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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘Libros’ Category

The triumph of the city

Posted by Pocho On agosto - 9 - 2011

Por: Mauricio Botero Caicedo

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Quien escribe esta columna ha tenido oportunidad de leer el excelente libro del economista de Harvard Edward Glaeser, The triumph of the city (The Penguin Press, 2011), en que el autor destruye una serie de mitos sobre las ciudades. (Igualmente interesante es la entrevista que Ricardo Ávila le hace a Glaeser, entrevista publicada en El Tiempo el pasado domingo 31 de julio).

Entre los mitos están los siguientes:
Mito: La culpa del alto costo de vivienda la tienen los constructores codiciosos, y los especuladores de la tierra urbana que crean escasez artificial para elevar los precios.
Realidad: La culpa de los altos costos de vivienda la tienen principalmente los alcaldes y concejales, que al limitar arbitrariamente el uso del suelo (especialmente en alturas), encarecen el precio de la tierra disponible. Los bogotanos podemos tener la certeza de que al congelar miles de hectáreas en el norte —con la supuesta excusa de que la ciudad requiere un cinturón verde— el costo de la vivienda se va a disparar.
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Mito: La migración de los pobres a las ciudades y los cinturones de miseria que rodean los centros urbanos son una lastimosa demostración del fracaso de la ciudad.
Realidad: La migración a los centros urbanos por el contrario demuestra vitalidad y oportunidades: es el convencimiento por parte del migrante de que la ciudad le brinda mejores posibilidades de obtener empleo, salud, educación y recreación que las que tenía en el lugar de donde emigró, principalmente del campo.
Mientras que los empleos urbanos, principalmente en servicios, son los que mayor potencial de crecer tienen en el futuro, los empleos en el campo (dada las inmensas inversiones que se requieren en tecnología) van a ser cada día más escasos.
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Mito: La mejor inversión que pueden hacer las autoridades para transformar las ciudades es invertir en la infraestructura física de la ciudad.
Realidad: De lejos, la mejor inversión que existe es la educación. Estudios recientes demuestran que con un aumento del 10% en los ciudadanos con educación universitaria, los ingresos de la ciudad aumentan en un 22%. Los ingresos de las personas con grado universitario en Estados Unidos son superiores en un 70% a aquellos que no lo tienen.
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Mito: A medida que se desarrolla la tecnología en comunicaciones, se hace menos necesaria la interacción entre las personas. Las aglomeraciones urbanas están mandadas a recoger.
Realidad: Mientras más progresa la tecnología, más se hace necesaria la interacción humana, no sólo para el intercambio de ideas y conocimiento, sino para el contacto social. La naturaleza del hombre es gregaria y su máximo nivel de productividad se produce en un contexto de participación social. Adicionalmente sólo son los grandes centros urbanos los que pueden proporcionar museos, galerías y lugares para espectáculos culturales, deportivos, y lúdicos que contribuyen al enriquecimiento de el alma, convirtiendo las ciudades en imanes para las personas más calificadas.
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Mito: Para mejorar la movilidad y mitigar la contaminación, es importante restringir al mínimo el uso de los vehículos particulares y prohibir su uso en los cascos urbanos.
Realidad: Lo que genera trancones y contaminación es el uso de los vehículos; y los impuestos y sobretasas no deben gravar la propiedad, sino el uso del automóvil. Si el conductor escoge utilizar el carro los cinco días a la semana, el impuesto al rodamiento debe ser alto. Si acepta usarlo sólo tres días, el impuesto debe ser menor. Si lo usa sólo los fines de semana, el impuesto debe ser mínimo. Con los recaudos de los tributos por el uso se debe financiar el transporte público: limpio, seguro, eficaz y eficiente.

La aventura amorosa

Posted by Pocho On julio - 18 - 2011

Por: Alexandra Kennedy-Troya

Fuente: El Comercio – Quito, Ecuador

Llamémoslo de frente. Ejercer el amor es distinto a ejercer la pasión; el primero suele convertirse en parte de la cotidianidad, el tedio y la construcción social aceptada. Es, qué duda cabe, herramienta perfecta para cuidar la célula familiar al más puro estilo victoriano, heredado de ingleses y estadounidenses, amén de ingredientes fuertísimos del catolicismo con sus mil y una formas de culpabilidad. El resto –la pasión tránsfuga, oculta, maravillosa y trágica, porque está presta a fenecer a cualquier momento- es mirada con recelo, el tabú perfecto del que se habla solo entre confidentes. Y sigo leyendo con avidez la última obra de Abdón Ubidia: “La aventura amorosa y sus personajes”, donde la vida y la literatura se confunden irremediablemente. La pasión y sus personajes descritos hábilmente –Amante, Amado, Engañado, Rival, Confidente, Alcahuete, Coro, Sustituto- se convierten en líquidos, versátiles, atractivos, sin prejuicios, en tanto y cuanto pueden transformarse según las circunstancias que vive cada uno de estos.

