"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

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¿Qué significa seguir y ser seguido? ¿La igualdad formal que se supone nos otorgan las redes sociales no es en realidad una forma de esconder y disipar las caras visibles del poder?

Fuente: El Malpensante

Esperando a Godot  de Samuel Beckett, se ha convertido en una alegoría perfecta de nuestro mundo globalizado. Siempre vigilantes, esperamos que en algún momento del día o la noche ocurra algo excepcional, y la absurda fascinación que sentimos por esa posibilidad sin forma nos mantiene amarrados a las redes sociales con la fuerza del apego que Freud llamó “catexis”. Según nuestra intuición, el acontecimiento se manifestará por medio de un correo electrónico, un mensaje de texto o un tuit cuyo contenido podría ser algo nunca antes escuchado, algo radicalmente nuevo capaz de cambiarnos la vida.

Sin embargo, por lo general solo nos llegan descuentos semanales del 10% en ropa de una tienda famosa, o el nuevo estado de algún amigo expresando su terrible aburrimiento. Las tecnologías de comunicación contemporáneas tienen mucho más que ver con posibilidades puras que con lo que realmente transmiten; por eso no nos asombra la brecha entre lo que podría ser comunicado y lo que efectivamente se comunica. Y como hasta los mensajes más insignificantes son recibidos con expectativas altísimas, resulta difícil ignorarlos por completo. En cambio, dejan una impronta muy poderosa en nuestro inconsciente ya rebosante de detritos digitales y restos de objetos de alta tecnología.

Gracias a que combinan vagas expectativas y una inversión psíquica excesiva, los nuevos medios adquieren connotaciones casi mesiánicas. Los libros del género “tuitear la revolución”, que se escribieron a toda prisa y se multiplicaron tras los eventos de la Primavera Árabe, testifican esta –quizá necesaria– sobrestimación. Pero, ¿cuáles son las consecuencias sociales y políticas más concretas de Twitter, Facebook, etc.? ¿Cómo están cambiando frente a nuestros ojos, por ejemplo, relaciones de poder tan básicas como liderar y seguir?

En todas partes se escucha “¡Síganos en [escriba aquí el nombre de su red social favorita]!”. (Francia, donde se prohibió este tipo de recordatorios por parte de las aerolíneas, es una excepción notable.) Este llamado implica, por supuesto, que quien no lo obedezca estará por fuera del círculo de información y, al encontrarse privado del acceso a tan valioso producto, quedará en desventaja frente a los demás. No obstante, es en realidad el número de seguidores virtuales con el que alardea un individuo o una compañía lo que constituye su capital social, no lo contrario. La orden inicial, “¡Síganos!”, revela la dependencia tácita de quienes la emiten respecto a sus futuros seguidores, y por lo tanto es sintomática de la forma en que funciona la ideología en la era digital.

Marx expresó la relatividad del valor de las cosas con los términos más simples en el primer volumen de El capital: “…un hombre solo es rey porque otros hombres se comportan ante él como súbditos. Ellos, por otra parte, imaginan que son súbditos porque él es rey” (Volumen i, Penguin, 1974, p. 63). Depende de nosotros traducir a un par de fórmulas simples el entendimiento dialéctico de Marx: 1) el balance de la influencia de alguien es positivo si es seguido por más personas que las que él mismo sigue, y 2) esta influencia no radica en la persona que es seguida sino en que se reconozca a los seguidores de esta. Por otra parte, “dejar de seguir” o “eliminar de los amigos” a alguien es un insulto enorme, un gesto que quiebra el espejo distorsionado de la ideología y demuestra el poder del seguidor sobre el seguido. ¡No sorprende entonces que los medios traten como un hecho noticioso el que una celebridad deje de estar suscrita a las noticias de otra celebridad!

Los totalitarismos del siglo xx todavía dependían de las construcciones ideológicas con las que Marx estaba familiarizado, en la medida en que suponían cadenas descendentes de comando compuestas por los líderes –con el líder principal en lo más alto de la jerarquía– y los liderados. Por contraste, en el siglo xxi, el comercio entre los seguidores y los seguidos no pinta un sistema vertical, sino una organización descentralizada, horizontal y reversible que supuestamente conduce a una democracia genuina. Mientras que antes el poder del líder era el origen del sistema político, en las redes virtuales no está claro dónde residen esos orígenes. Esto no quiere decir que se hayan evaporado, solo que se han desplazado más y están más escondidos.

En la dispersión de la red, incluso cuando el capital social está en su punto más elevado y asciende a millones de seguidores, lo único que cuenta es la diferencia formal y cuantitativa entre seguir y ser seguido –que es también la medida objetiva del poder–. Al diversificarse en todas las direcciones posibles, la red presenta una atractiva idea de anarquía cubierta por un velo hecho de relaciones sociopolíticas difusas. En estas condiciones, el poder parece desmaterializarse y disiparse a la luz de la igualdad formal de cualquiera que tenga una cuenta de Twitter o Facebook.

