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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

José Saramago

Posted by Carlos Prieto On junio - 18 - 2010

Por: El Tiempo

Sin lugar a dudas, uno de mis preferidos. Les dejo estas frases celebres del Dr. Saramago, para que las disfruten. Pocho

“La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.”

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.”

“Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.”

“No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.”

“¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?”

“No te pido que me lo cuentes todo, tienes derecho a guardar tus secretos, con una única e irrenunciable excepción, aquellos de los que dependa tu vida, tu futuro, tu felicidad, ésos quiero saberlos, tengo derecho, y tú no me lo puedes negar.”

“Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada.”

Saramago, el escritor portugués que acaba de morir en España a los 87 años, fue en su vida y en su oficio un explorador de la ética, de la conducta social, de los efectos opresivos que ejerce el poder sobre el hombre. Alumno mediocre y niño melancólico de origen campesino, podía haber desarrollado su vida entre vacas y sementeras. Sin embargo, se topó con la literatura gracias a la biblioteca pública de su pueblo (no había libros en su casa) y acabó escribiendo una de las obras más poderosas, densas y atractivas del último medio siglo.

Saramago era un escritor atípico. Nunca sintió que lo traspasaba la llamarada de la palabra, ni abrazó la pasión de escribir, ni consideró que este oficio fuera más importante, ni más inspirado, ni más útil que fabricar muebles o criar gallinas. Allí radicaba su escala de valores: no en las elevadas esferas del creador literario, sino en los llanos deberes cotidianos del trabajador. Era un hombre que aceptaba su destino y procuraba cumplirlo lo mejor posible. Se definía como un obrero en la tarea de atar palabras, pero simplemente porque la vida le había dado habilidades para ello y no porque lo ungiera un halo especial. De hecho, entre 1944 y 1966 no publicó una sola línea. Tampoco creía en la literatura como compromiso, ni en el poder transformador que ella puede tener en la sociedad. Por el contrario, afirmaba que son los procesos sociales los que influyen en el arte.

Muchas de estas ideas, que aparecen desarrolladas en sus 17 novelas y cinco obras de teatro, corresponden al perfil de quien fue miembro del Partido Comunista y no dejó de serlo cuando, al caer la dictadura de Oliveira Salazar, tal militancia perdió en parte su razón de ser. Ni cuando el desplome del socialismo real desnudó un sistema de injusticia que chocaba con su ética. Fue un demócrata convencido y dijo siempre lo que sintió que debía decir. Su libro Ensayo sobre la lucidez, donde un pueblo vota mayoritariamente en blanco, alaba el poder revolucionario de la verdadera democracia.

El primero en pedir el Nobel para el portugués fue García Márquez, cuya obra es la antítesis de la de Saramago. El premio se le concedió en 1998 a modo de exaltación del pensamiento crítico contra los ciegos de la razón y del hombre libre contra los sistemas que lo aplastan. Ahora, al cabo de una vida larga y lúcida, Saramago recibe la visita de aquel espectro que describió en Ensayo sobre la ceguera: “Un fantasma con la mano tendida para llevarlo al mundo terrible de los muertos”. Pero solo podrá hacerlo con sus restos mortales. Sus bienes literarios seguirán siempre entre nosotros.

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