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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Los malos del mundo

Posted by Carlos Prieto On agosto - 5 - 2010

Por: Semana

Simón Sebag Montefiore, uno de los historiadores ingleses más prestigiosos de la actualidad, acaba de publicar su último libro, titulado Los monstruos. El subtítulo es: Quiénes han sido los hombres más malos de la historia de la humanidad, y en la contracarátula los enumera.

El top 10 es el siguiente:

1. Calígula. 2. Nerón. 3. Atila. 4. Gengis Kan. 5. Iván el Terrible. 6. Jack el Destripador. 7. Hitler. 8. Pol Pot. 9. Al Capone. 10. y, créanlo o no… ¡Pablo Escobar! Nunca antes el jefe del cartel de Medellín había estado en compañía de tan alto nivel.

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Los más malos de la historia

Por: Semana

Dicen que no hay muerto malo, pero no faltan las excepciones. Malos locos, malos depravados, malos divertidos, malos por obligación, malos guerreros, malos gobernantes, torturadores y genocidas. Pero todos los que han sido tildados de perversos tienen algo en común: poder. De no ser por esta característica no hubieran merecido la fama de la que aún hoy gozan. Este aspecto fue el de mayor importancia para que la escritora inglesa Miranda Twiss realizara una clasificación y publicara su libro Los más malos de la historia. “Es importante recordar cómo era de poco valiosa la vida en otros tiempos, aunque en ciertas partes del mundo aún sigue siendo así”, explicó a SEMANA la escritora, quien no deja de aclarar que a veces la maldad depende de quién cuenta la historia.

De los 16 lúgubres personajes seleccionados por la autora no todos causan sorpresa. Así, según Twiss, los primeros lugares en el ranking de malos los ocupan Adolfo Hitler y Josef Stalin, especialmente por el número de muertes que causaron: el primero, promotor de la “solución final” que acabó con la vida de seis millones de judíos, además de homosexuales, enfermos, gitanos y minusválidos. La guerra que desató significó la muerte de más de 40 millones de personas. Por su parte Stalin solía decir que “una sola muerte es una tragedia y un millón de muertes se convierte en estadística”. Más de 20 millones de ciudadanos soviéticos desaparecidos es su estadística.

Otros menos conocidos han sido tan malos que sus vidas han inspirado películas de terror. Las cintas de Drácula se ven como cuentos de hadas al conocer al hombre de carne y hueso de quien surgieron. Fue un príncipe del siglo XV llamado Vlad Tepes Drácula, quien gobernó el antiguo reino de Valaquia, en la actual Rumania. Lo suyo no era realmente chupar sangre sino más bien someter a sus víctimas a innovadoras torturas. No en vano mereció el apodo de ‘El empalador’. Se le acusa de haber asesinado durante sus siete años de poder a más de 100.000 personas, no sólo a los invasores turcos sino también a su pueblo y a todo el que por su paranoia considerara traidor. Tenía dos grandes aficiones: “Por regla general enganchaba un caballo a cada una de las piernas de la víctima y una estaca afilada, que medía entre 1,80 y 2,40 metros de altura y cerca de 15 centímetros de ancho, se introducía gradualmente por el ano en sentido vertical en el cuerpo y salía por la boca”. Para que el suplicio demorara más engrasaba el extremo de la estaca y no lo afilaba demasiado para que el desgraciado tardara días en morir mientras se convertía en alimento de buitres. Otra diversión suya consistía en meter a sus víctimas en un gran caldero lleno de agua y sólo podían sacar la cabeza por unos orificios de la tapa. Luego encendía fuego y disfrutaba viendo las caras de dolor.

Entre quienes se llevaron la peor parte estaban los desempleados, mendigos y lisiados. En una oportunidad invitó a la mayoría de quienes hacían parte de este grupo a un banquete. Todos bebieron y comieron hasta hartarse y luego Vlad les preguntó si querían dejar de tener tantas preocupaciones. Cuando respondieron que sí el príncipe dio la orden de que cerraran el lugar y le prendieran fuego. Pero Vlad fue víctima de su propio método, pues al ser asesinado por los turcos clavaron su cabeza en una estaca.

