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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for marzo, 2011

La curiosa forma del pene

Posted by pocho On marzo - 31 - 2011

Por: Klaus Ziegler

Fuente: El Espectador

Entre las muchas extravagancias del Creador hay una que llama la atención de los –etólogos: de todos los primates, el hombre es quien posee el pene más largo y el más grueso.

El órgano eréctil del gorila, el mayor de los primates del mundo, si mucho alcanza cuatro centímetros, mientras que el orangután supera a su primo por apenas un centímetro. El chimpancé, nuestro pariente más cercano, ocupa el segundo lugar, con un pene que dobla en tamaño al del gran simio, pero que no llega ni a la mitad del falo conferido por el Gran Arquitecto a su creación suprema, un formidable instrumento que alcanza a medir veinte centímetros de largo y cinco de diámetro.

Ese capricho aparente de la madre naturaleza, como cualquier otra peculiaridad del mundo vivo, adquiere perfecta lógica cuando se analiza desde la perspectiva evolutiva. Biólogos como Robert Trivers han observado que la longitud del pene es una de las muchas características adaptativas que aparecen como respuesta a lo que se conoce en evolución como “guerra espermática”: la lucha para que el esperma depositado por el individuo sea el que finalmente fecunde el óvulo.

Aumentar longitud significa, en este caso, acortar distancias y reducir obstáculos para alcanzar la meta. Pero el pene no es solo un caño para inyectar semen. Es además una sofisticada herramienta que sirve para remover el esperma de cualquier adversario. En algunas especies de tiburones, el pene se asemeja a una escopeta de doble cañón que eyecta agua a presión por uno de sus conductos con el fin de eliminar el semen rival para luego disparar su carga espermática por el otro. En los primates, incluido el hombre, el pene ha sido cuidadosamente diseñado para servir de bomba de succión como la utilizada por los plomeros para destapar sanitarios. Su curiosa forma de pistón, con un glande bulboso y esponjado, garantiza una ventosa capaz de aprovechar el rítmico movimiento de la cópula para succionar eyaculaciones foráneas.

Es razonable pensar que la selección natural haya privilegiado todo cambio encaminado a facilitar la fecundación. Pero, contrario a lo que dicta el sentido común, en este caso la verdad parece ser lo opuesto: aunque conviene a la hembra que sus óvulos sean fecundados, no es adaptativo que el fecundador sea “cualquier aparecido”, y resulta poco recomendable entregar los preciosos huevos al “primer postor”.

Los mecanismos de la selección sexual y la fecundación parecen descansar en el maquiavélico principio de que lo importante no es ganar, sino que los otros pierdan. La feroz lucha por las hembras, la batalla última por la reproducción, ocurre en varios frentes. Invisibles a nuestros ojos, los frenéticos espermatozoides deben adentrase en territorio enemigo y enfrentar una travesía no apta para flojos. Los obstinados guerreros comienzan su tortuoso recorrido en un medio hostil, ácido, diseñado para acabar con los invasores. El moco cervical diezma los ejércitos, paraliza a unos y aniquila a otros. Tras la heróica jornada, un puñado de sobrevivientes alcanza la inexpugnable fortaleza del óvulo solo para toparse con un último escollo: perforar su membrana; de un ejercito de más de 50 millones solo uno lo logra.

Como respuesta a los incontables tropiezos que implica la fecundación, y a la tenaz lucha espermática, la respuesta evolutiva ha sido, no solo falos más grandes, sino también mayores testículos. Mientras más infiel la hembra, mayor cantidad de semen deberán producir los promiscuos machos si ambicionan derrotar a sus rivales en la fiera batalla de los espermas. Por ello el tamaño de los testículos es una confirmación de la poligamia de la especie y un testimonio de la infidelidad de sus hembras durante milenios.

El gorila dominante de espalda plateada, el alfa del grupo, el amo indiscutible del harén, no necesita un órgano sofisticado: para disuadir a cualquier rival su tamaño corporal le basta. Por ello su pene y sus testículos son diminutos, risibles en comparación con su ostentosa masculinidad y descomunal peso. A diferencia, el pobre chimpancé macho, condenado como sus parientes humanos a la tiranía del sexo, a la feroz lucha por conquistar los favores sexuales de las lascivas hembras, que llegan a copular hasta cincuenta veces al día con una docena de machos diferentes, debe resignarse a confiar en sus enormes testículos, de más de 60 gramos.

Nuestra situación dentro del grupo de los grandes simios es intermedia. No somos los más “pelotudos”, quizá porque la promiscuidad femenina en nuestra especie no alcanza los escandalosos niveles de nuestros primos antropoides. Aunque sí resulta más que suficiente para forzar una estrategia de penes largos como arma en la lucha espermática (es falso que los grandes falos se hayan seleccionado porque produzcan mayor satisfacción sexual en las mujeres).

No sorprende que la eterna preocupación masculina por el tamaño del pene, una obsesión que debió aparecer mucho antes del invento del taparrabos, guarde estrecha relación con la eficacia reproductiva de nuestra especie. La “envidia del pene” es una realidad, pero la siente el hombre, no la mujer, otra equivocación entre muchas del señor Freud.

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Hernán Peláez Restrepo

Posted by pocho On marzo - 30 - 2011

Por: María Jimena Duzán

Fuente : Semana

Hernán Peláez cuenta los intríngulis de ‘La luciérnaga’ y las dificultades que ha tenido últimamente con la cadena en la que ha trabajado 40 años.

María Jimena Duzán: ¿Es cierto que usted tuvo una pelea con el nuevo director general de Prisa en Colombia, Adolfo Francisco Dolo, y que estaría pensando en irse de Caracol?

Hernán Peláez: Yo de pelea no estoy. Soy contratista y se lo dije al señor español: dos días antes yo le aviso que me voy o dos días antes usted me dice “se puede ir” y me voy. No soy empleado ni nada de esas vainas. Eso nos da cierta tranquilidad y cierta independencia. A él, en cambio, le dará alguna preocupación, porque el tema lo han agitado mucho en los medios.

M.J.D.: ¿Y cómo fue el altercado?

H.P.: Es que yo creo que él cometió un error. Imagínate que yo te dijera: “María Jimena, como tú ya tienes 66 años y estás pensionada, yo creo que deberías darle oportunidad a otra gente…”.

M.J.D.: ¿Eso le dijo?

H.P.: No, no me lo dijo a mí, sino que hizo una generalización de personas que estuvieran en esas circunstancias…

M.J.D.: O sea que cabían no solo usted sino otros nombres, como el de Darío Arizmendi.

H.P.: Me imagino que afectaría a Arizmendi, a Piedrahíta Pacheco, a Muñoz López, entre otros. Lo cierto es que alguien lo oyó y copió el mensaje. A los pocos días salieron varias personas jubiladas, y en la calle supusieron que las habían sacado, cuando el motivo era otro. Claro que también salieron personas no jubiladas, como Antonio Casale y Alejandro Villegas, que se fueron para RCN. A esas salidas se les sumó ese comentario inoportuno.

M.J.D.: Me cuentan que le produjo una subida de tensión que lo mandó a la clínica.

H.P.: Sí, hay personas que cuando las echan se deprimen. Pero a mí se me subió la tensión. Y le respondí: “Sí, usted tiene razón: los viejos nos podemos ir cuando nos dé la gana, no cuando usted quiera”.

M.J.D.: Pero, además, ‘La luciérnaga’ es uno de los programas más exitosos de Caracol…

H.P.: Pues sí, en sintonía y en facturación, y ese comentario no tiene justificación. Pero encima de eso, ¿qué tal que a usted le dijeran “mire, todos los que están viejos -yo lo estoy-, todos los que tengan más de sesenta años -yo tengo más de sesenta-, deberían irse”. ¡Noooo! Pero además está el tema de que esta empresa está en una situación en la que no retienen a nadie porque no tienen la intención ni la plata, que en el ‘otro lado’ sí hay.

