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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

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Un cerebro anómalo

Posted by Pocho On enero - 7 - 2012

Por: Julio César Londoño

Fuente: El País – Cali, Colombia

A los 21 años de edad Stephen Hawking contrajo el “mal de las neuronas motoras”, una enfermedad misteriosa que lo dejó cuadrapléjico. Por fortuna, el resto de su cerebro quedó intacto. Hoy tiene 69 años y es uno de los científicos vivos más importantes del mundo. Su campo de estudio es la cosmología, el estudio físico del universo en su conjunto: sus inicios, su evolución y su destino final.

Uno de sus dos trabajos más destacados es un modelo físico-matemático para describir el comportamiento de los agujeros negros (materia de altísima densidad). Estos ‘sumideros’ de energía y materia les interesan mucho a los astrofísicos porque el momento cero del universo, el Big Bang, no fue otra cosa que la explosión de un agujero negro.

Cuando abandonó a su esposa para casarse con su enfermera, la ex se vengó con Música para conmover estrellas, un libro donde escribió: “Lo difícil no fue bañarlo, vestirlo, darle la sopa, cuidar los niños y prepararle las notas de sus conferencias durante 25 años, sino convencerlo todas las mañanas de que él no era Dios”.

Quizá tenga razón la señora. Lo cierto es que a Hawking Dios le parece “una variable muy incómoda en las ecuaciones. Dios no explica. Complica”, afirma entre lacónico y divino. “Es menos difícil explicar el origen del universo que el de Dios”.

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Diagnóstico preocupante

Posted by Pocho On enero - 6 - 2012

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

La mundialmente reconocida calidad de los médicos colombianos empieza a ser historia, según voces autorizadas en un tema tan complejo y que a todos incumbe como la educación y la formación de estos profesionales en el país.

Una de ellas es la de José Félix Patiño Restrepo, ex ministro de Salud, ex rector de la Universidad Nacional y profesor de medicina de varias generaciones de médicos, quien asegura que una de las consecuencias más graves de la crisis del sistema de salud y de la proliferación indiscriminada de facultades de medicina es el deterioro marcado del nivel académico y científico de dicha carrera.

El profesor Patiño, recientemente galardonado por el Gobierno Nacional con la Condecoración Simón Bolívar en la Orden Gran Maestro, afirma que este es un asunto de preocupación permanente en el ámbito académico, por los efectos que ya está trayendo a la salud de la población.

Asimismo, la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas ha advertido que más de la mitad de los 4.500 médicos que egresan cada año de las 57 facultades del país presentan serios vacíos en materias que antes eran vitales en la educación de un médico, como las ciencias básicas y la práctica idónea.

Cuesta controvertir tales argumentos en un país en el que los verdaderos hospitales universitarios, fundamentales en la medida en que allí los futuros médicos afianzan sus conocimientos y tienen contacto directo con pacientes de carne y hueso, no pasan de la decena. Sin contar con que la mayoría de los estudiantes tampoco cuentan con profesores de tiempo completo y dedicación exclusiva, y que menos del 5 por ciento de estos alumnos están vinculados, como debería ser, a proyectos de investigación.

Algunos estudios indican, además, que más de la mitad de los ya egresados no leen inglés en forma fluida, lo cual coarta su posibilidad de acceder a estudios e investigaciones que se publican en revistas internacionales, cuya lectura está ligada a los necesarios procesos de actualización permanente.

La educación médica continua también es un problema pendiente. Buena parte está orientada, financiada e incluso costeada por las farmacéuticas y los productores y comercializadores de equipos e insumos médicos, lo cual le imprime un sesgo preocupante a la formación.

El resultado, según expertos y organizaciones de pacientes, son médicos moldeados para funcionar de acuerdo con las necesidades del sistema de salud, que demanda de ellos más competencias técnicas, administrativas y financieras que científicas. Vale decir también que las condiciones laborales y de proyección académica y profesional llegan a ser tan precarias que muchos de ellos emigran a otros países en busca de mejores oportunidades.

Las fórmulas propuestas para resolver un asunto tan delicado están encabezadas por la puesta en cintura de decenas de facultades que, movidas por el negocio, gradúan médicos a granel, pese a carecer de los requisitos mínimos para garantizar su idoneidad.

