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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for julio, 2011

IBM Once – Treinta

Posted by Pocho On julio - 23 - 2011

Por: Julio César Londoño

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Excelente columna del Dr. Londoño. Para todos aquellos, que en los años ochenta hicimos parte de la facultad de ingenieras de Univalle; jamas nos olvidaremos  de la IBM Once – Treinta, y del Burroughs. Pocho

Yo tuve mi primer computador cuando los terrícolas todavía andaban en Olivetti y hacían sus operaciones con regla de cálculo.

Reconozco que la regla es el ingenio más hermosamente simple y agudo de la historia de la civilización. Ante ella, el computador resulta aparatoso, así como una cámara oscura artesanal es más bella que los más sofisticados engendros digitales, sí, pero hoy el tema es mi primer computador. Para ser justos, hay que decir que nunca lo toqué, ni siquiera lo vi, quizá por esto nuestra relación fue inolvidable. Era una IBM Once-Treinta, pero los estudiantes la llamábamos la Once-Treinta a secas. Alguien oyó decir una vez que era como un armario de aluminio azul.

Era ubicua, claro, pero para efectos prácticos digamos que su cuerpo moraba en lo alto de la Torre de Ingenierías de la Universidad del Valle (Circa 1974). Los mortales no podíamos tocarla como pasa ahora con sus impúdicas descendientes y sus alcahuetas, el mouse, el clic, el dedo, el touch screen, la voz. Tampoco podía uno hablarle de manera directa. Ni siquiera en el prestigioso y dúctil inglés. Para dirigirse a ella había que estudiar previamente algún lenguaje de máquinas. Mínimo Fortran Cuatro. Era una lengua con signos oscuros pero con una sintaxis precisa porque las máquinas, se sabe, detestan la ambigüedad. Son criaturas serias. Por eso el Fortran no era una lengua para andar improvisando: primero se hacía un borrador, un mapa mental, un algoritmo gráfico, un dibujo de los pasos a seguir. Este dibujo se llamaba diagrama de flujo y estaba compuesto por rectángulos y rombos conectados por líneas rectas. En los rombos podía haber preguntas muy simples. ¿k = 7?

Una vez dibujado el diagrama, y sólo entonces, podía uno traducirlo a Fortran Cuatro. Esto se hacía, atérrese usted, a mano en unas hojas grandes de renglones verdes y blancos. Luego uno llevaba su hoja verde y blanca y signos oscuros a la Torre de Ingeniería, hacía antesala en el primer piso y al cabo de una larga espera podía subir al segundo piso y entregarle la hoja a una señora, que nos daba a cambio un recibo y una cita. Pero no crea que todo esto era cosa burocrática, no, es que la Once-Treinta no podía leer manuscritos ni porque vinieran en el solemne y austero Fortran Cuatro. ¡Faltaba más! Por esto es que la señora del segundo piso tomaba nuestros garabatos y los llevaba al tercero, donde otra señora los ponía, por fin, en la Lengua: tarjetas perforadas. Eran unos cartones apaisados de 18 centímetros de ancho por 8 de alto, con un chaflán en la esquina superior izquierda, filas de monótonos unos, filas de monótonos doses… y unas perforaciones diminutas y rectangulares. Hueco, no hueco, hueco, hueco… y así. Los caminos de las divinidades son inescrutables. También el chaflán.

Un programa sencillo requería por lo menos cincuenta tarjetas. Estas barajas eran aseguradas con bandas de caucho y transportadas al quinto piso, la inimaginable morada de la Once-Treinta, concretamente a una sala climatizada en la que no podía haber una mota de polvo (nunca supimos qué había en el cuarto piso).

Ella leía la baraja en fracciones de segundo, guardaba silencio un ratico y finalmente expelía un impreso en medio de unos chirridos incomprensibles, fonemas de bestia sagrada. x1 = – 4, x2 = 3, digamos. Este impreso era el contacto más cercano de los fieles con ella.

Si me hubieran dicho en 1974 que los computadores serían un día del tamaño de una cajetilla de cigarrillos y que todos los niños cargarían uno en el bolsillo de atrás, no lo habría creído. Es más, todavía no lo creo. Sé que todo es un sueño, que en cualquier momento me despertaré en un mundo lento donde todos andan en Olivetti y calculan con reglas.

