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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

La nave de los locos

Posted by Pocho On junio - 23 - 2011

Por: Juan Esteban Constaín

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Napoleón tuvo los síntomas alarmantes del síndrome de Santa Helena: forma de locura que solo les da a los poderosos, sobre todo a los que se quedan sin el poder.

Entre 1803 y 1805, el señor Napoleón Bonaparte hizo algunas cosas importantes en su vida, al parecer. Se coronó él mismo Emperador de los franceses, por ejemplo, luego de conquistar todo el norte de Italia y luego de someter al pobre papa Pío VII, en París, a unas conversaciones voraces que podían empezar a las 3 de la tarde y terminar a la misma hora del siguiente día, según una nota del Times de Londres del 11 de diciembre de 1804.

Pero la obsesión verdadera del señor Bonaparte era dominar a Inglaterra, y para eso, en 1805, hizo un plan casi perfecto: mandó una flota que debía distraer a los ingleses en el Atlántico, y mientras puso a todo su ejército al frente de la Isla, esperando a que llegaran por mar, al estrecho de Calais, los refuerzos españoles que eran sus aliados. Todo lo medía -el viento, el frío, el cielo- y luego caminaba con las manos hacia atrás, enfundado en un abrigo verde que le había regalado su mamá.

Allí, frente a su presa que luego se le escurriría de las manos, Napoleón recordó la visita del inventor Robert Fulton, quien tres años antes le había propuesto dos juguetes descabellados para triunfar en su empeño de maldecir a los ingleses: un submarino de hélice llamado el Nautilius, y un globo aerostático de lino e hidrógeno para una invasión aérea. “Eh, no sé”, dijo al parecer Bonaparte.

O no: dijo algo mejor, porque a su lado estaba Marie Sophie Blanchard, una de las primeras aeronautas de la historia y quien pasaba su vida entre los globos, porque en la tierra les tenía franco terror a las ratas y a los hombres. Era ella quien le rogaba a Bonaparte hacer el desembarco por debajo y por arriba -las aguas quietas, despejadas-, hasta que el Emperador no pudo más y se la quitó de encima con una sonrisa y una frase lapidaria: “Querida: no puedo perder mi tiempo con esas cosas del futuro”.

Luego, encarcelado en Santa Helena, una isla volcánica en medio de la nada (en medio del Atlántico en el sur, pero tan lejos que allí hasta el viento se pierde; un peñasco en manos de los buitres y las abejas), en el exilio y el olvido, Napoleón volvería a recordar esos inventos precoces. Y siempre sonreía cuando pensaba en el futuro; cuando se acordaba del futuro. Pero a veces hay que agradecerle a Dios que ciertos juguetes no hubieran funcionado sino mucho después, cuando tocaba, porque las cosas habrían podido ser muchísimo peores.

Allá en Santa Helena también tuvo Napoleón los síntomas más alarmantes del (precisamente) síndrome de Santa Helena: esa forma de locura que solo les da a los poderosos -como si el poder no fuera ya una forma de la locura-, sobre todo a los que se quedan sin el poder. Entonces empiezan los delirios y las paranoias, y una ilusión absurda que consiste en creer que nada ha cambiado, que el mundo todavía es suyo. En medio de la nada, Napoleón firmaba decretos y se hacía llamar Emperador.

Como el dictador portugués Oliveira Salazar, que en su demencia senil, retirado y en piyama, firmaba miles de páginas en blanco pensando que eran sentencias de muerte. Sus sirvientes le decían Excelencia.

Y eso por no hablar de la locura del poder en ejercicio. Hace poco vi la foto de un varias veces centenario Fidel Castro, al lado de Hugo Chávez. Ambos en sudadera (la de Chávez era una bandera de Venezuela), admirados por esa joven promesa de la Revolución que es Raúl Castro. No supe, lo juro, si estaban en un hospital o en un manicomio.

Ya lo decía Céline: felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula. Felices quienes no vieron a Napoleón usar globos y submarinos y aviones, y sobre todo, felices quienes no lo vieron abrir una cuenta en Twitter.

Grietas

Posted by Pocho On septiembre - 29 - 2010

Por: Andrés Hoyos

Fuente: El Espectador

El comandante Chávez dejó esperando a sus fanáticos frente al Palacio de Miraflores en la madrugada de este lunes quizá porque quería empezar ya con su “descanso reparador”.

Ahora, dos días después de las muy esperadas elecciones del 26-S, se notan algunas grietas en el edificio de la revolución Bolivariana, grietas que podrían repararse o ser el preludio de un derrumbe en los próximos años. Del futuro, como de costumbre, poco se sabe.