M.J.D.: Me imagino que el ‘otro lado’ es RCN. ¿Es cierto el rumor de que se va para esa emisora?

H.P.: Mire, la historia es esta: alguien de RCN, no sé quien, sí le pidió a Gardeazábal que hiciera un perfil del grupo de La luciérnaga, porque querían saber quiénes éramos, cómo funcionábamos, cuánto ganábamos, etcétera, pero no más…

M.J.D.: ¿No más? Eso me huele a una preoferta.

H.P.: No, no ha habido más. Al único que se la han hecho es a ‘Risaloca’, quien trabaja con nosotros desde Medellín. Cuando él me contó, me fui a donde Ricardo Alarcón y le dije: “Hagamos algo para que no se nos vaya”. Eso se logró.

M.J.D.: Entonces, el grupo de ‘La luciérnaga’ sigue trabajando cohesionado en Caracol Radio…

H.P.: Por ahora, sí…

M.J.D.: Repasando su trayectoria, usted ha sido siempre un personaje indómito en Caracol. Se dio el lujo de dejar de presentar ‘La luciérnaga’ un año, en solidaridad por la salida de Artunduaga…

H.P.: Sí, es que a mí no me descubrieron ayer. Los que sabían de radio en Caracol eran los primeros dueños, don Fernando Londoño; los ‘Bavarios’ sabían hacer cerveza, y a estos nuevos lo que les importa son los números, aunque debo decir que el anterior gerente administrativo, Juan Piedra, era muy distinto. Los españoles primero se llevaron el oro y ahora se están llevando la plata…

M.J.D.: ¿Usted está con ganas de irse de Caracol?

H.P.: Yo creo que me quedo aquí. ¡Es que llevo cuarenta años, y a estas horas qué me voy a ir para RCN! Eso es como si tú estuvieras casada durante cuarenta años con el mismo y un buen día decidieras cambiar de mosaico. Nooo… Ahí sí como dicen: malo conocido que bueno por conocer.

M.J.D.: ¿Cómo es la receta de ‘La luciérnaga’?

H.P.: Es un programa que entretiene dando información de alta calidad. Para ello recurrimos a un humor mordaz e irónico a través de los personajes y a un humor blanco como el del ‘Cuentahuesos’, cuya gracia está en echar los cuentos más malos y bobos del mundo.

M.J.D.: Yo pensé que ‘La luciérnaga’ se iba a afectar con la salida de Díaz Salamanca, pero no fue así. ¿Cómo logró sobreponerse?

H.P.: Pues ahí fue cuando yo pensé en Gardeazábal. Lo llamé porque era muy irreverente.

M.J.D.: No le importó que él hubiera estado preso por el proceso 8.000.

H.P.: Para nada. Si ya lo habían clavado, ¿para qué más? Cuando él me dijo que sí, le cambiamos un poco el sentido al programa. Dejamos de ser tan imitadores y le dimos al oyente un poco más de información.

M.J.D.: ¿Cómo tienen tanta información?

H.P.: Aquí llega una cantidad de denuncias que nos ha desbordado. La última que nos pasó es increíble: nos pusieron una tutela por no haber hecho una denuncia que nos enviaron…¡Imagínese a dónde hemos llegado! Pero, además, Gardeazábal suministra una cantidad de información impresionante. La plata que él se gana en La luciérnaga se la gasta en atenciones. ¡Hace unos almuerzos! ¿Usted puede creer que hay ministros que van en avioneta y que por eso tuvieron que habilitar el aeropuerto de Tuluá? Van el procurador, los fiscales, los militares…¿Usted no ha ido?

M.J.D.: No clasifico para esos almuerzos, pero me imagino que es allí donde saca información…

H.P.: Yo creo que Gardeazábal es uno de los hombres mejor informados de Colombia y sé que maneja una agenda como de médico, por la gente influyente que le pide cita.

M.J.D.: ¿Cómo hace los libretos?

H.P.: Los construimos desde la mañana. Un libretista en Bogotá hace uno y otro lo hace desde Medellín. Solo son una guía y están basados en hechos reales. El que los interpreta puede salirse y hacer que su personaje crezca. Por ejemplo, así tenemos jodido a Roy Barreras.

M.J.D.: ¿Cómo lidia a los políticos y ministros que lo abordan para reclamarle por las imitaciones?

H.P.: Yo soy más bien asocial. Creo que voy a terminar como Danielito Samper Ospina, que no va a nada para que no lo jodan. Algunos se emberracan, pero la mayoría se extraña cuando los dejamos de sacar. Vargas Lleras me pidió una cita antes de ser ministro. Fue a decirme: hombre ustedes me dan muy duro, yo no hablo así. ¿Ah, sí , le respondí, ahora resultó que usted es de buen genio… ¡cómo no!

M.J.D.: Pero ustedes no solo friegan a los políticos, también a los colegas: a Salud Hernández, a Claudia López y hasta al mismo Néstor Morales, director de ‘Hora 20′, los tienen asoleados…

H.P.: Pero es que entre nosotros también nos damos palo… Hay un humorista argentino, Enrique Pinti, que dice que la mejor manera de reírse de otra persona es aprender a reírse de uno… Si es que mí me friegan en el programa, pero también a Gardeazábal.

M.J.D.: ‘La luciérnaga’ es un programa nacional que no se circunscribe a Bogotá…

H.P.: Yo traigo esa costumbre desde que hacía la Polémica del Deporte cuando yo entraba con 11 ciudades. Los locutores solo tenían una condición: que fueran de la región porque de esa forma tocábamos la idiosincrasia. Por eso tenemos personajes como la negrita de Buenaventura, la tolimense, la boyacense, el paisa, el santandereano…

M.J.D.: Hábleme de la música en ‘La luciérnaga’.

H.P.: Tiene su cuento, tiene que ser de la ‘muerto-teca’. Me explico: la mayoría de los compositores que yo pongo están muertos, lo cual es ventajoso porque ya no hay que pagarle derechos a Sayco. En la música busco que el oyente se identifique. Es decir que si pongo un bolero quiero que el que va en su carro se acuerde de su novia, de su moza, y se estremezca.

M.J.D.: ¿El presidente Uribe nunca los llamó ni se molestó con sus críticas ni con su humor?

H.P.: No. Nunca nos llamó. Nos mandaba razones con Gardeazábal y con Bernardo Moreno. Pero es que teníamos una táctica. A él no le dábamos, sino a sus subalternos. A Uribito, a Andrés Carriel y a Valencia Cossio. Esos eran tremendos personajes.

M.J.D.: ¿Cómo le ha ido con un yerno tan cerca del poder en este gobierno? Juan Mesa ahora es el gurú de las comunicaciones…

H.P.: Ni me molesta ni lo utilizo. De vez en cuando me dice: “Oye, que le has dado muy duro a fulano”. Y yo le digo: “¿Ahh, sí? Hombre, ni tanto”.

M.J.D.: Tengo los libretos de hoy….¿Ya los vio?

H.P.: ¿Quién se los dio? ¡Déjemelos ver! Mire, hoy van a hablar José Obdulio, Solarte, Nule, Roy Barreras, huuy, hoy le van a dar duro a Gardeazábal y a Martín de Francisco. A él lo fregamos por ese vocabulario tan especial que tiene. Por ejemplo, dice “no sea indocto” y al ministro de Defensa, que es como cura, siempre lo ponemos hablando en latín. ¿Lo mejor de esto sabe qué es? Que el imitado a veces termina hablando como nuestros personajes. Nos ha pasado.

M.J.D.: Veo que se divierte mucho.

H.P.: Es que en la medida en que entrés triste al programa te jodés, porque el oyente ahí mismo te pilla. El oyente nota cuando estás comiendo o cuando estás con gripa. Y si yo entro aplanchado, me tiro el programa. Se me acabó el tiempo: es hora de entrar al estudio.