Al igual que Vlad Tepes, hay otro personaje que ha inspirado historias de vampiros y que incluso estuvo más cerca a la sangre. Se trata de Isabel, la condesa Báthory, también llamada la condesa Drácula de Transilvania. Se calcula que asesinó a más de 650 criadas y jóvenes campesinas para consumir su sangre, que creía la mantendría joven. Uno de sus pasatiempos consistía en colocar bajo su ventana en pleno invierno a jóvenes desnudas. Luego arrojaba agua sobre las víctimas hasta que se congelaban y se convertían en estatuas humanas de hielo. También solía clavar alfileres bajo las uñas de sus empleados si no acataban sus órdenes y cuando una de sus sirvientas planchaba mal le marcaba el rostro con la plancha. Cuando empezó a notar que envejecía a pesar de los litros de sangre campesina que consumía una de sus hechiceras le aconsejó beber sangre de vírgenes de la nobleza. Pero el rumor acerca de sus prácticas se hizo cada vez más grande. Isabel fue condenada a cadena perpetua y murió en 1614, a los 54 años. La leyenda dice que por falta de sangre de vírgenes.

Pero Isabel no fue la única que tuvo una dieta extravagante. Cuentan que Atila, el rey de los hunos, que durante sus ocho años de gobierno conquistó 100 ciudades y aterrorizó a la población europea del siglo V, “se comió a sus hijos, Erp y Eitil, después de que una de sus esposas se los sirviera asados con miel”.

Para no ir muy lejos en el tiempo existió un hombre que también tiene fama de haber sido caníbal. El recientemente fallecido Idi Amín Dada, dictador de Uganda entre 1971 y 1979, no se ganó el apodo de ‘El Carnicero’ de Africa oriental gratuitamente. La prueba de su gusto por la carne humana fueron las partes del cuerpo, incluida la cabeza de uno de sus ministros, que las autoridades encontraron en la nevera de la casa presidencial. Pero tenía prácticas más atroces: Sus oficiales “cortaban trozos de carne del reo, la asaban y le obligaban a comérsela hasta que moría”. Transmitió en directo por televisión la ejecución de sus oponentes, precisando que debían vestir de blanco para ver correr la sangre. Al final de su gobierno más de 300.000 ciudadanos habían sido asesinados.

Pol Pot, gobernante comunista de Camboya, tampoco tuvo misericordia de su pueblo. En la década del 70 fue causante de la muerte de tres millones de personas, más de la tercera parte de la población camboyana. Durante su gobierno el mandatario decretó que estaban prohibidas las posesiones personales y obligó al pueblo, incluyendo niños, embarazadas y ancianos, a trabajar, especialmente en los campos de arroz. A los más jóvenes los adoctrinaban para que espiaran a sus padres y los denunciaran si infringían las reglas. La mitad de los chinos, la minoría étnica más numerosa de Camboya, perdió la vida, y quienes estaban casados con vietnamitas recibieron instrucciones de matar a su cónyuge o afrontar la ejecución.

Las torturas parecen ser el común denominador de estos personajes. Uno de los más especializados en esta área fue Tomás de Torquemada, director de la Inquisición en España, quien persiguió a los judíos, aun si se habían convertido al cristianismo, pues los consideraba herejes y los mandó a la hoguera. Siglos antes de que Hitler lo hiciera, Torquemada se obsesionó con la ‘limpieza étnica’. Cuando el Papa ordenó que se procuraran torturas sin mayor derramamiento de sangre al fraile dominico se le ocurrió popularizar el uso del potro, pinzas al rojo para cauterizar las heridas de inmediato y la toca, que consistía en introducir agua por la fuerza en la garganta de la víctima. De esta manera muchos confesaban hasta delitos que no habían cometido. A pesar de todo “Torquemada murió en paz y en olor de santidad en su monasterio de Avila”.

Iván IV, conocido como ‘El Terrible’ y zar de todas las Rusias, oía cómo Dios le susurraba al oído los nombres de las víctimas que debía sacrificar. No mostró compasión alguna por sus súbditos a quienes, en arrebatos de cólera, arrojaba a los osos, estrangulaba o arrancaba sus costillas con pinzas calientes. “Durante cinco semanas en la ciudad de Nóvgorod, cada día se torturaba y asesinaba sistemáticamente a 1.000 personas en la plaza mayor”. Hirvió a su tesorero en un caldero e incluso fue el verdugo de su hijo y heredero, pues en un arranque de rabia le golpeó la cabeza con su báculo de madera.

