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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Defensa a un Estado laico

Posted by Pocho On octubre - 21 - 2011

Por: Juan Gabriel Vásquez

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

La semana pasada, en plena discusión nacional sobre el aborto, Enrique Gómez Hurtado —ese representante titulado de lo más peligroso de la caverna colombiana— perpetró unas opiniones que no merecen ser olvidadas.

Refiriéndose a las situaciones en que la Corte Suprema ha decidido que se puede interrumpir un embarazo, Gómez Hurtado opina que “cualquier persona puede decir que fue violada”, y que eso de la violación “es una situación que no se puede comprobar y muchos quieren salir del compromiso asesinando a una persona” (sic). Le debió de parecer que en esas frases no había agredido suficientemente a las víctimas de una violación y, en general, a las mujeres, porque las sandeces se le siguieron escapando por la boca: como “no sabemos dónde comienza la malformación”, se concluye que las mujeres que aborten en esos casos quieren “sacar ventaja quitándose una responsabilidad” (otra vez sic). “Cualquiera es malformado cuando lo que se quiere es no tener un hijo”, dice, y se da prisa en aclarar, por si sus credenciales pudieran ponerse en duda, que él es “un experto en términos de moral, un defensor del orden y el progreso” (sic, sic y más sic).

Y entonces uno se da cuenta de lo poco que han cambiado las cosas entre los dos Gómez. Gómez el viejo, Gómez el joven: poco ha cambiado. Uno se acuerda de esos años en que también Gómez (el viejo) se declaraba dueño de la moral colombiana para cerrar, por ejemplo, una exposición de los desnudos de Débora Arango. Era lo de menos, claro, porque en realidad lo que le hubiera gustado a Gómez (el viejo) habría ido mucho más allá de unos cuantos lienzos de mujeres empelotas: si lo hubieran dejado, Gómez (el viejo) habría instalado en Colombia un nacional-catolicismo como el de la España de Franco, un sistema de gobierno en el cual la religión del Vaticano fuera la única manera de ver el mundo. Pensando en eso, uno se acuerda de ciertas partes de Laureano Gómez y los masones, el libro en que Thomas Williford cita los escritos de Gómez (el viejo) sobre Mussolini. La desgracia de Italia, escribe Gómez (el viejo), fue no haber hecho caso de las palabras del presbítero Vicente Gioberti: “La religión es la base del genio nacional”. Lo que se creó entonces, se lamenta Gómez (el viejo), fue un país donde “todo recuerdo de la religión católica quedó excluido de la nueva vida pública”.

Ese lamento es el mismo, en contenido y aun en forma, que flota hoy en día en el partido Conservador de nuestro conservador país. Esos son los amigos de Alejandro Ordóñez, el hombre del crucifijo al fondo: nostálgicos de una época en que la religión católica determinaba la constitución y la ley. A quienes defienden el derecho de la mujer a abortar en tres casos taxativos los acusan de promover el aborto; con la misma lógica (sic), acusan a quienes defienden la laicidad del Estado de atacar a los creyentes. Pero el Estado laico —increíble que sea necesario decirlo una vez más—, lejos de atacar una religión, es la mejor defensa de la igualdad de todas las religiones: al no asumir ninguna, garantiza la coexistencia de todas. Ese país (que a uno le gustaría y que al procurador Ordóñez y a José Darío Salazar les choca tanto) se salvó la semana pasada. Tuvimos suerte, pero nadie duda que los ataques seguirán. Habrá que seguir defendiéndonos.

Aborto, ¿delito o pecado?

Posted by Pocho On agosto - 15 - 2011

Por: Klaus Ziegler

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

La desfachatez con que el procurador Ordoñez antepone su camándula por encima de sus obligaciones constitucionales le ha valido más de una decena de quejas disciplinarias ante la Corte Suprema, y duros cuestionamientos por parte del Comité de Derechos Humanos de la ONU.

No era de extrañar que más tarde que temprano los sectores ultraconservadores de la sociedad, ahora encabezados por el senador José Darío Salazar, iniciaran una nueva cruzada para prohibir la práctica del aborto en los tres casos despenalizados por la Corte Constitucional.

Esta nueva iniciativa, elaborada en conjunto con autoridades eclesiásticas, se apoya en el principio del “inviolable derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural”, un canon en flagrante contradicción con los mandatos del propio Catecismo Católico, aprobado por Juan Pablo II, y supervisado por Ratzinger, donde se hace explícito (numeral 2266) que “la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionales a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte”.

