"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" - Alfred North Whitehead

Ateos no tan ateos

Por: Alfonso Llano Escobar, S.J.

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

No volamos sin rumbo, hacia la Nada. No hay tal. Dios habita en la raíz misma de nuestro ser.

Para consuelo de algunos ateos, que se creen tales o que son catalogados como tales por los amigos o por ellos mismos, dedico la columna de hoy.

Ateo, según la definición, viene de la famosa alfa privativa y de la palabra griega “Theos”, Dios. Ateo sería, entonces, según la etimología, la persona sin Dios.

Más exactamente, ateo, según el Drae, es la persona que niega la existencia de Dios. Para ser verdadero ateo se requiere que tal persona conozca y niegue, con conocimiento de causa, al verdadero Dios. Lo cual no es tan fácil, ya que negar al verdadero Dios es como negar el aire, la luz, el viento, el Ser; equivaldría a quedar sin piso, ya que Dios es el fundamento de todo cuanto existe. San Pablo, en el areópago de Atenas, dijo a los sabios atenienses: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”. Hechos, 17,28. Y se quedaron en Babia, los muy tontos.

Preguntémonos: ¿qué dios vienen negando los modernistas: Feuerbach, Nietzsche, Freud, Marx y sus seguidores? El dios cultural de su época, el dios moral de la religión, el dios ‘amo’ del mundo, el ‘anciano barbado’ de algunos creyentes, ubicado en lo más alto del firmamento, desde donde gobernaría al mundo en sus ratos libres, el dios de quien dijo el soberbio Bertrand Russel: “Si yo contara con la omnipotencia divina y con el tiempo de que dispone Dios para regir el mundo, yo hubiera hecho un mundo mejor que este”. Se pasó de listo, el tonto.

Si vamos a la verdad, todos estos ateos no lo serían tales, o tan ateos, ya que no estarían negando al verdadero Dios sino una falsa imagen de él, para lo cual no les falta razón. De hecho, todos estos “ateos” le vienen haciendo un bien enorme a la religión porque están purificando la imagen de Dios; están forzando a la religión, en concreto al cristianismo, a corregir los desenfoques que venía presentando la imagen de Dios que transmitía.

Por cierto, esta negación del dios de Occidente ha desencadenado la corriente orientalista de última hora: una fuga hacia los “dioses” de Oriente, formas religiosas milenarias, como la reencarnación, el Nirvana, la participación del “cuerpo” y sus posiciones y actitudes, en la oración y en la adoración, y maravillas por el estilo: bienvenidas, en la medida en que no nos quiten la fe en Jesucristo, con todo el misterio que lo acompaña.

El Dios verdadero es tal que, a la hora de la verdad, queda muy difícil negar su existencia. Negar la existencia del verdadero Dios es algo tan absurdo y tan ciego, tan imposible y suicida como negar la luz, el aire, el espacio, el Ser; equivaldría a negar el piso que nos sostiene, el cimiento mismo de nuestro yo.

Señores ateos, dignos de todo respeto y consideración: están en su derecho, pero piénsenlo bien: no sean “suicidas”, no nieguen lo evidente, el fundamento de la propia existencia.

El genio de Einstein intuyó la existencia de Dios cuando escribió: “La religiosidad del sabio se apoya en el asombro ante la armonía de las leyes que rigen la Naturaleza, en la que se manifiesta una racionalidad tal que, en contraposición con ella, toda estructura del pensamiento humano se convierte en insignificante destello. Este sentimiento es la razón principal de su vida, y puede elevarlo por encima de la servidumbre a los deseos egoístas”.

No volamos sin rumbo, hacia la Nada. No hay tal. Dios habita en la raíz misma de nuestro ser, es nuestra meta, nuestro destino final, y desea hacernos partícipes de su felicidad eterna. Nos ha dado a su Hijo, salido de nuestra tierra y de nuestra raza, igual a nosotros en lo humano, infinitamente superior en lo divino. Guiados por él podemos aprobar este “curso” de preparación y purificación, que llamamos vida temporal. De lo contrario, lo desaprobamos y nuestra suerte será la muerte irrevocable, la muerte eterna.

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