"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

Les Luthiers

Con su ingenio, su imaginación, sus interpretaciones magistrales, su lenguaje, sea correcto o deformado, este grupo constituye la cumbre más alta del humor en el idioma español.

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

200. Luthiers

Cuando hace muchos años, para una Navidad, íbamos hacia una concurrida fiesta en mi tierra natal, mis hijos, de diez, trece y dieciséis años en aquel entonces, comenzaron a rochelear con una ‘zarzuela náutica’ que, como ellos bien sabían, me divertía mucho: “Hola marineros decidnos qué hacéis, por qué lucháis y por quién navegáis”. Tres minutos más tarde, al notar que no paraban de cantar, recitar y reír, les pregunté: “¿Ustedes se saben el texto completo de “Las majas del bergantín”? ¿Podrían actuarla en la reunión? Ambas respuestas fueron afirmativas.


Esa noche, sin acompañamiento musical o arreglo teatral alguno, mis muchachos hicieron reír a carcajadas a la admirada audiencia, en una función espectacular (desde mi punto de vista paternal, ciertamente parcializado). Pocos en mi pueblo tenían entonces noción de quiénes eran Les Luthiers, el extraordinario conjunto argentino, autor e intérprete de la divertida opereta. El reciente fallecimiento de Daniel Rabinovich, integrante del grupo desde cuando apareció en 1967, trajo a mi mente esta grata memoria familiar.

Desde sus primeras presentaciones, con sus libretos, su actuación, su música, sus extraños instrumentos y su ‘seriedad’, Les Luthiers comenzaron a agregarle ingredientes al humor en español que los convirtieron pronto en fenómeno cultural. Ellos mezclan magistralmente solemnidad (siempre actúan de esmoquin) y compostura (jamás utilizan vocabulario vulgar en sus diálogos) con el humor más sensato, inofensivo y original que pueda concebirse.

En la mayoría de los chistes corrientes el arrogante frecuentemente menosprecia al humilde, el educado ridiculiza al ignorante, el adinerado desdeña al pobre… Casi siempre ha sido así. Muchos pensadores anteriores al siglo XX fueron mordaces con el humor. Para algunos filósofos de la Grecia antigua, en la comicidad predomina la burla sobre el ingenio. Platón sostuvo que “nuestra risa expresa sentimientos de superioridad sobre otras personas”. Y siglos después Descartes consideró que la risa era una simple manifestación del sarcasmo y el ridículo. Demasiadas bromas modernas todavía giran exclusivamente alrededor de la prepotencia y la supremacía.

No ocurre así en las obras de Les Luthiers. Si Platón y Descartes hubieran escuchado al grupo argentino habrían apreciado la cara amabilísima de la risa como fenómeno saludable para el individuo y la sociedad. Sus burlas son inofensivas o demasiado sutiles: “¿No lo asalta de vez en cuando la melancolía, la memoria de las cosas perdidas? Eh, justamente lo que he perdido es la memoria”. Incluso se mofan de ellos mismos: “Hemos recibido innumerables pedidos de nuestro público, solicitándonos la presencia en nuestro programa de un gran artista… ¡aunque sea uno!”
Ocasionalmente, Les Luthiers necesitan adaptar sus argentinismos a las audiencias de otros países. Sin embargo, la mayoría de sus párrafos son en español ‘universal’; ni siquiera sus distorsiones del idioma requieren ajustes de vocabulario o gramática: “La vida merece ser vivida. En cambio, la muerte, ¿merece ser morida?” “Un suicida no es el que mata a un suizo. No, un suicida es alguien que se quita la vida a ‘sui’ mismo”.

Resulta extremadamente difícil efectuar comparaciones entre las motivaciones de la risa en culturas diferentes e imposible hacerlas entre distintos idiomas. La risa es universal pero las razones para reírnos cambian mucho con la geografía y los idiomas; es más, cualquier comunidad estable, formal o informal, y sin importar su tamaño u origen, desarrolla pronto sus propios modelos del humor. Es arriesgado pues dictaminar que este humorista, ese grupo o aquella comedia son lo máximo en el entretenimiento del planeta.