De acuerdo con el libro, una de las mujeres más salvajes de la historia fue Ilse Koch, apodada la ‘Zorra de Buchenwald’ por el campo de concentración que dirigía. Como miembro del partido nazi acabó con más de 50.000 prisioneros, en quienes se realizaron diversos experimentos médicos. Les practicaron esterilizaciones sin anestesia y duras pruebas de resistencia ante el dolor. Pero su voracidad fue más allá, a tal punto que su casa estaba decorada con cabezas reducidas de las víctimas y con su piel fomentó la fabricación de artesanías. Además obligaba a los presos a deleitarla mediante la práctica de actos sexuales depravados.

Miranda Twiss es consciente de que esta lista no es completa y es producto de una selección subjetiva. “Me hubiera gustado incluir a personajes como Catalina de Médicis, a Gengis Khan y a Mengele”, aseguró a SEMANA. Lo cierto es que todos los mencionados parecen confirmar la célebre frase que dice “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Héroes criminales

Posted by Carlos Prieto On mayo - 13 - 2010

Por: Klaus Ziegler

Fuente: El Espectador

Existe un verdadero culto en Occidente alrededor de tres de sus peores criminales: Alejandro de Macedonia, Julio César y Napoleón.

Historiadores, novelistas, músicos, dramaturgos y pintores han elevado a la categoría de héroes supremos a estos genocidas. Los innumerables crímenes y horrores perpetrados en aras de satisfacer su propio afán de gloria, si apenas se mencionan, son considerados insignificantes, o incluso son tenidos como prueba de su nobleza, de su voluntad para llevar la civilización, las leyes y el sentido de un orden superior a naciones ignorantes y bárbaras.

Es un progreso moral indudable, en palabras del filósofo argentino Mario Bunge, que personajes como César o Alejandro, celebrados como superhombres máximos durante dos milenios, sean vistos hoy por un grupo cada vez más grande de historiadores como asesinos y ladrones a gran escala. Para Bunge, en un mundo en realidad civilizado, Alejandro Magno habría de llamarse Alejandro Parvo, o quizás un nombre más apropiado: “el bárbaro de Macedonia”. Al igual que su homólogo Hitler –a quien nadie se atrevería a llamar “Adolfo el Grande”–, Alejandro era sensible y tierno con los animales, pero cruel y despiadado con sus semejantes. Ambos eran megalómanos, codiciosos, místicos y se creían iluminados y predestinados a consumar la gran causa que el destino les había asignado.

Un sentimiento muy enraizado en la naturaleza humana hace que admiremos a los vencedores más allá de cualquier consideración ética. De otra forma, ¿cómo se explica que psicópatas como Alejandro despierten semejante respeto, o que los restos de uno de los peores genocidas de Francia descansen en un fastuoso mausoleo de mármol rojo y reciban el homenaje diario de miles de turistas?

El paso del tiempo tiene el curioso efecto de hacer que juzguemos con otro rasero los actos de nuestros predecesores. Algunos piensan que cualquier juicio a posteriori es imposible, o inclusive ridículo. Esta posición se basa en un relativismo ético que sostiene que no podemos aplicar una misma escala de valores para cualquier período de la historia, ya que los juicios morales dependen exclusivamente del contexto cultural.

Quienes sostienen este punto de vista tienen razón en afirmar que ciertas prácticas que hoy pueden parecer inmorales fueron consideradas aceptables en su momento. Por ejemplo, tienen razón en observar que un esclavista americano del siglo XIX no creyera que poseer esclavos fuera algo inmoral, o que inclusive pudiera llegar a considerarlo un deber cristiano. Pero podemos estar seguros de que esta misma persona se horrorizaría si hiciese el experimento mental de imaginar que el esclavo fuera uno de sus hijos, lo cual demostraría que percibe la esclavitud como algo indeseable e indigno –aunque la viera justificable para otros–, al menos si nos adherimos al principio kantiano de que lo “malo” es lo que no desearíamos para nosotros mismos.

La libertad y el derecho a la vida son valores universales. En cambio, la tortura, la esclavitud y el conjunto de sufrimientos y vejaciones que infligen las guerras sobre los hombres son rechazados por igual sin importar el grupo humano, la nación o la época.

Más que el hecho de que la historia la escriban los vencedores, lo que realmente ha llevado a enaltecer hasta la histeria a estos engendros es algo más primitivo e irracional, y tiene su origen en ese sentimiento nacionalista que todos llevamos dentro, que nos hace ver magno al vencedor, si es uno de los nuestros, e infame y salvaje si es foráneo. Gengis Kan es reverenciado en su nativa Mongolia, pero es tenido por un bárbaro sanguinario en Occidente. Harry Truman es considerado por muchos estadunidenses como un héroe de la Segunda Guerra Mundial, pero visto por los japoneses como uno de los peores homicidas del siglo XX.