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La Luciérnaga

Posted by pocho On marzo - 30 - 2011

Por:  Jorge Patiño

Fuente: Don Juan

La Luciérnaga es la mejor amiga de los conductores atrapados en los trancones de las seis de la tarde. Su fórmula radial le permite burlarse de ministros, alcaldes, presidentes y expresidentes, modelos, futbolistas, guerrilleros, paramilitares, traquetos y de todo el que tenga algo que decir. Este es el día a día del programa de humor “serio” más exitoso de Colombia.

Unos minutos después de las cuatro de la tarde, apenas termina el boletín de noticias de la hora en punto, Hernán Peláez entra en la cabina principal de Caracol. Lleva en sus manos los libretos de La Luciérnaga y una pequeña lata plateada, apenas más larga que un dedo índice y un poco más ancha que un palo de escoba. En la cabina hay una gran mesa con forma de V: su vértice es el puesto de Peláez.

Cada posición tiene su silla y su micrófono, pero el de él no está en la mesa sino sostenido en el suelo por un soporte que el director de La Luciérnaga ajusta a su altura porque le gusta trabajar de pie. Cerca del micrófono está el atril donde pone los libretos. Con su postura, los papeles y el atril, Peláez parece más un director de orquesta que de un programa de radio.

La lata plateada entra en acción de inmediato. Se trata de un ambientador marca Slatkin & Co. que puede ser de cualquier aroma, pero que por estos días es de canela. Se consigue por cinco dólares y los humoristas del programa que van a Estados Unidos a presentaciones le traen algunos de regalo. Con sus “perfumitos”, como les dicen a las latas, Peláez intenta matar el ambiente que crea el aire acondicionado. Y sigue de pie porque se siente más cómodo y así evita el dolor que le causa un problema en la rodilla, y además trabaja mejor la voz.

Desde la cabina perfumada va dando las entradas a cada una de las personas que intervienen. Ahí están Gabriel de las Casas, y “Alerta”, Juan Ricardo Lozano, un humorista que lleva 18 de los 19 años que tiene el programa al aire. Las órdenes de Peláez pueden ser verbales, pero también mediante señas. Del otro lado del vidrio de la cabina está la productora Viviana Echeverry y todos los días hay uno o dos imitadores que con sólo mirar a Peláez ya saben cuál personaje deben interpretar; si Peláez se persigna, por ejemplo, es el momento de imitar al cura Hoyos.

Una de las últimas en llegar a la cabina es Alexandra Montoya. Cuando entra al estudio deja su morral rosado de libros sobre la mesa. Alexandra está en cuarto semestre de derecho en la Universidad del Rosario y siempre tiene que correr para cumplir con las clases y luego convertirse en el personaje femenino que tenga que imitar. El ambiente de La Luciérnaga, sin embargo, no está cargado de estrés. No hay invitados para hablar en el estudio o por teléfono.

Una de las pocas ocasiones en las que ha habido uno fue en junio del año pasado, cuando llegó el general Luis Mendieta un par de días después de que lo liberaran las Farc. Acababa de salir de unos exámenes médicos en el Hospital Militar, preguntó dónde quedaba Caracol y pidió que lo llevaran. Dijo que quería ir La Luciérnaga y conocer a Peláez. Allí contó cómo en medio de la selva machacaba las pilas de su radio cuando se estaban quedando sin energía para poder seguir oyendo el programa.

La ausencia de invitados hace que La Luciérnaga sea un programa barato. Sus cuentas telefónicas son prácticamente inexistentes y no gasta un peso en viajes para enviados especiales. Lo único que se debe pagar es la nómina. Gastos adicionales, como la bolsa de roscones y la botella de gaseosa que a veces piden hacia las cinco de la tarde, corren por cuenta de los integrantes del programa, que hacen una colecta para pedir las onces a una panadería.

Los integrantes de la orquesta que es La Luciérnaga son como esos músicos que tocan algo difícil pero sin hacer gestos de sufrimiento y le hacen creer al público que presentarse en un escenario es facilísimo. Tanta fluidez se logra mediante un trabajo en equipo muy bien coreografiado y un grupo de personas que se conocen dese hace mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los programas o medios de comunicación, en La Luciérnaga no hay un consejo de redacción en el que todo el personal se reúne para dar ideas y repartirse las tareas.

Todo empieza temprano, pero no en Bogotá, sino en Tuluá y Medellín donde respectivamente preparan la agenda, Gustavo Álvarez Gardeazábal y Pascual Gaviria, que desde mediados de diciembre reemplaza a Héctor Rincón, quien se pensionó por esa época (Durante sus primeros días de trabajo era frecuente oír decir a alguno de los humoristas “¿Quién se coló en el estudio? ¿De quién es esa voz?”, para recordarle a Gaviria que aún era un novato).

-Yo nunca he sido madrugador. Tengo una niña de tres años y ella marca la hora de levantada, pero más o menos es a las ocho de la mañana. La recopilación de la información la hago en la casa y llego a Caracol unos diez minutos antes de entrar al programa -dice Gaviria.

Por su parte, Gardeazábal no tiene una hora fija para empezar a trabajar. “Eso depende de la hora a la que me acueste… y con quien duerma”. De todos modos, entre las nueve y las diez de la mañana envía un correo con unos veinte temas para el programa de ese día, cada uno de ellos escrito en un formato breve, como un titular de dos líneas. Hay toda clase de informaciones que no salen de su recorrido por los medios sino de las llamadas que hace por la mañana para enterarse de cosas, y de los almuerzos que todos los días organiza de una a tres de la tarde. Gaviria también envía sus titulares unas horas después de Gardeazábal.

Desde su casa en Tuluá, Gardeazábal se comunica, literalmente, con todo el mundo. La mayoría de los periodistas tiene que buscar a sus fuentes y Gardeazábal lo hace con juicio. Pero además tiene el privilegio de que muchas de sus fuentes lo buscan a él. Saca de su bolsillo para el trago y el almuerzo que les ofrece a sus visitantes. Casi no le gusta salir de Tuluá, y no va en absoluto a ningún lugar que esté a más de 1.500 metros de altura por causa de una deformación tubular de la aorta ascendente, que podría matarlo si se descuida.

Pero desde hace poco empezó también a atender gente en Cartagena, adonde suele ir unos cuatro o cinco días al mes para hablar con buena parte del poder nacional que con frecuencia aparece por la ciudad para eventos sociales, conferencias y reuniones de ese tipo.

Los destinatarios de los correos de la información recopilada por Gaviria y Gardeazábal son Jairo Chaparro (“Chapa”) y Juan Carlos Machado, los libretistas de La Luciérnaga. Cada uno de ellos maneja el humor y la información a su manera, pero de esa combinación sale el armazón sobre el que se monta todo el programa. “Chapa” es un tipo amable y más bien callado. Sociólogo de la Universidad Nacional y periodista del Inpahu, ha pasado gran parte de su carrera poniendo a otros a decir lo que él escribe.

Trabajó en televisión como libretista de la primera época de Los reencauchados y de De pies a cabeza. Pero eso fue hace mucho tiempo porque lleva once años en La Luciérnaga. En Medellín está Juan Carlos Machado, un hombre de teatro, extrovertido y grandote, que ha trabajado por su cuenta, con su propia compañía teatral, Humor Cotidiano -fundada en 1988-, y con Crisanto Vargas “Vargasvil” (quien también fue parte del elenco de La Luciérnaga). De la cabeza y el teclado de los dos sale gran parte de lo que se emite en La Luciérnaga.

Aunque todo tiene libreto, hay mucho espacio para la improvisación. Los textos están llenos de puntos suspensivos que son llenados por la agilidad mental del que esté en el micrófono, y las partes que deben decirse tal como vienen escritas están destacadas en negrilla y se trata principalmente de cifras, nombres, fechas y lugares.