Personalidad vendedora

Posted by Pocho On julio - 22 - 2011

Fuente: www.finanzaspersonales.com.co

La mayoría de vendedores exitosos hacen su trabajo de manera natural. Un estudio indica que los rasgos clave de la personalidad influyen directamente en el estilo de mejor desempeño de venta y en última instancia, su éxito. ¿Cuáles son esos atributos?

No todos los vendedores tienen éxito. Teniendo en cuenta las herramientas de ventas en si mismas, el nivel de educación, y la propensión a trabajar, ¿por qué algunos vendedores logran el éxito, donde otros fracasan? ¿Es uno más adecuado para vender el producto a causa de sus antecedentes? ¿Es uno más encantador o simplemente suerte? La evidencia sugiere que las personalidades de estos vendedores, juega un papel crítico en la determinación de su éxito.

El profesor de la Escuela de Negocios Marshall USC, Steve W. Martin, midió por medio de test de personalidad los cinco principales rasgos de los mejores vendedores de algunas de las compañías más importantes del mundo.

Las pruebas de personalidad las contestaron 1.000 vendedores que las fueron contestando en distintos talleres de ventas que realiza el autor del estudio. Al mismo tiempo, las respuestas se categorizaron de acuerdo con las ventas de cada uno y se dividieron en los de mejor desempeño, rendimiento medio y rendimiento por debajo del promedio.

Estos resultados fueron comparados y arrojaron la conclusión de que los rasgos claves de la personalidad de un vendedor, influyen directamente en el estilo de mejor desempeño de venta y en última instancia, su éxito. Estos fueron los que encontró Martin para los mejores vendedores:

1. Modestia. Contrario a los estereotipos convencionales de vendedores exitosos agresivos y egoístas, el 91% de los mejores vendedores marcó altas puntuaciones de modestia y humildad. Además, los resultados sugieren que los vendedores ostentosos, terminan alejando los clientes.

Los mejores vendedores en vez de hacer de ellos el centro de atención y de decisión de compra, ponen en una posición más importante a todo el equipo de la organización para ganar puntos con sus clientes.

2. Conciencia. El 85% de los mejores vendedores tenían altos niveles de conciencia, que se describe como tener un fuerte sentido de responsabilidad y honestidad. Estos vendedores se toman su trabajo muy en serio y se sienten profundamente responsable de los resultados.

En este sentido, los vendedores toman las riendas del ciclo del proceso de venta y la tienen bajo control. Los que no lo hacen, terminan trabajando bajo la dirección del cliente o del competidor.

3. Control y orientación. El 84% de los vendedores de mejor desempeño están obsesionados con la consecución de metas y medir continuamente su desempeño en comparación con sus objetivos.

4. Curiosidad. La curiosidad puede ser descrita como el hambre de una persona por conocimientos e información. El 82% de los mejores vendedores mantiene los niveles de curiosidad muy alta. Los mejores vendedores son naturalmente más curiosos que sus colegas de menor rendimiento.

Un alto nivel de curiosidad se correlaciona con una presencia activa durante la conversación con el cliente e impulsa al vendedor a realizar todo tipo de preguntas a los clientes, con el fin de reducir las brechas de información. Los mejores vendedores quieren saber si pueden ganar el negocio tan pronto como sea posible.

5. La falta de sociabilidad. Una de las diferencias más sorprendentes entre los mejores vendedores y los que se ubican en la parte inferior es su nivel de sociabilidad (preferencia por estar con la gente y amistad). En general, los que más venden son 30% menos sociables que los de rendimiento por debajo del promedio.

Los resultados del estudio indican que los vendedores excesivamente amables tienen dificultad para establecer el dominio sobre la venta y no logran que el cliente obedezca voluntariamente las recomendaciones del vendedor.

6. La falta de desaliento. Menos del 10% de los mejores vendedores fue clasificado con alto nivel de desaliento y abrumados por la tristeza. Por el contrario, el 90% revelaron que experimentan tristeza de manera ocasional o poco frecuente.

Un alto porcentaje de los mejores vendedores, se destacó en algún deporte durante su paso por el colegio. Según el autor del estudio, parece haber una correlación entre el deporte y el éxito de ventas, pues son capaces de manejar las decepciones emocionales, recuperarse de las pérdidas, y prepararse mentalmente para en una próxima oportunidad entrar a competir.

