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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for diciembre, 2010

Ola

Posted by Pocho On diciembre - 10 - 2010

Por: Ricardo Silva Romero (www.ricardosilvaromero.com)

Fuente: El Tiempo

El fútbol colombiano, como el país, tendría que haberse acabado hace mucho tiempo. Y sin embargo está en pie. Ya va a terminarse, por este 2010, la decadente copa profesional que padecemos año tras año. Hemos vuelto a aferrarnos a nuestros equipos de la infancia porque no nos queda más. Hemos leído en alguna parte que asesinaron al revisor fiscal de la Federación, que los paramilitares extraditados han explicado a las autoridades de los Estados Unidos cómo usaron nuestros torneos para lavar dinero, que tal club o tal otro le pertenece a algún empresario con alias, pero hemos pasado las páginas de largo.

Miren a esos pobres hinchas de 15 años que ahorran para ir a los estadios a ver partidos de tercera: no vale la pena morir ni hacer la ola por un espectáculo con una tras escena tan sórdida, pero ellos lo hacen, mueren y hacen la ola por clubes a los que jamás han visto ganar nada, porque eso es lo único que hay.

Ese fútbol triste jugado por hombres que se desmayan de hambre en los entrenamientos, que a duras penas saben leer y que reclaman que por lo menos les paguen alguna de las últimas quincenas que les deben, es el fútbol que tenemos.

Fue en 1975 cuando los dueños de los equipos decidieron pedirles a los narcos, con la excusa de la crisis económica y a cambio de una silla en el comedor de la clase dirigente, que se convirtieran en sus socios. Entonces empezó nuestra historia reciente. El 16 de diciembre de 1983, dos meses después de pronunciar la frase “la mafia se apoderó del fútbol”, el ministro Rodrigo Lara fue asesinado.

Seis años más tarde, ante la avalancha de amenazas, escándalos y crímenes, el Gobierno suspendió el torneo días antes de que tuviera un campeón. Por cuenta de aquella extraordinaria selección dirigida por Francisco Maturana pudimos fingir por un tiempo que no pasaba nada malo, pero el 2 de julio de 1994 tuvimos que poner los pies sobre esta tierra: Andrés Escobar, el jugador más limpio de “la familia del fútbol”, no habría sido acribillado si no hubiera hecho ese autogol.

El fútbol colombiano tendría que haberse terminado aquella vez. Pero el negocio siguió adelante como un cuerpo sin alma. Y, año por año, nos fue transformando en zombis que hacen la ola.

Y aquí estamos. Hablamos de “los tiempos en los que los carteles de la droga dominaban el fútbol” como hablamos de “la época de la violencia”: como si en verdad estuvieran en el pasado. Y, como nuestros dirigentes suelen distraernos con palabras como “intervenir” o “reestructurar”, hemos sido sordos a las declaraciones del nuevo gobierno sobre “las manzanas podridas en los clubes”. Quizás sea el momento, sin embargo, de recobrar la esperanza: el proyecto de ley que invita a los equipos a convertirse en sociedades anónimas sometidas a las vigilancias estatales y las firmes investigaciones de las autoridades parecen pasos en la dirección correcta. El Presidente ha dicho, entre líneas, que no será necesaria una “cacería de brujas” si los equipos cumplen las reglas del juego: si le apuestan a la legalidad los que aún no lo han hecho.

Porque no fue el fútbol, sino el país entero, el que se quiso corromper. Y no lo corrompió una manada de villanos, sino una sociedad deshecha, que le entregó sus principios, sus instituciones y sus hijos a la plata del narcotráfico. Así que no es tiempo de hipocresías. Es tiempo, simplemente, de que el fútbol dé el ejemplo: si la familia del fútbol se le sale de las manos a la delincuencia, si como un efecto que se le rebela a su causa se sacude los valores perversos de las mafias, tendremos una prueba de que no estamos condenados ni a la farsa ni a la trampa. Las víctimas, por fin, no habrán sido en vano. Y entonces sí: que hagan la ola.

Respuesta a un chavista

Posted by Pocho On diciembre - 8 - 2010

Por: Andrés Hoyos

Fuente: El Espectador

Tuve la oportunidad de visitar Cuba en este 2010. Puede observar un modelo Politico-Economico verdaderamente desastroso. Lastima que nuestros vecinos venezolanos, van rumbo a un modelo similar. Pocho

ESTIMADO A., TRAS GUAPEAR CON SU sintaxis, su nula puntuación y su ortografía “creativa”, pude terminar de leer su mail. Colijo que no le gustó para nada “El desembarco”, la columna del mes pasado en la que yo les daba la bienvenida a Colombia a los venezolanos que Hugo Chávez saca a patadas de su país.