Durante el día también está el grupo Revolcón integrado por Juan Gonzalo Álvarez (“Chalo”) y los reyes de la trova, Loquillo y Corozo. Nadie los llama por sus nombre reales, pero se llaman Yedinson Ned Flórez y Marco Aurelio Giraldo. Aunque el trabajo de ellos tres está presente en casi todo el programa, son los que menos tiempo pasan en la cabina, porque las canciones las graban antes de la emisión en un pequeño estudio en el que hay un bajo, un teclado y una guitarra para interpretar la música y las letras que componen todos los días basados en los titulares y los libretos. Las canciones recurrentes del programa, como “Las tres del día” o el “Deshidrata”, se trabajan sobre una pista, de manera que sólo hay que cambiar la letra.

A las dos de la tarde Peláez llega a su oficina. Pero antes de eso ya estaba ocupado hablando con Gardezábal y con Gaviria y con su programa diario El pulso del fútbol. Mira su correo, al que llegan desde comunicados del gobierno hasta invitaciones para la presentación de toda clase de productos. Llegan correos de los oyentes de sus programas para discutir sobre algún tema de fútbol o para preguntarle por la música de La Luciérnaga, donde predominan los boleros y las grandes orquestas y cantantes antillanos de mediados del siglo pasado.

Peláez busca los discos que la mayoría de las veces ni siquiera están en el inventario de Caracol, sino que deben comprarse y quedan para la fonoteca de La Luciérnaga. Por supuesto, muchos de ellos son de vinilo y para oírlos, Peláez tiene un tornamesa en su escritorio. Una de sus últimas adquisiciones es un disco de 1960, el único álbum que grabó la cantante cubana Fredesvinda García, una mujer de unos 150 kilos con una voz muy masculina, que no pudo seguir su carrera porque la mató un infarto a los 26 años en Puerto Rico. Esos datos salen al aire y los oyentes que se preguntaban por la canción que sonó el día anterior, quedan contentos.

Los humoristas llegan poco antes de las cuatro de la tarde, minutos antes del inicio del programa. Reciben sus libretos y no tienen que entrar en grandes detalles sobre qué deben hacer. No hay nervios ni carreras de última hora. Y entonces llega Peláez con su perfumito en la mano…

No siempre todo fue tan fluido para La Luciérnaga. El huevo del insecto que más brilla en la radio colombiana fue puesto más de un año antes del racionamiento eléctrico de 1992, que es el momento en que nace oficialmente La Luciérnaga. Yamid Amat, Juan Harvey Caicedo, los trovadores Jorge Carrasquilla y Miguel Ángel Zuluaga (“el Descachao”), y Guillermo Díaz Salamanca, empezaron un programa sin nombre. Le decían “el programa de los viernes” más en función de su horario que de un bautizo propiamente dicho, y se transmitía en Caracol de seis a siete de la noche.

Yamid Amat era el periodista serio que dirigía y moderaba, los trovadores cantaban desde Medellín sobre los temas de las noticias y Caicedo y Díaz imitaban a cualquiera que hablara ante un micrófono en este país, además de crear a sus propios personajes. Para esa época Guillermo Díaz Salamanca tenía un trabajo en otra emisora y por eso no lo identificaban al aire. Pero sus personajes, reales o ficticios, hablaban por él.

“Yo recuerdo que don Julio Mario Santo Domingo escuchó el programa y no le gustó. Dijo que eso no era muy serio para Caracol. Augusto López, presidente del grupo Bavaria en ese momento (que entonces era propietario de la cadena radial), me llamó y me dijo que don Julio Mario había hecho unas observaciones. Yo le dije ‘contrate una encuesta y si el resultado no es asombroso, yo lo suprimo, y si no, usted me lo institucionaliza’. Aceptó, se hizo la encuesta y apareció como el programa de mayor sintonía en la radio”. Eso lo cuenta Yamid Amat, tan confiado en su producto que no dudó en apostarlo sin pruebas ante sus jefes, uno de los hombres más ricos de Colombia y el ejecutivo que entonces era su principal representante en el país.

Con la salida de Amat de Caracol, la llegada de Hernán Peláez, el formato de éxito comprobado, el talento de Díaz y sobre todo, del apagón, Caracol volvió diario el espacio de humor, aumentó su tiempo de emisión y le dio el brillante nombre de La Luciérnaga.Hernán Peláez cuenta que también hubo un empujoncito gubernamental por cuenta de un mensaje que el Ministerio de Comunicaciones envió a las emisoras para avisarles del apagón que estaba a punto de comenzar, y les pedía ayuda con programas de entretenimiento para las horas oscuras que se avecinaban.

Los funcionarios de la época seguramente no tuvieron en cuenta que con ese mensaje estaban ayudando al parto de un programa en que el poder colombiano se volvería blanco fácil de la risa de sus gobernados. Al primer presidente al que le tocó La Luciérnaga fue a César Gaviria. “Es increíble que de un hecho tan desfavorable como el apagón haya surgido un programa tan bueno, interesante, agudo y divertido. En los tiempos del apagón me imitaban todos los días. Pero tampoco en estos años desde que regresé a Colombia me han dejado tranquilo. Oigo el programa todas las tardes por lo menos una hora cuando me estoy  desplazando por Bogotá. Y aunque parezca sapo decirlo, es una de las principales fuentes de información”, dice el expresidente.

Otros, como el gobernador de Nariño, Antonio Navarro, creen que el programa es clave para mantener su imagen a pesar de la tomadura de pelo. “La Luciérnaga ha ayudado a mantener sonando el nombre de Antonio Navarro y por eso existe reconocimiento de mi parte”, dice. Otra de las imitadas frecuentes es la analista política Claudia López, que dice sentirse “bien tratada con el personaje”.

-El otro día iba en un taxi y pasaron la imitación. El taxista me miraba y me miraba y yo pensaba que había pasado el oso en blanco, pero al bajarme, el conductor me dijo “ah, usted es Claudia López”. Oigo poco La Luciérnaga pero muchas veces coincidimos en temas relevantes y Alexandra me parece una vieja berraquísima.

Piedad Córdoba se toma las cosas con mucha más seriedad. “Tuve que aprender a aislarme de todo. Yo no he visto a una persona que hayan ridiculizado en el país más que a mí. Pero creo que La Luciérnaga es interesante y hace todo lo posible por investigar antes de decir las cosas. Una vez me encontré con Alexandra en un aeropuerto, nos reímos y nos saludamos con cordialidad”, dice la exsenadora.

Alexandra Montoya es la única mujer del equipo de humoristas. Llegó hace quince años, con una breve experiencia radial en las emisoras de William Vinasco. Era una recién graduada de comunicación del Externado de Colombia y los únicos personajes que tenía en su garganta eran Paola Turbay y la boyacense (aunque su entrenamiento empezó desde niña, cuando imitaba acentos de españoles, argentinos y la voz del Chavo). Ahora, prácticamente todas las mujeres que aparecen en las noticias del país han sido imitadas por Alexandra (con la excepción de Fanny Mikey, de quien se encargaba “Alerta”).

La Luciérnaga no nació con el ánimo de convertirse en látigo de nadie. Peláez explica que al principio, ante el aburrimiento de las horas del apagón, el programa estaba más enfocado al entretenimiento que a la política. “Metíamos cultura, música, geografía, poesía, preguntas y temas para trabajar la memoria”, dice Peláez, quien al ponerlo así, parecería estar recordando un magazín común y corriente y no el programa que todos conocemos. Pero en un país en el que la política se vive en episodios diarios con la misma intensidad que una telenovela, era inevitable que La Luciérnaga no aprovechara ese insumo inagotable que constituyen nuestros dirigentes.

