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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead
Por: Klaus Ziegler
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

La imagen del majestuoso animal, el ojo abierto, ya sin vida, los enormes colmillos y la trompa retorcida contra el árbol contrastan con las figuras vulgares de los cazadores, rifle en mano, orgullosos por la pieza abatida. Y es indignante que ahora “Su Bajeza”, título que merece cualquier verdugo de animales, venga a disculparse por andar de safari, después de que la misma Casa Real explicara que el Rey “mata elefantes porque le da su real gana”, y más cuando asesinar criaturas indefensas ha sido la manera favorita de nutrir sus ocios. La foto, de hecho, data de una de sus expediciones en 2007, y no es secreto que antes de sus correrías por África, el soberano solía divertirse acribillando a balazos osos y lobos en los bosques rumanos.
Y si de ironías se trata, el Rey es nada menos que presidente honorífico de la ONG conservacionista WWF, algo tan inconcebible como si Luis Alfredo Garavito fuera miembro honorario de UNICEF, pues el elefante africano es emblema de la lucha por la conservación de la vida silvestre y está incluido en el catálogo de especies amenazadas. Es una obligación moral destituirlo del cargo de manera fulminante, como exigen hoy miles de firmantes indignados, al menos si la WWF desea preservar su credibilidad y buen nombre.
Algunos rechazan, no el acto abominable de matar un animal de la belleza, la sensibilidad y la inteligencia del elefante, sino el hecho de que un jefe de Estado salga a derrochar miles de euros en un momento de crisis económica. No se advierte, sin embargo, que esas diversiones infames representan una fracción insignificante del presupuesto de la Corona. Una de las partidas, destinada a la “Jefatura del Estado”, comporta un monto anual de casi ocho millones de euros. Otra, para “Apoyo a la gestión de la Jefatura del Estado”, asciende a más de cinco millones. Y todo este dinero constituye una parte mínima de lo que supone mantener al rey, la reina y sus zánganos. Conservar los palacios y jardines reales cuesta 34 millones, casi una vez y media el monto total que destina Alemania a su Presidencia. A todo ello hay que sumarle los gastos de seguridad, las partidas que se reservan para don Juan Carlos y su familia, los viajes oficiales, las recepciones y los impúdicos hobbies de “su majestad”. Se calcula que el total bordea los 60 millones de euros, aunque la verdadera cifra es un secreto.
Desde su designación como heredero de Franco, don Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias ha amasado una fortuna personal estimada por la revista Forbes en 1.790 millones de euros, nada extraño si tenemos en cuenta las generosas donaciones de banqueros y empresarios franquistas a la Casa Real, denunciada por algunos como un verdadero paraíso fiscal. Tampoco son raros los escándalos de corrupción en los que se han visto comprometidos individuos de su máxima confianza, entre ellos su yerno. Pero al soberano nadie lo puede investigar, pues el artículo 56 de la Constitución establece que “la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.
En Inglaterra, la monarquía conserva vestigios de un odioso sistema feudal donde la reina es todavía uno de los mayores terratenientes. Miles de hectáreas de campos agrícolas son de su propiedad. Entre sus privilegios más arcaicos está la potestad de reclamar como suyas todas las ballenas y los esturiones que se “laven” en las costas del imperio. Los gastos de la familia real se estiman en más de cien millones de dólares anuales, dinero que proviene de las arcas públicas. Por derecho de nacimiento o privilegio divino, y según la ley, la reina posee inmunidad contra los procesos civiles o penales y no puede ser demandada ante ningún tribunal. Y para colmo de injusticias, paga impuestos a voluntad.
En momentos de crisis económica son cada vez más los que están hasta la coronilla con la Corona, un símbolo injusto, obsoleto y discriminatorio como ninguno. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas de España, su aceptación ha llegado al punto más bajo desde la muerte del Caudillo. Cada vez hay menos jóvenes dispuestos a tolerar el derroche de dinero que implica conservar un personaje inane como el rey, solo para que sirva de embajador, ande por ahí poniendo medallitas, o esté listo a declarar la guerra cuando se lo ordenen.
Nada más contrario a la Constitución Española que la existencia misma de un monarca, pues en el artículo 14 se lee: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento”. No se explica entonces cómo es posible respetar la Constitución cuando se acepta que algunos nacen nobles y otros plebeyos. Ni se entiende que en pleno siglo XXI los ingleses sean aún súbditos, pero no ciudadanos; y es inconcebible que los funcionarios públicos todavía deban prestar juramento de lealtad a la Corona. Podría pensarse que todo ello solo tiene un valor simbólico. Sin embargo, no fue hace mucho que las prerrogativas reales se usaron para iniciar una guerra en defensa de la más austral de las colonias británicas: las islas Malvinas.
Algunos justifican las exorbitantes sumas de dinero destinadas a preservar el fósil cultural de la realeza, con el argumento de que los beneficios resultan mayores que los costos, debido al dinero que se genera por publicidad y turismo. En Francia, sin embargo, donde la monarquía desapareció hace siglo y medio, el número de turistas que pasa cada año por Versalles supera al de visitantes del palacio de Windsor, sin que el gobierno francés despilfarre un centavo en conservar viejas dinastías de Borbones o Bonapartes.