No solo el origen, también el fin o el objetivo parece irrelevante según la idea de seguir a otro en esta era en que las relaciones políticas y sociales pueden reproducirse digitalmente. Por tradición, seguir a un maestro-guía ayudaba a los aprendices a lograr algún objetivo particular como aumentar su conocimiento o mejorar sus habilidades en algún área. Algunas narraciones emblemáticas de Occidente hablan de la relación maestro-aprendiz. Tal es el caso de La divina comedia, donde Dante como sus lectores siguen a Virgilio a través de los círculos del Infierno y el Purgatorio, y a Beatriz a través de las esferas del Paraíso, tanto literal como figurativamente. No importa cuán largas fueran, estas jornadas tenían un final que coincidía con la consecución de unos objetivos concretos.

Comparen esto con seguir a alguien o algo en Twitter o Facebook. A diferencia del aprendizaje basado en metas –y por lo tanto con un fin determinado–, estas relaciones no tienen un final inherente, a menos que por cualquier razón alguien decida darlas por concluidas y presionar el botón “dejar de seguir”. Al no tener un final fijo imitan la vida, que no tiene ni una guía ni un resultado último, pues la muerte no es su culminación, sino más bien una interrupción.
Pero, como la vida humana, seguir y aprender no son comportamientos meramente pasivos. Es necesario saber cómo seguir a otros y cómo emanciparse de esa relación en alguna medida servil. A pesar de ello, seguir a alguien en el mundo digital excluye el componente activo de este fenómeno social, mientras nos dejamos ahogar, más o menos azarosamente, en las tendencias del momento. Cuanto más práctica es nuestra decisión de seguir a otro, menos sabemos cómo seguirlo o qué significa hacerlo.

Aun así, es más o menos fácil reconciliar esta forma de seguir a otros, carente de liderazgo y propósitos distintivos, con la ideología del individualismo en Occidente. Las redes sociales crean la ilusión de una comunidad libre de conformismo: es posible decidir con exactitud a quién se quiere seguir, tal como los consumidores pueden ejercer su derecho a comprar un producto u otro en el mercado. Se supone que la suma total de las cosas que sigue cada uno es una expresión de la personalidad, de los gustos individuales, estilo y preferencias. No obstante, ninguna de estas cosas está exenta de la lógica del mercado, ni de sus procesos; es por eso que se sigue en mucha mayor medida y de manera masiva a figuras que se parecen más a un producto, como es el caso de las estrellas pop.

La existencia de los seguidores se enmaraña con las vidas digitales de aquellos a quienes siguen, proporcionando evidencia de catexis y apego. Lo que cuenta aquí es la posibilidad de influenciar a los seguidores, no una instancia particular de imitación. La potencialidad es, en efecto, el capital de las redes sociales. Facebook ya tuvo su deslucido debut en Nasdaq, donde cada uno tiene la oportunidad de negociar con la potencialidad digital misma. Así pues, la idea de seguir a otro en la era de Twitter ha alcanzado su máxima expresión. Ahora significa “¡Síganos en la bolsa!”.

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El príncipe azul

Desde que somos niñas, nuestros padres nos leen cuentos de hadas maravillosos donde nuestras heroínas son princesas y nuestros héroes, príncipes.

Por: Alexandra Pumarejo

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

“El príncipe azul no existe”

Al comentarle esta frase a mi mamá, mujer barranquillera de 64 años, me dijo, “Niña, ¿cómo así que no existe?, ¿no viste a esta jovencita tan bonita que se casó con el Príncipe Guillermo? Ella consiguió su príncipe y se casó con él. Para los que piensan igual que mi mamá y necesitan mayor explicación de mi afirmación, tienen que saber lo siguiente.