En Nuremberg fueron juzgados y ejecutados altos generales y colaboradores del régimen nazi. Pero si todos los criminales de guerra hubiesen sido juzgados por igual, y no solo los perdedores, también habrían tenido que colgar a Truman por el peor acto terrorista de la historia: aniquilar la población de dos ciudades enteras con bombas atómicas; y a Churchill por crímenes de lesa humanidad, al ordenar que incineraran a los civiles indefensos de Dresde y otras ciudades alemanas.

En un mundo civilizado, tal vez lejano todavía, a estos conquistadores sanguinarios junto con otros monstruos como Inocencio III y demás Papas genocidas, deberían reunírseles en un mismo grupo, al lado de reconocidos asesinos en serie como Asurbanipal, Calígula, Atila, Stalin, Hitler, Pol Pot, Leopoldo II de Bélgica… Y señalarlos como lo que realmente son: la peor vergüenza de la humanidad.

Paráfrasis: Bastardos sin Gloria

Posted by José Daniel Paternina On diciembre - 3 - 2009

Por: José Daniel Paternina Soto

Bastardos sin Gloria es la nueva cinta de Quentin Tarantino sobre la que Pocho habló hace algún tiempo en este blog.  De Tarantino no veíamos nada desde Grindhouse (Death Proof), pero hace unos meses este trailer apareció rodando por la internet y todos nos emocionamos:


Como es común previo al lanzamiento de cualquier película de Tarantino, el hype no se hizo esperar. Cuando la película fué pre-estrenada en Cannes, la crítica no la trató muy bién. Pero antes de llegar a las salas, Tarantino la re-editó y el resultado es un film lleno de sorpresas.

A partir de aquí usted encontrará spoilers (información que podría dañarle la película), así que queda advertido. Lea bajo su propia cuenta y riesgo.

Bastardos sin Gloria es una cinta arrogante en la que Quentin Tarantino le grita al mundo que definitivamente sabe cómo hacer cine. E indiscutiblemente lo sabe hacer.

La película no es sobre una banda de matones sanguinarios que están detrás del ejército Nazi,  como el trailer deja entrever (primera sorpresa). Una vez más, es sobre venganza, como Kill Bill:

Shosanna Dreyfus es una hermosa jóven francesa de ascendencia judía cuya familia es asesinada de manera salvaje por el malévolo coronel nazi Hans Landa. A Shosanna la posee una insaciable sed de venganza, por lo que ahora aprovechará su posición y sus dotes para ejecutar una pintoresca venganza en la que planea deshacerse de tantos nazis como le sea posible.

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Como notará el lector, no he mencionado a Brad Pitt y sus bastardos sin gloria, protagonistas del trailer. Tarantino los utilizó como carnada para hacer que la gente fuera a ver su película. Ellos son divertidos, pero realmente, son un elemento auxiliar que funciona como conector del argumento en el film. Segunda sorpresa.

Por otro lado, el trabajo de los actores es impecable. No hay personaje que no llegue a ser amado u odiado en extremo durante los 153 minutos que dura la película. Tercera sorpresa. Confieso que siempre había pensado que Brad Pitt era otro actor más, famoso por su apariencia, pero luego de ver esta película, me trago mis anteriores juicios y me paro a aplaudirlo. Aún así, las ovaciones se las lleva Christoph Waltz (Hans Landa), y qué decir de la hermosísima Mélanie Laurent (Shosanna).

La película como tal está ensamblada con precisión quirúrgica. Es impresionante como el director logra desesperar a la audiencia con escenas que asfixian por su contexto, pero que a su vez mutan en el tiempo y logran un efecto orgásmico en la mente del espectador. Si, me refiero a la escena del bar.

Definitivamente, una obra maestra.

Lo bueno:

  • El reparto, cada actuación es impecable.
  • La fotografía, preciosa. La sangre brilla de manera espectacular esta vez.
  • La historia. Apuesto a que nadie se la espera antes de entrar a la sala.

Lo malo:

  • El patetismo de Fredrick Zoller. Es tan patético que es genial.

Lo feo:

  • La crueldad de algunas tomas. Pero eso es normal en Quentin.

Calificación general: 4.9/5

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