"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

Oliver vs. McDonald´s

Sin comentarios....Que horrorrrrr!!!!. Pocho

Fuente: www.labrecha.me 

El chef Jamie Oliver justo ha ganado una batalla en contra de la cadena más grande de comida chatarra que existe en el mundo. Una vez que Oliver demostró cómo se hacen las hamburguesas, McDonald’s, la franquiciadora anunció que cambiará la receta.

De acuerdo a Oliver, las partes grasosas de la carne se “lavan” con hidróxido de amoníaco y luego se usan en la confección de la ‘torta’ de carne para rellenar la hamburguesa. Antes de este proceso, de acuerdo con el presentador, ya esa carne no era apta para consumo humano.

Oliver, chef activista radical, quién ha asumido una Guerra contra la industria de alimentos, dice: estamos hablando de carnes que hubieran sido vendidas como alimento para perros y después de este proceso se les sirve a seres humanos. Aparte de la calidad de la carne, el hidróxido de amonio es dañino para la salud. Oliver le dice a esto: “El Proceso de la Porquería Rosa”.

¿Qué ser humano en su sano juicio pondría un trozo de carne remojada en hidróxido de amonio en la boca de un niño?

En otra de sus iniciativas Oliver demostró como se hacen los nuggets de pollo: Después de seleccionar las ‘mejores partes’, el resto: grasa, pellejos, cartílagos, vísceras, huesos, cabeza, patas, son sometidos a un licuado –separación mecánica- es el eufemismo que usan los ingenieros en alimentos, y después esa pasta rosada por la sangre, es desodorada, decolorada, reodorizada y repintada, capeadas en melcocha farinácea y frita, esto es rehervido en aceites generalmente parcialmente hidrogenados, esto es, tóxicos.

En USA, Burger King y Taco Bell ya abandonaron el uso de amonio en sus productos. La industria de alimentos usa el hidróxido amonio como un agente anti-microbiano, lo que le ha permitido a McDonald’s usar en sus hamburguesas carne, de entrada no apta para consumo humano.

Pero aún más molesta es la situación que estas sustancias basadas en hidróxido amonio sean consideradas ‘componentes legítimos en procedimientos de producción’ en la industria de alimentos con las bendiciones de las autoridades de salud en todo el mundo. Así los consumidores nunca se podrán enterar de qué químicos ponen en nuestra comida.

 

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Jadad y la felicidad

Muchos pobres ya no son flacos de hambre, sino gordos mal alimentados: grasas de carnes rojas en las comidas rápidas, gaseosas repletas de azúcar como bombas calóricas que vaticinan diabetes, y sobre todo un montón de carbohidratos blancos: papas fritas, arroz, pan de molde, almidón, plátanos, arepas blancas precocidas...

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Los alimentos sanos con frutas y verduras frescas de todos los colores, granos integrales, bebidas con poca azúcar, nueces, pescados de mar, son tan caros que apenas los ricos los pueden comprar.

O incluso cuando algunos alimentos sanos no son tan caros (arroz integral, fruta en cosecha), no nos los enseñan a cocinar o a comer. La pobreza de hoy no consiste tanto en no tener que comer, sino en comer mal. Estados Unidos no exporta solamente armas letales o espionaje a escala mundial: exporta una dieta dañina para toda la humanidad, y eso a pesar de que sus mejores universidades y sus mejores médicos nos advierten que lo que allá está comiendo la parte más gruesa de la población es fatal.

Creemos que la incultura consiste en no saber quién compuso el Triple Concierto, o quién escribió Guerra y paz, cuando la educación debería enseñar, mucho antes que esto, a alimentarnos bien. Creemos que el problema del tráfico en las ciudades se soluciona haciendo más y más vías para los carros, cuando lo que habría que educar es el sentido que tiene caminar más, usar más la bicicleta, proteger el aire, tener parques, y no pretender que el transporte público pare en cada esquina, sino enseñarnos a andar hasta paraderos distantes.

