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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘Medios’ Category

Percepción de guerra

Posted by Pocho On abril - 11 - 2012

Dos brillantes columnistas, dos posiciones y dos percepciones distintas. Ustedes podrán sacar sus propias conclusiones. Una lastima que el común denominador de este debate, no sea ninguno diferente al de esta cruel guerra en Colombia. Carlos Prieto 

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La guerra que se está perdiendo

Por: Daniel Samper Pizano

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

El país enfrenta dos guerras distintas: la de la seguridad y la de la sensación de seguridad. De la primera son protagonistas el Ejército y la Policía, por una parte, y, por otra, los grupos armados y los delincuentes en general. Los actores de la segunda son, en una orilla, el Gobierno y sus adláteres -ciertos políticos, ciertos gremios, cierta prensa- y en la opuesta, el uribismo nostálgico y sus múltiples brazos.

La guerra de la seguridad es una guerra real, que se libra con armas y con sangre. La otra es una guerra de opinión pública que busca réditos políticos.

Casi siempre a una batalla en la guerra real siguen varias en la de opinión. Así se ha comprobado, una vez más, con los golpes y contragolpes entre el Ejército y las Farc en la semana que termina. Hace ocho días, las fuerzas militares sufrieron el más duro revés recibido durante la actual administración, cuando la guerrilla dio muerte a once uniformados. Pocos días después, la fuerza pública bombardeó un campamento de las Farc en Arauca y provocó 32 bajas en la organización subversiva. Muchos habrán hecho la inhumana cuenta de que, por una diferencia a favor de 21 muertos, el Ejército resultó ganador en el cruce de mandobles.

Pero ¿acaso se refleja esta imagen en la sensación de seguridad? Probablemente no. La clara intención del uribismo extremista ha sido expuesta por sus profetas: convencer al país de que el gobierno de Santos es débil con los violentos, regresar al poder y, una vez allí, promover una asamblea constituyente que, entre otros remiendos, permita la reelección de Álvaro Uribe por dos períodos (luego los aumentarán cambiando un articulito) y una larga temporada hegemónica del pensamiento de los tres huevitos. Por eso, el mismo día en que se informaba sobre el ataque militar contra el campamento guerrillero uno de los evangelistas del uribismo, Fernando Londoño Hoyos, se rasgaba las vestiduras afirmando que “estamos perdiendo la guerra” y que “a nadie le importa averiguar por qué”. A su turno, José Obdulio Gaviria suele exagerar y agrandar la influencia de las Farc mientras delira con una refundación nacional.

Si algún periodista crítico hubiera dicho hace tres años que la guerrilla estaba derrotando al Ejército y que el Gobierno no se preocupaba por ello, Uribe y su gente -Londoño y José Obdulio, por ejemplo- lo habrían tachado de subversivo y de “amigo de la Far”. Las cosas han cambiado. Ahora son ellos quienes alegan el triunfo de los alzados en armas. Porque les conviene dar la sensación de que solo sirve su estrategia, que no hay que buscar la paz sino aplastar al enemigo, que todo lo que se aparte de su filosofía es perder la guerra.

El problema es que, no importa cómo estén sucediendo las cosas en la guerra de la seguridad, el Gobierno ha perdido terreno en la guerra de la sensación de seguridad. Esta la van ganando los nostálgicos uribistas y, en algunos casos, la realidad los apoya. Parece insólito que las dos últimas matanzas de soldados se deban a errores parecidos y que esas equivocaciones fatales no cobren una sola renuncia.

Las encuestas muestran una tendencia pesimista entre los ciudadanos sobre el clima de orden público, pese a que algunas cifras -homicidios, masacres, secuestros- se hayan reducido del 2010 al 2011. Pero aumentaron los asesinatos de indígenas, los actos de terrorismo y, sobre todo, las voladuras de oleoductos. En el campo, según encuesta de la Cámara Procultivos, reina la percepción de que aumenta la inseguridad.