Cita usted a los cubanos “delincuentes” que llegaron a Miami a partir de los años sesenta, y creo que el ejemplo es útil. El exilio cubano es intransigente y se ha inclinado mucho a la derecha, pero también es cierto que sus miembros han tenido un gran éxito en los negocios, dan empleo a centenares de miles de personas y pagan cuantiosos impuestos en la Florida, no en Cuba. Cuando yo fui de visita a la isla, presencié una escena dramática. Estaba en Centro Habana (no confundir con la Habana vieja) y de repente se armó un avispero. ¿Qué pasaba? Pasaba que había llegado el pan a una panadería y que era preciso agarrar lo que se pudiera. La burocracia del PCC acepta ahora con cinismo que hace mucho está enterada de que el Estado es un total inepto a la hora de realizar actividades como hornear pan. Error macabro, sobre todo porque tiene cincuenta años.

Decía yo, y me sostengo, que la burguesía —venezolana, cubana o colombiana— no es buena en sí, sino que dadas unas reglas del juego claras y unos controles adecuados puede ser productiva y generar bienestar. En contraste, un Estado desbocado como el venezolano es una calamidad a la hora de hacer algo tan sencillo como importar y distribuir alimentos. La prueba fehaciente de ello es que se le pudren. No creo que sea culpa de los funcionarios específicos, así en un sistema hipertrofiado e improvisado como el venezolano haya cada avivato. Mi argumento es que el Estado no sabe realizar tareas como ésa y que el daño empeora si, además, decide vender por debajo de los costos, quebrando a cualquiera que quiera competir con él, sea el tendero de la esquina o el Grupo Polar.

A la gente le gustan las comparaciones, como si el mal del vecino arreglara la vida de los que viven al lado. Aun así, estoy seguro de que en Colombia hace mucho que no se ve un fenómeno como el de Walid Makled. Este personaje, que solía ser la niña de los ojos del régimen, cayó en desgracia por azar y ha venido describiendo con lujo de detalles una situación francamente increíble, estimado A., suficiente para meter a la cárcel a la mitad de la nomenclatura chavista. Un amigo que ha trabajado en Venezuela en tiempos recientes repite una descripción lapidaria de lo que allí sucede: “En Venezuela —dice— no hay corrupción, hay saqueo”. ¿Y por qué el saqueo? La razón es sencilla: porque nadie lo impide.

Lo peor de su mail, sin embargo, es el odio profundo desde el que está concebido. Me temo que usted en ello es apenas el eco de Hugo Chávez, quien pretende reinar durante décadas en su país por la vía de alimentar hasta el delirio la pugna entre hermanos. A los políticos hay que pedirles exactamente lo contrario: que busquen la manera de mancomunar los esfuerzos de un pueblo. Ya sé que esa no era la idea de Marx, pero este insigne autor de manifiestos y mamotretos fue en últimas un mero teórico. Nunca tuvo en cuenta lo que Catalina la Grande le decía a Diderot: “Hay una sola diferencia entre los dos. Usted escribe sobre papel; yo, pobre emperatriz, lo hago sobre piel humana”. Por si acaso, la piel humana en Venezuela la está pasando mal.

Sancocho de ácido

Posted by Pocho On diciembre - 7 - 2010

Por: Juan Gossaín

Fuente: El Tiempo

Titulo Original: Sancocho de ácido, carbón y mercurio…

El alcatraz que vuela entre mis sueños lleva en su enorme pico una quimera… (Walt Whitman, Hojas de hierba).

Una mañana de mayo pasado, los viejos madrugadores del pueblo de Marytown, perdido en las costas que bordean el sudeste de los Estados Unidos, se levantaron como todos los días a echarles unas migajas de pan a los pájaros marinos que merodean con mansedumbre por los patios y que se han ido convirtiendo en sus amigos.

Lo que vieron los dejó espantados: las gaviotas de cabeza negra, que son tan bellas, también tenían negro el plumaje. Del pico les goteaba una mancha babosa. No podían levantar el vuelo de la arena, con las patas hundidas en una masa de chapapote pastoso, como el asfalto cuando se derrite. Una de las gaviotas miró a la gente pidiendo ayuda.

Según cuentan los testigos, más allá de la playa, cerca del río, tres garzas morenas habían muerto con los ojos despepitados. El guiso espantoso que navegaba corriente abajo, matando todo lo que se le atravesara, era la mezcolanza de petróleo crudo de la empresa British, que cayó pocos días antes a las aguas del Golfo de México.

A esa misma hora los alcatraces de la bahía de Santa Marta, al norte de Colombia, desayunaban su ración cotidiana de buñuelos de carbón. El periodista Antonio José Caballero, grabadora en mano, esperaba en la playa el regreso de los pescadores que habían salido a trabajar temprano. Mientras aguardaba, la cámara de su teléfono celular retrató la pala enorme de un barco carbonero que arrojaba al mar el polvo negro que sobró en las bodegas.

A esa misma hora, en las playas legendarias de Juanchaco y Ladrilleros, cerca de Buenaventura, los lancheros de cabotaje que llevan carga y pasajeros por los pueblos que se arraciman en las orillas del Pacífico limpiaban sus motores preparándose para un nuevo día de trabajo. Como si fuera la cosa más natural del mundo, arrojaban al mar el contenido de unos tanques repletos de residuos de gasolina, queroseno y diésel. Un langostino magnífico, que medía un jeme, iniciaba el día tomándose su primera taza de combustible. Cuando vi la fotografía en El País de Cali me dieron ganas de echarme a llorar.

