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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Laberinto de la inteligencia

Posted by Pocho On mayo - 11 - 2011

Por: Hans Magnus Enzesberger

Fuente: www.elmalpensante.com

¿Se puede medir la inteligencia? El sentido común afirma que sí, y en cualquier conversación la gente es calificada de inteligente o de estúpida, pero una mirada más perspicaz le encuentra mil bemoles a la popular idea.

Es probable que toda sociedad humana reflexione sobre aquellos atributos que considera deseables, aunque la cotización de esas virtudes varíe. La modernidad ha valorado sobremanera la fidelidad, la valentía, la sabiduría, la humildad y la caballerosidad, aunque más bien le correspondan como virtudes cardinales la flexibilidad, el sentido de equipo y la capacidad de imponerse. Pero una cosa es segura: quien quiera ser valorado por sus contemporáneos debe ser por fuerza inteligente.

Lo extraño es que nadie sabe exactamente qué es la inteligencia. Naturalmente que desde siempre se ha tratado de ponerle esposas a ese inútil concepto sirviéndose de una robusta definición, aun cuando, como sabemos, de lo que en realidad se trata es de un recurso eficaz para sabotear toda discusión. En un abrir y cerrar de ojos, la controversia sobre la materia se convierte en una controversia sobre las palabras. “No te pongas así —se le replicará al aguafiestas—, todos sabemos a qué te refieres”. O: “Las definiciones son estériles”. Eso nos recuerda la famosa sentencia de san Agustín, quien, a la pregunta por la definición del tiempo, respondió: “Cuando nadie me lo pregunta, lo sé; pero cuando debo explicárselo a alguien, no”.

Pues bien, aunque el análisis lexicológico exija un poco de paciencia, inútil no es. Y es que la historia de ese concepto nos tiene preparadas múltiples sorpresas. Cuanto más nos concentramos en esa palabra, más extraño es lo que vemos al volver los ojos hacia el pasado. Se sabe que la palabra “I” proviene del latín, pero los romanos la tradujeron del griego, como muchos de sus términos, ya que los griegos pueden considerarse como los verdaderos inventores de la inteligencia.

Entre los griegos, nóos o noûs se usaba para referirse a prácticamente todo lo que pudiera encontrarse dentro de nuestras cabezas. “Sentido, meditación, fuerza del pensamiento, entendimiento, razón, espíritu, reflexión, discernimiento, sensatez, genio, ánimo, corazón, forma de pensar, forma de sentir, sentimientos, pensamientos, opinión, deseo, voluntad, intención, plan, voluntad de Dios, decisión, sentido, significado, objetivo, propósito”. Por lo menos eso es lo que dice mi diccionario de griego.

También la intelligentia latina tiene sus recovecos. Rebasando el campo semántico griego, ese vocablo puede significar asimismo comprensión, pericia, entendimiento artístico e, incluso, gusto. Su carrera posterior es rica en virajes admirables. En la Edad Media, los teólogos le otorgaron un sentido sumamente sublime. Los doctores de la Iglesia veían en ella no solamente un mero atributo de Dios, sino que consideraban al propio Dios como la intelligentia suprema. (Un débil eco de esa concepción es la doctrina del diseño inteligente, la cual es contrapuesta en nuestros días a la teoría de la evolución, especialmente por los cristianos americanos).

Desde el uso que los sabios le daban, la palabra emigró poco a poco hacia la lengua popular. En el occidente de Europa, su sentido filosófico pronto se vio infiltrado por significados más profanos, lo cual dio frutos especialmente curiosos en Inglaterra y Francia. En estos países, ya durante el siglo XVII, el término intelligence se refería no sólo a una capacidad o a la persona que la poseía sino, primeramente, a un “acuerdo secreto”, y después, también, simple y llanamente, a un comunicado o una noticia. Ese uso lingüístico sigue prevaleciendo hasta nuestros días en inglés. De esa forma se explica el nombre que la Central Intelligence Agency, vulgo CIA, se ha atribuido, un organismo que, como se sabe, pocas veces ha sobresalido por su gran entendimiento.

En su calidad de inmigrante occidental, la palabra “I” se asentó con retraso considerable en el idioma alemán. La primera constancia aparece en 1801, en el Diccionario de la lengua alemana de Campes.

Se requirió mucho más tiempo para que la inteligencia se convirtiera en objeto de investigación científica. Una nueva ciencia, la psicología, a la zaga de la filosofía y la teología, se apropió de ella. Desde que en1879 Wilhelm Wundt fundara en Leipzig el primer instituto dedicado a tal tipo de estudios, los psicólogos ostentan la supremacía en la exégesis sobre lo que debe entenderse por inteligencia. En su significado consagrado por el uso, se trata entonces de un invento del cual la humanidad debió prescindir durante varios siglos.

La diligencia conceptual de los psicólogos tampoco dejó intacta a la sociología, la cual consiguió abrirle una nueva dimensión a la palabra “I”. Y así, un estrato social que quizás anteriormente se hubiera denominado trabajadores mentales se llama desde entonces, asimismo,Intelligenz. En este caso, la denominación tiene que ver claramente con una importación de Rusia, un país en el que, como se sabe, desde mediados del siglos xix florece la intelligentsia.

Con ello, nuestro moderno contenedor conceptual tiene la ventaja de ser extremadamente espacioso y poder albergar a una gran variedad de especies. Si todavía hubiera alguien que seriamente creyera que la inteligencia es simplemente la inteligencia, se equivoca. Los expertos no han escatimado ningún esfuerzo en tratar de poner un poco de orden en la confusión que reina en nuestras cabezas. Fieles a su naturaleza, distinguen minuciosamente entre inteligencia biológica y psicométrica, motriz y racional, analítica y creativa, lingüística y visual, espacial y lógico-matemática, quinésica y musical, pragmática y mecánica, interpersonal e intrapersonal, cristalina y fluida, funcional y manipuladora, y ni siquiera son todos los tipos que corresponde meter en el mismo saco. Pero quien se ha llevado la palma es un psicólogo americano llamado J. P. Guilford, quien en su obra La naturaleza de la inteligencia humana llegó a contar ni más ni menos que ciento veinte tipos. Y tampoco su lista está completa, ya que continuamente se descubren nuevas especies. Durante las últimas décadas, la inteligencia social y la inteligencia emocional han mostrado ser sumamente útiles, mientras que la inteligencia directiva y la inteligencia del éxito gozan de poco prestigio académico y, hasta ahora, florecen tan sólo en manuales para altos directivos.

Quizás en lugar de deambular por el laberinto de los especialistas deberíamos buscar la solución en otra fuente que sea accesible a todos. Me refiero a la lengua, en cuyo tesoro de palabras se encuentran depositadas las experiencias de largos períodos. Lamentablemente, tal empeño no puede servirse de los métodos científicos.

Dejemos, pues, que sea la gente quien nos muestre su lengua y, abriendo un resquicio en el contenedor de la inteligencia, dejemos en libertad a los encerrados.

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