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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Un nervio

Posted by Andres Hoyos On noviembre - 30 - 2011

Por: Andrés Hoyos

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Pensaba escribir sobre otra cosa, pero cuando pedí en Twitter que la Mane (Mesa Amplia Nacional Estudiantil) se pronunciara sobre el asesinato a sangre fría de los cuatro militares secuestrados por las Farc, se desató tal furor que caí en cuenta de que había pinchado un nervio. Me dijeron fascista, idiota y bruto, entre otras lindezas.

Como no me gustan los regaños ni los insultos ni que me que callen a los sombrerazos, recalqué lo que cualquiera sabe: que las Farc y el Eln están presentes en las universidades públicas del país y que esa presencia entraña un grave peligro para el movimiento estudiantil. Éste, me atrevo a pronosticarlo, terminaría en un parto de los montes si no se desmarca claramente de la violencia que todavía campea en muchos claustros. Ya en ello, una magnífica forma de hacerlo sería condenando la reciente brutalidad de las Farc. Luego pueden matizar cuanto quieran, repudiando la guerra o pidiendo salidas negociadas al conflicto, según se lee en el “programa mínimo” que han puesto sobre la mesa de negociación.

Coincidió esta polémica suscitada por los asesinatos de las Farc con la publicación de un elocuente artículo de Enrique Santos Calderón este domingo en el que recordaba la gran tragedia nacional de los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando movimientos estudiantiles aún más potentes que los de ahora desaparecieron triturados por dos fuerzas opuestas e implacables. De un lado estaba la represión del Estado, que incluyó torturas, bala, estrangulamiento financiero y demás barbaridades; del otro, el fanatismo y las guerrillas que despedazaron al movimiento por dentro, radicalizándolo sin piedad y en forma igualmente violenta. Dos generaciones de dirigentes fueron sacrificadas por el camino. Unos, como Jaime Arenas, ingresaron al Eln y al intentar salirse más adelante para empezar una carrera como la que hoy adelantan Gustavo Petro o Clara López, fueron asesinados por sus antiguos compañeros. Otros simplemente se desentendieron de la política, dejándola en malas manos.

Decía yo aquí mismo hace poco que una de las funciones de la universidad pública consiste en formar dirigentes políticos. Y me parece mejor aún si vienen fogueados en el movimiento estudiantil. No tendría nada de malo que los egresados de las universidades públicas se inclinaran de preferencia hacia la izquierda socialdemócrata moderna que tanta renovación necesita en el país. Pero para que surjan estos dirigentes es preciso sacar a la violencia de la ecuación. Piénsese en el viejo dilema entre reforma y revolución. Al revolucionario la universidad no le interesa per se, sino como semillero de cuadros, y tampoco quiere que salga de su crisis, pues la eternidad de las crisis eterniza asimismo la desesperación de los afectados. El reformista, en cambio, quiere una universidad pública mejor financiada, mejor administrada, más grande y más abierta, que haga realidad los deseos de ascenso social de sus estudiantes y le sirva al país. Son, como bien lo sabían Lenin y Rosa Luxemburgo, dos proyectos excluyentes. De ahí el nerviosismo de los irredentos, que no quieren que el dilema se plantee en estos términos.

Se organiza ahora una nueva marcha contra las Farc para el 6 de diciembre. ¿Asistirán los estudiantes? No lo sé, aunque tengo mis dudas. Lo que sí sé es que en el momento de escribir esta columna la Mane sigue guardando un timorato silencio sobre los viles asesinatos del sábado.

Eta, Gadafi y las Farc

Posted by Carlos Prieto On noviembre - 7 - 2011

Por: Isaac Bigio *

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Las dos únicas insurgencias importantes que quedan en Occidente son la vasca y la colombiana. La primera, optó por renunciar a la violencia.

El 20 de octubre, mientras el coronel libio Muamar Gadafi caía gracias a una operación de la OTAN en Sirte, el Eta vasco anunciaba el cese definitivo de sus acciones armadas. Dos semanas después fue abatido el jefe de las Farc colombianas. Esos tres acontecimientos están a punto de remodelar el mundo.

El gadafismo, Eta y las Farc surgieron en los años sesenta, en tres continentes diferentes, como movimientos hermanos que pregonaban la “resistencia armada antiimperialista”. Libia quiso transformarse en una suerte de Cuba africana e islámica, patrocinadora de diversas insurgencias y guerras. Gadafi, a diferencia de Eta y las Farc —a las que apoyó—, que son no confesionales y que han sido influidas por el marxismo guevarista, propuso una variante de la teocracia islámica: rechazó el leninismo y creó una autocracia nacionalista en donde, si bien había menos pobreza y desigualdad entre clases y sexos, permitía que su familia y su entorno manejaran billones de dólares. De hecho, Gadafi andaba con el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y los primeros ministros de Italia y el Reino Unido, Silvio Berlusconi y Tony Blair, respectivamente, haciendo transacciones comerciales y ayudándolos en la lucha contra Al Qaeda, Hamás, Hezbolá e Irán.

Si bien es cierto que tras el fin del dictador libio, en su país y la región se mantendrán grupos armados ligados a él, lo cierto es que su caída (que sigue a la de Sadam Hussein y que antecede a la del sirio Bashar al Assad) muestra el fin del nacionalismo panárabe, que fomentaba guerrillas en otras partes, algo que Cuba, China, Vietnam y Corea abandonaron hace tiempo.

