Por: El Tiempo – Bogotá, Colombia
Caricatura por: Matador
La realidad ha demostrado ser más imaginativa que la ficción
Muchos alegan que la televisión y la literatura colombianas están saturadas de una violencia que desborda y exagera la realidad. ¿Será cierto?
Imaginemos que un libretista de televisión o un novelista escribe la siguiente trama: dos sacerdotes que fueron compañeros desde el seminario terminan enamorados, pero, por razón de sus hábitos y de la presión social contra el homosexualismo, deciden mantener su estado sacerdotal y ejercer su amor de manera clandestina. Su relación se desarrolla de este modo durante varios años. Mientras tanto, ambos gozan de justo prestigio como pastores en sus parroquias, ubicadas en dos barrios populares y populosos de la gran metrópoli.
Un día descubren que uno de los religiosos contrajo el virus del sida. La lucha contra la enfermedad se torna inútil: está tan avanzada, que se aproxima a su fase terminal.
Es entonces cuando, de manera solidaria, los dos curas párrocos deciden llevar su “amor constante más allá de la muerte”, para emplear palabras del poeta, y suicidarse juntos. Adelantan los preparativos. Ordenan su agenda. Uno de ellos traslada sus bienes a su madre. Varias veces intentan cumplir el pacto suicida, pero no lo consiguen.
La enfermedad avanza, y, para evitar que un escándalo salpique a sus familias, optan por pagar a un sicario para que los asesine un día señalado. Así ocurre: el pistolero recibe 14 millones de pesos y cumple su misión, que complementa extrayendo algunos bienes personales de los bolsillos de ambos. Todos lamentan la violenta desaparición de los dos religiosos en lo que las autoridades consideran inicialmente que es un robo con homicidio. Un año después, sin embargo, se descubre la auténtica historia: el sicario y su cómplice confiesan, mientras los familiares alegan que se trata de un montaje.
Sería fácil concluir que una trama tan rebuscada y retorcida resulta absurda y que el autor es un individuo truculento y sensacionalista. Lamentablemente, la Fiscalía afirma que esta es la dolorosa verdad que explica la muerte en Bogotá, el 26 de enero del 2011, de los sacerdotes Rafael Reátiga y Ríchard Píffano. Una vez más, la realidad ha demostrado ser más imaginativa que la ficción, y el país, perplejo, sigue el drama como si fuera una telenovela o una obra del género negro literario.