También se ha buscado sacar adelante un proceso de recertificación periódica, que los induzca a mantenerse actualizados, y se estudia la posibilidad de que la educación continua en este campo esté a cargo del sistema de salud.

Los llamados a ponerle orden al problema son, en primer lugar, los ministerios de Salud y de Educación, cuya laxa rectoría ha sido determinante en su profundización; también, los médicos, a quienes asiste el deber primario de abrir el debate en un marco de autocrítica y autorregulación. Es una tarea que no da espera, pues no se puede perder de vista que millones de colombianos ponen todos los días su salud y su vida en sus manos.

Profetas del fin del mundo

Posted by Pocho On enero - 6 - 2012

Por: Juan Gabriel Vásquez

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

“Aquí está, por fin, la cosa distinguida”, dijo Henry James cuando supo que la muerte lo andaba rondando.

Desde que me enteré, a finales del año pasado, de que el mundo se va a acabar este año, no he dejado de pensar en las palabras de James. No sé cuántos de nosotros tendremos, al momento de nuestra muerte, la elegancia de esa cita, pero no hay que dejar las cosas para último momento: si el mundo se va a acabar, que nos coja con una frase bonita en la boca, o por lo menos en el correo electrónico. “La cosa distinguida”: eso era la muerte para James. Escribo esta columna en la tarde del tercer día del año; tres días, tres días más bien cortos, y ya he recibido varios mensajes que hablan de perdonar a los que amamos, o de amar a los que nos odian, o arrepentirnos de nuestros errores, o de rezar por quienes hacen el mal, o de que todos somos pecadores y nos merecemos esto; y pienso que la muerte podía ser una cosa distinguida a los ojos de Henry James, pero en realidad no hay nada menos distinguido —en otras palabras: no hay nada más vulgar— que esa forma de muerte colectiva que son las profecías apocalípticas.

Los profetas me aburren profundamente, y los profetas del fin del mundo me aburren por partida doble: no sé para qué se pone uno a mirar el futuro en busca de horrores, cuando el pasado y el presente nos ofrecen ya porciones generosas. O quizás estoy mirando mal el asunto, y la profecía del fin del mundo es un acto de optimismo: “aquí está, por fin”, dijo Henry James ante su propia muerte. Por fin, por fin se acaba esta vaina: ¿no será a eso que se referían los mayas, lamentándose en el fondo de que no les haya tocado a ellos ver el gran momento, ver a esa “cosa distinguida”? Pero qué les puedo decir: no parece que sea así. Los profetas del fin del mundo, desde el misterioso dictado que un tal Juan recibió en la isla de Patmos, nunca han actuado sin intereses ocultos: tan proselitistas eran el hereje Montano, que escribió más o menos al mismo tiempo que Juan, como el predicador radiofónico Harold Camping, que en el año 2010 le puso una fecha al fin del mundo: 21 de mayo de 2011. (No sé en qué andará hoy, pero recuerdo esas camisetas que llevaban la fecha en azul y las palabras “Día del Juicio”: esa platica se perdió).

En estos días ando revisando El agente secreto, la novela que Joseph Conrad publicó en 1907. La intriga de la novela —fundadora sin competencia del género de espionaje, antecedente directo del mejor Le Carré— gira alrededor de un intento de atentado terrorista que tuvo lugar en Greenwich en 1886. Pero sus riquezas van más allá. “¡Infeliz Europa!”, exclama un diplomático. “¡Perecerás por la insensatez moral de tus hijos!”. Las profecías del diplomático son objeto de burla para un personaje siniestro: el señor Vladimir, teórico del terrorismo, que aboga por un atentado que sea lo bastante efectivo: “contra edificios, por ejemplo”, y en particular contra algún edificio que represente un “fetiche para la burguesía”. “Un acto”, continúa Vladimir, “de una ferocidad destructiva tan absurda que resulte incomprensible, inexplicable, casi impensable: de hecho, demente”. Leo esas frases y pienso: ¿para qué necesitamos a los profetas, esos consumados charlatanes, si para ver el futuro bastan los grandes novelistas?

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