Por otro lado, es sorprendente que esos furibundos antiabortistas no adviertan la manifiesta violación al principio (sin excepciones) que reclama la protección de la vida humana, cuando privilegian la supervivencia del bebé por encima de la vida de la madre. En 2009, en Brasil, una niña de apenas nueve años, violada por su padrastro, quedó embarazada y esperando gemelos. Ante el grave peligro que implicaba el embarazo, los médicos decidieron practicarle un aborto, legal en estas circunstancias. El arzobispo José Cardoso, quien excomulgó a la madre de la niña y a los médicos que lo realizaron, al ser cuestionado sobre el riesgo de muerte al que habría sido sometida la pequeña de no ser intervenida, replicó: “Una médica italiana mantuvo su embarazo aún sabiendo los riesgos que corría; ¡murió, pero se hizo santa!”. ¿Es esta la clase de inmoralidad que debemos respetar?

Pensemos en el caso de una mujer que presenta un embarazo ectópico. Según el principio del inviolable derecho a la vida, nadie podría intervenirla, pues hacerlo conllevaría a la muerte del embrión, algo que se supone equivale al homicidio. ¿Acaso es ético esperar a que ocurra la ruptura de la trompa de Falopio, sin importar que se exponga a la madre a sufrir un choque hemorrágico, frecuente en estos casos? Y si llegase a morir, ¿no se estaría violando el sagrado derecho a su vida? Y lo que es aún peor, ¿no se violaría así mismo el socorrido derecho a la vida del pequeño embrión?

Se arguye que el embrión, o incluso el cigoto, es ya un humano, y que por tanto la terminación voluntaria de un embarazo que apenas comienza también constituye un delito. El argumento se fundamenta en la creencia de que Dios infunde el alma en el momento de la concepción. Se olvida, sin embargo, que en un estado laico la legislación no se establece para hacer valer los dogmas propios de una fe. Para algunos musulmanes, por ejemplo, solo después de cuarenta días a partir de la fecundación, el embrión finalmente “recibe el espíritu”. Y para los budistas, cuyo máxima es evitar todo sufrimiento, el aborto se consiente cuando se trate de una madre embarazada que arriesga su vida durante el parto, o que lleva en su vientre un hijo con impedimentos graves, una postura que se apoya en una ética racional, y no en creencias sobrenaturales.

Otros alegan que el cigoto es un “humano en potencia”. Quienes así razonan parecen ignorar que incluso una sola célula de la piel, no alberga solo uno, sino miles de humanos en potencia, pues hoy es posible crear a partir de cualquiera de ellas infinidad de clones del mismo organismo. Así que si aceptamos el argumento de que destruir el cigoto es destruir “un humano en potencia”, tendríamos que aceptar que al afeitarnos cada mañana estaríamos cometiendo un “genocidio potencial”, pues cada vez que desprendemos un trozo microscópico de piel enviamos por el lavamanos a millones de pequeños potenciales homúnculos a una muerte segura.

Es obvio que prohibir o permitir el aborto, como tantas otras decisiones morales, depende en últimas de los principios éticos que estemos dispuestos a aceptar. Para los testigos de Jehová, por ejemplo, las trasfusiones de sangre atentan contra las enseñanzas bíblicas, y es preferible que un niño se desangre antes que practicarle una transfusión. Para algunos católicos el uso de la “píldora del día siguiente” vale por el asesinato de una criatura indefensa. Según el consenso científico, de otro lado, no hay “alma” mientras no exista cerebro, y en consecuencia un embrión de pocas semanas, carente aún de sistema nervioso, sufre o goza tanto como una ameba o un eucalipto.

Para muchos resulta abominable sacrificar un embrión, sin importar que porte defectos genéticos horrendos como la epidermolisis ampollosa, enfermedad hereditaria que hace que la piel se desprenda o se ampolle al más mínimo roce. Los pequeños que nacen con este mal no pueden siquiera bañarse, pues el solo contacto con el agua los hace gritar de dolor. Tampoco pueden alimentarse, debido a las llagas que aparecen en su esófago. ¿Cómo se pretende defender la “dignidad de la vida” alegando que se hace necesario aceptar el sufrimiento indescriptible de un niño en estas condiciones, cuando en realidad podría evitarse, una vez se compruebe que el embrión carga la terrible enfermedad?