Estupendamente bien documentada, sin ser ni de lejos un libro académico, pone en el tapete las mil y una formas de pasión ejercida por personajes de la literatura mundial de todos los tiempos y lugares, sin origen preciso, porque arranca cuando arranca la vida misma. Por sus páginas pasan las ‘Historias de amor’ de Julia Kristeva, ‘La separación de los amantes’ de Igor Caruso, sin olvidar a ‘Tristán e Isolda’ y todos los don Juanes y casanovas de todos los tiempos. Me hacen falta, sin embargo, las “doñas juanas”, historias veladas de mujeres que “a pesar de todo” ejercieron el derecho de un amante esporádico y necesario, más allá de Madame Bovary y alguna que otra. Una edición revisada podría incluir quizás la historia de dos cuencanas: Marietta Veintimilla y Mercedes Andrade, corajudas damas que lo dejaron absolutamente todo en busca de su propia libertad sin importar nada. La primera murió en su propia salsa pasional abrumada por el corifeo social de la pequeña aldea y la segunda –compañera de Paúl Rivet al abandonar a su esposo- finalmente se dio de bruces con la crasa realidad parisina, una niña provinciana sin piano, ni idioma, sola en la omnipresencia del científico.

Un poema bello de Marietta, Quejas, nos lleva por estos sinuosos caminos del deseo. “Y amarle pude, al sol de la existencia/ se abría apenas soñadora el alba/ perdió mi pobre corazón su calma desde el fatal instante en que le hallé”. Esta, existe, más allá de circunstancias conyugales. Un ensayo muy bien escrito que recoge de manera vibrante y sugestiva todas las formas del ser humano de estar abocados a una pasión, a varias, a morir de amor y a resucitar en la esperanza de uno nuevo.

Palabras tóxicas

Posted by Pocho On julio - 12 - 2011

Por: Ásbel López (París – Francia)

Fuente: Lecturas Dominicales (El Tiempo) – Bogotá, Colombia

¿Por qué esta manía de maltratar con las palabras? Ofensas, insultos, burlas: las formas de agresión verbal son innumerables. El resultado es un campo de batalla cubierto de “heridos por el lenguaje”. Es decir, seres fulminados por la aspereza de ciertas frases. Son almas en pena que llevan ciertas palabras clavadas en el corazón, y la escena en las que fueron lanzadas rondándoles en la cabeza.

Lo curioso es que la víctima no desperdiciará luego la oportunidad de convertirse a su vez en verdugo. El blanco de sus ataques será, por lo general, un hijo, un padre, una esposa, un colega etc. Con ellos utilizará ‘frases-guillotina’ como las que causaron su dolor.  Pero con la diferencia de que luego borrará de su mente que algún día las pronunció.

Alguien debería ayudarnos a poner orden a este caos. ¿Por qué no un filósofo? Yo conozco uno: se llama Michel Lacroix, es francés, 64 años, profesor universitario y gran conversador. No tiene celular ni correo electrónico, pero responde con prontitud las cartas. Ha escrito, entre otros, ‘El culto a la emoción’ (Flammarion, 2001) y ‘Realizarse’ (Robert Laffont, 2009).

El año pasado publicó ‘Palabras tóxicas, palabras benevolentes, por una ética del lenguaje’ (Robert Laffont), libro que he leído 3 veces, lápiz en mano, con la devoción del enfermo que ha encontrado por fin al médico capaz de diagnosticar su mal. Porque también hay palabras que liberan y sanan. Y afortunados los que las escuchamos a tiempo.

Michel Lacroix concedió la siguiente entrevista a LECTURAS en un restaurante de la plaza de Trocadero en París. Ambos llegamos con media hora de antelación. Yo empecé respondiendo porque él empezó preguntando. Fue un gesto más de consideración de parte de este hombre cortés, es decir, “alguien que intenta suscitar la belleza en las relaciones humanas”.

¿Cuál es el punto de partida de su moral?

El origen es el código clásico de la urbanidad, esa extraordinaria obra cultural que es, en gran parte, una creación de la Francia clásica. En el siglo XVII éramos considerados la nación más cortés de Europa. Se enseñaba a no herir los sentimientos del otro, a no ofenderlo, a respetar su autoestima. La Bruyère definía así la urbanidad: “Una cierta atención para hacer que por nuestras palabras y nuestros modales los otros estén contentos de nosotros y de ellos mismos”.

¿Por qué su énfasis en el impacto que tiene el lenguaje en los otros?

Porque toda palabra que pronuncio, desde un banal saludo hasta palabras más íntimas, tienen una resonancia emocional en el otro. Mis palabras pueden causar alegría o tristeza. Debo tomar en cuenta ese impacto y asumir que tengo una responsabilidad. Y quien dice ‘responsabilidad’, dice también moral.

¿Es una moral basada en su experiencia personal?

Sí. Siempre he sido muy sensible a la manera como la gente me habla. Los distintos sentimientos que he podido experimentar en la vida -contrariedades, disgustos, desacuerdos, penas, sufrimientos- están ligados en gran medida a lo que he escuchado en la boca de los demás, a la manera como la gente me ha hablado o a la manera como la gente se habla.

