Por: Klaus Ziegler
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia
Caricatura: Matador
Se hundió el proyecto que pretendía prohibir el aborto en todos los casos, un duro revés para los valerosos defensores del derecho a la vida. No se trató, como alegan los enemigos de la dignidad humana, de una defensa de la moral católica, ni mucho menos de una cruzada con nombre propio.
La iniciativa descansa en verdades evidentes, como el hecho de que un cigoto es un ser humano y posee estatus ontológico de ‘persona’. La propuesta fracasó a pesar de contar con el respaldo del procurador Ordóñez, defensor a ultranza de las garantías constitucionales, imparcial en temas como la eutanasia o la igualdad de derechos para los homosexuales, y con el apoyo de una autoridad en ética de la talla del senador Juan Manuel Corzo.
Sin embargo, no es momento de perder las esperanzas. La inviolabilidad del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte implica mucho más que la prohibición absoluta del aborto. Señores senadores, en sus manos está impedir que se continúe con prácticas tan aberrantes como la fecundación asistida, en la que miles de óvulos fecundados, debo decir, cientos de diminutos seres humanos son ‘descartados’ (vulgar eufemismo para no decir ‘asesinados’) a voluntad de los médicos, o son criopreservados. Millares de pequeñas almitas yacen hoy congeladas en nitrógeno líquido, sin opción de desarrollarse. Señor procurador, es imperativa una reforma aún más severa a la Carta, una que contemple la clausura indefinida de todos los laboratorios dedicados a semejantes monstruosidades.
Honorables senadores, no sé si habrán advertido que el principio moral que ustedes defienden con la mayor sinceridad implica así mismo la preservación de la vida humana bajo cualquier circunstancia, pues, ¿qué sentido tendría afirmar que la vida humana es sagrada e inviolable, y al mismo tiempo consentir el asesinato en casos excepcionales? Bajo este canon es forzoso concluir que aun cuando se mate en defensa propia, resulta imposible justificar la muerte del agresor sin violar su sagrado derecho a la vida. Por ello es menester estar atentos, porque este mismo principio podría ser invocado para maniatar a las Fuerzas del Orden, que se verían obligadas a luchar sin más armas que el poder de la oración. Sepan bien que cualquier fisura en la ley será aprovechada por los abortistas, y no se extrañen si mañana ven a una pobre niña violada alegando que se vio forzada a finalizar su embarazo “en defensa propia”, pues era su vida o la del feto.
Señores Senadores, no se vayan a quedar a medio camino: hay que consumar la santa cruzada contra los derechos de la mujer.


