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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘Libros’ Category

Quemadores de libros

Posted by Oscar Guardiola-Rivera On enero - 18 - 2012

Por: Oscar Guardiola-Rivera

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

En la distópica novela Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó un futuro en el que la lectura ha sido prohibida en los Estados Unidos y un grupo de bomberos se dedica a quemar libros considerados peligrosos.

Ese futuro de pesadilla, por el que Bradbury responsabilizó a la indiferencia de la gente antes que a la estupidez de unos cuantos fanáticos en el Gobierno, se realizó la semana pasada cuando un juez federal de los Estados Unidos rehusó poner un alto a la medida por medio de la cual la gobernación estatal de Arizona prohibió la enseñanza de los llamados “estudios étnicos” en el sistema educativo del estado.

En cumplimiento de la medida, dirigida a proscribir de la enseñanza de la literatura y la historia las narrativas subalternas de los latinos y los afroamericanos que lucharon por sus derechos en la década de los sesenta en los EE.UU., la oficina del distrito escolar de Tucson publicó una lista inicial de los libros prohibidos en las escuelas públicas a partir del pasado 13 de enero.

La lista incluye obras reconocidas como Repensar a Colón: los próximos 500 años, del escritor indígena Leslie Silko, que durante veinte años ha dado voz a perspectivas silenciadas en los currículos tradicionales de escuelas estadounidenses. Prohíbe, así mismo, el uso en las aulas de la historia de los chicanos méjico-americanos escrita por Rodolfo Acuña, y la Pedagogía del oprimido escrita por el brasileño Paulo Freire.

Como si ello fuese poco, funcionarios estatales advirtieron la semana pasada al profesorado que debería abstenerse de explorar temas en los cuales la raza, la etnicidad y la opresión fuesen cuestiones centrales, llegando al absurdo de incluir en dicha prohibición la lectura del clásico de William Shakespeare La tempestad en cursos de literatura e historia latinoamericanas.

Mientras la derecha estadounidense se dedica a borrar de la historia a los chicanos y a Shakespeare, algo similar ocurre en el Chile del conservador Sebastián Piñera. El ministerio de Educación chileno acaba de advertir a editores y centros educativos que de ahora en adelante sus textos de educación primaria deberán reemplazar el término “dictadura” por el más genérico “régimen militar” al referirse al período posterior al golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende en 1973.

Se ha dicho que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. El cínico intento de reescribir la historia por parte de los republicanos en los EE.UU. y los conservadores en Chile constituye un ejemplo de cómo ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo cuando éste vence, como decía Walter Benjamin.

Nuestra indiferencia ha permitido que ese enemigo salga victorioso. Es hora de volver a dar la batalla, antes de que los quemadores de libros triunfen de una vez y para siempre.

El zoquete

Posted by Natalia Springer On enero - 16 - 2012

Por: Natalia Springer

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Los buenos profesores, esos héroes anónimos que han salvado tantas vidas, no tienen voz.

James tiene 16 y está contento. Su papá no aparece desde que él tenía 7 y su mamá trabaja en casas de familia por un salario que no le da para llegar a fin de mes. Siempre debe en la tienda, siempre paga atrasado, siempre está cansada. Pero a James le va bien. Le hace vueltas a un man duro que lo mantiene engallao y que lo sacó de la ‘pobreza’. Y no es que ahora tenga vivienda propia o cómo darle una tregua a su mamá. Pero sí se lo ve con sus tenis de marca, teléfono de última generación, ropa que le gusta, plata para gastar y una buena novia. Eso es Prosperidad Democrática.

James es bien pinta y tiene bastantes responsabilidades. Controla varios círculos en los que se agrupan los pelaos: los barrios, los parques, los billares, las tiendas y los alrededores del colegio. Allí echa ojo y es el lanza que apoya todo el proceso de reclutamiento de quienes lo reemplazarán. También tramita quejas y es, por así decirlo, juez en primera instancia de esa subcultura del ajusticiamiento, esa que conocemos con el eufemismo de “limpieza social” y que tanto aplauden, pasitico, las comunidades. Ha sido la vía tradicional a través de la cual las bandas criminales, desde Pablo Escobar, se instalan como motor de ascenso, agente de cambio social y autoridad de facto.

Cuando se habla de calidad en la educación se piensa en la gratuidad, en el segundo idioma y en el refuerzo en matemáticas, pero jamás se habla de un modelo educativo pensado para niños, todos nuestros niños, permanentemente expuestos al enorme impacto del conflicto: su impacto en la vida de todos los días, en la justicia, en los deportes, en la economía, en la televisión, en la música, en las redes sociales. Un sistema educativo que los inmunice, que los estimule, que los resguarde del riesgo cuando otros sistemas de protección -la familia, la comunidad- fallan.