Peláez lo sabe bien y aclara que “este programa no funcionaría en un país serio. Partimos de la base de la corrupción y la lagartería”. Por algo uno de los primeros personajes ficticios de Díaz Salamanca era un sobachaquetas llamado Lamberto y el nacimiento del programa estaba enmarcado en medio del escándalo del Guavio que, junto con el fenómeno de “El Niño”, fue uno de los responsables del apagón eléctrico bajo el cual nació el programa.

Gabriel de las Casas recuerda que una de las mejores cosas de Díaz era que no sólo imitaba a los personajes sino que actuaba y pensaba como ellos. Pero también reconoce que el cambio que produjo la partida de Díaz tuvo un efecto positivo en otros aspectos. “Alguien tan poderoso se lleva mucha atención. Cuando Guillermo se fue, hubo más espacio para los talentos ocultos”. La salida de Díaz ocurrió a finales de 2005 tras una oferta de RCN para montarle competencia a La Luciérnaga con El Cocuyo, pero ese programa salió del aire en 2009.

La explicación de Gabriel es exacta, porque las novedades fueron sobre todo en lo creativo; en lo que tiene que ver con el equipo de trabajo, ninguno es precisamente un novato. El mismo De las Casas llegó hace quince años a La Luciérnaga, y para ese momento ya tenía muchas horas acumuladas de experiencia en radio juvenil. Pero siempre había tenido claro que quería trabajar en la cadena básica de Caracol, hasta que por fin le abrieron un pequeño espacio en La Luciérnaga, en el que él llegaba con alguna canción de rock que sonaba en Radioactiva, y en medio de un claro contraste con los boleros y las orquestas de Peláez, Gabriel quedaba listo para que le tomaran el pelo.

Óscar Monsalve, “Risaloca”, está a punto de cumplir cinco años en el programa. Alexandra, Gabriel, Peláez, Gardeazábal, Gaviria y “Risaloca” son las únicas personas que están todos los días en la cabina. Los demás, “Polilla”, Pedro González (“Don Jediondo”), Juan Ricardo Lozano (“Alerta”), y Fabio Daza trabajan por días intercalados, de manera que dos de ellos siempre estén presentes. Si por algún motivo se produce una noticia cuyo protagonista debe interpretar un imitador que no esté en el estudio, se le llama a donde esté y la broma o el comentario se hacen por teléfono.

En La Luciérnaga todo pasa por las manos de Viviana Echeverry. Como productora, tiene que hacer de todo: está pendiente de los libretos, edita, cuadra los horarios de los humoristas, maneja el correo de los otros programas de Peláez (El pulso del fútbol y Café Caracol), atiende a las personas, se asegura de tener listas las cuñas del programa, está pendiente de que todo esté en orden con  la música que su jefe escoge y todo lo que haga falta.

Acaba de graduarse de comunicación social, pero el cartón de profesional lo recibió con una ventaja: “Tengo la mejor escuela, que es Hernán Peláez”, dice Viviana. Y la escuela de Peláez sigue abierta, a pesar de un susto el 25 de febrero cuando al director se le bajó la tensión fuertemente. “Eso fue por lidiar con estos micos del programa”, dice tranquilo, poco antes de empezar una nueva emisión como si nada hubiera pasado.

Ya son 19 años de La Luciérnaga. Ahora, la mayor parte de su audiencia no pasa su aburrimiento entre las penumbras del apagón sino en los trancones vespertinos que sufren quienes regresan a casa.

Es, definitivamente, uno de los programas con mayor audiencia de la radio colombiana pero es imposible medir cuánta gente lo oye, porque las firmas encuestadoras hacen sus sondeos mediante llamadas a los hogares y no entre cada carro que hace fila ante un semáforo. En un carro, cuando alguien se ríe, no es difícil adivinar en dónde tiene el dial.

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La ley del embudo

Posted by pocho On marzo - 29 - 2011

Por: Cristian Valencia

Fuente: El Tiempo

Comparto al 100% lo expuesto en esta columna por el Sr. Valencia. No se entiende; y además, nadie explica (Ni Ecopetrol, ni el Estado) porque pagamos una de las gasolinas mas costosas en el planeta. Estos precios “Atajan”, la tan prometida  ”Prosperidad Democrática”. Carlos Prieto

Cuando el invierno hizo de las suyas en las carreteras y caminos fronterizos con Venezuela, a los consumidores cercanos les tocó comprar gasolina colombiana. Una de las cuatro más caras del mundo. Y se veían las muecas a las puertas de las bombas. Muecas que mostraban inconformismo, pero solo muecas, porque no existe una manera sensata de protestar contra esos costos, una que sea escuchada y atendida por los gobiernos de turno.

Cuatro meses después del invierno, Ecopetrol anuncia con bombos y platillos su buena salud financiera para que los colombianos compartamos esa felicidad, buscando conmover el orgullo patrio por semejante empresa. Y de repente aplaudimos sin saber por qué, como si fueran hechos totalmente aislados.

No se entiende por qué los precios son tan altos si el petróleo se vende tan caro. Como tampoco se entendió cuando el petróleo estaba por el suelo que los precios fueran tan altos. Que el petróleo suba o baje no tiene ninguna consecuencia en los precios que nosotros pagamos por la gasolina. Lo único que se entiende es que los consumidores locales hacen el agosto de la empresa de petróleo.

¿Por qué si a ellos les cuesta poco más de un dólar producir un galón nos la venden a más de cuatro dólares? Por la política de marras, pagamos un impuesto absurdo del 38 por ciento, donde encajan IVA, impuesto global, sobretasa a la gasolina, transporte y la obligación de mezclar la gasolina y el diésel con biocombustibles hasta en un 8 por ciento. Y ese biocombustible lo tenemos que pagar al precio que a los productores se les antoje. Ahí, creo, está otra explicación del alto costo.

Las empresas que producen combustibles verdes han tenido toda suerte de incentivos financieros para trabajar, entre ellos exenciones de impuestos, amparadas en la conservación del planeta, la ecología, el aire puro y un pocotón de causas nobles. Y, aparte de recibir esos beneficios, nos venden carísimo su producto, cosa que influye en el elevado costo de la gasolina, por un lado, y en la mala calidad de la misma.

Por eso, en la frontera prefieren siempre gasolina venezolana, aunque esté al mismo precio: dura más e impulsa mejor. Algunos creerán a pie juntillas el cuento de la ecología, aunque sepamos que los cultivos de palma arrasaron con lo que quedaba de las selvas del Carare y el Opón y están haciendo de las suyas en los Llanos Orientales: por allá en el departamento del Meta y en el Vichada. Al sol de hoy, no parece tan claro que a las empresas de biocombustibles les interese un rábano el planeta, la ecología, el aire, la gente.

Cuando uno mira esa ecuación financiera tan próspera, dan ganas de reeditar el viejísimo vallenato de Beto Zabaleta La ley del embudo: “Lo ancho pa’ ellos, lo angosto pa’ uno”. Un negocio raro: dejamos que nos metan los dedos en la boca a cambio de que nos metan los dedos en la boca.

En los departamentos fronterizos con Venezuela, la gasolina se consigue entre 3.500 y 4.000 pesos legalmente, porque tenemos un convenio. Ilegalmente, a 3.000. ¿No sería posible que el Gobierno, Ecopetrol, las empresas de biocombustibles, consideraran una nueva fórmula para tener una gasolina que nos haga más competitivos?

Porque tampoco es que rinda mucho la gasolina transitando por la pésima estructura vial que tenemos: hay que parar, arrancar, parar, cosa que consume una barbaridad (resultan obvios los costos de los fletes del transporte de carga: gasolina cara, pésimas vías y carísimos peajes).

Incluso, los gremios han dicho que es necesario repensar la fórmula con la que se establece el precio del combustible. Claro que sí. Es urgente. Este es el momento de hacerlo; facilitaría muchos las cosas para reconstruir el país devastado por el invierno. Y se generaría un principio de bienestar y prosperidad nunca visto por estos lados.

