Dos brillantes columnistas, dos posiciones y dos percepciones distintas. Ustedes podrán sacar sus propias conclusiones. Una lastima que el común denominador de este debate, no sea ninguno diferente al de esta cruel guerra en Colombia. Carlos Prieto
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La guerra que se está perdiendo
Por: Daniel Samper Pizano
Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia
El país enfrenta dos guerras distintas: la de la seguridad y la de la sensación de seguridad. De la primera son protagonistas el Ejército y la Policía, por una parte, y, por otra, los grupos armados y los delincuentes en general. Los actores de la segunda son, en una orilla, el Gobierno y sus adláteres -ciertos políticos, ciertos gremios, cierta prensa- y en la opuesta, el uribismo nostálgico y sus múltiples brazos.
La guerra de la seguridad es una guerra real, que se libra con armas y con sangre. La otra es una guerra de opinión pública que busca réditos políticos.
Casi siempre a una batalla en la guerra real siguen varias en la de opinión. Así se ha comprobado, una vez más, con los golpes y contragolpes entre el Ejército y las Farc en la semana que termina. Hace ocho días, las fuerzas militares sufrieron el más duro revés recibido durante la actual administración, cuando la guerrilla dio muerte a once uniformados. Pocos días después, la fuerza pública bombardeó un campamento de las Farc en Arauca y provocó 32 bajas en la organización subversiva. Muchos habrán hecho la inhumana cuenta de que, por una diferencia a favor de 21 muertos, el Ejército resultó ganador en el cruce de mandobles.
Pero ¿acaso se refleja esta imagen en la sensación de seguridad? Probablemente no. La clara intención del uribismo extremista ha sido expuesta por sus profetas: convencer al país de que el gobierno de Santos es débil con los violentos, regresar al poder y, una vez allí, promover una asamblea constituyente que, entre otros remiendos, permita la reelección de Álvaro Uribe por dos períodos (luego los aumentarán cambiando un articulito) y una larga temporada hegemónica del pensamiento de los tres huevitos. Por eso, el mismo día en que se informaba sobre el ataque militar contra el campamento guerrillero uno de los evangelistas del uribismo, Fernando Londoño Hoyos, se rasgaba las vestiduras afirmando que “estamos perdiendo la guerra” y que “a nadie le importa averiguar por qué”. A su turno, José Obdulio Gaviria suele exagerar y agrandar la influencia de las Farc mientras delira con una refundación nacional.
Si algún periodista crítico hubiera dicho hace tres años que la guerrilla estaba derrotando al Ejército y que el Gobierno no se preocupaba por ello, Uribe y su gente -Londoño y José Obdulio, por ejemplo- lo habrían tachado de subversivo y de “amigo de la Far”. Las cosas han cambiado. Ahora son ellos quienes alegan el triunfo de los alzados en armas. Porque les conviene dar la sensación de que solo sirve su estrategia, que no hay que buscar la paz sino aplastar al enemigo, que todo lo que se aparte de su filosofía es perder la guerra.
El problema es que, no importa cómo estén sucediendo las cosas en la guerra de la seguridad, el Gobierno ha perdido terreno en la guerra de la sensación de seguridad. Esta la van ganando los nostálgicos uribistas y, en algunos casos, la realidad los apoya. Parece insólito que las dos últimas matanzas de soldados se deban a errores parecidos y que esas equivocaciones fatales no cobren una sola renuncia.
Las encuestas muestran una tendencia pesimista entre los ciudadanos sobre el clima de orden público, pese a que algunas cifras -homicidios, masacres, secuestros- se hayan reducido del 2010 al 2011. Pero aumentaron los asesinatos de indígenas, los actos de terrorismo y, sobre todo, las voladuras de oleoductos. En el campo, según encuesta de la Cámara Procultivos, reina la percepción de que aumenta la inseguridad.
Posiblemente el Gobierno no está perdiendo la guerra contra los grupos armados. Pero crece la sensación de que eso es lo que está ocurriendo.
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¿La eficacia de Uribe o la quimera de Santos?
Por: José Obdulio Gaviria
Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia
Afirma Daniel Samper Pizano: José Obdulio suele “exagerar y agrandar la influencia de las Farc”. ¿No será que él suele minimizar la peligrosidad de las Farc? ¿Piensa, acaso, como su excandidato presidencial, Carlos Gaviria, que si las Farc matan es “para que otros vivan mejor”?
Dice Samper que mi intención es “convencer al país de que el gobierno de Santos es débil con los violentos”. Es débil porque abandonó las definiciones de la política de Seguridad Democrática, y con ello debilitó al Estado, principalmente a sus Fuerzas Armadas. La doctrina de Uribe es que Colombia enfrenta una amenaza terrorista; Santos cree tener al frente una “oposición armada”. Sí, señor Samper. Esa diferencia es sustancial. Las bandas terroristas son el primer y principal problema de Colombia. No son un partido político en armas cuasi inofensivo, como creo que Santos y usted piensan.
No es casualidad que Santos gobierne con las ‘oenegés’ que se reúnen en el colectivo ‘Colombia, ¡Nunca más!’. Ellos fueron un baluarte opositor a Uribe. En el manifiesto del colectivo se lee que el Estado es “un actor violento”, sumamente abusivo, particularmente sus fuerzas armadas. A las Farc y al Eln los tratan como grupos que protagonizan “un levantamiento en armas (…) que reclaman cambios fundamentales en las estructuras económicas, sociales y políticas (…)”. ¿Semejante tratamiento conceptual no debilita la acción gubernamental?
Tales ‘oenegeros’ aparecen hoy como los nuevos mejores amigos de Santos (no pretenden desplazar a Chávez; simplemente lo complementan).
Ellos le preparan (¡con qué costos!) manifestaciones ‘agraristas’ en las zonas en donde unos altruistas ‘grupos armados’ pretenden tener la base social para desarrollar su política de tierras y víctimas (en el gobierno de Santos asignan a las Farc un “liderazgo en las luchas campesinas por la tierra”).
Ahí, estimado don Daniel, está el quid del asunto. Santos, que fue elegido por la corriente política de la Seguridad Democrática, la abandonó y se pasó a la contraria. Eso, que en política llaman triangulación, para otros, menos sofisticados, se llama traición.
Pero no importa. No nos pongamos con gazmoñerías que la cosa es seria y en ello va la vida de muchos y la suerte entera de la patria (concepto que también abandonó Santos, para no sonar ‘políticamente incorrecto’).
Nueve millones de colombianos votamos por la doctrina de la Seguridad Democrática. Si elegimos presidente a Santos era para continuar ejerciendo con firmeza la autoridad y orientar la acción de las fuerzas armadas para derrotar al terrorismo. A eso, en cambio, el colectivo ¡Nunca más! lo llama “tratamiento militar para exterminar la rebelión”.
Santos ha adherido a la tesis contraria, la de sus nuevos mejores amigos: “tratamiento político negociado para buscar soluciones a los reclamos justos”.
Daniel Samper dice que me “conviene dar la sensación de que solo sirve (mi) estrategia, que no hay que buscar la paz sino aplastar al enemigo, que todo lo que se aparte de (mi) filosofía es perder la guerra”. Yo pregunto: ¿qué nos enseña la experiencia?
¿Acaso no rigió durante décadas la conciliación con el terrorismo, detrás de un quimérico (según el DRAE, aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo) proceso de negociación?
¿Qué enseña la experiencia? Creímos ver con Uribe una luz al final del túnel y abandonar su política es lo que está haciendo sentir a la gente insegura. Las diferencias entre Uribe y Santos respecto a la seguridad son antagónicas.