Es indudable que el aborto plantea problema éticos complejos, máxime si el feto se encuentra en estado avanzado de desarrollo. Es una desgracia, sin embargo, que decisiones fundamentales para la sociedad colombiana estén en manos de autoridades eclesiásticas convencidas de que aún rige la Constitución de 1886, y de legisladores que tratan de aprovechar su investidura para convertir sus propios prejuicios y creencias religiosas en leyes universales.

Pepito grillo

Posted by Pocho On julio - 30 - 2011

Por: Catalina Ruiz-Navarro

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Caricaturas: Matador

La prueba a la que se enfrenta Pinocchio para convertirse en un humano es saber diferenciar entre lo bueno y lo malo y escoger lo bueno, solo entonces será un niño de verdad.

Nombre caricatura: Procurador en contra de las bodas gay

La conciencia y el buen uso de la misma es la que convierte al muñeco en persona, es la prueba de la Mayoría de Edad. Para el cuento, el ejercicio de la conciencia es la operación humana por excelencia, es la facultad para decidir acciones y hacerse responsable de las consecuencias de acuerdo con las concepciones propias del bien y del mal.

Esta semana se acaba de pasar un proyecto de ley para reglamentar la objeción de conciencia.  No es la primera vez, en agosto de 2010 el procurador, Alejandro Ordóñez dijo que se requiere dotar a la sociedad de instrumentos protectores de la objeción de la conciencia de las personas que consideran que el aborto es un delito “que no solo afecta la vida del ser más indefenso de la humanidad que es el feto, sino que agravia la conciencia de los colombianos”. También habló de objeción de conciencia en diciembre, a propósito de la cátedra sobre derechos sexuales y reproductivos en los colegios (que incluía hablar del aborto de una manera objetiva y seria, con pros y contras y sin efectismos sensibleros), y ahora, tras el fallo de la Corte Constitucional sobre el Matrimonio Igualitario, habla de objeción de conciencia para los notarios que se escandalicen con la idea del sexo homosexual y de ampararlo con un contrato.

Hay que señalar que la objeción de conciencia se entiende en el caso de médicos que consideren que realizar un aborto es contrario a sus creencias, pero nada tienen que hacer los notarios más allá de llegar a dar fe de que un contrato matrimonial entre homosexuales fue celebrado ante ellos, y al respecto del cual nadie les ha pedido que opinen.

Pero consideremos por un momento que “el legislativo expide normas claras y contundentes que les permiten a los ciudadanos apartarse del cumplimiento de algunos deberes y la ejecución de actos siempre que estos vayan en contradicción con sus convicciones religiosas y morales”. Dichas normas no deberían aplicar solo a quienes comparten las creencias del procurador. Por ejemplo, si yo quisiese abortar, debería poder exigir este derecho amparada en mi conciencia, que no me permite traer un hijo indeseado al mundo, y los jóvenes bachilleres podrían negarse a prestar el servicio militar aduciendo que manejar armas de fuego está en contra de sus convicciones religiosas,

Nombre caricatura: Procurador cortante con el matrimonio gay

No se puede defender la objeción de conciencia y no defender las libertades individuales. Ambos conceptos se caracterizan por pertenecer a un ámbito del ser humano tan íntimo (íntimo como un útero, por cierto) que las leyes no lo pueden tocarlo, ambas se tratan de creer que las personas pueden dirimir entre lo bueno y lo malo y a veces hasta escoger lo correcto. Tal vez el procurador no cuenta con que lo que le dice su conciencia es muy distinto a lo que me dice la mía.  Mi conciencia me dice, por ejemplo, que prohibir el aborto en Colombia está mal y que arruinarle la vida a una mujer, un individuo, para darle preferencia a la vida supuesta, de un individuo por ocurrir, es un crimen, mi conciencia me dice que donde hay amor hay una familia.  Mi conciencia también me dice que no darle a los colombianos el espacio para tomar sus propias decisiones, buenas o malas, es una violación a sus derechos y a su autonomía como personas.

Yo me pregunto entonces, si este proyecto de ley resguardará tan bien a mi conciencia como a  la de los médicos y notarios, si protegerá todas las conciencias por igual o solo algunas -¿las elegidas por Dios?- so pena de que al procurador se le empiece a crecer la nariz.

Nombre de la caricatura: ¿Los dejaran salir del closet?

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