Por: Manuel Kalmanovitz
Fuente: www.revistaarcadia.com
Es una película hermosa esta De dioses y hombres. Tiene la hermosura de unos paisajes tranquilos y melancólicos en Argelia. Se ven montañas y unos pocos árboles y es como si esa falta de elementos, ese carácter básico, se transmitiera a la película misma.
También tiene la hermosura de los rostros canosos y llenos de arrugas de sus protagonistas, que la cámara nos muestra con la misma mezcla de placidez y fascinación con la que recorre los paisajes ya mencionados. Está basada en una historia real, sobre ocho monjes trapenses en el Atlas de Argel, que fueron asesinados por fundamentalistas islámicos en 1996. Decir esto tan temprano en la reseña podría dañar el disfrute de los espectadores, que ya no podrán saborear el suspenso de preguntarse sobre el destino final de los pobres frailes. Efectivamente, los matan.
Pero no es una película de suspenso y saber cómo termina no la afecta en lo más mínimo. Es más, posiblemente los realizadores cuenten con que los espectadores lo sepan porque eso le da un conmovedor viso trágico a toda la contemplación y a los paisajes y a los rostros arrugados que nos muestran. Es una película hermosa, pero complicada. Después de verla quedé con una sensación de incomodidad y durante un rato no pude entender por qué. No era por la lentitud, placidez y contemplación, porque esas cosas me parecen, en general, apetecibles y sobre todo en el cine contemporáneo que tantas veces prefiere lo ensordecedor a lo silencioso.
Pero examinando esa incomodidad vi que se parece a la que despiertan las películas más dramáticas de Spielberg, en las que uno se siente que alguien muy hábil estuvo metiéndole los dedos en la boca sin pedir permiso y sin clarificar lo que pretendía. Manipulado, mejor dicho.
Pero ¿manipulado cómo? Pues los monjes son súper buena gente. Uno es médico y le ayuda a los nativos dándoles pomadas dermatológicas y tenis donados cuando los necesitan. Los demás no hacen nada malo: rezan, cantan sus misas, hacen sus labores diarias y recogen miel de sus panales para vender en un mercado. Cuando se meten con los nativos son respetuosos y comprensivos. Y son tan buenos, tan pacíficos, tan estoicos, racionales y serios.
Pero el malestar viene con la forma en que muestran a los nativos. Esos no tienen nada ni de pacíficos, ni de estoicos, ni de racionales. Solo hay un personaje árabe que lo es, una muchacha que le pide al médico consejos amorosos (no muy creíblemente, como cabe esperar). De resto, todos los argelinos aparecen como criaturas sudorosas, apasionadas, poco racionales.
Así son no solo los terroristas que se terminan llevando a los monjes, sino los representantes del Estado. Tanto militares como funcionarios hablan sudando y gesticulando, y luego torturan a sus enemigos y arrastran sus cadáveres por las calles.
En contraste, los monjes son un oasis de calma y compostura, estandartes de una racionalidad que esos nativos jamás podrán alcanzar. Y ahí se aumenta la incomodidad y comienza la incredulidad. ¿Es en serio lo que nos dice esta película? ¿En serio está diciendo, a estas alturas del siglo XXI, que a Argelia le iba mejor como colonia francesa? Pero no puede ser. Esos rostros?, esos paisajes?, esa tranquilidad?
Pero sí parece. Y, al pensarlo bien, no es sorpresivo. Es un discurso que concuerda con la Francia de Sarkozy, con la derechización general que se tomó a Europa, con la islamofobia y xenofobia que ha penetrado círculos intelectuales y no intelectuales por igual. Lo que sí es sorpresivo es que una píldora tan amarga tenga una cobertura tan hermosa, pacífica y contemplativa.
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