Cosas así aprendí o recordé oyendo el otro día, en la Universidad de Antioquia, a un gran científico colombiano, Alex Jadad. Él es un médico de esos raros, de los que sanan con solo oírlos hablar, con amor, humor y sabiduría. De los que estimulan las ganas de pensar y de cambiar. Durante su charla sobre “medicina y felicidad”, volví a sentir la vieja pasión de mi padre por la salud pública y la medicina social. Lo que mejora la vida no son los medicamentos de vanguardia ni los tratamientos en clínicas muy sofisticadas: lo que mejora nuestras vidas es el agua limpia, la educación, la formación de hábitos sanos de vida en ejercicio y alimentación, y la existencia de médicos compasivos que en vez de dedicarse a salvar enfermos a última hora, nos enseñen a vivir y a morir mejor. Porque lo ideal no es tampoco, nos decía Jadad, morir como se muere en las espantosas UCIs de nuestros hospitales: cualquiera de nosotros preferiría morir, así sea unos años antes, dignamente, en la propia casa, con el menor dolor posible, y no en esas neveras infectas y malolientes.

Cuando me hacen la pregunta proustiana de cómo quisiera morir contesto siempre lo mismo: en mi cama, dándome cuenta de que me estoy muriendo, como última experiencia de la vida que quiero filtrar por la conciencia, y ojalá sintiendo en el cuerpo y en los oídos la compañía de los seres que quiero y que me quieren, con palabras que acaricien y caricias que hablen. Nada más. Y es eso lo que hoy nos impiden tener las dantescas unidades para enfermos terminales y la medicalización de la vida y de la muerte. Decía Jadad que los médicos de hoy saben mucho sobre electros y valores hepáticos, pero nada o casi nada sobre el dolor. Sobre el dolor, apostaba, saben más los veterinarios y los dentistas que los médicos.

Gracias a Jadad llegué también a una página de Internet (nada científica), Deathclockk, que calcula cuándo nos vamos a morir. Me dio la fecha: 21 de julio de 2032. No creo en el vaticinio. De lo que no hay duda es de que un día me voy a morir, como todos; pero, mientras tanto, no se trata tanto de alargar la vida, sino de vivirla más plenamente y mejor, con la dosis irremediable de enfermedad, y con la menor cantidad posible de infelicidad.

Sí, tiene huevo

La primera de un par de recetas que se centran en este ingrediente, imprescindible en la cocina.

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia 

Quiero proponerles un par de recetas con huevo como protagonista, empezando con una frittata italiana, y lo hago a manera de homenaje.

Durante muchos años los amantes del huevo sufrimos del pánico causado por reportes médicos y científicos en los que no salía bien librado nuestro redondo amigo. Que sube el colesterol, decían; que afecta el corazón, etcétera.

Por suerte, tales calumnias han sido desvirtuadas últimamente, y ahora el huevo vuelve a considerarse un alimento completo y muy nutritivo. Suerte para mí, claro, porque me fascina el huevo en todas sus preparaciones y en cualquier momento del día.

Culinariamente hablando, creo que nada se compara a la felicidad de romper la yema blanda de un huevo frito para que escurra tentadoramente sobre un buen plato de arroz.

Hace unos días me preguntaron la diferencia entre la tortilla española y la frittata italiana. Es muy simple: la segunda no se voltea. En cambio, en los restaurantes se suele terminar en un horno en broil o bajo una salamandra. Vale decir, además, que se puede preparar con vegetales diferentes a los que sugiero en esta receta, como zucchini, cebolla o pimentón.

