Por: Daniel Coronell
Fuente: Semana
Será algo más que increíble, lo que usted leerá en estas dos columnas del periodista Daniel Coronell. Al margen de quien sea el personaje al que se esta denunciando; es tener una lectura clara de lo que son los poderes en nuestra amada Colombia. No puede ser posible que situaciones como estas ocurran en nuestro país. Igual invito al Señor magistrado, a que le devuelva la máquina planeadora a José de Jesús. Pocho

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Aserrín aserrán
Llegó a tener cinco empleados. El trabajo aumentaba y la calidad de sus muebles crecía al tiempo con la clientela. No daba abasto con los pedidos, molía de sol a sol para tratar de cumplir las entregas. Treinta años de sudor y aserrín empezaban a dar fruto, y soñaba que esa Navidad sería la del despegue definitivo.
Faltaba menos de una semana para la Nochebuena de 2003, cuando su vida cambió para siempre.
La mañana de ese 18 de diciembre llegó al taller un cliente importante. Nada menos que un magistrado. El hijo de otro hombre grande, un ministro de Justicia, para quien también había trabajado. El carpintero tenía gratos recuerdos del viejo, porque el ‘doctor Hugo’ no solo le había pagado lo pactado, sino que varias veces tuvo la gentileza de ponderarle los acabados de su biblioteca.
Su hijo resultó menos dado a las amabilidades. Por eso se asustó cuando lo vio entrar con cara de ‘pocos amigos’ acompañado de su chofer, los guardaespaldas y otro doctor.
Pero además, el señor magistrado José Alfredo Escobar Araújo, miembro del Consejo Superior de la Judicatura, tenía motivos para estar disgustado y razón en su reclamo. El carpintero José de Jesús Uribe no había cumplido con las fechas de entrega de unas obras en el lujoso apartamento del doctor.
José de Jesús imploró unos días más de plazo. Jamás esperó que ese incumplimiento fuera el comienzo de su ruina. El señor magistrado, tristemente célebre por recibir regalos de Giorgio Sale y miembro del alto tribunal que dirige la administración de la rama judicial, le notificó que se llevaría su maquinaria por el incumplimiento del contrato.
Cuando el ebanista preguntó por la orden judicial de allanamiento o de decomiso, el doctor Escobar Araújo respondió que como magistrado daba la orden de manera verbal. Minutos después, uno de los escoltas volvió con un camión en el que se llevaron la máquina planeadora, una herramienta esencial para la minúscula empresa.
La Navidad fue triste para el carpintero y sus empleados. Sin la planeadora, el taller no pudo seguir funcionando. Como José de Jesús no sabe de leyes, fue a la Fiscalía a denunciar al magistrado. Su queja fue remitida por competencia a la Comisión de Acusaciones de la Cámara, conocida por sus absoluciones.
La ira del magistrado se desató contra el carpintero y lo denunció por estafa, extorsión, falsa denuncia y constreñimiento ilegal.
La justicia, generalmente lenta, marchó a toda velocidad contra José de Jesús. El magistrado Escobar Araújo lo denunció el 17 de febrero; el 15 de marzo un fiscal profirió apertura de instrucción contra el carpintero, y el primero de abril lo vincularon mediante indagatoria.
En el ágil proceso, la justicia descalificó el testimonio de los empleados del carpintero porque dependían de él, y del chofer del magistrado porque podía albergar rencor contra su jefe. En cambio, avaló por completo los testigos favorables al magistrado.
José de Jesús terminó condenado a cuatro años de prisión. Cuando apeló la sentencia, el caso fue remitido ‘por descongestión’ al Tribunal de Pasto, a 800 kilómetros del lugar de los hechos, tribunal que confirmó la condena acogiendo la versión del magistrado.
Hace dos semanas, la Corte Suprema de Justicia le dio la razón al carpintero. La decisión reprocha la falta de rigor jurídico de las sentencias anteriores y le dice al magistrado que lo correcto habría sido emprender un proceso judicial para reclamar el cumplimiento de los trabajos y no apropiarse de la maquinaria.
La justicia llegó, aunque tarde. José de Jesús ya no es carpintero, está al borde de la indigencia, su taller ya no existe y sobrevive vendiendo las gallinas que cría en un pedazo arrendado de tierra.