Pero no se trata de debatir si esas monarquías parasitarias se justifican como negocio. Lo que se cuestiona es la idea perniciosa de que algunos individuos, sin otro mérito que haber nacido con “sangre azul”, disfruten de lujos extravagantes y gocen de toda clase de privilegios ante la ley, algo en absoluta contradicción con la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Con el tiempo (esperemos que así sea), la foto del matador real y el elefante acribillado no será más que un recuerdo infame de aquellas épocas bárbaras cuando aún había monarcas, los animales se mataban por diversión y sus cabezas se exhibían sin ningún pudor en los salones de la aristocracia.
Por: Héctor Abad Faciolince
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Fue construida por la más minúscula de las cualidades humanas: la razón. Y el sueño de esta razón engendró un monstruo. Un monstruo hermoso, a veces, pero monstruoso incluso en su belleza. Todo viajero sabe que una ciudad hay que conocerla andando, perdiéndose en ella a pie, sin rumbo fijo; así uno sabe a qué huele, cómo la viven sus habitantes, de qué manera se adhiere a la piel. Pero Brasilia es imposible de caminar. ¿Qué se puede decir de una ciudad que no se puede conocer a pie? Algo muy simple: que no está hecha a la medida del hombre. Y si no está hecha a la medida del hombre, ¿a la medida de quién está hecha? ¿De los dioses, del Poder, de los helicópteros? Fue diseñada con el optimismo de quienes pensaban que los hombres del futuro serían superhombres. Y en cambio los hombres seguimos siendo los mismos hombrecitos irracionales de siempre.
Dijo Clarice Lispector: “Brasilia aún no tiene el hombre de Brasilia”. Ni nunca lo tendrá: el brasiliense no existe. Anduve por ella seis horas seguidas, sin parar, y no pude llegar a ninguna parte. O sí, llegué a un gran espacio verde, el Parque da Cidade. Las ciudades del mundo se dividen entre las que tienen un gran parque verde y las que no. Brasilia es de las primeras y sin embargo en su parque no sentí la felicidad que siempre producen los parques urbanos. En vez de sosiego, malestar. Extrañado, al fin me di cuenta del motivo: este gran parque, que tiene ya más de 50 años, no tiene árboles grandes, ni frondosos. Al no tenerlos, no hay sombra. Al no haber sombra, bajo el sol que empieza a subir hacia el cénit, el calor te aporrea sin clemencia la cabeza. Decía Lispector: “El alma aquí no proyecta sombra en el suelo”. Es verdad, busco una sombra, cualquier sombra, pero aquí uno no puede contar siquiera con su propia sombra.
La ciudad es fácil de entender pues su estructura es sencilla, como una inmensa cruz. Al menos eso dicen los devotos que piensan que Brasilia fue un sueño de don Bosco; los laicos prefieren decir que tiene forma de avión: el fuselaje es la explanada central (el Eje Monumental), donde están la sede del poder político y los edificios emblemáticos: museo templo, teatro, biblioteca. Las alas del avión o los brazos de la cruz llevan a los barrios residenciales, donde la gente come, duerme, copula, enferma y muere. Alrededor de todo, su mayor acierto: un gran lago artificial que sirve como humidificador de la ciudad en los meses de sequía.
Intento recorrer el tronco de la cruz, el Eje Monumental. Aquí todo se ve chiquito porque todo es grande. La inmensa catedral parece una capilla; los humanos, hormigas. Atravesar las avenidas es una hazaña. Más que avenidas, son autopistas. En Brasilia no hay tacos y en ese sentido es el paraíso de los carros, es decir, el infierno de los peatones. En realidad no hay peatones en Brasilia. No hay gente que pasee, no hay gente que ande por las aceras, no hay desocupados ni ladrones al acecho en las esquinas, ni siquiera hay vagabundos o mendigos. ¿Seré el único idiota que camina por Brasilia? Se ven oficinistas atareados, gente que mira el reloj porque va a llegar tarde a una cita, pero nadie camina. No hay cafés, no hay bares para tomar agua o caipirinha, no hay restaurantes, no hay árboles que den sombra. Busco aunque sea la sombra de un sombrero, pero tampoco hay sombrererías.
Recorro el Eje de los Ministerios. Ahí llega la locura. Todos los edificios son del mismo tamaño, del mismo color. No sé si será el sol, pero empiezo a sentir que deliro. Siento que no avanzo, siento que alucino, que camino y camino y llego al mismo sitio, sin moverme. Lispector: “Este es el lugar donde el espacio más se parece al tiempo”. Sí, si un segundo y un minuto son siempre idénticos a otro minuto y a otro segundo, aquí el espacio es siempre idéntico a sí mismo. Dos visionarios racionalistas, Costa y Niemeyer, construyeron una ciudad racional. Esa ciudad produce un hombre que delira.