7. Falta de autoconciencia. La autoconciencia se define como la facilidad de sentirse avergonzado. El subproducto de un alto nivel de conciencia de sí mismo es la timidez y la inhibición. Menos del 5% de los vendedores de mejor desempeño presenta altos niveles de autoconciencia.

Por esto, los mejores vendedores luchan constantemente por la causa y no tienen miedo de negociar con sus clientes.

Aguardiente

Posted by Pocho On julio - 21 - 2011

Por: Elkin Obregón

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

No conozco muchos textos literarios que hablen del aguardiente. Tal vez, entre nosotros los paisas, el más celebrado son las décimas que le envió Diego Calle Restrepo a un amigo, desde Estados Unidos, pidiéndole que le enviara una botella de su añorado licor. Comienzan así:

“Mi querido amigo Luis:
hace seis meses cumplidos
que aquí en Estados Unidos
suspiro por un anís;
porque en este gran país
por espantosa ironía
cualquier cosa se hallaría
que la fantasía invente,
pero un trago de aguardiente
¡nunca se conseguiría!”

Sucede y sucedió que muchos de nuestros escritores aguardienteros llevan o llevaron a la práctica, y no a sus páginas, el gusto por el impoluto. Yo, que no soy escritor, me veo ahora ante el mismo problema. Durante 40 años he sido más o menos fiel a ese producto, sin preocuparme al respecto de nada distinto a empinar el codo, y ahora se me pide que escriba 8.000 caracteres que describan, exalten o cuenten algo sobre el asunto.

Me declaro incapacitado. No dispongo de teorías, ni tampoco de anécdotas. Nunca, valga el ejemplo, he empezado el día con un trago de aguardiente, como hacen muchos adictos, y hacían también algunos campesinos antioqueños, que empezaban su faena diaria con una copa de tapetusa. Aunque la mayoría bebían a esa hora los llamados “tragos”, un tazón de aguapanela enriquecido con algo de guaro o de ron. Un amigo mío, ya fallecido, se tomaba un aguardiente antes de afeitarse, para afinar el pulso. A otro amigo, dibujante de profesión, le tiembla espantosamente la mano gracias a sus muchos años de libaciones. Por paradoja, solo el aguardiente logra ponérsela en condiciones. Como no toma de día, se convirtió en un trabajador de la noche. Hay, en fin, los que ingieren esa copa matinal como remedio o prevención contra la artritis.

Pero lo normal, por supuesto, es empezar a libar cuando cae la tarde. O un poco antes. Dice la leyenda (o la historia) que los empleados públicos bogotanos se inventaron un eufemismo, “las onces”,como frase clave y secreta para darse una escapada al bar de la esquina; once letras, claro está, tiene la palabra aguardiente. Con el tiempo, la fórmula perdió su acepción pecaminosa y hoy las onces bogotanas equivalen al “algo” de los antioqueños. O, más globalmente, al té de los ingleses.

Amigo inseparable de tantos colombianos, vertido en muchos modelos y fórmulas regionales, todos válidos y deleitosos, el aguardiente carece de prosapia. No brinda, que se sepa, efectos afrodisíacos ni de otra clase, y los que lo usufructuamos ni siquiera sabemos del todo si sabe bien. Saben bien, tienen aroma y buqué los tragos de los blancos. El aguardiente entra bien, y eso nos basta. Quienes lo oficiamos somos gente mísera de tropa, y los que no lo son, como ya se dijo, no lo mencionan. No da estatus, ni siquiera literario. El bohemio que brinda por su madre el 31 de diciembre alza una copa de vino, y el personaje de ‘Guayabo negro’, la obra maestra de Efe Gómez, se emborrachó con brandy.

***

Dice el María Moliner sobre el aguardiente: “Bebida fuertemente alcohólica obtenida por destilación del vino”. Más adelante concede otra acepción: “Aguardiente de caña: El obtenido directamente de la destilación de la melaza de la caña de azúcar”. No nos nombra doña María, pero sí lo hace Michael Jackson (no ese Michael Jackson, sino el autor de Guía internacional del bar): “… En América Latina, especialmente en Ecuador y Colombia, puede referirse (el término) a un aguardiente áspero de caña, aromatizado con anís”. Nada aporta a lo que todos sabemos, pero nos ubica: es el nuestro, bien claro está.