Casi siete años después, Escobar Araújo no ha devuelto la planeadora. Nada le pasó por llevársela, como nada le ha sucedido por el caso Sale. Su fortuna crece sin problemas, ni explicaciones. Ocho predios están a su nombre y la empresa Global Strategic Investments ha manejado desde Miami un portafolio con sus considerables inversiones.
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¿Quién quiere ser magistrado?
José Alfredo Escobar Araújo, el mismo magistrado que se quedó con la máquina del carpintero, el mismo de los botines de Giorgio Sale, ha amasado una considerable fortuna mientras trabaja en el Consejo Superior de la Judicatura. El doctor Escobar es dueño de varios predios y tiene inversiones en dólares manejadas por entidades financieras de Estados Unidos.
El crecimiento de sus bienes llamó hace un tiempo la atención de la justicia. Su caso es diferente al de otros magistrados que fueron rastreados por la Uiaf, sin ninguna supervisión judicial. Al contrario, las pesquisas sobre Escobar Araújo y varios miembros de su núcleo familiar fueron conocidas por la Unidad Nacional para la Extinción de Dominio y contra el Lavado de Activos de la Fiscalía.
Esas diligencias fueron agrupadas bajo un radicado oficial y la resolución que las asigna está firmada por la fiscal jefe de la Unidad.(Vea el documento)
Los registros de la Uiaf indican que, en abril de 2008, el magistrado Escobar Araújo tenía a su nombre ocho predios en Bogotá y en el municipio de La Vega, Cundinamarca. Mientras que a nombre de su esposa, la doctora Ana Margarita Fernández de Castro Ortiz, ex secretaria general de la Procuraduría, figuraban cinco propiedades. (Vea el documento)
Pero ahí no paran las sorpresas. En el año 2006, la agencia de Miami del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria administraba un portafolio de 255.696,73 dólares a nombre de un cliente de Bogotá, Colombia, llamado José Alfredo Escobar Araújo.
Esa suma equivalía a 634 millones de pesos colombianos, al cambio de la época. (Vea el documento)
Las inversiones del magistrado Escobar Araújo siguieron creciendo, sin que aparentemente incidiera sobre ellas la crisis que azotaba las finanzas de Estados Unidos.
Un extracto emitido en octubre del año pasado por la prestigiosa firma Global Strategic Investments de Miami deja ver que en una cuenta conjunta de José Alfredo Escobar y Ana Margarita Fernández estaban depositados algo más de 54.000 dólares en efectivo. Tenían acciones por 99.747 dólares. Una cifra similar, 101.784 dólares, estaba invertida en bonos. Completa el portafolio una inversión de algo más de 40.000 dólares colocados en fondos mutuales.
Es decir, esta compañía de inversión maneja para el magistrado y su esposa 295.984 dólares. (Vea el documento)
Las declaraciones de renta del doctor Escobar Araújo no parecen reflejar el valor real de sus propiedades e inversiones, pero sí muestran parte del singular crecimiento de su fortuna mientras ha ocupado la magistratura.
En el año 2000, cuando Escobar Araújo era aún congresista, declaraba un patrimonio bruto de 521 millones de pesos y un patrimonio líquido de 263 millones. Ocho años después, su declaración de renta muestra que su patrimonio bruto pasó a ser de 1.249.652.000 de pesos, es decir, se incrementó en un 239 por ciento. Un crecimiento aún más espectacular experimentó su patrimonio líquido, es decir, lo que posee libre de cualquier deuda: los 263 millones de otrora se convirtieron en 1.233.374 millones de pesos, lo cual significa que aumentó 468 por ciento. (Vea el documento)
Una suma importante, sin duda, pero insuficiente para tener siete propiedades en Bogotá, una finca en La Vega y 300.000 dólares invertidos en Estados Unidos.
Probablemente ninguna autoridad le pregunte al magistrado Escobar Araújo cómo logró este milagro económico. En el remoto escenario de que la Comisión de Acusaciones de la Cámara abriera un caso, sería indefectiblemente absuelto.
Pero ese no es el motivo de esta columna. Todo esto es para preguntarle respetuosamente al señor magistrado que -ya que la fortuna le ha sonreído tanto- por qué no considera la posibilidad de devolverle la máquina planeadora que le quitó arbitrariamente hace cinco años al carpintero José de Jesús Uribe.
Bueno, si no es mucha molestia.
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