Es un pasaporte de competencia, indispensable para profesores, profesionales universitarios y estudiantes, pero necesaria para todos, puesto que atestigua que el que escribe es una persona cultivada.

La ortografía es, por supuesto, una convención. Los hispanohablantes acordamos escribir de acuerdo con determinadas normas, que no son inherentes al idioma, que no vienen junto con la lengua hablada, que es la primera y esencial.
Sin embargo, debemos tomar en cuenta de que tenemos el privilegio de expresarnos en una lengua que es hablada en más de veinte países, con las ventajas que esto supone para el comercio, las artes y el intercambio cultural en general, sin olvidar que una normativa común es esencial para mantener la unidad lingüística en medio de la rica diversidad que aportan las variedades locales.
A comienzos del siglo XVIII, el español era un verdadero caos: cada autor empleaba su propia ortografía y se temía el peligro de que ocurriera en España una escisión lingüística. Esa era la situación imperante cuando el rey Felipe V autorizó la creación de la Real Academia Española, que celebró su primera reunión en 1713 en Madrid y que, veinticinco años más tarde, en 1738, publicó el último tomo de la primera edición del Diccionario de la Academia. A partir de entonces, la ortografía española fue una sola, con diversas actualizaciones hasta nuestros días, y su buen uso se constituyó en una carta de presentación para quienes son capaces de aplicarlo.
RICARDO SOCA
Periodista y etimólogo uruguayo
Tomado de El Tiempo
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