Desde que somos niñas, nuestros padres nos leen cuentos de hadas maravillosos donde nuestras heroínas son princesas y nuestros héroes, príncipes. En casi todas las historias, las princesas son bellísimas, jóvenes, con voces de ángel y cinturas de avispa. Amadas por vecinos, animales, enanos, flores, ogros y pretendidas por cientos de valientes caballeros. Ellas cantan, bailan, limpian y no se les mueve un pelo, pero a la hora de defenderse del “mal”, quedan paralizadas sin saber qué hacer.
Si bien, todos estos relatos fantásticos cautivan a los niños, sus temáticas hubieran hecho que Freud replanteara toda su teoría de sicoanálisis. En nuestros casos, por ejemplo, la reina “más bella del espejo” pidió que le trajeran el corazón de Blanca Nieves en una caja, a Cenicienta le robaron todo lo que le pertenecía a su papá y la Bella Durmiente fue alejada de sus padres que tanto la adoraban.
Que vidas tan catastróficas habrían tenido estas bellas jovencitas si no hubiera sido por la suerte de haber conocido al príncipe azul, que las salvaría de sus “calamidades domésticas”. Con tan solo cantar algunas estrofas de una linda canción y pestañearles unas cuantas veces, un amor a primera vista estaba garantizado para la eternidad. No hubo necesidad de intercambiar “pin”, ni de buscarse en Facebook o Twitter, ellos sabían que eran el uno para el otro.
Cuando nuestras heroínas fueron engañadas por la manzana venenosa, encerradas en la torre, o puestas a dormir por una eternidad, no pudieron, o más bien, no supieron hacer nada. Sucumbieron ante la maldad y la adversidad que las abrumó. Ninguna pudo salvarse sola. Todas, sin excepción, no tenían otro recurso que ser rescatadas por el príncipe azul, que sobra decir, era guapo, inteligente, valiente, soltero y heterosexual.
Tal vez de adultas no creemos en los cuentos de hadas pero muchas mujeres seguimos soñando con el príncipe azul. Aquel hombre que va llegar y va a desaparecer con su espada todo lo malo que nos aflige en la vida: la soledad, la baja autoestima, la pobreza y el juicio de la sociedad. Todavía seguimos empeñadas en creer que con un beso apasionado o con un anillo de diamante se nos van a quitar los pesares.
Claro que existen hombres maravillosos que podrían merecer ser llamados príncipes pero a ninguno le podemos ceder el poder de “rescatarnos”. Esto solo lo podemos hacer nosotras queriéndonos mucho, estudiando, trabajando duro y, ante todo, creyendo en nosotras mismas. No esperemos que llegue un hombre en un caballo blanco y nos lleve a vivir “felices para siempre”, es mejor forjar nuestro propio futuro y buscar a un hombre que nos complemente y nos ayude a ser la mejor versión de nosotras mismas.
No le hagamos caso a la Tía Rita cuando nos mira feo por no tener novio ni esposo, más bien digámosle con orgullo, “no he encontrado a un hombre que me merezca” .
Y a los hombres me permito aconsejarles que no busquen princesas indefensas que solo quieren subirse a su caballo y vivir en su castillo. Busquen mujeres que el día de mañana van a ser sus compañeras de batalla luchando en el día a día, hombro a hombro. Mujeres que son tan seguras de sí mismas que no los tienen que llamar 40 veces al día para estar tranquilas, mujeres que están con ustedes porque quieren estarlo, no porque no tienen otra opción.
Para terminarles dejo esta última inquietud:¿se han preguntado qué pasa con los príncipes azules después de diez años de matrimonio, quince kilos de más, tres hijos y cuando la voz ya no es tan melodiosa?

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Implacable realidad

Caricatura por: Desconocido

Fuente: Internet

Sin comentarios. Pocho

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Lecciones del fútbol

Por: Juan Gabriel Vásquez

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Llevo ya cuatro años escribiendo semanalmente esta columna, y sólo hace unos días me di cuenta, o se dio cuenta un lector y me lo dijo, de que nunca he escrito sobre fútbol, a pesar de que el fútbol ocupa una parte nada despreciable de mis preocupaciones semanales.

Durante el Mundial pasado escribí un artículo extenso para este periódico y tres cosas más breves para una revista norteamericana, pero mi columna nunca se ha metido con el tema. Incluso el narrador de una de mis novelas evoca el asesinato de Andrés Escobar, uno de los momentos que más me han entristecido o enfurecido sin tocarme de manera directa (y cualquiera apreciará que Colombia no es un país donde falten esos momentos). Pero en las columnas, el espacio quizá más personal, donde uno no se esconde detrás de narradores ni otras máscaras, no he escrito nada. Al mencionado lector le pareció curioso, y ha logrado que también a mí me lo parezca.

Pues soy de los que sostienen, sin ninguna intención poética ni búsqueda de legitimación intelectual, que el fútbol dice mucho acerca de la vida, y no nos vendría nada mal escuchar algunas de sus sentencias. Siempre he tenido por cierta la mil veces repetida frase de Camus, y estoy convencido de que el gran hombre no estaba posando ni haciendo demagogia al decirla: “Cuanto sé de importancia acerca de la moral humana lo aprendí en el fútbol”. Todos los días el mundo del fútbol nos lanza oblicuas lecciones de vida. Hace poco, mientras el patán de José Mourinho achacaba las victorias del Barcelona a una confabulación de los árbitros, la UEFA y Unicef, se me vinieron a la cabeza incontables situaciones de la vida extrafutbolística en que los hombres preferimos la Teoría de la Conspiración a la aceptación resignada de que otros tienen más talento, o más suerte, o trabajan más duro. Y en estos días, leyendo una columna vieja de Javier Marías sobre los hinchas en los estadios, algo parecido me sucedió. “Se atreven a insultar y humillar en tanto que masa, confundidos con otros de su misma especie, jaleándose y envalentonándose mutuamente”, escribe Marías. “Se sienten impunes porque en esos lugares es casi imposible que sean individualizados”. Con el perdón de los foristas más decentes (pero no sé por qué me disculpo, si seguramente compartirán mi opinión), la descripción de Marías se acerca preocupantemente a lo que yo veía en los foros de los medios colombianos. Lo que yo veía, digo, porque hace meses dejé de leerlos.