¿Es su ética difícil de aplicar?

Digamos que hay que encontrar un equilibrio. Debemos tener cuidado con las personas, saber tratarlas. Pero ser cuidadoso con ellas, no lanzar juicios perentorios, no quiere decir bajar la cabeza. Ser tolerante hacia los demás, aceptar discutir nuestros desacuerdos, no quiere decir renunciar a convencerlos si están equivocados.

¿Usted no excluye entonces las amonestaciones?

No. Hay momentos en los que debo asumir un tono fuerte. Es legítimo decirle a un hijo: “Tus resultados escolares no son buenos”. Ésta también es una palabra ética cuya intención es no dejarlo descarrilar. En el trabajo mi palabra también puede ser de exigencia, incluso brutal, siempre y cuando mida hasta dónde puedo llegar. Pero siempre debe ser una palabra humana, que ponga en orden las cosas.

¿La violencia verbal puede ser una forma de contener la violencia física?

Sí, la violencia verbal puede ser una forma de sublimación de la violencia física. Pero siempre y cuando forme parte de una suerte de ceremonia con una pizca de humor, ironía o broma. Una palabra así puede contribuir a evaporar la agresividad. Pero la violencia verbal, cuando no forma parte de un ceremonial, es el primer grado de un crescendo que desemboca en la violencia física. Las peleas callejeras comienzan a menudo por las palabras.

Usted recomienda a sus lectores desarrollar un ‘arte marcial del lenguaje’. Pero, ¿es usted mismo bueno para defenderse con las palabras?

En absoluto. Nunca he sido bueno para manejar el conflicto. He hecho algunos progresos con la edad. Pero esto requiere una certeza interior y un dominio total de sí mismo que no tengo. Pero déjeme contarle esta anécdota de un familiar. Cuando mi tío prestaba el servicio militar, compartía una oficina con un capitán. Los escritorios de ambos estaban a un metro de distancia. Un día, el capitán lo llama silbándole, sin mirarlo ni pronunciar su nombre. Mi tío exclama: ‘Ay, mi capitán, no sabía que en esta oficina había un perro’. Ésa es una excelente replica.

¿Por qué la verdad ocupa el último lugar en las reglas de su ética?

Rechazo la mentira y la falsedad, pero no quería que, al poner la verdad de primera, eclipsara a las otras 7 reglas. Quiero abrir la vía a una reflexión sobre la utilidad afectiva y relacional del lenguaje, sobre la calidad de la relación. Pienso que es éticamente válida toda palabra que es útil psicológicamente al otro, o que es útil a la relación interpersonal.

¿Y la primera regla?

La base de todo, lo que estructura la vida social, son palabras como ‘hola’, ‘gracias’, ‘por favor’, etc. Sin ellas, la vida social sería insoportable. Las conversaciones breves y banales, por ejemplo sobre el clima, son esenciales. El objetivo de las palabras de cortesía es “ponerle aceite al engranaje”. Con ellas demostramos nuestra voluntad de ‘hacer sociedad’ con los demás.

¿Están desapareciendo los buenos modales?

La situación es contrastada. A veces hay roces verbales fuertes. Pero también hay un renacimiento del civismo. En las parejas hay por lo general un trato más cortés, amable y atento. Los padres con sus hijos tienen un trato más positivo y delicado. Existen asimismo lugares de convivencia donde se escuchan palabras más amistosas. En Francia se organizan actividades como cenas de barrio entre vecinos, lo cual es extraordinario porque la gente se reúne para preparar una comida y pasar juntos un rato. Son señales de que la gente quiere volver a tejer lazos de convivencia.

Las 8 reglas de la ética del lenguaje

1. Mi palabra debe ser cordial: debo saludar, despedirme, dar las gracias.

2. Mi palabra debe ser amable: debo dejar en el aire una suerte de puntos suspensivos para que el otro se exprese; no debo ridiculizar a nadie en público.

3. Mi palabra debe ser positiva: debo ser una fuente de inspiración para los demás.

4. Mi palabra debe ser respetuosa de los ausentes: debo evitar el encadenamiento incesante de juicios sobre los demás, como si la conversación fuera un tribunal virtual.

5. Mi palabra debe ser tolerante: debo exponer mi punto de vista de manera no violenta, escuchar las opiniones distintas a la mía; la buena voluntad de discutir y escuchar es el fundamento de la democracia.

6. Mi palabra debe ser la guardiana del mundo: debo mostrar admiración por lo que me rodea, el mundo natural y el social. Es mejor el exceso de admiración que el exceso de desprecio.

7. Mi palabra debe ser responsable del lenguaje: debo hablar bien mi lengua materna, emplear la palabra exacta, respetar la gramática y la pronunciación, tratar de expresarme con elegancia y refinamiento.

8. Mi palabra debe ser verdadera: debo evitar la mentira, los eufemismos hipócritas y las exageraciones injustas.

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