A esa misma hora, en la zona industrial de Cartagena de Indias, abierta sobre la bahía del Caribe resplandeciente, los trabajadores de una compañía empacadora se sentaron a desayunar en los comedores de su empresa. En ese momento volvieron a ver, como venía sucediendo en las mañanas más recientes, que una nata de tizne cubría la superficie del café con leche, y que una mermelada negra, tan semejante al betún de limpiar zapatos, se había pegado al pan y al queso blanco.

Entonces, no aguantaron más. Se levantaron todos, sin que nadie los hubiera convocado, y comenzaron a golpear los platos contra los mesones. La algarabía se oyó en media ciudad. Las autoridades ambientales ordenaron el cierre de un muelle vecino, que se dedica a cargar carbón a cielo raso, sin mayores precauciones ni cuidados, sin tubos cerrados ni conductores protegidos. Seis días después el muelle fue reabierto.

A esa misma hora, en la región acuática de La Mojana, que cubre un gigantesco territorio húmedo de los departamentos de Bolívar, Sucre y Antioquia, bajaban resoplando los ríos Cauca y san Jorge, que se desbordan en caños y ciénagas. El apóstol Ordóñez Sampayo, que se ha gastado la vida defendiendo de la contaminación a campesinos, cosechas y animales, apareció en la plaza de Guaranda con el dictamen médico en la mano: los doctores certificaban que los tres niños que nacieron deformes tenían mercurio en el sistema sanguíneo.

El terrible mal de Minata, como lo saben los japoneses, porque las empresas en cualquier parte del mundo, en Tokio o en Majagual, arrojan porquerías químicas a las corrientes, y primero se pudren las aguas, y después nacen degenerados los peces y los camarones, y después nacen sin ojos los niños cuyas madres, en aquellos caseríos extraviados de la mano de Dios, consumen esa agua y esos pescados.

En las cabeceras de ambos ríos, las compañías mineras, que buscan oro entre la tierra, hacen sus excavaciones con un sancocho de mercurio y ácidos. Arroyos y acequias se llevan el mazacote. Los bocachicos mueren con la boca abierta en los playones. Las espigas de arroz no volvieron a crecer.

En medio del desastre causado por las inundaciones, y como si fuera poco, las yucas harinosas de antes florecen ahora con un hongo químico a manera de cresta. El hambre campea entre los pocos ranchos que no se ha llevado el invierno. Las emanaciones de las lagunas huelen a lo mismo que huele un laboratorio de detergentes.

Hay que decir, también, que los empresarios mineros se defienden diciendo que Ordóñez Sampayo está loco. Claro que está loco: ningún hombre cuerdo expone su pellejo ni dedica su vida entera a defender a un ruiseñor, una mojarra, un plátano pintón, una mazorca de maíz o a una mujer embarazada que carga un fenómeno en el vientre.

Epílogo

Aquella mañana, cuando los pescadores de Santa Marta regresaron a la playa, el periodista Caballero los acompañó en su tarea de descamar y abrirles el buche a los escasos pescados que traían.

-¿Qué es eso? -preguntó, intrigado, al ver unas bolas negras en el estómago de un bagre.

-Carbón, amigo -le contestó uno de ellos, levantando el animal-. Pelotas de carbón. Eso es lo que comen ahora.

Caballero tomó más fotografías y se las llevó a algunos funcionarios de la industria carbonera.

-No se preocupe -le contestó el gerente-. Vamos a construir un nuevo muelle de última generación.

-No lo dudo -dijo el reportero, con una mueca de dolor que parecía sonrisa-. No lo dudo: será la última generación.

El día que Caballero me contó esa historia, y me enseñó sus fotografías, ya no sentí ganas de echarme a llorar, como la vez aquella del langostino bañado en combustible. Lo que sentí ahora fue rabia. Cuando ya no quede una sola hoja de acacia, cuando el último pulpo haya muerto atragantado con ácido sulfúrico y cuando nuestros nietos nazcan con un tumor de carbón endurecido en la barriga, entonces será demasiado tarde. Dispondremos de computadores infrarrojos de última generación, pero ya no habrá agua para beber; los celulares de rayos láser se podrán comprar en las boticas, pero el sol no volverá a salir; los niños encontrarán el algoritmo de 28 a la quinta potencia con solo cerrar los ojos, pero dentro de 20 años no sabrán de qué color era una golondrina.

Los invito a todos a ponerse de pie antes de que se marchite el último pétalo. Usen el arma prodigiosa del Internet para protestar. Hagan oír su voz. Que el correo electrónico de los colombianos sirva para algo más que mandar chistes y felicitaciones de cumpleaños. Porque, si seguimos así, el día menos pensado no quedará nadie que cumpla años. Ni quién envíe felicitaciones.

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