Carlosprieto.net

"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for junio, 2011

Eligiendo morir

Posted by Pocho On junio - 23 - 2011

Por: María Elvira Bonilla

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

En la clinica Suiza DIGNITAS se ayuda no a vivir, sino a morir. En 12 años lo han hecho con más de 1.000 personas

Aunque parezca un contrasentido, lo cierto es que irse bien de este mundo es tan importante como tener una buena vida. Así lo entendía Carlos Gaviria, cuando como magistrado de la Corte Constitucional logró que se aprobara el derecho a morir dignamente con la Sentencia C-239, del 20 de Mayo de 1997 en la que pedía “en el tiempo más breve posible y conforme a los principios constitucionales y a elementales condiciones de humanidad, regule el tema de la muerte digna”.  Han pasado 15 años y aún no se consigue la reglamentación de este mandato.

Esta semana la cadena británica BBC irrumpió con sus cámaras a la clínica Dignitas. Emitió un reportaje titulado “Eligiendo morir”, en el que se narra el suicidio asistido de Peter Medley, un hotelero británico multimillonario de 71 años, quien sufría de una dolencia neuronal motora, y quería poner fin a sus días. La historia comienza cuando Medley abandona su domicilio en el Reino Unido rumbo a Suiza y declara: “mi estado se ha deteriorado hasta el punto de que necesito marcharme bastante pronto”. Termina con imágenes del empresario tomando una dosis letal de barbitúricos, cuando la respiración empieza a fallar y llama a su esposa para que le tome la mano.

La polémica trasmisión abrió la compuerta para que muchas personas empezaran a dar testimonios radiales de la manera como, con el apoyo de médicos amigos, han cumplido la voluntad de sus seres queridos frente a dolencias terminales, irremediables. Discretamente médicos con convicciones éticas, respetuosos de la voluntad de sus pacientes, en la privacidad de los hogares alivian con medicamentos sedativos la situación calamitosa de enfermos para que puedan irse tranquilamente.

Pero este no debía ser un tema tabú. Amerita una reflexión pública. Es el derecho a morir dignamente, que evitaría situaciones tan inauditas como la del expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Jaime Arrubla, quien lleva más de 20 años atrapado en un dilema moral, con su esposa Consuelo en estado vegetativo a raíz de un accidente de carro que le ocasionó un daño cerebral severo, postrada en una cama sin esperanza de recuperación alguna. Por cuenta de la legislación actual, obstinada en no acoger la sentencia constitucional del magistrado Gaviria, el jurista y sus hijos han tenido que someterse al dolor cotidiano de presenciar el deterioro físico de un ser querido que permanece en coma profundo, como lo cuenta él mismo en el artículo “La batalla íntima de Jaime Arrubla”, en la revista digital  www.kienyke.com. Situaciones similares ocurren en las clínicas del país. Interrumpir el sufrimiento podría acarrearle, a quien lo haga, años de cárcel.

Este Congreso, tan acucioso en el trámite de leyes progresistas en lo social, tendría la oportunidad de serlo también en leyes como la del derecho a morir con dignidad, que intervienen en el sagrado ámbito de las  libertades individuales. El descanso de muchos sería mayúsculo.

La nave de los locos

Posted by Pocho On junio - 23 - 2011

Por: Juan Esteban Constaín

Fuente: El Tiempo – Bogotá, Colombia

Napoleón tuvo los síntomas alarmantes del síndrome de Santa Helena: forma de locura que solo les da a los poderosos, sobre todo a los que se quedan sin el poder.

Entre 1803 y 1805, el señor Napoleón Bonaparte hizo algunas cosas importantes en su vida, al parecer. Se coronó él mismo Emperador de los franceses, por ejemplo, luego de conquistar todo el norte de Italia y luego de someter al pobre papa Pío VII, en París, a unas conversaciones voraces que podían empezar a las 3 de la tarde y terminar a la misma hora del siguiente día, según una nota del Times de Londres del 11 de diciembre de 1804.

Pero la obsesión verdadera del señor Bonaparte era dominar a Inglaterra, y para eso, en 1805, hizo un plan casi perfecto: mandó una flota que debía distraer a los ingleses en el Atlántico, y mientras puso a todo su ejército al frente de la Isla, esperando a que llegaran por mar, al estrecho de Calais, los refuerzos españoles que eran sus aliados. Todo lo medía -el viento, el frío, el cielo- y luego caminaba con las manos hacia atrás, enfundado en un abrigo verde que le había regalado su mamá.

Allí, frente a su presa que luego se le escurriría de las manos, Napoleón recordó la visita del inventor Robert Fulton, quien tres años antes le había propuesto dos juguetes descabellados para triunfar en su empeño de maldecir a los ingleses: un submarino de hélice llamado el Nautilius, y un globo aerostático de lino e hidrógeno para una invasión aérea. “Eh, no sé”, dijo al parecer Bonaparte.

O no: dijo algo mejor, porque a su lado estaba Marie Sophie Blanchard, una de las primeras aeronautas de la historia y quien pasaba su vida entre los globos, porque en la tierra les tenía franco terror a las ratas y a los hombres. Era ella quien le rogaba a Bonaparte hacer el desembarco por debajo y por arriba -las aguas quietas, despejadas-, hasta que el Emperador no pudo más y se la quitó de encima con una sonrisa y una frase lapidaria: “Querida: no puedo perder mi tiempo con esas cosas del futuro”.

