"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

SketchShe

Shae-Lee, Lana Kington y - Madison Lloyd. No se las pierdan!!!

Fuente: Youtube

Audaz. Inventivo. Entrañable. A pesar de la potencia de sus videos de coches, SketchSHE no es simplemente una sola moneda. Como el nombre de la compañía indica, sus carne y papas es comedia, apuntando a la condición humana y absurdos de la vida con aplomo descarado. Impulsado por una química natural entre sus miembros jóvenes, SketchSHE se guía por un amor compartido de la cultura pop y la música, personajes extravagantes y réplicas ingeniosas. Y aunque de vez en cuando su humor puede parecer nervioso, incluso un poco travieso, la fuerza impulsora es un ambiente positve mezclado con marca australiana de humor: refrescantemente honesta y rara vez tomada demasiado en serio.




400. Sketchshe

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Odin Dupeyrón

Fuente: Youtube


200. ¡A Vivir!

 

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La banalización de todo

El comercial —Producido el año pasado y que se puede ver en algunos canales de cable— es de la marca francesa Lacoste, y usa dos planos: el primero es un restaurante donde un chico tímido quisiera atreverse a darle un beso a una jovencita; el segundo es una terraza enorme, de un edificio enorme, de una ciudad enorme.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia


Allí, el mismo chico, ahora con barba y evidentemente angustiado, vacila. Después descubriremos que mira el vacío. Su decisión es algo más seria que la otra: piensa si será capaz de lanzarse desde esa altura. En el restaurante hay avances: el muchacho ya ha tomado la mano de la chica. En la terraza, en medio de una atmósfera oscura y oprimente, también las cosas han tomado un rumbo: el muchacho, después de un gesto de desesperación, de espaldas al abismo, se da vuelta, toma impulso, corre. La cámara muestra que va gritando. Al llegar a la barrera protectora, da un salto enorme y comienza a caer. Los espectadores podemos ver la inmensidad del vacío. Su cuerpo da vueltas con los brazos extendidos. Luego las cosas se resuelven como en los sueños: cuando se supone que el chico va a estrellarse contra el pavimento aparece la imagen fantasmagórica de la muchacha, que le da la mano en el aire. Volvemos al restaurante, donde todo flota. El muchacho se ha decidido y le ha dado el beso a la chica. “La vida es un deporte hermoso”, reza el anuncio. Final feliz.

Yo me pregunto cuál deporte es ese. Porque lo que escogió el publicista no fue un salto en paracaídas ni en parapente. No. Es la simulación de un suicidio: dudas, angustia, grito. ¡Qué original! Si lo que quería es alejarse de la publicidad más convencional, y crear un comercial muy sofisticado, lo logró. Felicitaciones. La realización es tan bella, tan impecable, que hace creer que lo que presenta es inofensivo. Es fácil apretar “me gusta”. Lo que no creo que haya logrado —porque lo único que se reitera, casi como una incitación, es el salto— es lo que todo comercial pretende: recordación de la marca. ¿O salimos después de ese mensaje (¿que cuál es? ¿Atrévete? ¿No hay límite? ¿Entre un beso y la muerte no hay más que un paso?) a comprar ropa Lacoste? No creo.

La publicidad puede llegar a acercarse al arte: lo prueban ciertos comerciales llenos de belleza, de ingenio, de humor. Lo que la aparta del arte es que está puesta al servicio del consumo. Eso, en un mundo que no parece poder sustraerse a la idea de que todo es posible mercancía, no necesariamente es malo. Lo malo es que en aras de la originalidad se caiga en exabruptos como el de “La vida es un deporte hermoso”. Ya autores como Baudrillard y Barthes —también franceses, como Lacoste— hablaron de cómo la publicidad actual ha reemplazado al mito: lo que ella nos vende es un estilo de vida que promete juventud, salud, aventura, belleza, confort. Como tanto se ha dicho, la publicidad juega con el deseo. E intenta persuadir apelando a las emociones. Invita. Hace parecer fácil. Lo que a menudo olvida es que sus mensajes, por su enorme circulación social, deben ser responsables y no banalizarlo todo: el amor, el cuerpo, la muerte.

A propósito: ¿sabían ustedes que en el mundo el suicidio es la segunda causa de muerte de jóvenes entre 15 y 29 años?

400. Bananalidad

Lavoe y la cheveridad

Tenía que ser Héctor Lavoe -¡Yo soy el cantante!- quien lo enunciara.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia


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Él, porque fue el más grande, el inconfundible, el cantante de los cantantes. Él, porque encarnó como nadie ese talante intraducible de los latinoamericanos: la cheveridad.

Ser chévere vale por ser amigo entre amigos, sintonizar en la onda colectiva de mamagallismo y risa, tender brazos a la fiesta, repartir incluso lo que no se tiene, empujar al combo hacia un más arriba compartido. Alguien chévere se presenta desarmado pero blande la finura de la picardía. En una palabra, el chévere es el cómplice.

