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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘Noticias’ Category

La verdad sepultada

Posted by Pocho On abril - 27 - 2011

Por: María Jimena Duzán

Fuente: Semana – Colombia

¿Por qué no se está investigando a las personas que recibían, calificaban y seleccionaban a los beneficiarios de los subsidios?

Yo no sé si el exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias va a salir bien o mal librado del escándalo de Agro Ingreso Seguro (AIS). Lo que sí sé es que no le está diciendo la verdad al país cuando afirma que él no “tuvo ninguna injerencia ni técnica ni financiera” en el proceso de adjudicación de unos subsidios provenientes del programa AIS.

Hagamos un poco de historia a ver si se le refresca la memoria: en enero de 2005, a los pocos días de nombrado, varios de los funcionarios recuerdan la energía con la que el ministro anunció la creación de ese programa. Al otro día y por disposición suya se creó una nueva dirección dentro del Ministerio, que se llamó Dirección de Agro Ingreso Seguro, la cual empezó a funcionar en una oficina contigua a la suya, encargada del diseño, montaje y puesta en marcha del programa AIS. Arias, que ahora dice que no tuvo nada que ver con este programa, contrató a los más importantes profesionales y nombró director a Juan Camilo Salazar, con un sueldo de 14 millones de pesos, muy superior al de 4 millones que tenían los directores técnicos de planta del Ministerio.

Esa no era la única diferencia: ellos eran contratados a través de IICA-OEA, mientras que los demás funcionarios eran de planta del Ministerio. Evidentemente fue el IICA el que contrató a estos profesionales, pero quienes obtuvieron el empleo eran personas que había seleccionado el ministro Arias, de la misma forma que José Obdulio Gaviria fue contratado a través del PNUD por petición del propio presidente Uribe.

A lo largo de 2006 y 2007, Arias siempre estuvo rodeado por Salazar, quien entraba y salía de su despacho como si fuera su mano derecha y lo acompañaba sistemáticamente a las visitas regionales. En esa época Arias, quien hoy niega esa progenitura, se ufanaba de ser el padre del programa. Sería tan cercano Arias a esta Dirección que en enero de 2008 nombró a Juan Camilo Salazar como su viceministro.

Desde 2006 hasta 2009 se hicieron seis convenios. Tres sirvieron para pagar los honorarios del personal de AIS que operaba bajo las instrucciones del ministro y los otros tres se utilizaron para entregar la operación de la convocatoria de riego y drenaje. Durante estas convocatorias fue cuando la revista Cambio denunció un fraccionamiento de cinco predios por cuenta de acaudaladas familias de la costa: Lacouture, Vives, Dávila y Abondano, entre otras.

Lo curioso es que a pesar de que toda esta historia la conocen la Procuraduría y la Fiscalía, a ninguno de los dos entes le ha parecido relevante. Por el contrario, la Procuraduría abrió un pliego de cargos en contra de 12 funcionarios de planta del Ministerio, a sabiendas de que ninguno de ellos tuvo injerencia directa en la operación del día a día de AIS. Y lo más sorprendente es que los cargos principales se les imputan a dos funcionarios que no tuvieron que ver con la selección de los beneficiarios para la entrega del subsidio: Camila Reyes, directora de Comercio y Financiamiento para el convenio de 2007, y Javier Romero, director de Desarrollo Rural. Pero lo más truculento es que quienes terminan señalando a estos dos funcionarios son varios subalternos de Arias en el Ministerio. Tal es el caso del viceministro de la época, Fernando Arbeláez, quien en un interrogatorio ante la Procuraduría afirmó que la señora Reyes fue la autora no solo del convenio, sino que comprometió los recursos del Ministerio por 47.000 millones. ¿Quién puede creer que un ministro como Arias haya permitido que una subalterna de cuarto nivel comprometiera un presupuesto de tal tamaño, sin que él estuviera enterado?

Lo que se ha podido establecer es que tanto Camila Reyes como Tulia Eugenia Méndez, Javier Romero y Oskar Schroeder sí participaron en los trámites previos para la firma de los convenios, pero que quien los firmó fue Andrés Felipe Arias. Y no deja de ser curioso que el cargo imputado por la Fiscalía contra estos cuatro, el de celebración de contratos sin el lleno de los requisitos legales, se les imponga a unos funcionarios de cuarto nivel y no al ministro. También sorprende que ninguno de los contratistas de AIS, que fueron los que estructuraron todo el andamiaje de esos tres convenios, esté investigado ni por la Procuraduría ni por la Fiscalía. Entre ellos, Julián Gómez, el hijo del magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia Alfredo Gómez Quintero.

