Por: Carlos Prieto
A dos tiempos, trataré de dejar registrado este triste episodio. Inicialmente encontraran una columna del Sr. Umberto Valverde, y posteriormente encontraran un editorial de El Espectador. No comparto las apreciaciones emitidas por el Sr. Valverde, con referencia a los motivos de esta debacle. Lo que presenciamos, no es el resultado de un partido (Es el resultado de n partidos). No es el resultado de los 11 jugadores, ni del técnico actual (Eso es un accidente). No es el resultado de una intervención indebida de la alcaldía, como bien lo plantea Valverde (?????). Los motivos, sería mejor explorarlos en el editorial de El Espectador, que encontraran posteriormente.
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Confesión de dolor de un fanático
Por: Umberto Valverde Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia
La caída del equipo a la Primera B es una pesadilla de la cual sus hinchas aún no salen.
Hacía tres años que no iba al Pascual Guerrero, desde el último título que ganó Diego Umaña con los Diablos Rojos. Fui por ser testigo de lo que fuera a ocurrir, para bien o para mal. He estado en las 13 estrellas, en las cuatro finales de Copa Libertadores, la mayoría de ellas las cubrí como editor de la Revista del América, considerada por casi una década como la mejor revista de club del continente. Me senté en el palco de periodistas y soporté, con molestia y rabia, los 90 minutos de un equipo inepto, incapaz y limitado. Llegó la lotería de los penales y caminé hasta la cabina de El Corrillo de Mao: escuché la narración de mis amigos. Reynaldo Barco era el que más fe tenía, pero cuando el ‘Tigre’ Castillo lo tiró con desidia al palo supimos que la suerte estaba echada. Patriotas anotó el último cobro y yo salí caminando sin detenerme en los disturbios que ya invadían la cancha: la gente corría, los más jóvenes iban llorando. Sentí rabia y asco.
La crisis institucional es parte de esta catástrofe, el peso de la lista Clinton y la condena a Miguel Rodríguez Orejuela. Esa crisis merece una reflexión diferente: las épocas de la bonanza, el saqueo de una herencia satanizada y la intervención indebida del grupo del alcalde Jorge Iván Ospina, que pretendió apoderarse de la ficha bajo el lema de la democratización. Tampoco se sabe si ciertamente ‘Comba’ metió la mano en estos últimos cinco años de la liquidación de lo que fue un el sueño engendrado en el parque del Barrio Obrero.
Pienso que los partidos, más allá de que los dirigentes sean malos o perversos, los pierden los jugadores. Todos los que jugaron este sábado 17 de diciembre, más un técnico que no supo analizar el cambió que propuso Prince, y la torpeza de los dos centrales del América. Un equipo de González Aquino, Pimentel, Reyes, Pascutini no pierde de esa manera. Mucho menos con un gol de ventaja. El fútbol colombiano no sabe ganar porque no maneja estas situaciones. Lo cierto es que América, ese equipo que hizo su primera gira nacional en 1931, logró caracterizarse por el apelativo de Diablos Rojos y la utilización del uniforme rojo. Ese equipo llegó al profesionalismo en 1948, mediante la gestión de Humberto Salcedo Fernández y el doctor Manuel Correa Valencia; ese equipo de Édgar Mallarino, ‘Huequito’ Cuadros, Francisco Pacheco y ‘Shinola’ Aragón, reforzado inicialmente por los peruanos Félix Castillo y Carlos Gómez Sánchez. Empecé a ser hincha del América, que quedó dos veces de último en la clasificación, en los años 1958 y 1959, cuando se hizo inmortal la frase: “América juega como nunca y pierde como siempre”.