Posiblemente el Gobierno no está perdiendo la guerra contra los grupos armados. Pero crece la sensación de que eso es lo que está ocurriendo.

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¿La eficacia de Uribe o la quimera de Santos?

Por: José Obdulio Gaviria

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Afirma Daniel Samper Pizano: José Obdulio suele “exagerar y agrandar la influencia de las Farc”. ¿No será que él suele minimizar la peligrosidad de las Farc? ¿Piensa, acaso, como su excandidato presidencial, Carlos Gaviria, que si las Farc matan es “para que otros vivan mejor”?

Dice Samper que mi intención es “convencer al país de que el gobierno de Santos es débil con los violentos”. Es débil porque abandonó las definiciones de la política de Seguridad Democrática, y con ello debilitó al Estado, principalmente a sus Fuerzas Armadas. La doctrina de Uribe es que Colombia enfrenta una amenaza terrorista; Santos cree tener al frente una “oposición armada”. Sí, señor Samper. Esa diferencia es sustancial. Las bandas terroristas son el primer y principal problema de Colombia. No son un partido político en armas cuasi inofensivo, como creo que Santos y usted piensan.

No es casualidad que Santos gobierne con las ‘oenegés’ que se reúnen en el colectivo ‘Colombia, ¡Nunca más!’. Ellos fueron un baluarte opositor a Uribe. En el manifiesto del colectivo se lee que el Estado es “un actor violento”, sumamente abusivo, particularmente sus fuerzas armadas. A las Farc y al Eln los tratan como grupos que protagonizan “un levantamiento en armas (…) que reclaman cambios fundamentales en las estructuras económicas, sociales y políticas (…)”. ¿Semejante tratamiento conceptual no debilita la acción gubernamental?

Tales ‘oenegeros’ aparecen hoy como los nuevos mejores amigos de Santos (no pretenden desplazar a Chávez; simplemente lo complementan).

Ellos le preparan (¡con qué costos!) manifestaciones ‘agraristas’ en las zonas en donde unos altruistas ‘grupos armados’ pretenden tener la base social para desarrollar su política de tierras y víctimas (en el gobierno de Santos asignan a las Farc un “liderazgo en las luchas campesinas por la tierra”).

Ahí, estimado don Daniel, está el quid del asunto. Santos, que fue elegido por la corriente política de la Seguridad Democrática, la abandonó y se pasó a la contraria. Eso, que en política llaman triangulación, para otros, menos sofisticados, se llama traición.
Pero no importa. No nos pongamos con gazmoñerías que la cosa es seria y en ello va la vida de muchos y la suerte entera de la patria (concepto que también abandonó Santos, para no sonar ‘políticamente incorrecto’).

Nueve millones de colombianos votamos por la doctrina de la Seguridad Democrática. Si elegimos presidente a Santos era para continuar ejerciendo con firmeza la autoridad y orientar la acción de las fuerzas armadas para derrotar al terrorismo. A eso, en cambio, el colectivo ¡Nunca más! lo llama “tratamiento militar para exterminar la rebelión”.

Santos ha adherido a la tesis contraria, la de sus nuevos mejores amigos: “tratamiento político negociado para buscar soluciones a los reclamos justos”.

Daniel Samper dice que me “conviene dar la sensación de que solo sirve (mi) estrategia, que no hay que buscar la paz sino aplastar al enemigo, que todo lo que se aparte de (mi) filosofía es perder la guerra”. Yo pregunto: ¿qué nos enseña la experiencia?
¿Acaso no rigió durante décadas la conciliación con el terrorismo, detrás de un quimérico (según el DRAE, aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo) proceso de negociación?

¿Qué enseña la experiencia? Creímos ver con Uribe una luz al final del túnel y abandonar su política es lo que está haciendo sentir a la gente insegura. Las diferencias entre Uribe y Santos respecto a la seguridad son antagónicas.