El otro día le dije a un periodista que entre mis modelos literarios estaba Pep Guardiola, y el periodista soltó una risotada y tardó un momento en entender que le hablaba perfectamente en serio. Lo sigo pensando: en un mundo donde la maledicencia y el resentimiento son pan de todos los días, y donde la calumnia y la mentira barata van impunes, y donde hay periodistas que mienten y calumnian en Facebook, por decir algo, pero no se atreven a repetir sus calumnias ni sus mentiras en los medios convencionales, a mí me ha fascinado ver a Guardiola, la serenidad zen con que sigue haciendo su trabajo, la solidez mental con que se desentiende de las sucias estrategias de sus enemigos. Y claro, eso los irrita más: nada irrita tanto a un camorrero como el silencio desdeñoso de su supuesta víctima. Esto también se aprende en el fútbol.

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Bill Gates – Skype

Fuente video: BBC

Fuente escrita: www.tecno.elespectador .com

Durante los primeros días de mayo, Microsoft apostó por esta firma tecnológica al comprarla por $8.500 millones de dólares. Sus 170 millones de usuarios ratifican su valor.


El pasado 10 de mayo, Microsoft anunció la adquisición tecnológica más grande en su historia, al pagar $8.500 millones de dólares por Skype, el principal servicio de voz sobre IP existente en la web.

La suma desembolsada por este servicio de telefonía por internet se produjo luego de que se filtrara en los medios que tanto Google como Facebook estarían interesados en la compañía y mantenían conversaciones con ésta para una posible adquisición o fusión con la firma tecnológica.

Dado el elevado precio que pagó la compañía de Bill Gates por Skype, en momentos en que Apple y Google cada día ganan más fuerza en el mundo de la tecnología, conviene preguntarse, ¿por qué importa tanto Skype?

Este servicio utiliza el protocolo de internet para transmitir voz, datos y vídeo, conocido como tecnología VoIP, y permite así mantener conversaciones en audio y vídeo gratuitas entre usuarios de todo el mundo, así como con teléfonos fijos y móviles con tarifas muy competitivas.

Skype también permite establecer videoconferencias entre dos o más usuarios y su software gratuito tanto en ordenadores como en diversos tipos de teléfonos móviles y otros dispositivos inalámbricos.

De concepción a adquisición

A lo largo de su historia, enmarcada entre inversiones, ofertas y ventas de la compañía, Skype sigue siendo una de las grandes y apetecidas firmas en el mundo de la tecnología.

Transcurría 2003 cuando Skype fue fundada por el sueco Niklas Zennström y el danés Janus Friiswhose, creadores de Kazaa, un software concebido para compartir música y películas.

Para 2005, el sitio de subastas de productos a través de internet eBay compró Skype por 2.600 millones de dólares. Antes de que finalizara ese mismo año, la compañía presentó uno de sus servicios insignia: la video llamada.

Durante 2006 Skype alcanzó los 100 millones de usuarios en el mundo. En el mismo año, lanzó la versión 3.0 de su software para Windows y la 2.0 para Mac.

Pero como en el mundo cambiante de la tecnología no todo puede ser ‘color de rosas’, en 2008 empezaron los conflictos con eBay. Por un lado, el servicio implementado para potenciar las comunicaciones entre compradores y vendedores, dentro del servicio de subastas en línea, no estaba dejando los réditos esperados. Por el otro, los antiguos desarrolladores del sistema demandaron a eBay porque las licencias usadas por éste habían caducado. En 2009, eBay terminó vendiendo el 70% de Skype por $2.750 millones de dólares al grupo Silver Lake Partners.

En 2010, la empresa reportó pérdidas netas por $6,9 millones de dólares. De todos modos, está claro que el valor de Skype no se mide por sus ganancias, que no crecen de la misma forma que su popularidad.

Con sus 170 millones de usuarios conectados, Skype es el servicio más utilizado de telefonía sobre IP y esa es una razón nada despreciable para que Microsoft, que poco a poco espera integrar este servicio a sus plataformas Outlook, Windows Live Messenger y Xbox, se decidiera por una inversión de ese tamaño por esta compañía, en momentos en los que este gigante busca aumentar su penetración afanosamente en la web.

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