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Japón

Posted by pocho On marzo - 29 - 2011

Por: El Espectador

Una cultura respetable

A comienzos del siglo pasado, Japón sufrió la tragedia de Kanto, el terremoto más letal de su historia; murieron 140 mil personas y Tokio quedó devastada por los incendios que propagaron los vientos. Veinticinco años más tarde, en 1948, 3.500 personas murieron después de que un sismo golpeara Fukui.

El terremoto de Niigata de 1964 dejó menos de cien muertos, pero importantes daños en infraestructura. En 1995 otro sismo arrasó con la ciudad de Kobe, 6.500 personas fallecieron y más de 100.000 casas resultaron destruidas. Este año el país nipón sufrió, de nuevo, otro desastre: un terremoto de 9 grados en la escala de Richter, con epicentro en el mar, cerca de Sendai. El movimiento telúrico generó un maremoto, que con olas de hasta 10 metros de altura barrió buena parte de la costa norte. Hasta ahora las autoridades han registrado 10.668 personas muertas y asciende a 16.574 el número de las desaparecidas. Para agravar la tragedia, todavía se desconoce el impacto de las emisiones radiactivas tras los daños en algunos reactores nucleares.

La historia de Japón, plagada de desastres naturales, explica, en parte, la impresionante organización del país asiático en sus sistemas e infraestructura. Desde tiempos inmemoriales la arquitectura nipona ha contemplado estos fenómenos. Los templos y pagodas, por ejemplo, eran de madera joven, sustituida cada cierto tiempo, y no se usaban clavos sino vigas que encajaban unas en otras, lo cual hacía más flexible la estructura. Con el tiempo, el desarrollo de tecnologías ha generado todo tipo de técnicas, que van desde sistemas de bloqueo de las gavetas de la cocina, hasta censores que detienen los trenes de gran velocidad para evitar que se desencarrilen con el movimiento. También se han desarrollado centros de estudios como la Agencia Meteorológica, que además de estudiar los terremotos, ha impulsado métodos para el manejo de la crisis y todo tipo de programas pedagógicos para dar a conocer las normas de emergencia.

Tales desarrollos, por supuesto, no dejan de sorprender en un país como el nuestro, que sigue improvisando en el manejo de las fuentes hídricas y los sistemas de alcantarillados, que no ha logrado montar planes de ordenamiento territorial y que cuenta con todo menos con sistemas de emergencia invernales pese a que, por nuestra ubicación y geografía, viviremos, como siempre lo hemos hecho, dos temporadas anuales de lluvias, que cada cierto tiempo —y más con el cambio climático— harán estragos.  Sin embargo, esta organización técnica que hoy nos deslumbra, no ha impresionado a todos por igual: los países que, a diferencia del nuestro, han entendido las ventajas de la planificación y se han preparado para resistir las inclemencias de la naturaleza que por azar les corresponden ven como resultado necesaria tal organización. Finalmente, el país nipón ha recibido uno de cada cinco de todos los sismos que han ocurrido en la historia del planeta y bastante han tenido que aprender.

No obstante, el mundo entero, sin excepción, ha quedado quieto ante la transmisión en vivo de algo que incluso a veces se creía un mal legado del pasado: los valores colectivos, esos que corresponden a todos y que rebasan bruscamente los límites del individuo. Japón no tiene habitantes, tiene ciudadanos que aprenden, desde pequeños en las escuelas y luego en las universidades, a no causar molestias, a respetar el orden y a entender la importancia de la organización para el bienestar común a pesar de que éste se encuentre destruido y ninguna acción particular vaya a hacer la diferencia. Pensar desde el lugar del otro es una práctica diaria de su cultura, una disciplina que les surge por reflejo antes que el cálculo de sus consecuencias, y es por esto, y no por los avances en tecnología, que Japón saldrá adelante de la desgracia, como lo ha hecho antes y como lo hará en el futuro. Una lección importante porque el deber no se funda en incentivos, pero nuestra educación sí lo ha hecho y con ella los sistemas privados y, peor aún, los públicos.

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Campeón mundial

Posted by pocho On marzo - 28 - 2011

Por: El Tiempo

Sin sueldos estrafalarios, sin pretensiones de estrellas, sin orgullos y sin egos inalcanzables; estos humildes colombianos alcanzaron el titulo mundial de Fútbol de Salón 2011, para nuestro país. Es el premio a ese país que sueña a diario con esforzarse y convencerse que somos capaces de alcanzar, lo inalcanzable. Una lección para el “Otro” fútbol, rodeado de “Roscas”, “Egos” y “Estrellas”…que no lo son.

Felicitaciones a estos colombianos “Común y Corrientes” (Panaderos, Maestros de Obra, etc.), que no necesitan cotizarse en millones de Euros, que no necesitan “Mojar” prensa y medios; para entregarle con su esfuerzo y trabajo una inmensa satisfacción a nuestra amada Colombia. Da orgullo observar, como estos colombianos, no cantaban el Himno Nacional…LO GRITABAN con todas sus fuerzas. Carlos Prieto

El pasado sábado 26 de Marzo de 2011 , al filo de la medianoche, ante 6.000 aficionados que vibraban -entre ellos, el presidente Juan Manuel Santos, quien entregó la copa-, la selección colombiana de fútbol de salón se coronó campeona del mundo en el Coliseo El Salitre de Bogotá, por segunda vez en la historia de este deporte. Había alcanzado ese honor en el año 2000. Aquello era una verdadera fiesta deportiva. Los colombianos vencieron en forma irrefutable a la aguerrida selección de Paraguay, la campeona defensora, por marcador de ocho goles a dos. Un quinteto que tenía fútbol para dar mejores pelea y espectáculo, pero prefirió más el juego recio que el vistoso, imaginativo y estratégico, como es por excelencia este deporte.

El triunfo alcanzado en fútbol de salón, o microfútbol, como se lo conoce más popularmente, es muy valioso porque, sin desconocer que no vinieron equipos como el italiano o algunos asiáticos, un poco más equiparables al gran nivel de la nuestra, el quinteto nacional fue, de lejos, el mejor. Es un cuadro con un juego maravilloso, que sorprende y divierte. Pero, además, porque estos logros provienen de muchachos generalmente de extracción popular que interpretan a millones de compatriotas. De hecho, allí hay un ídolo de los panaderos y puede haber otro de los maestros de obra, de los carpinteros y, en todo caso, de todo un pueblo sencillo y trabajador. El ‘micro’ es el deporte más popular de Colombia. Cuenta con 1,2 millones de jugadores. Millones de ‘Johnes Pinilla’ -el mejor- lo practican cada fin de semana, en muchas ocasiones con las familias como emotivas barras. Es el fútbol que se juega en la cancha del barrio o a veces en la calle.

Sí. Es un triunfo meritorio porque ya atrae turismo y le da otro ‘toque’ a nuestro país. Y, por si algo faltara, porque, a base de llenar pequeños coliseos y de un torneo y otro, este deporte que tanto impulsó Jaime Arroyave, ya alcanzó la categoría de profesional. Hay que felicitar al técnico, Jaime Cuervo, a sus asesores y a sus jugadores. Que ojalá sirvan de inspiración y buen presagio para la selección Sub-20, ad portas de enfrentar el mundial el próximo 29 de julio.

Los nuevos campeones, con goles y títulos, se ganaron el reconocimiento nacional. Y ojalá también un mejor futuro deportivo, más que merecido.

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Patarroyo

Posted by pocho On marzo - 27 - 2011

Por: Salud Hernández-Mora

Fuente: El Tiempo

Un país que no dedique a Investigación y Desarrollo importantes recursos ni promueva la ciencia entre los jóvenes para lograr mayor número de estudiantes, está condenado al subdesarrollo

No siempre en una larga existencia entre tubos de ensayo se consigue coronar un descubrimiento.