El afán es atragantarlos con trigonometría para elevar los índices del país en las pruebas internacionales. Es someterlos bajo amenaza de titularlos de fracasados en una sociedad en la que el que no sirve no vale. Obviando que tienen las hormonas en ebullición, que los riesgos se multiplican y que en ellos está nuestra esperanza de que la guerra no se perpetúe. Los maestros tampoco dan abasto. Lidian con grupos grandes de adolescentes, sobre los que tratan de ejercer una autoridad cada vez más desgastada. Los buenos profesores, esos héroes anónimos que han salvado tantas vidas, no tienen voz. Están muy lejos de los círculos de poder que diseñan los currículos.

Será por eso por lo que, a pesar de los esfuerzos, que no son pocos, los jóvenes continúan abandonando la escuela y engrosando las filas de un sector de la economía, la economía ilegal, que cada vez se diversifica más y que es el único que les ofrece una oportunidad de llegar a tiempo al bienestar, no en un mañana en el que no tienen fe porque el futuro próspero no es para los pobres, aunque se esfuercen.

Daniel Pennac, el celebrado escritor francés y maestro de escuela por varias décadas, somete a examen, en su magnífico libro Mal de educación, ese sistema educativo envenenado en el que él, siendo niño, cumplía el papel del “zoquete”. Pennac se recuerda como ese hijo precario que no estaba destinado a perdurar, como el fracasado, el que no entendía, el que pasaba de agache, y alude en varias ocasiones a esa fantasía reiterada de tener su propia pandilla, escapar del “dolor de no comprender y sus daños colaterales”.

James soñaba con eso mismo y por eso abandonó el colegio, harto de no entender, de no querer, de que nadie lo respetara. En la cumbre de su proceso formativo, ya es un delincuente prometedor. El peligro no existe cuando se vive a gusto. Que si la vida es corta, se vivió bien. Y si se alarga, terminará de seguro en la desmovilización, la captura o la muerte.

Porfirio Barba Jacobs

Posted by Carlos Prieto On enero - 11 - 2012

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

¿Quién era en realidad? Porfirio Barba Jacob, que de niño y de joven fue Miguel Ángel Osorio, que durante un breve tiempo fue Maín Ximénez y luego, durante un tiempo no tan breve, Ricardo Arenales: ¿quién era este hombre? Porfirio Barba Jacob, que al final de su vida llegó a pensar en llamarse Juan Pedro Pablo y pasar así de tener un nombre que no tenía nadie a tener un nombre que era todos y, por tanto, lo convertía en nadie: ¿quién era? El 23 de junio de 1941, medio año antes de su muerte, Porfirio Barba Jacob escribía en una carta: “Mi enfermedad sigue avanzando. Ya no soy Barba Jacob el optimista, Barba Jacob el errabundo, Barba Jacob el impetuoso. Ahora soy el viajero que se marcha definitivamente hacia lo desconocido”. Barba Jacob el agnóstico, Barba Jacob el iconoclasta, ahora escribía: “Pero ya creo en Dios, ha resucitado en mi alma la fe vibrante y consoladora, mi corazón ha vuelto a la niñez”. No fue la única vez que asoció la religión con la nostalgia: “Mi fe renacida en los escombros de mi alma”, escribió más tarde, “el recuerdo de la niñez, esas cosas que se van ahondando en el corazón a medida que pasan los tiempos”.
Eso escribía el que ya no era Barba Jacob el impetuoso, Barba Jacob el errabundo, Barba Jacob el optimista. Todas esas cosas no era. ¿Pero quién era, entonces?

Era un colombiano que vivió más tiempo fuera de Colombia que en ella. Era un periodista mercenario que solo escribía por dinero pero que produjo, según Alfonso Reyes, la mejor prosa periodística de la lengua española. Era un defensor de ideas liberales que, en algún momento, justificó los fascismos europeos. Era, como lo escribió el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, “homosexual, sifilítico y marihuanero”, pero también un espíritu conservador que aconsejaba a alguien en una carta: “cuide su moral y su salud, no pierda todo el tiempo, lea cuanto pueda”. Era un oportunista que llegó a escribir una biografía del revolucionario mexicano Pancho Villa, a pesar de que años antes había tenido que huir de México por sus escritos antirrevolucionarios.

Todo eso era.

Y era un poeta, un gran poeta que nunca publicó un libro en vida. Sus versos aparecieron en revistas de mayor y menor prestigio, en periódicos, en cuadernillos, pero si hubo libros fue porque los publicaron sus amigos, a veces sin consultárselo, lanzando al mundo versiones muy diversas de los poemas, lo que le provocaba grandes disgustos. En síntesis: la bibliografía de Barba Jacob es una contradicción tozuda. Los libros que quiso publicar quedaron inéditos; los que se publicaron durante su vida no tuvieron su participación cabal.

Libros que quiso publicar y no publicó: una novela de juventud llamada Virginia, escrita en el municipio colombiano de Angostura y cuyo manuscrito fue sometido a embargo por el alcalde bajo cargos de inmoralidad. Una colección de poemas titulada La vida profunda que, anunciada en 1928, recogería los poemas de su vida pasada pero que nunca llegó a existir. Una colección de poemas sin título que recogería los poemas de su vida presente pero que, por supuesto, corrió la misma suerte desgraciada. Un tratado sobre la “Filosofía del lujo”. Una novela sobre su niñez titulada Viaje a Sopetrán, y de la que llegó a escribir algunas páginas que se perdieron después de su muerte.