Pero lo que ya sí raya con el absurdo es que tanto la Fiscalía como la Procuraduría han centrado sus investigaciones solo en los tres convenios de riego y drenaje sin tener en cuenta que la irregularidad ocurrió en la entrega de los subsidios de la convocatoria, donde se entregaron los dineros a las familias antes mencionadas. Eso es lo mismo que tratar de buscar la fiebre en las sábanas. ¿Por qué no se está investigando a las personas que recibían, calificaban y seleccionaban a los beneficiarios de los subsidios?

Lo que ni la Fiscalía ni la Procuraduría quieren ver es que las reglas para la entrega del subsidio, que es donde está el problema, fueron estructuradas por la Dirección de AIS (ver documento) y aprobadas por Andrés Felipe Arias como ministro (ver documento).

Entre las mentiras de Arias y la actuación errática de la Procuraduría y de la Fiscalía, la verdad en este escándalo va camino a ser sepultada.

Me da mucha pena

Posted by Pocho On abril - 26 - 2011

Por: Saúl Hernández Bolívar

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

La reconstrucción de un país es una oportunidad de progreso en cualquier parte, pero no en Colombia.

Juan Manuel ya va a justar una cuarta parte de su mandato -pues no piensa repetir- y ni siquiera han arrancado sus locomotoras, mucho menos las tareas de recuperación de la primera ola invernal.

Mientras el presidente Santos se entretenía convirtiéndose en líder regional, pasó lo que todos sabíamos que iba a pasar: volvió ‘La Niña’, volvieron las lluvias y se volvió a inundar el país. Una tragedia repetida en apenas seis meses.

En una columna anterior reclamé más compromiso del Gobierno porque se notaba cierta frescura y despreocupación, y expresé que “sería lamentable que el país se tarde un año en abrir los ojos y aceptar la gravedad de la catástrofe porque, para entonces, ya se habrá llevado también la esperanza de la Prosperidad Democrática. Si el desastre es una oportunidad, como dicen, hay que tomar ese tren ahora” (EL TIEMPO, 21-12-10).

En ese entonces, muchos analistas coincidían en afirmar que la tragedia invernal necesariamente le cambiaba los planes a la nueva administración. Que Santos tenía que dedicarse a reconstruir el país, no solo por lo que se había afectado, sino por todo lo que tendría que adaptarse para enfrentar futuras calamidades invernales. Pero Juan Manuel ya va a ajustar un año de gobierno -una cuarta parte de su mandato, pues no piensa repetir- y ni siquiera han arrancado sus locomotoras, mucho menos las tareas de recuperación de la primera ola invernal.

Las disculpas no se han hecho esperar: que la nueva arremetida del invierno no dio tiempo de hacer nada o que es el peor invierno de nuestra historia y solo queda encomendarse al Altísimo en jornadas de oración. No, los japoneses recuperaron en solo cuatro días un tramo de carretera que fue seriamente fracturado por el terremoto del 11 de marzo, y en apenas un mes, el aeropuerto de Sendái, que quedó invadido de escombros por el tsunami.

Si el Gobierno está a la espera de que las CAR -o las nuevas entidades resultantes de una reforma en el Legislativo- les den solución a las fallas que el invierno acrecienta, se quedará esperando. La tregua invernal debió aprovecharse para dragar ríos y quebradas y recuperar sus retiros (léase, desalojar cientos de viviendas), iniciar programas de reforestación y de restablecimiento de humedales, limpiar alcantarillas, levantar verdaderos jarillones y muchas cosas más.

Se ha debido empezar a reubicar familias que viven en zonas de alto riesgo para que no se repitan tragedias como la de La Gabriela, en Bello, y a reasentar pueblos enteros como Gramalote. Si la construcción de viviendas es una de las cinco locomotoras base del programa del Gobierno y el déficit de viviendas es apremiante, ¿qué estamos esperando para hacerlo?

Por otra parte, la atención de la pasada temporada invernal ha presentado graves fallas. Mientras el Gobierno asegura que las partidas para la atención de damnificados se han entregado, la mayoría de los gobernadores se quejan de que la plata no les llega.