Tienen razón quienes ven detrás de la rimbombancia chavista un proyecto más o menos coherente. Éste consiste en que un partido único, el PSUV, va acrecentando su control sobre el país, usando la gratificación disciplinada de amplios sectores de la población, así como la exclusión radical de sus rivales. Se trata de un proyecto totalitario en el sentido original de la palabra, pues aspira a implantarse de forma hegemónica desde los jardines infantiles, pasando por la escuela, hasta apoderarse de los sectores estratégicos de la producción económica y de los medios de comunicación. Por el camino, el régimen ha ido sembrando depósitos de armas en todo el país con la idea de hacer casi imposible cualquier forma de alternación política. Proyectos similares a este se llevaron a cabo, con efectos catastróficos, en muchos países del mundo a lo largo del siglo XX.

El chavismo, sin embargo, ofrece novedades importantes. La primera es que el motor del proceso no es la violencia revolucionaria ni la represión inmisericorde —no las descartan, pero no son preponderantes— sino el más capitalista de todos: el dinero, obtenido en este caso de las abultadas rentas petroleras del país. La segunda novedad es que el chavismo aspira a ganar una elección tras otra, mientras que el socialismo radical de antaño despreciaba la “democracia burguesa”, dada su reiterada tendencia a perder las elecciones. De nuevo, los chavistas no se paran en pelillos a la hora de manipular los distritos electorales en su favor o de utilizar todo tipo de golpes bajos, lo que no obsta para que estén obligados a obtener caudales electorales muy amplios si quieren que el modelo subsista. El régimen también se autobligó a perpetuar el tono agresivo, intimidante y cansón, pues parte esencial de la fórmula es la división maniquea del país entre buenos y malos. Esta agresividad, este vicio de la polarización constante, es un signo de debilidad, no de fortaleza.

Sin embargo, la  mezcla de soborno al elector, megalomanía omnívora y agresión continuada contra los opositores se ha ido desgastando, entre otras razones porque éstos aprendieron a vivir bajo presión. Chávez los insulta a diario, pero queda dicho que no puede aniquilarlos a la manera de Castro. Y lo que se vio este domingo es que más del 50% de la población venezolana rechaza el modelo, una proporción muy peligrosa, muy en el filo, para quien presume que su seguidilla de triunfos “democráticos” no tendrá fin. Por lo mismo, el antichavismo tiene ahora una bancada muy considerable en la Asamblea Nacional, lo que les permitirá hacer una oposición efectiva y ruidosa que Chávez no podrá suprimir, so pena de tener que cargarse de pasada a los representantes de su precaria y sumisa mayoría.

La pregunta del millón es qué sucederá cuando el modelo deje de funcionar, es decir, cuando Chávez pierda una elección crucial. No sé la respuesta. Sobra decir que meterle violencia al asunto sería el acabóse.

Otro reto para Obama

Posted by Pocho On abril - 9 - 2010

Por: Fernando Savater

Fuente: El País (España)

Para quienes teníamos 20 años cuando mataron a Martin Luther King y recordamos al gobernador Wallace en la puerta de la Universidad de Alabama cerrando el paso al estudiante negro que había reivindicado su derecho constitucional a entrar en ella, la llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos supuso ante todo el cumplimiento de un sueño romántico juvenil: algo insólito, porque pocos llegan a realizarse. Entonces admiré al candidato vencedor, desde luego, pero sobre todo la transformación regeneradora del electorado que le votó.

Y me acordé de nuevo de Lindon B. Johnson, el presidente de la posguerra que más hizo por los derechos civiles y acabó con la segregación racial en las escuelas: los niños así educados con menos prejuicios fueron los que votaron 40 años después a Obama…

Pudiera uno haberse dado ya por satisfecho con ese triunfo, lo mismo que algunos aficionados en la Maestranza -si me disculpan ustedes el hoy peligroso símil taurino- se marchaban a casa después de ver hacer el paseíllo a Curro Romero, sin pedir más milagros al ruedo ni a la vida. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar y es ahora, controvertido y limitado a la honrada estatura humana, cuando Barack Obama me merece auténtica admiración. Por haber intentado muchas cosas y haber logrado unas cuantas; por hablar con insólita claridad, a su país y al oportunismo “pacifista” de quienes le concedieron el Nobel; por haber irritado a los banqueros, haber decepcionado inicialmente a Michael Moore y conseguir que Fidel Castro le tache de “fanático imperialista”; por haberse puesto serio con Netanyahu y parece que marcar el inicio de un respaldo menos acrítico y más exigente a Israel; por haber luchado tenazmente por salvar lo más posible de su reforma sanitaria, pese a que quizá hubiese podido quedar bien aplazándolo todo para no “crispar” ni dividir al país; y -last but not least- por sacar de quicio a los frikis de nuestra izquierda y derecha mediáticas, que le acusan de ser demasiado americano o de querer “europeizar” Estados Unidos.

