"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

Megaobras

Por: Carlos Jimenez*

Fuente: El País – Cali

“Dime de lo que presumes y sabré de qué careces”

El dicho me viene como anillo al dedo para referirme a esa manía que se ha apoderado del Gobierno Nacional -después de causar estragos en nuestra Alcaldía– y que consiste en engrandecer publicitariamente sus proyectos calificándolos siempre de mega proyectos. Yo no estoy seguro si quienes los diseñan y los promueven realmente creen que lo son, porque si es así habría que añadir que son tan cortos de miras que lo mejor que se puede hacer es quitarlos y poner en su lugar planificadores que en verdad lo sean. Porque todo lo que hasta ahora nos han ofrecido los planificadores de este gobierno envuelto en tan sonoro calificativo a mí no me parece gran cosa. Digo, si contamos con el hecho de que ya somos un país de 44 millones de habitantes, con unos recursos naturales y humanos impresionantes, cuyas legítimas y eternamente postergadas ambiciones de avance económico, científico y cultural difícilmente pueden ser satisfechas con proyectos como, por ejemplo, ese de hacer una nueva carretera en los llanos para facilitar la dedicación de esas tierras al cultivo de la palma africana. ¡Por Dios ¡Si ese es un proyectico como del Siglo XIX, que quizá le resulte rentable a unos inversionistas perezosos, pero que no supone ni de lejos un desafío técnico y empresarial a la altura de las demandas de este nuevo siglo que es -como sabe cualquiera- el siglo de la sociedad del conocimiento. Y no el de las plantaciones sembradas y cosechadas a mano por unos pobres jornaleros medio analfabetos.

Pero todavía es más grave que también esta megalomanía haya hecho presa en la política universitaria del Gobierno Nacional, cuyos promotores se llenan la boca proclamando a voz en cuello su fe de carboneros en los milagrosos resultados de la privatización de nuestra educación superior, pasando por alto que lo que de verdad necesita este país es una universidad que le permita dar los pasos de gigante necesarios para descontar su enorme retraso en los campos del conocimiento y la investigación científica. Pasos que suponen inversiones extraordinarias y -sobre todo- la conciencia compartida de que esas inversiones son mucho más importantes que las que están pensando hacer nuestros gobernantes en sus megaproyectitos. Alfonso Ocampo Londoño siempre lo dijo: la base del sistema escolar no es la escuela primaria, sino la universidad. Y yo agrego: no hay universidad sin investigación científica.

* Historiador y crítico de arte. Profesor de la Unviersidad Europea de Madrid y corresponsal de la revista ArtNexus en España. Es columnista del diario El Pais de Cali desde 1994.

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¿Ciudad pobre? (By. Luis Guillermo Restrepo S.)

"El desarrollo es el nuevo nombre de la paz." Juan Pablo II

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Además de despertar las iras de quienes no quieren pagar y las ambiciones de los que quieren sacar dividendos políticos, las 21 megaobras están destapando cosas desconcertantes. Y demuestran el enorme espacio que Cali ha perdido en asuntos como la credibilidad en sus gobernantes y la conciencia de que hay que pagar si se quiere progresar.

La encuesta que publica hoy El País es reveladora de lo que los caleños piensan sobre su ciudad y lo que ellos deben aportar para mejorarla. Mientras el 83% tiene claro que Cali necesita las 21 megaobras, y el 72% sabe qué son, sólo el 39% cree que la valorización es un mecanismo idóneo para financiar obras importantes como esas. Es decir, “que nos beneficien, pero que no nos las cobren”.

Y la respuesta está en que el 78,3% no confían en que los recursos recaudados para el proyecto se invertirán bien. Además, el 85% afirma que el Gobierno Municipal no ha suministrado información suficiente. Y mientras el 85,7% reconoce que no participó en la elección de sus representantes, el 83,3% no los conoce. Y no parece interesado en conocerlos, por más escándalo que hagan.

Hay pues una especie de inercia que lleva a Cali a cualquier parte. Que no tiene síntomas de mejorar, si se tiene en cuenta que el 25% reconoce que no está al día con el impuesto predial. Los enemigos del proyecto deben estar felices porque al fin tienen cómo demostrar que la gente es pobre, así sepan que no es cierto. La verdad es que muchos se acostumbraron a no pagar. Si hay alguna duda, es bueno recordar lo que adeudan los contribuyentes morosos: ¡$800.000 millones!

Es decir, casi el 100% de las obras se puede hacer sin valorización, si la gente paga lo que debe. Pero no. Para los más rabiosos enemigos del proyecto es que “somos pobres”. Y nos gustan los alcaldes que se pegan de eso para no exigir los tributos que se requieren para modernizar esta Cali. Por eso, hace doce años los ingresos propios de nuestro Municipio eran superiores a los de Medellín. Hoy son menos de la mitad y gran parte de ellos se destinan a pagar deudas.

Es la razón por la cual la ciudad se fue para atrás. Además, claro, de la corrupción que hemos padecido, de la cual fue exponente máximo Apolinar Salcedo, elegido por pobre. ¿Cómo hacer entonces para que los caleños crean en sus gobernantes, así digan que los respaldan, como le está ocurriendo a Jorge Iván Ospina? ¿Cómo hacer para que paguen lo que deben?

Hay un aspecto del proyecto de las megaobras que no ayuda. Es la resistencia del Alcalde a nombrar un gerente con la suficiente credibilidad y ejecutoria, acompañada de la negativa de muchos empresarios a aceptar el encargo. Eso es desconfianza mutua que repercute en el comportamiento social.

Según los que saben, como Alfredo Domínguez Borrero y Alfredo Carvajal Sinisterra, dos ex directores de Valorización que construyeron mucho de la Cali que aún funciona, 21 obras no son demasiadas. Valorización llegó a tener 29 simultáneas y fueron un éxito. Pero sí serán un problema enorme, de continuar el desorden, la improvisación y la desconfianza.

Agregaría que se convertirán en otro desastre si los caleños se niegan a pagar por lo que beneficia su patrimonio. Así demostraremos que queremos vivir en una ciudad pobre de espíritu, pasando de la ciudad pobre que quieren mostrar algunos a una pobre ciudad.

Tomado de El País

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