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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘Columnistas’ Category

La brisa del Pacífico

Posted by Pocho On octubre - 23 - 2011

Por: Alfonso Carvajal

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

La cultura en nuestro país es de quijotes, y esa ha sido la tenacidad de Darío Henao, decano de Humanidades de la Universidad del Valle, quien, con las uñas y mucha imaginación, ha venido realizando la Feria del Libro del Pacífico.

Sí, Cali es una de las sucursales del cielo y tal vez sea por esa brisa que viene del mar Pacífico, que todo lo alivia y encauza mágicamente el ardor tropical. También por la música y su ritmo tatuado en las caderas de sus mujeres de extravío y canela. La cultura en nuestro país es de quijotes, y esa ha sido la tenacidad de Darío Henao, decano de Humanidades de la Universidad del Valle, quien, con las uñas y mucha imaginación, ha venido realizando la Feria del Libro del Pacífico, que por estos días celebra su edición 17.

Un certamen que ha introducido como móvil temático la riqueza de la cultura afrocolombiana en sus distintas formas y matices, y que ha realizado simposios inolvidables, como el hecho en homenaje a Jorge Isaacs, al cual asistieron expertos de varios continentes.

Y que ha sido un puente entre esta urbe singularmente mestiza, que todavía se debate entre los aires provincianos y el empuje de una metrópoli en expansión, con otros pensamientos del mundo que enriquecen las relaciones humanas.

Esa es la cultura, señores, que poco nos dan… Ya no están Andrés Caicedo, ni esa fabulosa marea furiosa y talentosa de directores de cine, pero todavía nos cruzamos con Umberto Valverde, autor de Bomba Camará y Reina Rumba, dedicada a Celia Cruz, o con un pirata de mar y tierra, Édgard Collazos, artífice de El demonio en la proa, o con Fabio Martínez, un Habitante del séptimo cielo, o con Julián Malatesta, impulsor de la poesía contemporánea, o con la fuerza narrativa que Álvarez Gardeazábal dejó en novelas canónicas: Cóndores no entierran todos los días, que marcaron el periodo de los gamonales y la violencia a ultranza en el Valle rural.

En esta ocasión, el país invitado de honor fue China, que ha graduado a más de 10.000 alumnos en hispanística en los últimos 50 años. Un país con grandes proyectos de largo plazo, de los cuales, infortunadamente, aquí carecemos. Un país que conversa con los signos mágicos de otras latitudes universales y que respeta la memoria de sus semejantes.

Cómo olvidar a Dong Yangsheng, traductor del español al mandarín de Don Quijote y que canta emocionado Lamento borincano interpretado por Daniel Santos, y a sus 74 años sale a bailar con los movimientos de un elegante niño virtuoso. Esa es la cultura, que poco nos dan… Y la brisa, la brisa salvaje, la brisa apacible, corre y cae la noche sobre Cali iluminando el cielo.

Defensa a un Estado laico

Posted by Pocho On octubre - 21 - 2011

Por: Juan Gabriel Vásquez

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

La semana pasada, en plena discusión nacional sobre el aborto, Enrique Gómez Hurtado —ese representante titulado de lo más peligroso de la caverna colombiana— perpetró unas opiniones que no merecen ser olvidadas.

Refiriéndose a las situaciones en que la Corte Suprema ha decidido que se puede interrumpir un embarazo, Gómez Hurtado opina que “cualquier persona puede decir que fue violada”, y que eso de la violación “es una situación que no se puede comprobar y muchos quieren salir del compromiso asesinando a una persona” (sic). Le debió de parecer que en esas frases no había agredido suficientemente a las víctimas de una violación y, en general, a las mujeres, porque las sandeces se le siguieron escapando por la boca: como “no sabemos dónde comienza la malformación”, se concluye que las mujeres que aborten en esos casos quieren “sacar ventaja quitándose una responsabilidad” (otra vez sic). “Cualquiera es malformado cuando lo que se quiere es no tener un hijo”, dice, y se da prisa en aclarar, por si sus credenciales pudieran ponerse en duda, que él es “un experto en términos de moral, un defensor del orden y el progreso” (sic, sic y más sic).

Y entonces uno se da cuenta de lo poco que han cambiado las cosas entre los dos Gómez. Gómez el viejo, Gómez el joven: poco ha cambiado. Uno se acuerda de esos años en que también Gómez (el viejo) se declaraba dueño de la moral colombiana para cerrar, por ejemplo, una exposición de los desnudos de Débora Arango. Era lo de menos, claro, porque en realidad lo que le hubiera gustado a Gómez (el viejo) habría ido mucho más allá de unos cuantos lienzos de mujeres empelotas: si lo hubieran dejado, Gómez (el viejo) habría instalado en Colombia un nacional-catolicismo como el de la España de Franco, un sistema de gobierno en el cual la religión del Vaticano fuera la única manera de ver el mundo. Pensando en eso, uno se acuerda de ciertas partes de Laureano Gómez y los masones, el libro en que Thomas Williford cita los escritos de Gómez (el viejo) sobre Mussolini. La desgracia de Italia, escribe Gómez (el viejo), fue no haber hecho caso de las palabras del presbítero Vicente Gioberti: “La religión es la base del genio nacional”. Lo que se creó entonces, se lamenta Gómez (el viejo), fue un país donde “todo recuerdo de la religión católica quedó excluido de la nueva vida pública”.