Como este país debe pensar que le sobran científicos, se volvió deporte nacional despreciar a Patarroyo. Mañana, en Chemical Review, la publicación más importante de su género en el mundo, aparece su último trabajo, un enorme avance en su investigación sobre las vacunas sintéticas. Pero aquí, nada, como si fuera una columnita de revista farandulera. Olvidan que cada uno de esos papers debe pasar el examen de un selecto grupo de implacables científicos, que analizan el documento a fondo, como si lo fuesen a diseccionar, hasta que dan la luz verde.

A diferencia de otros mundos gaseosos, el de los científicos universales se mide con datos objetivos, nadie regala nada y, menos aún, elogios gratuitos o reconocimientos. No les impresiona nada distinto de los aportes nuevos, los descubrimientos, la suma de papers en revistas científicas de renombre o la capacidad de formar jóvenes genios.

Es uno de los gremios más competitivos que existen, todos quieren llegar los primeros a la meta y para lograrlo solo existe una fórmula exacta: trabajar como una bestia, estudiar sin descanso y analizar a toda hora lo realizado por uno mismo y por los demás, para ver qué pasos consolida y cuáles reforma.

Pero en la Colombia que pontifica creen que Manuel Elkin Patarroyo es famoso fuera, le otorgan el Príncipe de Asturias de la Ciencia, el Ciudad de Edimburgo o el Robert Koch, por citar solo tres, porque es un bocón y un vendedor de feria.

El anterior ministro de la Protección Social le cerró puertas, obsesionado por obstaculizar su labor. De modo que de los 115 integrantes de su magnífico instituto, investigadores de gran nivel, apenas quedan 45. Otra gente lo demandó en Leticia por ser un supuesto aniquilador de micos, pero Patarroyo continúa firme, los recursos menguados y el equipo esquelético, pero ahí sigue haciendo camino.

Las cifras de su prolífica carrera no las puede mostrar nadie en Colombia, con la excepción de la extraordinaria Ángela Restrepo. Los demás quedan tan lejos, que da pena recordárselo y tampoco tendría sentido porque su aporte es muy valioso y necesario en un país donde la ciencia está peor que la infraestructura jurásica que padecemos.

Manuel Elkin Patarroyo y su gente suman 325 papers en publicaciones científicas importantes, no en hojas parroquiales, todo un logro. Nacido en Ataco (Tolima), desarrolló su carrera en estas tierras, ha formado a más de seiscientos científicos, de los que solo quedan en el país 140. Como nos sobran, los regalamos.

Cada madrugada, este frívolo e insensato se levanta a las 3, para repasar y corregir lo hecho por los suyos la jornada anterior. A las 8 sale para su oficina y ahí se queda hasta la noche. Y vuelta a empezar a la mañana siguiente porque un científico es como un camarón. Un día que se duerma y se lo lleva la corriente del fracaso, quizá el tsunami que más temen.

Pero, bueno, según sus detractores hay que botarlo a la caneca. Pensarán que es mejor que sigamos distribuyendo la piñata de Colciencias entre miles y no exijamos nada a cambio, salvo un papelito intrascendente, o que nos caigan bien y no den la lata.

Un país que no dedique a Investigación y Desarrollo importantes recursos ni promueva la ciencia entre los jóvenes para lograr mayor número de estudiantes, está condenado al subdesarrollo. Nadie dice que entreguen todos los fondos a los dos o tres mejores, pero sí que respeten trayectorias y exijan resultados “medibles”, no virtuales. Cierto que no siempre en una larga existencia entre tubos de ensayo y fórmulas químicas se consigue coronar un descubrimiento, aunque Patarroyo está ahora mucho más cerca. Pero se deja una huella indeleble sobre la que otros avanzan.

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Cálculos imposibles

Posted by pocho On marzo - 27 - 2011

Por: José Fernando Isaza*

Fuente: El Espectador

Determinar el valor de una vida es imposible, pero los jueces y las compañías de seguros se ven obligados a hacerlo.

Decisiones como construir una presa que resista una inundación de ocurrencia media en 100 años, o una que sólo resista hidrología severa de frecuencia 50 años y que cuesta 1/3 de la anterior, son comunes y están calculando pérdidas de vidas.

En mi columna anterior mencionaba que el valor en horas de vidas salvadas no puede compararse con el costo en horas dedicado a salvarlas; el valor de una vida supera, ética y culturalmente, con creces, la suma de los tiempos dedicados a esta labor. No hay simetría si la vida sacrificada se realiza voluntariamente para salvar más. Piénsese en los 150 héroes de Japón que luchan para controlar las centrales atómicas, a costo de su vida para reducir el riesgo de acortar la esperanza de vida de sus compatriotas.

Se consideró llamar a jubilados para ejecutar esta riesgosa labor. Con la misma lógica una autoridad supranacional debería decidir que sólo los mayores de, digamos, 60 años puedan prestar servicio militar; así en una guerra convencional los años de vida perdida se reducen sustancialmente y además el país puede contar con el aporte de sus jóvenes para su desarrollo.

En el Reino Unido, el gobierno, preocupado por el alto costo que tenían para su sistema de salud los tratamientos del cáncer de pulmón, frecuente en los fumadores, ordenó un estudio que justificara financieramente las campañas contra el cigarrillo; los resultados fueron sorprendentes. Se reducía el costo médico si bajaba el consumo de tabaco, pero la esperanza de vida se incrementaba y las finanzas de la seguridad social se veían afectadas al extenderse el pago de las pensiones. Las campañas para prevenir el cáncer del pulmón continuaron, pues la función del Estado es propender por el bienestar de sus ciudadanos.

Para reducir las muertes por atentados terroristas, se implementan medidas incómodas en los aeropuertos con costos en tiempo y privacidad; las horas “perdidas” fácilmente superan las horas de vida “salvadas”, pero pocos aceptarían una drástica reducción de los controles que aumentara la posibilidad de bombas en los aviones.

La sociedad se ve obligada a aceptar niveles de riesgo cuando su reducción implica costos prohibitivos. En los metros se producen acciones terroristas; tratar de reducirlas con controles a las entradas haría colapsar el sistema de transporte masivo. Se recurre a políticas más sensatas: cámaras de vigilancia, chequeos esporádicos. Surge la pregunta de por qué no adoptar estas medidas en los aeropuertos en lugar de exponer a los usuarios a molestias demoras y dosis de radiación que pueden inducir mutaciones en las células.

La percepción de los riesgos no sigue necesariamente patrones lógicos. El modo convencional de transporte más seguro es el aéreo; sin embargo, produce mayor sensación de inseguridad. En accidentes también se aplica el principio del Cisne Negro, los sucesos de baja probabilidad ocurren. El más grande accidente aéreo se produce en tierra al chocar dos aviones por órdenes equivocadas de controladores aéreos en momentos de baja visibilidad. La probabilidad simultánea de un terremoto y un tsunami que afecten al tiempo cuatro centrales nucleares es cercana a cero, pero ocurrió.

*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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Los 50 de Fukushima

Posted by pocho On marzo - 25 - 2011

Por: Ángel Villarino

Fuente: El Tiempo

“Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”. W. Churchill

A las tres de la mañana del viernes, esquivando los escombros inundados del terremoto y el tsunami, un vehículo atravesaba la verja que da entrada a la central de Fukushima. “Ni siquiera podíamos ver por dónde caminábamos, pero empezamos a trabajar para arreglar los reactores, conscientes de que podría costarnos la vida”.

Quien habla es Michiko Otsuki, una operaria de la planta que fue evacuada el lunes pasado y que ahora actualiza un blog en Internet donde da cuenta del sacrificio de sus compañeros. “La máquina que refrigera el reactor está al lado del océano y fue destrozada por el tsunami. Luchando contra el cansancio y con el estómago vacío, nos esforzábamos por volver al trabajo. Muchos no han contactado con sus familiares todavía, pero están trabajando duro (…) y no van a salir corriendo”. La Compañía Eléctrica de Tokio (Tepco) no ha querido revelar las identidades de los cerca de 200 hombres que se someten a “niveles de radiación letales” para salvar el país de un desastre nuclear de consecuencias imprevisibles.