Frittata con vegetales y mozzarella fresca

Ingredientes

3 huevos

1/2 taza de champiñones cortados en cuartos

3 espárragos

4 tomates cherry cortados en cuartos

60 gramos de queso mozzarella fresco

1 hoja pequeña de albahaca picada

2 a 3 cucharadas de aceite de oliva sal y pimienta

Preparación

Corte los espárragos en dos, luego sus partes inferiores en trocitos y las de las puntas ábralas por la mitad longitudinalmente. Bata los huevos y sazónelos con sal y pimienta. En una sartén que se pueda llevar al horno saltee en el aceite de oliva los champiñones, los trocitos de espárragos, los tomates y la albahaca. Retire este salteado de la sartén e incorpórelo a los huevos batidos. Agregue un poquito más de aceite a la sartén y vierta la mezcla de huevos y vegetales. Deje cocinar a fuego medio y separe de cuando en cuando los bordes. Cuando empiece a cuajar, acomode el queso mozzarella y las puntas de los espárragos en la superficie, y lleve a un horno en ‘broil’ para terminar cocinando de arriba hacia abajo. Cuando dore un poco por encima, retire y sirva inmediatamente.

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Vino, cerveza e indignación

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

La cerveza en Turquía y el vino en la China se han convertido en personajes destacados. Los recientes desórdenes callejeros que encendieron a Estambul, Ankara y otras ciudades turcas tienen una piedra de toque: el alcohol. Y también el alcohol, esta vez en forma de vino, está en el centro de las tensiones comerciales que afectan a Beijing con la Comunidad Europea.

Turquía es una democracia parlamentaria laica, cuyo venerado fundador, Mustafá Kemal Ataturk, era aficionado a la bebida desde sus tiempos universitarios. A partir de entonces se asocia el alcohol a la libertad religiosa, uno de los valores fundamentales de esta república de 73 millones de habitantes, casi totalmente musulmanes, que nació en 1923 sobre las ruinas del imperio otomano. Por eso, cuando el gobierno empezó a imponer restricciones a la venta y consumo de alcohol hace algunas semanas, muchos ciudadanos vieron que detrás de las medidas había un interés religioso y no de salud pública. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, lo confirmó poco después al decir que “la religión” exigía beber menos.

Posteriormente, cuando su gobierno propuso derribar los árboles de un parque tradicional de Estambul, muchos estudiantes que salieron a la calle a protestar por el creciente autoritarismo del régimen lo hicieron con botellas de cerveza en la mano y al grito de ‘¡Salud, Tayyip!’. Algunos jueces han atenuado ya la restricción del consumo de bebidas, y el propio presidente, Abdulá Gul, sugirió que podría vetar la ley antialcohol que aprobó el partido de Erdogan.

En China, mientras tanto, el problema no es quién toma trago, sino quién lo fabrica. Hace algunos días, la Unión Europea subió de 11,8 a 47,6 por ciento el arancel de los paneles solares chinos, al sospechar que en Europa se venden por debajo de los precios de mercado (dumping). La indignada respuesta china ha sido estudiar una medida recíproca con el vino europeo, lo que afectaría a cientos de miles de empleos en el Viejo Continente. Pero, además, el gobierno se hará el de la vista gorda con la falsificación de famosas marcas de vino europeo (por ejemplo, un Châtelet Lafite burdo que imita en todo, menos en el sabor, al famoso y costoso Château Lafite). Sí: Turquía y China tienen problemas con el alcohol.

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Olimpo

Con sus golosinas (Chocoramo) ha estado presente en la vida de 3 generaciones de colombianos.

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

El 9 de abril de 1948, el día en que asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, se empezó a cocinar la historia de uno de los tres productos más recordados por los colombianos: el Chocoramo.

Ese viernes, el pastelero Olimpo López tenía una entrevista de trabajo en Bavaria que, de cumplirse, lo habría convertido en un repartidor de cervezas y no en el creador del popular ponqué recubierto de chocolate con el que han crecido tres generaciones.

Olimpo pensaba que esa cita le iba a cambiar la vida. A sus 30 años, aspiraba a mucho más que ser un panadero. Por eso era tan importante aquel 9 de abril. Pero Bogotá estaba hecha un caos, la empresa había sido acordonada por la Policía y no pudo llegar.

Decepcionado, no tuvo más remedio que seguir con el rumbo que la vida le trazaba.

Había nacido en Jericó (Boyacá), en 1918, entre harina, huevos y mantequilla. Se había hecho fuerte cargando leña para el horno del viejo caserón en el que vivía con Evangelina Gómez, su mamá, una experta cocinera de colaciones, mantecadas, pan y pasteles. Se podría decir que fue panadero y pastelero desde que nació.