Por primera vez desde la revolución soviética de 1917 ya no hay ninguna república que se proclame socialista e impulse levantamientos armados en otros países. Los antiguos guerrilleros que ahora son presidentes o vicepresidentes en varias naciones de América Latina hoy aceptan la vía constitucional para llegar al poder, la diplomática para lidiar entre estados y la capitalista para desarrollar sus economías.

Las únicas dos insurgencias importantes que quedan en Occidente son la vasca y la colombiana. La primera decidió cambiar las armas por las urnas debido a tres razones principales: el contexto internacional, la represión estatal y a que se dieron cuenta de que su aliado político (Bildú) se convirtió en la segunda fuerza electoral vasca, la misma que precisa que Eta siga el camino del Ira de Irlanda del Norte para seguir avanzando. El gobierno británico sabía cómo ubicar y matar a mandos del Ira, sin embargo, prefirió negociar con ellos para cooptarlos al sistema y lograr que hoy estén en el nuevo gobierno de unidad nacional norirlandés.

En Colombia, el presidente Juan Manuel Santos quiere matar a todos los comandantes de las Farc a la espera de que haya sectores que se desmovilicen. En Libia y en Colombia, Estados Unidos y sus aliados han estado dispuestos a eliminar a toda la cúpula de los Gadafi y de las Farc, castigándolos por no aceptar la reintegración como perdedores en sus respectivas sociedades. En cambio, en Euskadi y en Irlanda del Norte, los países de la OTAN muestran su disposición a cooptar a sus insurgentes a condición de que dejen las armas y se sometan a las instituciones contra las que antes pelearon.

* Historiador y analista de la London School of Economics & Political Sciences.

Hablar con asesinos

Posted by Carlos Prieto On septiembre - 4 - 2011

Por: Héctor Abad Faciolince

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Íngrid Betancourt estuvo en el Caguán durante el despeje; les dio la mano a los líderes guerrilleros y creyó haberse ganado su lealtad.

Esa confianza en la amistad con los bandidos fue una de las causas que la llevó a cometer el acto temerario de irse por tierra a San Vicente. Creía que si la secuestraban, sus “amigos” la liberarían pronto. También el presidente Pastrana fue a darles la mano a Tirofijo y a sus secuaces. No le bastó el desplante de la silla vacía para desistir. Insistió —con ingenuidad—, en un despeje que sólo fortaleció a la guerrilla y nos dejó como estela el largo gobierno de Uribe, un gobierno cimentado en la exasperación de la mayoría de los colombianos, hartos del secuestro y de los métodos criminales de las Farc.

Varias veces me invitaron a ir al Caguán, como periodista, a conocer a los guerrilleros. Me salvó de esa vergüenza una alergia que tengo de nacimiento: se me ampolla la mano si se la doy a un asesino. He tenido la suerte de no tener trato (ni siquiera literario) con sicarios. No le he dado la mano a mafiosos ni a guerrilleros ni a paramilitares. Estaría dispuesto a estrecharla si se han desmovilizado, han pedido perdón y han pagado por sus crímenes ante la justicia. Antes no.

Yo no estoy seguro de que Piedad Córdoba sea Teodora Bolívar. Eso lo deben establecer los jueces colombianos. De la lectura de los expedientes y de las pruebas que se han presentado, yo tengo la impresión, sin ser un criminalista, de que Piedad y Teodora son la misma persona. Si esto se confirmara, si fuera ella la del trato amistoso y conciliador con criminales, me parecería que las sanciones de la Procuraduría son lo mínimo que se merece. He repudiado públicamente —desde un punto de vista periodístico— la manera de actuar de Jorge Enrique Botero. Él ha aprovechado su cercanía con líderes de las Farc para hacer reportajes en los que mezcla irresponsablemente realidad y ficción. Ocultó durante meses información fundamental sobre Clara Rojas y su maternidad, simplemente para dar un golpe mediático con un libro inexacto.

Es posible que un reportero tenga el deber de hablar incluso con el diablo. Pero debe saber que si va a entrevistar a una persona que está armada y tiene un grupo de matones alrededor (mafioso, paramilitar o guerrillero que sea) su manera de preguntar se verá afectada irremediablemente por el miedo y la intimidación. Es muy difícil hacer contrapreguntas duras ante las respuestas dictadas por la propaganda si estamos frente a un tipo armado. Por eso la cautela al relacionarse con bandidos tiene que ser extrema; todo debe estar autorizado por el director del medio. Y el resultado de esas entrevistas analizado con lupa en la redacción.

Ernesto Yamhure se presenta con una breve biografía en su página de Twitter: “Católico, columnista de El Espectador y Caracol, periodista de La Hora de la Verdad”. Debería actualizarla. Los tres medios para los que trabajaba como periodista le han aceptado la renuncia. La Iglesia Católica excomulga por abortar, pero no por hablar con asesinos. Para seguir en su Iglesia le bastará confesarse y arrepentirse. Su Dios es misericordioso; más misericordioso que el periodismo o la ley. Pero está bien que haya salido de los medios pues consultar sus opiniones con un asesino es inaceptable.

Ojalá este episodio sirva para que todos los periodistas colombianos nos alejemos del trato familiar con esas dos agrupaciones de criminales que han convertido a nuestro país en un infierno en los últimos decenios. No podemos ser tolerantes ni con los paramilitares, ni con las actuales bacrim, ni con las narcoguerrillas del ELN y de las Farc. Aquí muchos han banalizado el mal; muchos han tolerado y ensalzado a los asesinos de ambos bandos. Muchos se han regodeado con los sicarios hasta casi justificarlos. Entre las cosas tolerables no está la cercanía con los criminales. Esto no cae en el terreno de la tolerancia sino en el de la complicidad.

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