Hecho de caña gorobeta y anís, con diversas variantes y nombres en la producción de cada departamento, siempre bajo el férreo patrocinio del Estado, que no permite demasiadas variantes gustativas. Aun así, las hay. No saben igual el Néctar de Cundinamarca, el Platino del Chocó, el Cristal de Caldas, el Ónix Sello Negro de Boyacá, el Blanco del Valle, el Taparroja del Tolima. Pero, en el fondo, todos son uno.

Lo curioso es que este producto desaparece en el sur. No lo hay en Ecuador, con perdón de Michael Jackson, porque el que allá se consume recuerda más ciertos tragos españoles, como el famoso Anís del Mono. Perú y Chile son, en ese sentido, territorios del pisco, que se hace de uva. Según los entendidos, su sabor difiere en los dos países. Es mejor, dicen algunos, el de Chile, pero ni peruanos ni chilenos suelen beberlo puro, sino convertido en pisco sour, un coctel rico en zumo de limón, yerbas aromáticas, una pizca de bitter y hielo. Siguen muchas hectáreas vinícolas, que incluyen el Brasil gaúcho.

En ese país vuelve a aparecer el aguardiente, bajo el nombre de cachaza o pinga. Pero la cachaza, de libre fabricación, ofrece por lo tanto muchas opciones. Algunas son de temer, y hasta las mejores son algo crudas para el actual paladar colombiano; recuerdan de algún modo a nuestra ilegal tapetusa (también, como el tequila, una destilación del fique), muy confiable y sabrosa, valga el ejemplo,cuando provenía de Guarne y otros secretos alambiques del oriente antioqueño. O de Medellín.

Hay jugosas historias sobre la fabricación y el contrabando de la tapetusa. El mismísimo Pelón Santamarta, nuestro bambuquero estrella, cultivaba en su barrio de Guanteros ese oficio clandestino, y ante la inminente amenaza de cárcel se autodesterró. Gracias a ello recaló en México, sembró allá la semilla del bambuco, fue soldado de la Revolución, conoció a Barba-Jacob y al poeta guatemalteco Rafael Arévalo Martínez. Arévalo escribió de él una semblanza titulada

El hombre que parecía un perro, en la que lo pinta, tomando tequila y cantando sus endechas quejumbrosas, bajo la sombra tutelar del Señor de Aretal. Por cierto, el Señor de Aretal, o sea Barba, dijo de los cantos de Pelón que tenían “una excelencia de flor que se mustia, de miel que se acendra”. No conozco más precisa y preciosa definición de los viejos bambucos y pasillos, ya perdidos para siempre. Pero ese es otro cantar.

Volviendo al aguardiente antioqueño, debe decirse que ha cambiado a lo largo de los tiempos. Antes tenía más anís y era más peligroso. Su porcentaje de alcohol llegó a ser de 45%, cosa brava, pero hoy se limita a un 29%, cuota que permite a un bebedor no compulsivo ingerir diariamente una media sin mucho temor a los estragos del guayabo. Muchos lo siguen tomando a la usanza antigua, de beberse de un solo trago la copa entera. Otros hemos optado por consumirlo a sorbos, costumbre heredada, tal vez, de los gringos que por aquí llegan, y así lo toman. Acaso lo estamos irrespetando, pero el resultado es el mismo.

El aguardiente sirve para muchas cosas. Como cualquier licor, propicia riñas, disputas, hace aflorar odios, confesiones antes no dichas, agresiones, incluso suicidios. Pero sigue sirviendo ante todo para conversar, para acompañar las noches de amistad en tiendas, graneros, bares y casas, sin que esa costumbre, a veces diaria, nos permita presumir de nada, ni resulte demasiado onerosa. En los viejos cafés de Medellín las meseras te llevaban, con las copas (dobles) de aguardiente, pasantes suculentos: platillos con camarones, piña, aceitunas, naranjas, uvas, cocos, tajadas de mango biche. Algunos llaman a esos pasantes tapas criollas, en alusión a las españolas. Pero estas hay que ordenarlas, y las otras llegaban con el pedido. Hacían parte del rito, como los boleros del piano.

Por fin, la mención obligada a un coctel que no registran las guías: el submarino. En un vaso de cerveza se deja caer una copa llena de aguardiente. La copa permanecerá hasta el fin en el fondo del vaso. El compuesto, que va brindando curiosas tonalidades, se bebe lentamente. Es óptimo para desenguayabar, y no conviene su abuso.

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