Por: Andrés Hoyos
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia
Pensaba escribir sobre otra cosa, pero cuando pedí en Twitter que la Mane (Mesa Amplia Nacional Estudiantil) se pronunciara sobre el asesinato a sangre fría de los cuatro militares secuestrados por las Farc, se desató tal furor que caí en cuenta de que había pinchado un nervio. Me dijeron fascista, idiota y bruto, entre otras lindezas.
Como no me gustan los regaños ni los insultos ni que me que callen a los sombrerazos, recalqué lo que cualquiera sabe: que las Farc y el Eln están presentes en las universidades públicas del país y que esa presencia entraña un grave peligro para el movimiento estudiantil. Éste, me atrevo a pronosticarlo, terminaría en un parto de los montes si no se desmarca claramente de la violencia que todavía campea en muchos claustros. Ya en ello, una magnífica forma de hacerlo sería condenando la reciente brutalidad de las Farc. Luego pueden matizar cuanto quieran, repudiando la guerra o pidiendo salidas negociadas al conflicto, según se lee en el “programa mínimo” que han puesto sobre la mesa de negociación.
Coincidió esta polémica suscitada por los asesinatos de las Farc con la publicación de un elocuente artículo de Enrique Santos Calderón este domingo en el que recordaba la gran tragedia nacional de los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando movimientos estudiantiles aún más potentes que los de ahora desaparecieron triturados por dos fuerzas opuestas e implacables. De un lado estaba la represión del Estado, que incluyó torturas, bala, estrangulamiento financiero y demás barbaridades; del otro, el fanatismo y las guerrillas que despedazaron al movimiento por dentro, radicalizándolo sin piedad y en forma igualmente violenta. Dos generaciones de dirigentes fueron sacrificadas por el camino. Unos, como Jaime Arenas, ingresaron al Eln y al intentar salirse más adelante para empezar una carrera como la que hoy adelantan Gustavo Petro o Clara López, fueron asesinados por sus antiguos compañeros. Otros simplemente se desentendieron de la política, dejándola en malas manos.
Decía yo aquí mismo hace poco que una de las funciones de la universidad pública consiste en formar dirigentes políticos. Y me parece mejor aún si vienen fogueados en el movimiento estudiantil. No tendría nada de malo que los egresados de las universidades públicas se inclinaran de preferencia hacia la izquierda socialdemócrata moderna que tanta renovación necesita en el país. Pero para que surjan estos dirigentes es preciso sacar a la violencia de la ecuación. Piénsese en el viejo dilema entre reforma y revolución. Al revolucionario la universidad no le interesa per se, sino como semillero de cuadros, y tampoco quiere que salga de su crisis, pues la eternidad de las crisis eterniza asimismo la desesperación de los afectados. El reformista, en cambio, quiere una universidad pública mejor financiada, mejor administrada, más grande y más abierta, que haga realidad los deseos de ascenso social de sus estudiantes y le sirva al país. Son, como bien lo sabían Lenin y Rosa Luxemburgo, dos proyectos excluyentes. De ahí el nerviosismo de los irredentos, que no quieren que el dilema se plantee en estos términos.
Se organiza ahora una nueva marcha contra las Farc para el 6 de diciembre. ¿Asistirán los estudiantes? No lo sé, aunque tengo mis dudas. Lo que sí sé es que en el momento de escribir esta columna la Mane sigue guardando un timorato silencio sobre los viles asesinatos del sábado.