Igualmente, se han denunciado sobrecostos en la compra de mercados, politización de las ayudas humanitarias y, lo que es peor, alimentos que se dejaron perder en lugar de entregarlos. Ya hay 30 alcaldes y gobernadores investigados.

No nos digamos mentiras: lo que Colombia vive no es una tragedia invernal, sino una debacle institucional. La precariedad del Estado es de tal magnitud, que damnificados del Magdalena tuvieron que bloquear una carretera para protestar por un boquete de 400 metros que está abierto desde el año pasado sin que el Gobierno le preste atención. Todo muere en trámites, pobreza de gestión y negligencia en la ejecución.

La reconstrucción de un país es una oportunidad de progreso en cualquier parte, pero no en Colombia. Si no son funcionarios corruptos, son contratistas ambiciosos los que se quedan con el pastel. Santos tiene entre manos una verdadera oportunidad de cambiar el país y es reconstruyéndolo -como hizo Roosevelt en Tennessee, su inspirador-, no ahogándose en retórica. Me da mucha pena decirlo, pero no se ha dado cuenta.

Chernóbil, 25 años después

Posted by Pocho On abril - 25 - 2011

Por: Beatriz Leal

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Colombiana que estuvo en la zona de la tragedia, cuenta lo que se vive y se siente en el lugar.

Ucrania. Algunos hombres del equipo de rodaje visitaron los bancos de esperma de Islandia guardando una posibilidad para el futuro antes de iniciar nuestro viaje hacia Chernóbil. Otros ni siquiera tuvieron los cojones de arrancar, a pesar de haber estado en toda la etapa de preproducción. Todos sabíamos el riesgo que corríamos, pero así, con este incierto panorama, empezamos nuestro periplo hacia la zona donde hace 25 años, el 26 de abril de 1986, ocurrió el desastre nuclear más grande de la historia.

Lo que ocurrió en Ucrania había estado en una especie de letargo hasta que llegó el tsunami que dañó la planta nuclear de Fukushima. Nuestro equipo llegó a Chernóbil el 9 de marzo y dos días después, Japón y el mundo se estremecieron por la fuerza de la naturaleza.

Para hablar de Chernóbil es necesario hablar de Prípiat, la ciudad fantasma, que fue el lugar más cercano a la central nuclear donde pudimos llegar. Esta zona, que había sido construida especialmente para la gente que trabajaba en la planta, es hoy una ciudad inhabitable. El lugar está abandonado, desértico, el silencio es agobiante y la imaginación del visitante solo se dedica a recrear los momentos que se vivieron en cada rincón de esta fantasmagórica ciudad, que hoy parece suspendida en el tiempo.

Las palabras son cortas para describir lo que se experimenta al estar allá, al igual que pierden validez todos esos datos previos de búsquedas por Internet sobre el tema. La única y real información queda grabada en la mente de cada uno de los que la visitan, y que al pararse frente a la masa de edificaciones que conforman esta ciudad muerta, logran entender la magnitud de lo que pasó hace 25 años.

La razón por la cual tres colombianos llegamos allá fue Seven Years of Winter, un cortometraje del director alemán Marcus Schwenzel, en el que se muestra la vulnerabilidad de un niño expuesto por su hermano mayor a la radiactividad de Chernóbil para que busque objetos que se puedan vender en el mercado negro. Esto no solo es ficción, en la realidad sucede aunque parezca descabellado.

Luego de estar viajando cerca de una hora y media desde Kiev, llegamos al primer centro de control. Debimos ponernos unos trajes amarillos especiales, que si bien no iban a evitar que recibiéramos radiactividad, al menos nos hacían creer que contábamos con cierto nivel de protección. Pasamos nuestros pasaportes y, tras una rutina de control, nos fuimos a las oficinas, ubicadas en el pueblo de Chernóbil, que está localizado antes de llegar a Prípiat y a la planta del desastre.Ahí firmamos un documento que aseguraba que estábamos ingresando bajo nuestro propio riesgo.

En el camino veíamos bosques, entre los cuales a veces había casas abandonadas, y tuberías a lo largo y ancho de las calles. Después entendimos que elevar las tuberías del suelo era la única forma de lograr darles agua a quienes habitan el pueblo, ya que la contaminación nuclear se depositaba en el suelo y por esta razón los tubos debían estar separados de la tierra.