Revertrex

Posted by Pocho On abril - 11 - 2012

Por: Óscar Collazos

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Una de las noticias más comentadas en los últimos dos días ha sido la desautorización por parte del Invima (Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos) de la publicidad de un producto de belleza promocionado por Amparo Grisales.

El producto estaba siendo comercializado como “activador de la longevidad” y “fuente de eterna juventud”, pero “el Invima desmintió este martes a Vanessa Navarro, vicepresidenta de Intermarketing Express, importadora del producto Revertrex, cuya publicidad fue prohibida ayer por la Superintendencia de Industria y Comercio por considerarla engañosa”.

La noticia no hubiera producido tanto revuelo si no hubiera estado acompañada por el tono camorrista con que Amparo Grisales salió en defensa del producto. Y no solo por esto. La diva -cuya edad es el secreto peor guardado de la farándula colombiana- acusó a la competencia de estar jugando sucio y al Invima, de prestarse a una competencia desleal.

El Invima argumenta que “la publicidad y las etiquetas deben ajustarse a la normatividad sanitaria vigente”. Lo cual quiere decir que está prohibido hacer publicidad a “propiedades que no puedan comprobarse o que señalen que los productos son útiles para prevenir, aliviar, tratar o curar una enfermedad, trastorno o estado fisiológico”.

El Invima y la Superintendencia de Industria y Comercio tienen razones que el corazón de los fabricantes del producto no entienden. Pero la conclusión última de este pleito es otra: en el mercado de la belleza se venden mejunjes de propiedades inciertas, incluso nocivas para la salud, cuyo éxito depende de la inversión publicitaria y el prestigio mediático de quien los promociona.

En este conflicto de intereses vuelve a estar en juego la devoradora industria de la belleza, que comercializa el mito de “la eterna juventud” y saca monstruosas utilidades en toda clase de empresas. Y aunque la Grisales insiste en que su producto es efectivo, solo tiene un argumento a favor: ella misma, que ha burlado las conspiraciones de la edad. En términos de publicidad y mercadeo, la Grisales es más sugestiva que el producto.

La defensa de la diva fue temeraria. Es posible que su emotividad dé el salto de la farándula a los estrados judiciales. Al decir que le “han hecho la guerra desde el comienzo, por unos celos impresionantes” no dice nada grave. Lo grave es decir que la sanción de la Superintendencia pudo obedecer a “pagos de otros laboratorios”. Mejor dicho, a sobornos.

Una hipótesis no configura calumnia, pero no se descarta que la diva tenga que rectificar o probar que el Invima sí ha jugado sucio en la guerra que libran los productos de belleza en un mercado que hace parte de la canasta familiar de miles de colombianas… y colombianos, valga decir.

Nunca antes la vanidad humana había desafiado a la naturaleza con tanta obstinación. “La era del vacío” y la “sociedad líquida” que empezamos a vivir hace más de tres décadas revivieron el más delirante de los mitos. El individualismo narcisista acabó con la solidaridad y puso en su lugar el éxito individual. Ser joven y bello es el imperativo utilitario de esta mitología.

En el museo Dahlen de Berlín se expone un cuadro de Lucas Cranach, el Viejo: La fuente de la eterna juventud (1546). Ancianos desnudos atraviesan una piscina y salen rejuvenecidos en la orilla opuesta. De este mito vive la industria de la belleza. La piscina que atravesamos está llena de agua pantanosa donde nadan las ilusiones impuestas por el mercado. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo de artificios en el que los espejos nos calumnian.

El príncipe azul

Posted by Pocho On marzo - 21 - 2012

Por: Alexandra Pumarejo

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

“El príncipe azul no existe”

Al comentarle esta frase a mi mamá, mujer barranquillera de 64 años, me dijo, “Niña, ¿cómo así que no existe?, ¿no viste a esta jovencita tan bonita que se casó con el Príncipe Guillermo? Ella consiguió su príncipe y se casó con él. Para los que piensan igual que mi mamá y necesitan mayor explicación de mi afirmación, tienen que saber lo siguiente.