No obstante la advertencia, me atrevo a asegurar que Les Luthiers –con su ingenio, su imaginación, sus interpretaciones magistrales, su lenguaje, sea correcto o deformado– constituyen la cumbre más alta del humor en el idioma español; ellos son una especie de ‘Aconcagua de la risa’ entre la Patagonia y los Pirineos.

La desaparición de uno de sus miembros nos ha invitado a rememorar al brillante grupo. Reto inmenso será para Mundstock, Maronna, López y Núñez, las cuatro estrellas sobrevivientes, llenar el vacío que deja Daniel Rabinovich. Estoy seguro de que el extraordinario artista quisiera que lo despidiéramos con una carcajada. O, al menos, con una sonrisa, así sea de tristeza.


 

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SketchShe

Shae-Lee, Lana Kington y - Madison Lloyd. No se las pierdan!!!

Fuente: Youtube

Audaz. Inventivo. Entrañable. A pesar de la potencia de sus videos de coches, SketchSHE no es simplemente una sola moneda. Como el nombre de la compañía indica, sus carne y papas es comedia, apuntando a la condición humana y absurdos de la vida con aplomo descarado. Impulsado por una química natural entre sus miembros jóvenes, SketchSHE se guía por un amor compartido de la cultura pop y la música, personajes extravagantes y réplicas ingeniosas. Y aunque de vez en cuando su humor puede parecer nervioso, incluso un poco travieso, la fuerza impulsora es un ambiente positve mezclado con marca australiana de humor: refrescantemente honesta y rara vez tomada demasiado en serio.




400. Sketchshe

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Odin Dupeyrón

Fuente: Youtube


200. ¡A Vivir!

 

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La banalización de todo

El comercial —Producido el año pasado y que se puede ver en algunos canales de cable— es de la marca francesa Lacoste, y usa dos planos: el primero es un restaurante donde un chico tímido quisiera atreverse a darle un beso a una jovencita; el segundo es una terraza enorme, de un edificio enorme, de una ciudad enorme.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia


Allí, el mismo chico, ahora con barba y evidentemente angustiado, vacila. Después descubriremos que mira el vacío. Su decisión es algo más seria que la otra: piensa si será capaz de lanzarse desde esa altura. En el restaurante hay avances: el muchacho ya ha tomado la mano de la chica. En la terraza, en medio de una atmósfera oscura y oprimente, también las cosas han tomado un rumbo: el muchacho, después de un gesto de desesperación, de espaldas al abismo, se da vuelta, toma impulso, corre. La cámara muestra que va gritando. Al llegar a la barrera protectora, da un salto enorme y comienza a caer. Los espectadores podemos ver la inmensidad del vacío. Su cuerpo da vueltas con los brazos extendidos. Luego las cosas se resuelven como en los sueños: cuando se supone que el chico va a estrellarse contra el pavimento aparece la imagen fantasmagórica de la muchacha, que le da la mano en el aire. Volvemos al restaurante, donde todo flota. El muchacho se ha decidido y le ha dado el beso a la chica. “La vida es un deporte hermoso”, reza el anuncio. Final feliz.

Yo me pregunto cuál deporte es ese. Porque lo que escogió el publicista no fue un salto en paracaídas ni en parapente. No. Es la simulación de un suicidio: dudas, angustia, grito. ¡Qué original! Si lo que quería es alejarse de la publicidad más convencional, y crear un comercial muy sofisticado, lo logró. Felicitaciones. La realización es tan bella, tan impecable, que hace creer que lo que presenta es inofensivo. Es fácil apretar “me gusta”. Lo que no creo que haya logrado —porque lo único que se reitera, casi como una incitación, es el salto— es lo que todo comercial pretende: recordación de la marca. ¿O salimos después de ese mensaje (¿que cuál es? ¿Atrévete? ¿No hay límite? ¿Entre un beso y la muerte no hay más que un paso?) a comprar ropa Lacoste? No creo.

