Por: Óscar Collazos
Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Una de las noticias más comentadas en los últimos dos días ha sido la desautorización por parte del Invima (Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos) de la publicidad de un producto de belleza promocionado por Amparo Grisales.
El producto estaba siendo comercializado como “activador de la longevidad” y “fuente de eterna juventud”, pero “el Invima desmintió este martes a Vanessa Navarro, vicepresidenta de Intermarketing Express, importadora del producto Revertrex, cuya publicidad fue prohibida ayer por la Superintendencia de Industria y Comercio por considerarla engañosa”.
La noticia no hubiera producido tanto revuelo si no hubiera estado acompañada por el tono camorrista con que Amparo Grisales salió en defensa del producto. Y no solo por esto. La diva -cuya edad es el secreto peor guardado de la farándula colombiana- acusó a la competencia de estar jugando sucio y al Invima, de prestarse a una competencia desleal.
El Invima argumenta que “la publicidad y las etiquetas deben ajustarse a la normatividad sanitaria vigente”. Lo cual quiere decir que está prohibido hacer publicidad a “propiedades que no puedan comprobarse o que señalen que los productos son útiles para prevenir, aliviar, tratar o curar una enfermedad, trastorno o estado fisiológico”.
El Invima y la Superintendencia de Industria y Comercio tienen razones que el corazón de los fabricantes del producto no entienden. Pero la conclusión última de este pleito es otra: en el mercado de la belleza se venden mejunjes de propiedades inciertas, incluso nocivas para la salud, cuyo éxito depende de la inversión publicitaria y el prestigio mediático de quien los promociona.
En este conflicto de intereses vuelve a estar en juego la devoradora industria de la belleza, que comercializa el mito de “la eterna juventud” y saca monstruosas utilidades en toda clase de empresas. Y aunque la Grisales insiste en que su producto es efectivo, solo tiene un argumento a favor: ella misma, que ha burlado las conspiraciones de la edad. En términos de publicidad y mercadeo, la Grisales es más sugestiva que el producto.
La defensa de la diva fue temeraria. Es posible que su emotividad dé el salto de la farándula a los estrados judiciales. Al decir que le “han hecho la guerra desde el comienzo, por unos celos impresionantes” no dice nada grave. Lo grave es decir que la sanción de la Superintendencia pudo obedecer a “pagos de otros laboratorios”. Mejor dicho, a sobornos.
Una hipótesis no configura calumnia, pero no se descarta que la diva tenga que rectificar o probar que el Invima sí ha jugado sucio en la guerra que libran los productos de belleza en un mercado que hace parte de la canasta familiar de miles de colombianas… y colombianos, valga decir.
Nunca antes la vanidad humana había desafiado a la naturaleza con tanta obstinación. “La era del vacío” y la “sociedad líquida” que empezamos a vivir hace más de tres décadas revivieron el más delirante de los mitos. El individualismo narcisista acabó con la solidaridad y puso en su lugar el éxito individual. Ser joven y bello es el imperativo utilitario de esta mitología.
En el museo Dahlen de Berlín se expone un cuadro de Lucas Cranach, el Viejo: La fuente de la eterna juventud (1546). Ancianos desnudos atraviesan una piscina y salen rejuvenecidos en la orilla opuesta. De este mito vive la industria de la belleza. La piscina que atravesamos está llena de agua pantanosa donde nadan las ilusiones impuestas por el mercado. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo de artificios en el que los espejos nos calumnian.