Ahí vimos a algunos de sus habitantes, ancianos que decidieron volver a sus casas, a pesar de la prohibición. A ellos, las autoridades les hace un chequeo médico una vez al mes para saber de su condición. También hay personas que viajan de distintos lugares para trabajar en Chernóbil durante diferentes periodos, viviendo en edificios que solían estar abandonados, pero que hoy son una especie de hostales especiales para trabajadores de la zona. Ellos se dedican a cuidar del lugar o a controlar los gases que aún se generan dentro del reactor 4,que fue el que estalló en la tragedia del 86.

Uno de sus habitantes en la actualidad es Maxim, un Ucraniano que vive 15 días al mes en el pueblo y otros 15 en su casa, a cuatro horas de ahí. Él fue nuestro guía.

Ya con todo listo dejamos el pueblo de Chernóbil y nos dirigimos finalmente hacia Prípiat, tan solo separada por un poco más de 3 kilómetros de la planta.

Maxim llevaba consigo un medidor de radiactividad, que varias veces pitó al superar los niveles normales de radiación en lugares cercanos a la naturaleza, donde había moho o cosas oxidadas, puntos donde la radiación tendía a ser mayor. Lo más recomendable era caminar por las áreas pavimentadas y evitar el contacto directo con objetos que estuvieran en el lugar. Cuando por fin arribamos a Prípiat, todas las imágenes que por meses había visto constantemente sobre el lugar tomaron vida frente a mis ojos.

El silencio de las calles contrastaba con los ruidos que el viento causaba. Era inevitable imaginarse la gente caminando por la ciudad, como si esta volviese a tener vida. Al entrar a los edificios la intriga aumentaba, el crujir de los vidrios y baldosas quebradas que uno pisaba al caminar, el frío de los espacios y la belleza de las paredes cuya pintura ya estaba cuarteada por los años, hacían que uno quisiera entrar a los apartamentos abandonados y poder descubrir lo que detrás de cada puerta se escondía.

Cuartos vacíos con ventanas, en su mayoría, sin vidrios; ropa, cuadros, juguetes, zapatos, libros, fotos, sillas, tarros y mil y un objetos hacían cada espacio único. El lugar se convertía en una verdadera historia de terror, creíamos escuchar voces, sentíamos gente que no estaba, veíamos sombras pasar y todo, al final, era una jugada de nuestra imaginación, de los mundos que esta intentaba recrear.

El tiempo se pasa lento en Chernóbil, el frío jamás se quita, el hambre y las ganas de orinar están continuamente presentes, pero nadie se atrevió a hacerlo por el miedo a exponer los genitales a la radiación. Fue un día entero reteniendo líquidos. Con todo esto pasando, nuestra única responsabilidad era lograr que el rodaje fluyera y que se consiguieran todas las tomas requeridas en tiempo récord, para que así el cortometraje saliera lo mejor posible. Sin embargo, hay momentos en los que no solo está dentro de uno el miedo a quedarse solo en un cuarto, a oír cosas, a caerse, a contaminarse, sino que crece un increíble sentimiento de impotencia y tristeza al ver cómo un accidente humano sepultó esta zona por cientos de años. Es un lugar muerto en vida y se destruyó un ecosistema, lo que hizo que personas padecieran numerosas enfermedades. Aun así, en pleno 2011, en cierta forma, la humanidad todavía desconoce lo que se vive en Prípiat y en Chernóbil.

Cortometraje de la tragedia

En el equipo participaron tres colombianos

Eduardo Ramírez, director de fotografía, Juan Garcés y Beatriz Leal viajaron por cerca de 20 días a Ucrania para hacer parte del equipo técnico de un proyecto que sería un reto para todos, no solo por tener que recrear situaciones terribles que sucedieron ahí por muchos años, sino por tener que rodar directamente en el lugar donde sucedió la peor tragedia nuclear del mundo.

Los colombianos conocieron al director alemán Marcus Schwenzel y él los invitó a participar en el cortometraje en Ucrania, sobre el aniversario de Chernóbil.

Beatriz, Juan Manuel y Eduardo viajaron desde Bogotá rumbo a París y Ucrania.

Durante un día entero estuvieron en Prípiat, grabando el documental ‘Seven Years of Winter’, que recrea la historia de la vulnerabilidad de un niño y la radiación en ese lugar.

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