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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for the ‘General’ Category

The Voca People

Posted by Pocho On febrero - 26 - 2012

Fuente: www.youtube.com

Hoy en día, son pocas las cosas que podrían llegar a sorprender. Pocho


The Voca People es un grupo musical y teatral israelí de relieve internacional, que combina canto a capela y beatboxing, logrando sonar sin instrumentos musicales como una orquesta.12

Historia

Su campaña de marketing los caracterizó como seres originarios del planeta Voca, ubicado en algún lugar detrás del sol, y en donde la comunicación se basa en expresiones musicales y vocales, que llegaron al planeta Tierra debido a que su combustible -la energía musical- se les acabó.2 Su lema es: “La vida es música y la música es vida.” Se presentan con trajes, calzado, guantes y gorro, todo de color blanco, con maquillaje facial blanco y los labios pintados de rojo. No hablan, sólo producen sonidos.3 Interactúan con el público bajando del escenario o bien invitando a algunos de los espectadores a subir.4 La idea de crear un grupo de estas características fue de Lior Kalfo y Shai Fishman.5 6

El cáncer del poder

Posted by Pocho On febrero - 26 - 2012

Por: Héctor Abad Faciolince

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Aguirre, el mejor de mis amigos, siempre me dice lo mismo: “Hombre, yo tengo la sospecha de que me voy a morir”.

Después sonríe, irónico, porque él sabe y todos sabemos que la mayoría de la gente vive como si no tuviera siquiera la sospecha de esa certeza: nos vamos a morir. Y entre los seres humanos, los que menos sospechan que se van a morir, son los poderosos. Algo que distingue claramente a una sociedad abierta de una sociedad cerrada, es que los líderes máximos de las sociedades autoritarias son presentados al público como si fueran eternos. Para que la gente no se haga ilusiones ni se les oponga con alguna esperanza de cambio, su gobierno se presenta como irremediable, su “revolución” como eterna, su régimen como algo que durará para siempre. De ahí que sus enfermedades sean un secreto de Estado.

Los venezolanos son expertos en líderes máximos que parecen inmortales. Allá por 1935, durante semanas, no se atrevieron a celebrar el deceso del dictador Juan Vicente Gómez, pues éste había acudido varias veces al ardid de divulgar su falso fallecimiento para pasar por las armas a los traidores que festejaran su muerte. En Corea del Norte, donde impera un régimen comunista monárquico, no vale la pena celebrar que el dictador desencarne, pues para un Kim que se muere hay de inmediato otro Kim que lo sucede: Kim Il-sung, Kim Jong-il, Kim Jong-un… Por eso allá, para usar las palabras de García Márquez en El otoño del patriarca, nadie se atreve a lanzar “los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anuncian al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad ha terminado por fin”.

Cuenta Ibsen Martínez que en los mentideros de Caracas todo el mundo se ha vuelto oncólogo, por tratar de adivinar cuánto le queda de vida al coronel populista. Unos descartan el cáncer de próstata, porque no se trata con quimioterapia, y aseguran que si han ocultado tanto el lugar exacto de “la lesión” es porque esta tiene que estar situada en una zona íntima y casi innombrable del cuerpo. Los más doctos hablan de “leiomiosarcoma de vejiga”; otros disertan sobre cistectomía, metástasis en el piso pélvico, y uso masivo de esteroides. Especulan los supuestos expertos, cuando hay algo tan simple: todos, hasta Chávez, nos vamos a morir, y no importa mucho si es dentro de seis meses o dentro de seis años.

Importa todo, me dirán: seis años o seis meses significan que debo invertir ahora, o no, en bonos de deuda venezolana. Esta semana, por cuenta de la “otra lesión en el mismo lugar de la lesión anterior”, los bonos venezolanos subieron de precio. Como la vida es corta, seis años parecen muchos. Pero la historia es larga, y así como pasaron Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez, así como Franco se hundió en la muerte, lo mismo ocurrirá con Chávez. De él —como de mí— yo sospecho que se va a morir. Y la muerte o el golpe es lo único que nos libra de los dictadores, los cuales, por definición, nunca se dejan deponer por los votos.

Para que el buen candidato Henrique Capriles pueda ganarle a Chávez las elecciones, no bastará con que saque más votos (pues unos pocos votos de más los desaparece el régimen): tiene que arrasar en las urnas. Y arrasar en las urnas a un presidente con el barril de petróleo a más de cien dólares, es una tarea ardua. Sin embargo hay síntomas y símbolos que dan esperanza: el primero es que ya es evidente que Chávez no es eterno. El mismo hecho de que él haya prohibido la palabra muerte en la consigna “patria o muerte”, revela con claridad qué es lo que más teme y cuál es su más próxima y probable derrota: la palabra omitida. Los venezolanos tendrán que escoger entre la vida de su país, con un hombre sano, que es Capriles, frente a un coronel enfermo, Chávez, que si bien no es la muerte personificada, sí es un paciente. Si Capriles es inteligente, deberá tratar al enfermo Chávez con el trato humano que todos los pacientes merecen: no alegría, sino compasión. Y es lo que está haciendo.

Superando la ficción

Posted by Pocho On febrero - 20 - 2012

Por: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Caricatura por: Matador

La realidad ha demostrado ser más imaginativa que la ficción

Pacto de sotanas

Muchos alegan que la televisión y la literatura colombianas están saturadas de una violencia que desborda y exagera la realidad. ¿Será cierto?

Imaginemos que un libretista de televisión o un novelista escribe la siguiente trama: dos sacerdotes que fueron compañeros desde el seminario terminan enamorados, pero, por razón de sus hábitos y de la presión social contra el homosexualismo, deciden mantener su estado sacerdotal y ejercer su amor de manera clandestina. Su relación se desarrolla de este modo durante varios años. Mientras tanto, ambos gozan de justo prestigio como pastores en sus parroquias, ubicadas en dos barrios populares y populosos de la gran metrópoli.

Un día descubren que uno de los religiosos contrajo el virus del sida. La lucha contra la enfermedad se torna inútil: está tan avanzada, que se aproxima a su fase terminal.

Es entonces cuando, de manera solidaria, los dos curas párrocos deciden llevar su “amor constante más allá de la muerte”, para emplear palabras del poeta, y suicidarse juntos. Adelantan los preparativos. Ordenan su agenda. Uno de ellos traslada sus bienes a su madre. Varias veces intentan cumplir el pacto suicida, pero no lo consiguen.

La enfermedad avanza, y, para evitar que un escándalo salpique a sus familias, optan por pagar a un sicario para que los asesine un día señalado. Así ocurre: el pistolero recibe 14 millones de pesos y cumple su misión, que complementa extrayendo algunos bienes personales de los bolsillos de ambos. Todos lamentan la violenta desaparición de los dos religiosos en lo que las autoridades consideran inicialmente que es un robo con homicidio. Un año después, sin embargo, se descubre la auténtica historia: el sicario y su cómplice confiesan, mientras los familiares alegan que se trata de un montaje.

Sería fácil concluir que una trama tan rebuscada y retorcida resulta absurda y que el autor es un individuo truculento y sensacionalista. Lamentablemente, la Fiscalía afirma que esta es la dolorosa verdad que explica la muerte en Bogotá, el 26 de enero del 2011, de los sacerdotes Rafael Reátiga y Ríchard Píffano. Una vez más, la realidad ha demostrado ser más imaginativa que la ficción, y el país, perplejo, sigue el drama como si fuera una telenovela o una obra del género negro literario.

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