Ahora sí se gana un puesto en la cima política, no desde la beatitud inane del coro celestial sino a trompicones, renuncias parciales, fracasos y mandobles.

De modo que, aunque ya tiene lo suyo, es inevitable hacerle rogativas y pedirle todavía más… incluso quienes no somos ciudadanos de su país. ¿Por qué no enviarle también otra instancia? Mi solicitud es que reconsidere la actual situación de las llamadas drogas ilegales. Hace más de 20 años hice la única de mis profecías políticas que se ha cumplido… desgraciadamente, porque hubiera preferido equivocarme como siempre. Anuncié que la cruzada contra la droga no acabaría ni mucho menos con ella, todo lo contrario, pero en cambio pondría en grave riesgo la estabilidad de las democracias en Hispanoamérica. A la vista está lo que ocurre hoy en México, como ayer en Colombia y otros países. Incluso en el nuestro, donde el 80% de los reclusos menores de 30 años están encarcelados por delitos referidos a esas sustancias arbitrariamente prohibidas.

A estas alturas ya nadie supone que las drogas, que han existido siempre en todas las sociedades humanas (¡y hasta en algunas animales!) van a ser erradicadas precisamente ahora, cuando la química ha alcanzado su máximo desarrollo y cualquiera puede montar un laboratorio en la cocina de su casa. Y cuando los cultivos de opiáceos se han convertido en la única esperanza de supervivencia en algunas zonas del planeta con su agricultura desmantelada y sin otro modo de aprovechar rentablemente el mercado internacional.

Sabemos desde que lo explicó nítidamente Milton Friedman que las drogas ilegales son la mercancía perfecta, cuyos beneficios aumentan según crece la persecución a que se las somete. Claro que de tal persecución no sólo se aprovechan los gánsteres que trafican con ellas, sino las redes de funcionarios que las persiguen, los políticos que las convierten en el Enemigo con mayúscula para distraer a la población de otros males más reales, etcétera. Quienes pagan la factura son los usuarios que perecen por adulteración o sobredosis de productos incontrolados, las víctimas de los enfrentamientos entre bandas mafiosas, los policías corruptos por el incesante flujo de dinero que mueve ese comercio y los policías asesinados por no haberse corrompido, etcétera. Inútil es hablar de la libertad personal pisoteada, porque en nuestras sociedades en las que los gastos sanitarios han convertido la salud en una obligación penal esa reclamación ni siquiera es ya comprendida.

Las tímidas voces que siempre se han alzado contra esta cruzada irracional vuelven a oírse ahora, en un tono más alto y -en Hispanoamérica- más angustiado. Incluso la crisis de la economía mundial favorece el despertar de algunos y en California el gobernador Schwarzenegger propone legalizar la marihuana para aumentar con el impuesto que la gravará los ingresos del Estado. Desde luego, es obvio que la despenalización de las drogas ahora prohibidas no erradicará por completo el crimen organizado, que sabe reciclarse con los cambios de mercado, pero puede ayudar decisivamente a disminuir sus beneficios y por tanto hacer a los mafiosos más vulnerables y más fáciles de controlar. La abolición de la Ley Seca no erradicó del todo el gansterismo pero dificultó la vida a los herederos de Al Capone y mejoró la seguridad cotidiana en numerosas comunidades antes sometidas a la violencia permanente.

¿Cuál es el papel de Estados Unidos en este problema? No sólo es que aporta millones de consumidores que sostienen el negocio y perpetúan una demanda criminógena para otras poblaciones americanas.

Lo peor es que sus autoridades, su DEA y demás bloquean a nivel internacional la posibilidad de un planteamiento diferente de este asunto, basado no en la prohibición sino en la homologación de los productos, la información verídica sobre su uso y su abuso, así como una educación eficaz para la templanza.

Nadie se atreve -aunque muchos quisieran- a discutir abiertamente sobre las alternativas a la cruzada vigente por miedo a las represalias del país más poderoso del mundo, que la apadrinó desde su comienzo. Sólo un presidente de Estados Unidos con audacia y visión de futuro podría desbloquear el atolladero actual. Y algunos pensamos que Barack Obama puede ser ese político providencial, al menos para iniciar un camino que será seguramente largo.

Encontrará sin duda una feroz oposición. Como los republicanos ultraderechistas son los últimos creyentes que quedan en la revolución comunista (por eso llaman “comunista” a quien intenta cualquier reforma seria que ponga en cuestión la pena de muerte, la venta libre de armas o propicie la asistencia sanitaria para todos), si Obama intenta un movimiento hacia la cordura en materia de drogas ya sabe el epíteto que le van a dedicar. Pero supongo que a estas alturas estará muy acostumbrado y el reto merece la pena.

Fernando Savater es escritor.

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