que la gente no las quiere.

Y es porque se trata de cosas que no tienen que ver entre sí. En México es el dolor de padre de un poeta el que concita la protesta contra la sangrienta guerra del narcotráfico (cuarenta mil muertos). ¿Por padre? ¿Por poeta? ¿Es la poesía, como pretendía Gabriel Celaya, “un arma cargada de futuro”? ¿Sirve de algo la literatura para un niño que se muere de hambre, como preguntaba Jean-Paul Sartre? Y renunciar a ella ¿sirve de algo? En México, Javier Sicilia ha dicho que no volverá a escribir versos. ¿Les importa algo a los narcos semejante amenaza? Vale la pena recordar que en Colombia, cuando el golpe militar de Chile, Gabriel García Márquez anunció que no volvería a escribir hasta que cayera Pinochet. El cual gobernó diecisiete años. En Colombia se ha tenido a menudo la piadosa ilusión de que la música y las artes tienen un efecto balsámico sobre la violencia: las “escopetarras” que inventó alguien para disuadir a los sicarios, o el gran cuadro de Alejandro Obregón llamado, justamente, La Violencia, o las instalaciones de la escultora conceptual Doris Salcedo, la cual ha dicho que “el arte es un contrapeso a la barbarie”. Pero no es así. La música se inventó para animar a los hombres a la guerra. Y las invenciones de Salcedo son visual y estéticamente poderosas, pero en lo político y social no tienen ninguna influencia. Nunca ha sido el arte contrapeso a la barbarie. Al revés: en la historia los dos han ido siempre juntos.

Esto no significa que no haya que oponerse al imperio de la barbarie. Pero no desfogándose en acciones inútiles, o cuya utilidad está en otro campo (el del arte, justamente). Vuelvo al principio de este artículo. Ningún efecto tiene marchar masivamente contra los criminales. Hay que obrar -o hacer marchas para exigir de los gobiernos que obren- ` para que los crímenes no sean rentables. En el campo de la violencia política esto se presta, por supuesto, a interminables discusiones sin salida. Pero en el de la violencia de la droga, como es el caso de México, la solución es clara. Hay que obrar -o hacer marchas para presionar a los gobiernos para que obren- en el sentido de la sensatez. Es decir, no acobardados por las advertencias del gobierno de los Estados Unidos, que persiste en imponer en el mundo entero una “guerra contra las drogas” inevitablemente perdida, sino rechazando esas advertencias. Sacando el tratamiento del problema de la droga del terreno del orden público y trasladándolo al que le corresponde, que es el de la salud pública. O sea, legalizando (y en consecuencia pudiendo controlar) la producción, el comercio y el consumo de las drogas hoy prohibidas. Y que por estar prohibidas caen en manos de organizaciones que necesitan ejercer la violencia para manejar su tráfico.

Ese tráfico, que hoy mata a tantos miles de personas a tiros, pasaría así a formar parte del flujo normal y pacífico del comercio. Como el de las drogas legales (alcohol, tabaco, medicamentos), o el de los alimentos. Y no habría que seguir llorando asesinatos.

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