“Y lo seré hasta que me muera”, dice Olimpo, a tres meses de cumplir 95 años, y en un tono muy suave. Habla desde el laboratorio de Ramo, ubicado en Mosquera (Cundinamarca), donde aún llega todos los días a las 6:30 de la mañana, porque rehusó pensionarse.

Habla claro y sin titubear. Sus manos son firmes, sus recuerdos están nítidos y sus capacidades para crear, ‘catar’ y elaborar recetas de pasteles están intactas. Tiene problemas de azúcar, y por eso ya no come tanto Chocoramo como quisiera. Mientras esconde detrás de la silla el bastón que utiliza para ayudarse a caminar, Olimpo pregunta: “¿Ya le conté cómo fue lo del Chocoramo?”.

Después de su fallida cita, viajó a Tunja y se hizo socio de una productora industrial de pan. Pronto se enteró de que las mejores pastelerías de Europa habían llegado a Bogotá, tras los duros años de la Segunda Guerra Mundial, y sin pensarlo regresó a la capital. Trabajó en Palace, Alférez Real y El Planeta. Sus maestros fueron pasteleros suizos, franceses y alemanes.

Luego de haber recorrido casi todos los puestos en El Planeta, desde auxiliar hasta jefe de cocina, Olimpo llegó a convertirse en administrador. Una tarde, ya en los años 60, cuando salía del trabajo, se encontró al hombre con el que se iba a reunir en Bavaria el día en que estalló el ‘Bogotazo’. Era Rafael Molano, el creador de la compañía Ramo S.A.

Aunque Olimpo ya tenía 45 años, Molano lo reconoció de inmediato. Seguro por sus largos bigotes encrespados y su alta estatura o simplemente porque no había cambiado desde la entrevista previa que le había hecho antes del 9 de abril. Molano se había salido de Bavaria, donde era un alto ejecutivo, porque los ponqués que su esposa le preparaba para comer en el trabajo le habían resultado más rentables que su puesto en la cervecera (léase recuadro).

“Apenas me vio, me pegó un grito: ‘Olimpo, menos mal que no me cumpliste la cita, porque ahora es que te necesito’”, recuerda. Ese mismo año fue nombrado jefe de planta de Ramo, entonces una pequeña empresa de 30 empleados. Olimpo no tardó en sorprender a su nuevo jefe. Un día de 1968 creó el ponqué Gala, que se convirtió de inmediato en uno de los productos más vendidos de la compañía. No en vano estos ponquesitos llevan en su empaque una caricatura de Olimpo, como homenaje.

La receta secreta

 

Cuatro años después nació el Chocoramo, que no solo es la tercera marca más reconocida por los colombianos –después de Águila y Bom Bom Bum, según la firma Raddar–, sino el producto líder del mercado en su categoría, con el 90 por ciento de las ventas, además de representar hoy el 80 por ciento de las ganancias de Ramo S.A. Por algo, su receta está en la caja fuerte de un banco en los Estados Unidos.

“La idea nació por iniciativa de un hijo de don Rafael Molano, a quien se le ocurrió bañar al ponqué Gala con chocolate”, sigue Olimpo. Él y dos químicos de la empresa, Pedro Perezón y Álvaro Iregui (ya fallecidos), empezaron a trabajar en la receta. Pero resultó muy mal: el ponqué se partía y se caía en pedazos porque no soportaba el peso del chocolate. Olimpo no se amilanó y dijo que había que hacer una nueva masa. Se encerró por seis meses, y quizá evocando las recetas de Evangelina, lo logró. No da detalles de la mezcla, pues es considerada ultrasecreta. Lo cierto es que, siete meses después, el ponqué soportaba el chocolate, que también fue preparado por Olimpo y los químicos.

El Chocoramo, recuerda, pudo ser blanco, “porque probamos con todo, desde chocolate Fondant (un tipo con alto contenido de manteca de cacao)hasta chocolate de cobertura, por el que me decidí”. Lo demás fue definir el empaque que, como su sabor, no ha cambiado en 40 años.