Desde que somos niñas, nuestros padres nos leen cuentos de hadas maravillosos donde nuestras heroínas son princesas y nuestros héroes, príncipes. En casi todas las historias, las princesas son bellísimas, jóvenes, con voces de ángel y cinturas de avispa. Amadas por vecinos, animales, enanos, flores, ogros y pretendidas por cientos de valientes caballeros. Ellas cantan, bailan, limpian y no se les mueve un pelo, pero a la hora de defenderse del “mal”, quedan paralizadas sin saber qué hacer.
Si bien, todos estos relatos fantásticos cautivan a los niños, sus temáticas hubieran hecho que Freud replanteara toda su teoría de sicoanálisis. En nuestros casos, por ejemplo, la reina “más bella del espejo” pidió que le trajeran el corazón de Blanca Nieves en una caja, a Cenicienta le robaron todo lo que le pertenecía a su papá y la Bella Durmiente fue alejada de sus padres que tanto la adoraban.
Que vidas tan catastróficas habrían tenido estas bellas jovencitas si no hubiera sido por la suerte de haber conocido al príncipe azul, que las salvaría de sus “calamidades domésticas”. Con tan solo cantar algunas estrofas de una linda canción y pestañearles unas cuantas veces, un amor a primera vista estaba garantizado para la eternidad. No hubo necesidad de intercambiar “pin”, ni de buscarse en Facebook o Twitter, ellos sabían que eran el uno para el otro.
Cuando nuestras heroínas fueron engañadas por la manzana venenosa, encerradas en la torre, o puestas a dormir por una eternidad, no pudieron, o más bien, no supieron hacer nada. Sucumbieron ante la maldad y la adversidad que las abrumó. Ninguna pudo salvarse sola. Todas, sin excepción, no tenían otro recurso que ser rescatadas por el príncipe azul, que sobra decir, era guapo, inteligente, valiente, soltero y heterosexual.
Tal vez de adultas no creemos en los cuentos de hadas pero muchas mujeres seguimos soñando con el príncipe azul. Aquel hombre que va llegar y va a desaparecer con su espada todo lo malo que nos aflige en la vida: la soledad, la baja autoestima, la pobreza y el juicio de la sociedad. Todavía seguimos empeñadas en creer que con un beso apasionado o con un anillo de diamante se nos van a quitar los pesares.
Claro que existen hombres maravillosos que podrían merecer ser llamados príncipes pero a ninguno le podemos ceder el poder de “rescatarnos”. Esto solo lo podemos hacer nosotras queriéndonos mucho, estudiando, trabajando duro y, ante todo, creyendo en nosotras mismas. No esperemos que llegue un hombre en un caballo blanco y nos lleve a vivir “felices para siempre”, es mejor forjar nuestro propio futuro y buscar a un hombre que nos complemente y nos ayude a ser la mejor versión de nosotras mismas.
No le hagamos caso a la Tía Rita cuando nos mira feo por no tener novio ni esposo, más bien digámosle con orgullo, “no he encontrado a un hombre que me merezca” .
Y a los hombres me permito aconsejarles que no busquen princesas indefensas que solo quieren subirse a su caballo y vivir en su castillo. Busquen mujeres que el día de mañana van a ser sus compañeras de batalla luchando en el día a día, hombro a hombro. Mujeres que son tan seguras de sí mismas que no los tienen que llamar 40 veces al día para estar tranquilas, mujeres que están con ustedes porque quieren estarlo, no porque no tienen otra opción.
Para terminarles dejo esta última inquietud:¿se han preguntado qué pasa con los príncipes azules después de diez años de matrimonio, quince kilos de más, tres hijos y cuando la voz ya no es tan melodiosa?

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