¿Qué enunció Lavoe? Forjó una frase de culebra que se muerde la cola, apoyándose en dos palabras: ¨Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere¨.

Con filosofía de la escuela presocrática Sóngoro cosongo, superior a la de Pambelé, el cantante boricua ubicó en justo sitio dos comportamientos que hoy encarnizan a los colombianos.

Si cualquiera sale a la calle a averiguar sobre las aspiraciones vitales de los transeúntes, encontrará que la mayoría quiere ser grande. También comprobará que la cheveridad es apenas deseo para vacaciones, puro regodeo de tiempos libres, un hobby.

La grandeza elegida, eso sí, no guardará relación con términos como magnanimidad, dignidad ni nobleza, todos juzgados achacosos. Lo anhelado no es este perfil de grandeza. Al contrario, querer ser grande es soñar con éxito, billete rápido, influencia, lamborghinis, pase-goles en Europa, bebés mediáticos para prolongar la dinastía.

Es chévere este éxito, declaró el tenor de timbre nasal, quien lo tuvo y lo malbarató incluso hasta la adicción y la muerte. A sus 16 años voló a Nueva York a perseguirlo, durante 30 fue consentido por orquestas All stars, sus admiradores llegaron a llamarlo ´el hombre que respira bajo el agua´.

Triturado de huesos luego de defenestraciones memorables, arrinconado por enfermedades innombrables, consumido por drogas y rehabilitaciones, murió de infarto baladí a los 46 años en cama de hospital. Fue Ícaro, tocó la luz en su calle luna, calle sol, se derrumbó hacia forma peculiar de gloria.

Entrevió aquella verdad, ¨es más grande ser chévere¨, nos la arrojó a los colombianos de hoy y así evitó ser periódico de ayer.

La grandeza, entonces, está en la cheveridad. Para que la grandeza sea grande ha de ser colectiva. Porque la grandeza que se va en acumulación individual, se vuelve contra sí misma y se destruye. El buen destino de todos es la genuina celebridad. Nadie brilla cuando los demás se opacan.

Juanito Alimaña, primo de Pedro Navajas, es más chévere que grande. O es grande porque es chévere. Merced a su grandeza le componen canciones, como a ningún rico se las han compuesto. Alimaña y Navajas son pobres y maleantes porque han sufrido éxitos esquivos. Los salvó del olvido la cheveridad.

200. Lavoe

WHIPLASH

"La verdad es que no creo que la gente haya entendido...lo que yo estaba haciendo en Shaffer. No estaba ahí para dirigir. Cualquier idiota puede mover los brazos y mantener un tiempo. Estaba ahí, para empujar a la gente más allá de lo esperado" Terrence Fletcher

Fuentes: El Espectador – Bogotá, Colombia / Youtube


Un artista podría definirse, más que por aquello que ha hecho, por aquello que ha dejado de hacer. Un artista, por lo general, sacrifica ciertos aspectos de su vida para dedicarse, con toda su fuerza, al trabajo que cree que le ha sido encomendado. Hacia estas obsesiones y sacrificios apunta ‘Whiplash’, el filme de Damien Chazelle que cuenta la historia de un estudiante de jazz, Andrew Neiman (Miles Teller), cuyo único objetivo es tocar batería como un maestro y ser famoso y reconocido. Conoce a una chica, pero, dado que desea la música más que nada, no puede consumir su tiempo en otro asunto y decide alejarse. Sin embargo, Neiman se da cuenta de que para ser artista debe sufrir. Aunque la premisa pueda parecer falsa, en el caso de Neiman es tangible: su maestro, Terrence Fletcher (J.K. Simmons), es abusivo y hosco y duro con sus estudiantes. Dice que debe tratarlos de ese modo para sacar todo de ellos. Llevarlos hasta la presión máxima para formar artistas.

La ambición de Neiman se une al miedo a su maestro y a la ilusión de que, poniendo todo al servicio del arte, él tendrá por fin una oportunidad en ese mundo recio y terrible que puede ser el arte. Hay belleza allí, sí, pero está dosificada y —como toda felicidad— está sólo reservada para algunos. El filme está basado en las experiencias de Chazelle en la Princeton High School Studio Band y cuenta también con la participación de Paul Reiser (‘Concusion’ y ‘Lifa After Beth’) y Melissa Benoist (‘Tennesse’).

El filme ganó dentro de la categoría de drama estadounidense en la edición de 2014 del Sundance Festival y recibió buenas críticas durante su estreno, justo en ese evento. La historia de su producción resulta interesante: Chazelle lo había presentado a varias productoras, que apenas mostraron un interés débil. De modo que el cineasta —que comenzó su carrera como director y escritor con el filme ‘Guy and Madeline on a Park Bench’— realizó un corto basado en su argumento —un modo de convencer a los escépticos—, que presentó en el Sundance en 2013. Fue entonces que, con el patrocinio necesario, comenzó la filmación del largometraje.

600. Whiplash

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