Después de hacer un recorrido por la planta, donde 500.000 Chocoramos desfilan diariamente por una pista metálica, Olimpo se dirige a la oficina de su antiguo jefe, Rafael Molano, de 85 años, quien ya no va por dolencias de salud.

Detrás del escritorio de Molano hay una imponente caricatura de Olimpo. Está hecha a lápiz y mide 1,50 centímetros de altura. Olimpo luce como un héroe. Y realmente lo es, dice el actual CEO de Ramo, Óscar Gutiérrez Pemberthy: “Es el hombre más influyente de la compañía, y ningún producto sale sin su visto bueno”. Y es que en la planta de Mosquera, Olimpo es respetado, admirado y reverenciado. No es para menos, creó el 80 por ciento del portafolio de la compañía.

Nadie en el restaurante de la planta de Ramo se anima a despertarlo de su siesta, que toma todos los días y a la misma hora en su silla, después del almuerzo. Cuando se duerme, el restaurante se queda en silencio. Pero no es por miedo, es por respeto, aclara una empleada que lleva 40 años en la empresa.

Olimpo es disciplinado. Se despierta a las 3:30 de la mañana. Vive solo en el barrio Minuto de Dios, de Bogotá, y llega a Ramo con ayuda de su hijo Olimpo junior, jefe de desarrollo de productos en la planta.

Hoy, Olimpo es un hombre anónimo, pero no siempre fue así. Hace más de 40 años era el pastelero más famoso de Colombia. Preparaba recetas en vivo, por televisión nacional, en el programa Feliz cumpleaños Ramo, que conducía Gloria Valencia de Castaño y con el que se hizo popular el estribillo: “Feliz cumpleaños, amiguitos/ les desea ponqué Ramo / con la misma fe y alegría de un feliz cumpleaños Ramo”.

Llegó a preparar, en 1988, un ponqué para 35.000 personas en la Media Torta como parte de las celebraciones de los 450 años de Bogotá. Para la misma época, lanzó uno de sus productos más populares: el Gansito de Ramo, que se sumó a las ya exitosas galletas Lecheritas, las Cucas y las Carmelitas.

Pero, sin duda, su gran éxito ha sido el Chocoramo. Aún hoy, 40 años después de su creación, es un producto obligado de la lonchera de miles de niños y genera nostalgia en los más grandes.

Hace un mes, por ejemplo, Olimpo fue invitado a una ceremonia en la que le entregaron un premio a la jefe de mercadeo de Ramo, la española Isabel Pérez. Cuando ella subió a la tarima del Teatro Julio Mario Santo Domingo, llamó a Olimpo. Al verlo, el auditorio se puso de pie y lo aplaudió durante tres minutos. Impávido y apoyado en su bastón, miraba en silencio la ovación y sonreía. Por lo demás, no ha recibido mayores homenajes. Pero no los necesita.

“Mi mayor homenaje es saber que descubrí mi vocación, que he entregado todo por mi trabajo y que nunca me he rendido”, dice Olimpo, mientras se encrespa sus largos bigotes. Sonríe y sale de la oficina caminado lento; debe trabajar.

Una empresa familiar de seis décadas

 

Ramo nació, hace más de 60 años, gracias a una receta que Margarita Olarte –madre de Rafael Molano– le enseñó a su nuera, Ana Luisa Camacho.
Todos los días, Molano llevaba a su trabajo en Bavaria un pedazo de ese legendario ponqué familiar que le preparaba su esposa para consentir sus horas de almuerzo.

Los compañeros se antojaban y ocurrió que le empezaron a hacer encargos hasta que Molano y su esposa pensaron en que lo mejor era independizarse y dedicarse vender tortas. Comenzaron vendiendo puerta a puerta y luego en tiendas de barrio. Su primera planta se abrió en el barrio Alcázares. Hoy, la compañía tiene tres y más de 3.000 empleados.

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