Por: Juan Esteban Constaín
Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia
Napoleón tuvo los síntomas alarmantes del síndrome de Santa Helena: forma de locura que solo les da a los poderosos, sobre todo a los que se quedan sin el poder.
Entre 1803 y 1805, el señor Napoleón Bonaparte hizo algunas cosas importantes en su vida, al parecer. Se coronó él mismo Emperador de los franceses, por ejemplo, luego de conquistar todo el norte de Italia y luego de someter al pobre papa Pío VII, en París, a unas conversaciones voraces que podían empezar a las 3 de la tarde y terminar a la misma hora del siguiente día, según una nota del Times de Londres del 11 de diciembre de 1804.
Pero la obsesión verdadera del señor Bonaparte era dominar a Inglaterra, y para eso, en 1805, hizo un plan casi perfecto: mandó una flota que debía distraer a los ingleses en el Atlántico, y mientras puso a todo su ejército al frente de la Isla, esperando a que llegaran por mar, al estrecho de Calais, los refuerzos españoles que eran sus aliados. Todo lo medía -el viento, el frío, el cielo- y luego caminaba con las manos hacia atrás, enfundado en un abrigo verde que le había regalado su mamá.
Allí, frente a su presa que luego se le escurriría de las manos, Napoleón recordó la visita del inventor Robert Fulton, quien tres años antes le había propuesto dos juguetes descabellados para triunfar en su empeño de maldecir a los ingleses: un submarino de hélice llamado el Nautilius, y un globo aerostático de lino e hidrógeno para una invasión aérea. “Eh, no sé”, dijo al parecer Bonaparte.
O no: dijo algo mejor, porque a su lado estaba Marie Sophie Blanchard, una de las primeras aeronautas de la historia y quien pasaba su vida entre los globos, porque en la tierra les tenía franco terror a las ratas y a los hombres. Era ella quien le rogaba a Bonaparte hacer el desembarco por debajo y por arriba -las aguas quietas, despejadas-, hasta que el Emperador no pudo más y se la quitó de encima con una sonrisa y una frase lapidaria: “Querida: no puedo perder mi tiempo con esas cosas del futuro”.
Luego, encarcelado en Santa Helena, una isla volcánica en medio de la nada (en medio del Atlántico en el sur, pero tan lejos que allí hasta el viento se pierde; un peñasco en manos de los buitres y las abejas), en el exilio y el olvido, Napoleón volvería a recordar esos inventos precoces. Y siempre sonreía cuando pensaba en el futuro; cuando se acordaba del futuro. Pero a veces hay que agradecerle a Dios que ciertos juguetes no hubieran funcionado sino mucho después, cuando tocaba, porque las cosas habrían podido ser muchísimo peores.
Allá en Santa Helena también tuvo Napoleón los síntomas más alarmantes del (precisamente) síndrome de Santa Helena: esa forma de locura que solo les da a los poderosos -como si el poder no fuera ya una forma de la locura-, sobre todo a los que se quedan sin el poder. Entonces empiezan los delirios y las paranoias, y una ilusión absurda que consiste en creer que nada ha cambiado, que el mundo todavía es suyo. En medio de la nada, Napoleón firmaba decretos y se hacía llamar Emperador.
Como el dictador portugués Oliveira Salazar, que en su demencia senil, retirado y en piyama, firmaba miles de páginas en blanco pensando que eran sentencias de muerte. Sus sirvientes le decían Excelencia.
Y eso por no hablar de la locura del poder en ejercicio. Hace poco vi la foto de un varias veces centenario Fidel Castro, al lado de Hugo Chávez. Ambos en sudadera (la de Chávez era una bandera de Venezuela), admirados por esa joven promesa de la Revolución que es Raúl Castro. No supe, lo juro, si estaban en un hospital o en un manicomio.
Ya lo decía Céline: felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula. Felices quienes no vieron a Napoleón usar globos y submarinos y aviones, y sobre todo, felices quienes no lo vieron abrir una cuenta en Twitter.


