
De coroneles y causas perdidas
1899-1927
Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo
Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes.
Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el
gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente
lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión
a comienzos del siglo xvi; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno
colonial español a principios del xix, pero murió consternado
ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado
por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara
el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el
icono revolucionario romántico por excelencia del siglo xx, que murió
como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América
Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos
sueños y fracasos calamitosos.1
Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un
pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente
durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston,
decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo xx, un niño escuchaba
absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró
mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad
de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos
espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se
entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no
siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan
los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser
derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren
en la memoria de quienes viven para contarla.
Tomado de: www.twitter.com/elgabo
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De coroneles y causas perdidas
1899-1927
Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo
Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes.
Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el
gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente
lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión
a comienzos del siglo xvi; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno
colonial español a principios del xix, pero murió consternado
ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado
por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara
el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el
icono revolucionario romántico por excelencia del siglo xx, que murió
como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América
Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos
sueños y fracasos calamitosos.1
Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un
pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente
durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston,
decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo xx, un niño escuchaba
absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró
mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad
de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos
espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se
entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no
siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan
los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser
derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren
en la memoria de quienes viven para contarlaDe coroneles y causas perdidas
1899-1927
Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo
Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes.
Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el
gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente
lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión
a comienzos del siglo xvi; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno
colonial español a principios del xix, pero murió consternado
ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado
por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara
el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el
icono revolucionario romántico por excelencia del siglo xx, que murió
como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América
Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos
sueños y fracasos calamitosos.1
Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un
pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente
durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston,
decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo xx, un niño escuchaba
absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró
mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad
de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos
espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se
entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no
siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan
los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser
derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren
en la memoria de quienes viven para contarla.
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