Luego, encarcelado en Santa Helena, una isla volcánica en medio de la nada (en medio del Atlántico en el sur, pero tan lejos que allí hasta el viento se pierde; un peñasco en manos de los buitres y las abejas), en el exilio y el olvido, Napoleón volvería a recordar esos inventos precoces. Y siempre sonreía cuando pensaba en el futuro; cuando se acordaba del futuro. Pero a veces hay que agradecerle a Dios que ciertos juguetes no hubieran funcionado sino mucho después, cuando tocaba, porque las cosas habrían podido ser muchísimo peores.

Allá en Santa Helena también tuvo Napoleón los síntomas más alarmantes del (precisamente) síndrome de Santa Helena: esa forma de locura que solo les da a los poderosos -como si el poder no fuera ya una forma de la locura-, sobre todo a los que se quedan sin el poder. Entonces empiezan los delirios y las paranoias, y una ilusión absurda que consiste en creer que nada ha cambiado, que el mundo todavía es suyo. En medio de la nada, Napoleón firmaba decretos y se hacía llamar Emperador.

Como el dictador portugués Oliveira Salazar, que en su demencia senil, retirado y en piyama, firmaba miles de páginas en blanco pensando que eran sentencias de muerte. Sus sirvientes le decían Excelencia.

Y eso por no hablar de la locura del poder en ejercicio. Hace poco vi la foto de un varias veces centenario Fidel Castro, al lado de Hugo Chávez. Ambos en sudadera (la de Chávez era una bandera de Venezuela), admirados por esa joven promesa de la Revolución que es Raúl Castro. No supe, lo juro, si estaban en un hospital o en un manicomio.

Ya lo decía Céline: felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula. Felices quienes no vieron a Napoleón usar globos y submarinos y aviones, y sobre todo, felices quienes no lo vieron abrir una cuenta en Twitter.

Lecciones del fútbol

Posted by Pocho On junio - 22 - 2011

Por: Juan Gabriel Vásquez

Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

Llevo ya cuatro años escribiendo semanalmente esta columna, y sólo hace unos días me di cuenta, o se dio cuenta un lector y me lo dijo, de que nunca he escrito sobre fútbol, a pesar de que el fútbol ocupa una parte nada despreciable de mis preocupaciones semanales.

Durante el Mundial pasado escribí un artículo extenso para este periódico y tres cosas más breves para una revista norteamericana, pero mi columna nunca se ha metido con el tema. Incluso el narrador de una de mis novelas evoca el asesinato de Andrés Escobar, uno de los momentos que más me han entristecido o enfurecido sin tocarme de manera directa (y cualquiera apreciará que Colombia no es un país donde falten esos momentos). Pero en las columnas, el espacio quizá más personal, donde uno no se esconde detrás de narradores ni otras máscaras, no he escrito nada. Al mencionado lector le pareció curioso, y ha logrado que también a mí me lo parezca.

Pues soy de los que sostienen, sin ninguna intención poética ni búsqueda de legitimación intelectual, que el fútbol dice mucho acerca de la vida, y no nos vendría nada mal escuchar algunas de sus sentencias. Siempre he tenido por cierta la mil veces repetida frase de Camus, y estoy convencido de que el gran hombre no estaba posando ni haciendo demagogia al decirla: “Cuanto sé de importancia acerca de la moral humana lo aprendí en el fútbol”. Todos los días el mundo del fútbol nos lanza oblicuas lecciones de vida. Hace poco, mientras el patán de José Mourinho achacaba las victorias del Barcelona a una confabulación de los árbitros, la UEFA y Unicef, se me vinieron a la cabeza incontables situaciones de la vida extrafutbolística en que los hombres preferimos la Teoría de la Conspiración a la aceptación resignada de que otros tienen más talento, o más suerte, o trabajan más duro. Y en estos días, leyendo una columna vieja de Javier Marías sobre los hinchas en los estadios, algo parecido me sucedió. “Se atreven a insultar y humillar en tanto que masa, confundidos con otros de su misma especie, jaleándose y envalentonándose mutuamente”, escribe Marías. “Se sienten impunes porque en esos lugares es casi imposible que sean individualizados”. Con el perdón de los foristas más decentes (pero no sé por qué me disculpo, si seguramente compartirán mi opinión), la descripción de Marías se acerca preocupantemente a lo que yo veía en los foros de los medios colombianos. Lo que yo veía, digo, porque hace meses dejé de leerlos.

El otro día le dije a un periodista que entre mis modelos literarios estaba Pep Guardiola, y el periodista soltó una risotada y tardó un momento en entender que le hablaba perfectamente en serio. Lo sigo pensando: en un mundo donde la maledicencia y el resentimiento son pan de todos los días, y donde la calumnia y la mentira barata van impunes, y donde hay periodistas que mienten y calumnian en Facebook, por decir algo, pero no se atreven a repetir sus calumnias ni sus mentiras en los medios convencionales, a mí me ha fascinado ver a Guardiola, la serenidad zen con que sigue haciendo su trabajo, la solidez mental con que se desentiende de las sucias estrategias de sus enemigos. Y claro, eso los irrita más: nada irrita tanto a un camorrero como el silencio desdeñoso de su supuesta víctima. Esto también se aprende en el fútbol.

VIDEO DE LA SEMANA

Música recomendada

Escuchar Pocho.fm

Twitter