Por: Ricardo Silva Romero (www.ricardosilvaromero.com)
Fuente: El Tiempo
El fútbol colombiano, como el país, tendría que haberse acabado hace mucho tiempo. Y sin embargo está en pie. Ya va a terminarse, por este 2010, la decadente copa profesional que padecemos año tras año. Hemos vuelto a aferrarnos a nuestros equipos de la infancia porque no nos queda más. Hemos leído en alguna parte que asesinaron al revisor fiscal de la Federación, que los paramilitares extraditados han explicado a las autoridades de los Estados Unidos cómo usaron nuestros torneos para lavar dinero, que tal club o tal otro le pertenece a algún empresario con alias, pero hemos pasado las páginas de largo.
Miren a esos pobres hinchas de 15 años que ahorran para ir a los estadios a ver partidos de tercera: no vale la pena morir ni hacer la ola por un espectáculo con una tras escena tan sórdida, pero ellos lo hacen, mueren y hacen la ola por clubes a los que jamás han visto ganar nada, porque eso es lo único que hay.
Ese fútbol triste jugado por hombres que se desmayan de hambre en los entrenamientos, que a duras penas saben leer y que reclaman que por lo menos les paguen alguna de las últimas quincenas que les deben, es el fútbol que tenemos.
Fue en 1975 cuando los dueños de los equipos decidieron pedirles a los narcos, con la excusa de la crisis económica y a cambio de una silla en el comedor de la clase dirigente, que se convirtieran en sus socios. Entonces empezó nuestra historia reciente. El 16 de diciembre de 1983, dos meses después de pronunciar la frase “la mafia se apoderó del fútbol”, el ministro Rodrigo Lara fue asesinado.
Seis años más tarde, ante la avalancha de amenazas, escándalos y crímenes, el Gobierno suspendió el torneo días antes de que tuviera un campeón. Por cuenta de aquella extraordinaria selección dirigida por Francisco Maturana pudimos fingir por un tiempo que no pasaba nada malo, pero el 2 de julio de 1994 tuvimos que poner los pies sobre esta tierra: Andrés Escobar, el jugador más limpio de “la familia del fútbol”, no habría sido acribillado si no hubiera hecho ese autogol.
El fútbol colombiano tendría que haberse terminado aquella vez. Pero el negocio siguió adelante como un cuerpo sin alma. Y, año por año, nos fue transformando en zombis que hacen la ola.
Y aquí estamos. Hablamos de “los tiempos en los que los carteles de la droga dominaban el fútbol” como hablamos de “la época de la violencia”: como si en verdad estuvieran en el pasado. Y, como nuestros dirigentes suelen distraernos con palabras como “intervenir” o “reestructurar”, hemos sido sordos a las declaraciones del nuevo gobierno sobre “las manzanas podridas en los clubes”. Quizás sea el momento, sin embargo, de recobrar la esperanza: el proyecto de ley que invita a los equipos a convertirse en sociedades anónimas sometidas a las vigilancias estatales y las firmes investigaciones de las autoridades parecen pasos en la dirección correcta. El Presidente ha dicho, entre líneas, que no será necesaria una “cacería de brujas” si los equipos cumplen las reglas del juego: si le apuestan a la legalidad los que aún no lo han hecho.
Porque no fue el fútbol, sino el país entero, el que se quiso corromper. Y no lo corrompió una manada de villanos, sino una sociedad deshecha, que le entregó sus principios, sus instituciones y sus hijos a la plata del narcotráfico. Así que no es tiempo de hipocresías. Es tiempo, simplemente, de que el fútbol dé el ejemplo: si la familia del fútbol se le sale de las manos a la delincuencia, si como un efecto que se le rebela a su causa se sacude los valores perversos de las mafias, tendremos una prueba de que no estamos condenados ni a la farsa ni a la trampa. Las víctimas, por fin, no habrán sido en vano. Y entonces sí: que hagan la ola.