Aníbal Aguirre Arias, propietario del Boca Juniors, decidió no insistir más en este proyecto y se unió al América, trayendo a don Adolfo Pedernera como técnico y a un grupo de jugadores inolvidables: Moussegne, Arcángel Britos, ‘Finito’ Ruiz, Benito Cejas, Juan Vairo, además de Camilo Cervino, Alberto Castronovo y Juan Manuel López, que habían estado en el Deportivo Cali, unidos al ‘Indio’ Carlos Montaño, Faustino Abadía, ‘Muelón’ Sánchez, Fernando Rengifo y el negro ‘Shinola’ Aragón, que todavía atemorizaba por la punta izquierda. Se armó el América que jugó más fútbol, pero sólo fue subcampeón, porque Julio Tocker tenía un soberbio equipo que era el independiente Santa Fe, de Renick, Perazzo y Panzzuto. Tiempos inolvidables, después vinieron las 22 fechas invictas de Julio Tocker, que se vino al América, los grandes momentos de Ángel Perucca, quien llevó a la titular a ese fuera de serie llamado ‘Barby’ Ortiz, hasta que llegó, gracias a Pepino Sangiovanni, el médico Gabriel Ochoa Uribe.
Aquel 19, el bolero de Celio González que se escuchaba en todas las esquinas, y Cali eran una locura con el primer título, con una nómina modesta, en la que se destacaba Alfonso Cañón, rescatado por Ochoa Uribe, haciéndole bajar 15 kilos. La velocidad de Lugo, los tiros libres de Battaglia y la fuerza de Gerardo González Aquino y los goles de la ‘Fiera’ Cáceres. Llegaron las épocas gloriosas, lideradas por el médico Ochoa, con jugadores como Falcioni, Alexander Escobar, Willington Ortiz, Carlos Ischia, Roberto Cabañas, Ricardo Gareca, Anthony de Avila, Jorge Bermúdez, Jorge Balbis, el portentoso Freddy Rincón, Eduardo Pimentel, Sergio Angulo, Jorge ‘Polilla’ Da Silva, el ‘Palomo’ Usuriaga, Harold Lozano, el ‘Niche’ Guerrero, Hernán Darío Herrera, el maestro Julio César Uribe, Sergio Santín, Wilmer Cabrera y tantos otros, que conformaron un escuadra respetada en todo el continente.
Después de Ochoa Uribe vino Pacho Maturana y más adelante, Diego Umaña. América, la pasión de un pueblo, el equipo de los negritos del año 30, el idílico de los años 50 o el maravilloso de Adolfo Pedernera, el América del loco Vairo y de Juan Zazzini, llegó al momento más brillante de su carrera en cuatro copas libertadores que no pudo ganar. En realidad, solamente se vivió la ilusión en dos, porque en la disputa con River Plate perdimos tanto en el Pascual Guerrero como en Buenos Aires, ante un equipo superior.
Ese América, que hizo escribir tantas columnas hermosas a Alfonso Bonilla Aragón, a Álvaro Bejarano, sobre el cual inventaron leyendas como la maldición de Garabato, el que pudo ser protagonista para crear su propia revista, admirada y elogiada en un continente, es el mismo que hoy camina, en la tristeza y la oscuridad, en la categoría B. Todo es posible en la vida. Pero la derrota del América estaba cantada, como la de River Plate en Argentina, y nadie quiso ser consciente de ella.
¿Qué le queda al América? Buscar en sus raíces, en los años de Mallarino, Dimas Gómez y ‘Shinola’ Aragón; que las trompetas de la Sonora Matancera siguen sonando. Pensar en que hemos vivido la humillación más grande de la vida y once jugadores lo permitieron, un técnico que no sabe de nada no supo cambiar el destino de una afrenta, y ahora hay que empezar desde cero. Es fácil escribirlo, pero no será fácil hacerlo, habrá que encontrar la luz, como cuando uno rompe con el amor de su vida y no hay manera de volver.
Nunca supo el gran César Vallejo que había escrito estos versos para el América: “¡Hay golpes en la vida tan fuertes, ¡yo no sé! (…) / Son pocos; pero son. Abren zanjas oscuras / En el rostro más fiero y en el lomo más fuerte!” (…)
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El descenso del América
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia
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