A pesar de este anonimato forzado, se empiezan a conocer detalles sobre sus vidas, gracias a testimonios de familiares que proliferan en Internet y en los medios de comunicación japoneses.
“Mi padre todavía está dentro de la planta y se está quedando sin comida. Las condiciones son realmente duras. Él dice que ha aceptado su suerte como si fuera una condena a muerte”, explicó la hija de uno de los operarios, en un e-mail enviado a la televisión estatal.

Conocidos como “los 50 de Fukushima” porque trabajan por turnos y en grupos de 50, se han vuelto héroes reverenciados por la sociedad japonesa, que les ha dedicado homenajes y rezos públicos estos días. Su historia despierta ese reconocimiento que plasmó la famosa frase de Churchill en la Segunda Guerra Mundial: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.

“Mi padre se fue a la planta nuclear. Nunca había oído a mi madre llorar tanto. Pero tampoco había estado tan orgullosa de él. Por favor, papá, vuelve vivo”, dijo la hija de otro en un mensaje por Internet. Contó que su padre, ya retirado, había decidido arriesgar su vida para salvar la reputación de la empresa y de la energía nuclear, convicciones a las que había consagrado su vida. Al parecer, se trata de trabajadores de la planta: ingenieros y técnicos, pero también operarios de rangos bajos. Al menos tres son jubilados que se prestaron como voluntarios. Del resto, no ha quedado claro si fueron forzados a desempeñar ese trabajo.

Trabajadores de la compañía consultados por la prensa japonesa dan por hecho que están ahí por sentido del deber. También se ha dicho que tienen más de 60 años y que cobran menos de cien euros al día por su misión suicida. El que sean ancianos, dicen expertos, reduce las posibilidades de que desarrollen un cáncer, por una mera cuestión de esperanza de vida.

La admiración que despiertan los 50 de Fukushima contrasta con las críticas que se han vertido contra Tepco. “El personal de la compañía se ha negado a abandonar la planta y continúa trabajando, incluso poniendo en peligro sus vidas. Por favor, dejen de atacarnos”, rogaba Otsuki en su blog, después de pedir perdón “a todos los residentes que están alarmados y preocupados (por las fugas radiactivas). Pido perdón realmente, profundamente”.

Ingenieros estadounidenses que trabajaron en misiones de contención de emergencias nucleares aseguran que el ambiente en el que se desenvuelve la alarma de Fukushima es un “laberinto oscuro, en el que hay que trabajar con luces especiales y detectores de radiación, con trajes pesados e incómodos y respirando a través de un tubo”. Siempre según reconstrucciones de la prensa japonesa, no pasan más de 10 o 15 minutos en las zonas más radiactivas, donde intentan bombear agua manualmente en los reactores y limpiar los restos de las explosiones para evitar nuevos accidentes.

Junto a ellos trabajan también soldados y bomberos que se exponen a niveles de radiación similares. Y, aunque van protegidos con trajes especiales, los niveles de radiación a los que se están exponiendo se sitúan muy por encima de lo permitido por la legislación. De hecho, el Ministerio de Sanidad cambió la normativa para ajustarse a la situación, elevando de 100 a 250 milisieverts el nivel de radiación máximo permitido.

Ayer se conoció que al menos 17 de estos trabajadores se han expuesto a radiactividad por encima de los límites establecidos normalmente. Tres de ellos recibieron entre 173 y 180 milisieverts mientras extendían cables eléctricos cerca de un reactor. Dos de los empleados fueron hospitalizados con quemaduras en los pies, causadas por exposición a rayos beta, debido a que el agua radiactiva pudo filtrarse a través de los vestidos de protección. Se ha hablado, aunque no oficialmente, de cinco muertos, 22 heridos y dos “desaparecidos” a causa de explosiones y accidentes. Otros trabajadores de la central se cuentan entre las víctimas, pues no pudieron evacuar tras el terremoto.

La prensa japonesa ha informado también que Tepco ha recibido presiones por parte del primer ministro, Naoto Kan, para que los 50 de Fukushima no abandonen la planta. Según el diario Asahi Shinbum, el Primer Ministro amenazó a la compañía con multas, exigiendo, implícitamente, que los héroes sacrifiquen sus vidas por el país.

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Avivatos

Posted by pocho On marzo - 24 - 2011

Por: Andrés Hoyos

Fuente: El Espectador

Hay un trancón y atrás suena una ambulancia. Uno se hace a un lado, y cuando pasa la ambulancia, detrás de ella va pegado un taxi. Su conductor es el clásico avivato colombiano.

No es normal que el avivato sea pobre o quizás sea más exacto decir que entre los pobres la actitud no se llama así, se llama rebusque, y tiene otras motivaciones. El rebusque con frecuencia implica forzar las normas, pero la gente no lo hace por vocación sino por necesidad. Un vendedor ambulante que invade el espacio público no empieza por ser un avivato, aunque si le va bien, pronto accederá a la categoría.

De otro lado, uno pensaría que es contradictorio que haya avivatos millonarios. Sin embargo, éstos no son raros en el club de quienes poseen capitales con muchos ceros a la derecha. ¿La razón? Que la avivatada es un vicio de esos que no se curan con dinero, como el trago, el juego y el cigarrillo. Existe, sí, una diferencia crucial cuando la vuelta a realizar involucra cifras de muchos millones y es que entonces la avivatada traspasa los límites del código penal, adquiriendo en ese momento nombres nuevos: fraude, estafa, desfalco, malversación de fondos, etcétera.

El avivato en el fondo es un personaje paradójico: sufre al mismo tiempo de pereza y de impaciencia aguda. De ahí su deseo de saltarse los puestos en la cola, de tratar de obtener un trabajo o un grado sin merecerlos, de decirle al primo de la tía que por favor le consiga esa sinecura que anda por ahí como un perro sin lazo.

El que comienza como avivato no siempre se gradúa de criminal. Esto sucede cuando el vicio arrecia o cuando la persona se vuelve hábil y se acostumbra a tener “éxito”. Entonces, de repente, se le cruza por el frente una gran tentación, ante la cual es en extremo raro que el avivato no se acoja al proverbial consejo de Óscar Wilde de caer en ella. Sin embargo, tampoco es tan corriente que un avivato modesto se convierta de la noche a la mañana en un gran estafador. Para dar el salto, suele ser necesario el transcurso de por lo menos una generación. Dicho de otro modo, el hijo del avivato que no se vuelve beato o que no se mete de cura (la categoría contiene algunos curas), se convierte, él sí, fácilmente en un gran estafador al intentar imitar al padre en escala ampliada. De hecho, uno sospecha que algunos de los grandes estafadores que a estas alturas mojan prensa a diario en Colombia, dígase los tres primitos Nule, son algo así como la tercera generación de un avivato al que le fue “bien”, es decir, de uno cuyas avivatadas salieron a favor.

No es muy difícil entender de dónde proviene la popularidad de este comportamiento destructivo. Proviene del ejemplo, de la celebración que se hace de las “hazañas” del avivato. Al honesto, al que hace las cosas al derecho, al que denuncia, al que critica la laxitud ética, le ha ido mal, y en ocasiones pésimo, en Colombia y, de ñapa, es objeto de burlas. Los avivatos, para no hablar de los mafiosos, seducen y desnucan a reinas y modelos como si estuvieran tomando cerezas de una bandeja.

Según su parsimonia de hidalgo neurótico y venido a menos, el DRAE no incluye la palabra “avivato”, pese a que ronda por Colombia y con menos vigor por dos o tres países de América Latina desde la década de los cuarenta. Nada raro, en fin, que la gente que cae redonda ante la cháchara florida de los avivatos es por lo general la misma que vive obsesionada con la gramática.

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