Libros que otros publicaron sin pedirle autorización o sin que él tuviera oportunidad de dar el visto bueno sobre las versiones de los poemas o sobre su organización: Rosas negras, publicado por sus amigos de Guatemala en 1932, sin su consentimiento, usando como prólogo un escrito autobiográfico que Barba Jacob había escrito en México años atrás. Canciones y elegías, publicado por sus amigos de México en 1933. La canción de la vida profunda y otros poemas, publicada en Colombia por Juan Bautista Jaramillo Meza en 1937. Y el que apareció después de su muerte: Poemas intemporales. Se publicó en México, en 1944. El escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de El mensajero, la mejor biografía jamás escrita sobre Barba Jacob, dice que se publicó en una “imprenta oficial y con papel regalado”.

Todo lo cual, como se sabe, no ha impedido que miles de colombianos sean capaces de recitar, aunque nunca hayan oído hablar de Porfirio Barba Jacob, los siguientes versos:
Hay días que somos tan móviles, tan móviles,
Como las leves briznas al viento y al azar.

De manera que Porfirio Barba Jacob fue muchas cosas.

Bueno, sí. ¿Pero quién era?

(…)

En octubre de 2010, durante una larga mañana lluviosa de París, Fernando Vallejo me habla de la muerte de Barba Jacob. Estamos en un comedor de hotel en el bulevar Raspail; hemos comenzado a hablar de El mensajero. Vallejo lo escribió dos veces: una vez usando la tercera persona que corresponde a las convenciones de la biografía y otra en primera persona, esa primera persona airada y caprichosa y llena de digresiones que usa en sus novelas. ¿Qué lo llevó a rehacer por entero un libro ya publicado? Muy sencillo: Vallejo había llegado al convencimiento de que el proceso de investigación sobre la vida de Barba Jacob había sido igual de interesante que la información conseguida.

-En una biografía -me dice- lo importante no solo es saber, sino contar cómo se sabe.

Y Vallejo sabe mucho de Barba Jacob. Le pido entonces que me hable de él. O mejor: le pido que me hable de su muerte, ocurrida en Ciudad de México y en la madrugada del 14 de enero de 1942.

-Desde el día anterior había estado bajando la temperatura -me dice-. Esa noche estaban a seis grados bajo cero. El agua se congelaba en las tuberías.

Barba Jacob vivía en el tercer piso (segundo, si no se cuenta la planta baja) del número 82 de la calle de López, un apartamento frío y desnudo que sin embargo era mejor que la pieza del Hotel Sevilla en la que había pasado los últimos años. Se había mudado el 2 de enero, según Vallejo, “para tener un lugar decente donde recibir a sus últimos visitantes”. Estaba consciente de que le quedaba poco de vida, de que la tuberculosis que lo aquejaba estaba ganando la batalla, y quería tener un mejor lugar para recibir visitas.

-El problema es que los visitantes ya no llegaban -dice Vallejo-. O por lo menos no como antes.

Como antes. Durante los años en el Hotel Sevilla, la habitación de Barba Jacob había sido una especie de lugar de encuentro de la vida mexicana. La gente comenzaba a llegar a las siete y se iba a la madrugada. Escritores, marihuaneros, poetas, políticos, borrachos, artistas: Alfonso Reyes, José Revueltas, Octavio Paz: todos pasaron por el cuarto de Barba Jacob, todos lo oyeron recitar poesía y dar opiniones políticas con un cigarrillo encendido entre los dedos. Sobre esa habitación Vallejo escribió: “Lejos de la prosaica realidad, caldeado por el humo de la marihuana, el cuarto empezaba a flotar, como globo aerostático”. Barba Jacob recibiendo el homenaje de sus admiradores, Barba Jacob recibiendo las acusaciones de sus enemigos, Barba Jacob peleándose con sus amigos y echándolos del cuarto. Barba Jacob mostrándoles fotos de muchachos desnudos, Barba Jacob metiendo en el cuarto a jóvenes que encontraba por la calle y que a veces le robaban, Barba Jacob leyendo, muerto de risa, las acusaciones de homosexualidad que le lanzaban los periódicos mexicanos. Barba Jacob tomando tequila de una botella que parecía no tener fondo, Barba Jacob cocinando sancochos y preparando agua de panela en un reverbero de alcohol, Barba Jacob usando el alcohol del reverbero para darle algo más de interés al agua de panela. Barba Jacob, en fin, tosiendo hasta echar sangre por la boca. “Mis pulmones son ya una pobre cosa que se deshace”, escribió en una carta en junio de 1941.

-Lo operaron por esos días -dice Vallejo-. Le dijeron que con esa operación le regalaban ocho meses de vida, y resultó verdad. En todo caso, en enero del 42 ya estaba en las últimas. Le subían los tanques de oxígeno por la escalera. Los tanques de oxígeno pesan mucho, y se los subían por la escalera, hasta el tercero, para que pudiera respirar. (…)

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