Ese lamento es el mismo, en contenido y aun en forma, que flota hoy en día en el partido Conservador de nuestro conservador país. Esos son los amigos de Alejandro Ordóñez, el hombre del crucifijo al fondo: nostálgicos de una época en que la religión católica determinaba la constitución y la ley. A quienes defienden el derecho de la mujer a abortar en tres casos taxativos los acusan de promover el aborto; con la misma lógica (sic), acusan a quienes defienden la laicidad del Estado de atacar a los creyentes. Pero el Estado laico —increíble que sea necesario decirlo una vez más—, lejos de atacar una religión, es la mejor defensa de la igualdad de todas las religiones: al no asumir ninguna, garantiza la coexistencia de todas. Ese país (que a uno le gustaría y que al procurador Ordóñez y a José Darío Salazar les choca tanto) se salvó la semana pasada. Tuvimos suerte, pero nadie duda que los ataques seguirán. Habrá que seguir defendiéndonos.

Voto obligatorio

Posted by Pocho On octubre - 21 - 2011

Por: Eduardo Posada Carbó

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

El voto obligatorio es un mala idea, desterrada hasta ahora de nuestras tradiciones políticas.

No deja de sorprender que el proyecto de hacer ciudadanos a la fuerza regrese al Congreso.

‘De momento, el voto obligatorio está descartado en Colombia’, decía un titular de ‘El Espectador’ el 30 de agosto pasado. Preocupa el “de momento”.

Como recordó Germán Uribe en semana.com, desde mediados del año anterior se radicó en el Congreso un proyecto que busca imponernos la obligación de votar. Al parecer, sigue su curso. La amenaza del voto obligatorio revive con frecuente periodicidad. Quienes creemos en la libertad de votar, andamos a la permanente defensiva, forzados a repasar, una y otra vez, los términos de la discusión.

El debate sobre la naturaleza del voto es tan antiguo como la misma democracia. Quienes propician entre nosotros su obligatoriedad aducen varias razones.

Argumentan que el voto obligatorio sería un arma contra la corrupción de la clase política. Que serviría de herramienta contra la abstención. Que por ello perfeccionaría la democracia. Que -como observa Juan Gabriel Gómez en elespectador.com- el votar es un deber ciudadano y así se fortalecen los valores de la comunidad. No son argumentos despreciables. Pero hay que recibirlos con escepticismo. Y las razones contrarias tienen mucho más peso.

El escepticismo surge por la falta de respaldo empírico a tales proposiciones. La Argentina fue uno de los primeros países latinoamericanos en imponer el voto obligatorio, en 1912. Su resultado inmediato fue el de impulsar la participación electoral. Sin embargo, no hay evidencias de que la medida hubiese perfeccionado la democracia argentina durante el resto del siglo veinte, ni que hubiese servido para combatir la corrupción.

Ejercicio similar podría hacerse en casi todos los países en Latinoamérica -la región mundial del voto obligatorio-. Habría que extender el ejercicio comparativo a otras democracias de Occidente. Los niveles de corrupción en la Gran Bretaña, donde no existe el voto obligatorio, son menores que los de Italia.

Existen razones particulares que ayudarían a explicar la adopción del voto obligatorio en algunos países. En Australia o Argentina, por ejemplo, quizá lo acogieron para integrar políticamente a los inmigrantes. No lo hicieron, sin embargo, los Estados Unidos, donde el voto ha sido predominantemente voluntario, allí prefirieron formar ciudadanos a través del sistema educativo.

Colombia sobresale en Latinoamérica por ser uno de los pocos países donde, con la excepción de breves períodos durante la independencia, el voto siempre ha sido voluntario. Deberíamos apreciar su existencia como parte de las tradiciones democrático-liberales del país, en vez de querer imitar a los vecinos.

Existe además una razón práctica para oponerse al voto obligatorio. Para que sea efectiva, la obligatoriedad requeriría un sistema de sanciones. ¿Qué castigos proponen los defensores del voto obligatorio a quiénes no voten? ¿Que se les impida salir del país? ¿Multas? ¿Que pierdan la posibilidad de emplearse en el sector público? ¿Qué cuerpo se encargaría de vigilar el cumplimiento de las sanciones?

Hay más argumentos. Obligados a votar, los desinteresados irían a las urnas a cumplir con su “deber” al azar (así lo comprueban experiencias de otros países). Y la obligatoriedad de votar liberaría a los políticos de una de sus principales funciones en una democracia: motivar el interés público entre los ciudadanos.

El voto obligatorio es una mala idea, desterrada hasta ahora de nuestras tradiciones políticas. No deja de sorprender que, año tras año, el proyecto de hacer ciudadanos a la fuerza regrese al Congreso. Por fortuna, también hasta ahora, tales iniciativas se han hundido en el proceso legislativo. Pero quizás hace falta un debate más amplio para evitar que la amenaza resurja con tan cansona frecuencia.

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