La publicidad puede llegar a acercarse al arte: lo prueban ciertos comerciales llenos de belleza, de ingenio, de humor. Lo que la aparta del arte es que está puesta al servicio del consumo. Eso, en un mundo que no parece poder sustraerse a la idea de que todo es posible mercancía, no necesariamente es malo. Lo malo es que en aras de la originalidad se caiga en exabruptos como el de “La vida es un deporte hermoso”. Ya autores como Baudrillard y Barthes —también franceses, como Lacoste— hablaron de cómo la publicidad actual ha reemplazado al mito: lo que ella nos vende es un estilo de vida que promete juventud, salud, aventura, belleza, confort. Como tanto se ha dicho, la publicidad juega con el deseo. E intenta persuadir apelando a las emociones. Invita. Hace parecer fácil. Lo que a menudo olvida es que sus mensajes, por su enorme circulación social, deben ser responsables y no banalizarlo todo: el amor, el cuerpo, la muerte.

A propósito: ¿sabían ustedes que en el mundo el suicidio es la segunda causa de muerte de jóvenes entre 15 y 29 años?

400. Bananalidad

Lavoe y la cheveridad

Tenía que ser Héctor Lavoe -¡Yo soy el cantante!- quien lo enunciara.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia


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Él, porque fue el más grande, el inconfundible, el cantante de los cantantes. Él, porque encarnó como nadie ese talante intraducible de los latinoamericanos: la cheveridad.

Ser chévere vale por ser amigo entre amigos, sintonizar en la onda colectiva de mamagallismo y risa, tender brazos a la fiesta, repartir incluso lo que no se tiene, empujar al combo hacia un más arriba compartido. Alguien chévere se presenta desarmado pero blande la finura de la picardía. En una palabra, el chévere es el cómplice.

¿Qué enunció Lavoe? Forjó una frase de culebra que se muerde la cola, apoyándose en dos palabras: ¨Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere¨.

Con filosofía de la escuela presocrática Sóngoro cosongo, superior a la de Pambelé, el cantante boricua ubicó en justo sitio dos comportamientos que hoy encarnizan a los colombianos.

Si cualquiera sale a la calle a averiguar sobre las aspiraciones vitales de los transeúntes, encontrará que la mayoría quiere ser grande. También comprobará que la cheveridad es apenas deseo para vacaciones, puro regodeo de tiempos libres, un hobby.

La grandeza elegida, eso sí, no guardará relación con términos como magnanimidad, dignidad ni nobleza, todos juzgados achacosos. Lo anhelado no es este perfil de grandeza. Al contrario, querer ser grande es soñar con éxito, billete rápido, influencia, lamborghinis, pase-goles en Europa, bebés mediáticos para prolongar la dinastía.

Es chévere este éxito, declaró el tenor de timbre nasal, quien lo tuvo y lo malbarató incluso hasta la adicción y la muerte. A sus 16 años voló a Nueva York a perseguirlo, durante 30 fue consentido por orquestas All stars, sus admiradores llegaron a llamarlo ´el hombre que respira bajo el agua´.

Triturado de huesos luego de defenestraciones memorables, arrinconado por enfermedades innombrables, consumido por drogas y rehabilitaciones, murió de infarto baladí a los 46 años en cama de hospital. Fue Ícaro, tocó la luz en su calle luna, calle sol, se derrumbó hacia forma peculiar de gloria.

Entrevió aquella verdad, ¨es más grande ser chévere¨, nos la arrojó a los colombianos de hoy y así evitó ser periódico de ayer.

La grandeza, entonces, está en la cheveridad. Para que la grandeza sea grande ha de ser colectiva. Porque la grandeza que se va en acumulación individual, se vuelve contra sí misma y se destruye. El buen destino de todos es la genuina celebridad. Nadie brilla cuando los demás se opacan.

Juanito Alimaña, primo de Pedro Navajas, es más chévere que grande. O es grande porque es chévere. Merced a su grandeza le componen canciones, como a ningún rico se las han compuesto. Alimaña y Navajas son pobres y maleantes porque han sufrido éxitos esquivos. Los salvó del olvido la cheveridad.

200. Lavoe

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