En 2025 Dos terceras partes de la población vivirán en Asia, y Europa tendrá sólo el 6,5% del total de los habitantes.

Las ciudades en países en desarrollo representarán el 95% del crecimiento urbano y allí vivirán 4.000 millones de personas que serán la mitad de quienes habiten el globo. La población que vive en tugurios se doblará en los próximos 15 años para alcanzar más de 1.500 millones de personas. En 2050 el 80% de la población urbana habitará en el sur del planeta.
La tríada EE.UU.-Europa-Japón pasará a la historia y antes de 2025 China se habrá convertido en la segunda potencia económica mundial e India en la sexta delante de Italia, casi al nivel de Francia. La demanda mundial de energía se habrá incrementado en un 50% en relación con 2005 y más de 3.000 millones de seres humanos no tendrán acceso a agua limpia. Y si la desnutrición hoy afecta a 2.000 millones de personas, esa cifra habrá aumentado en 2025.
Todo esto lo ha señalado un reciente informe de la Comisión Europea que concluye que se agudizarán tanto las tensiones entre los métodos de producción y consumo y la disponibilidad de recursos no renovables, como las paradojas de sociedades espacialmente próximas pero culturalmente distantes. Un nuevo modelo socioecológico de desarrollo deberá ser la respuesta a estos retos ambientales y demográficos. Y esa es una respuesta política ojalá basada en buenas y no malas políticas públicas que habrá que diseñar en los próximos lustros.
La nueva situación geopolítica delineada ya por el G20 precipitará cambios drásticos en la institucionalidad de las relaciones internacionales. Un sistema nuevo de gobernabilidad mundial verá seguramente el nacimiento de entidades políticas globales con mandatos legales en un mundo económico diferente. Como lo han previsto algunos, en el futuro van a coexistir y competir diversos tipos de capitalismo, entre ellos, un capitalismo de Estado propio de países productores de petróleo compatible con versiones heterodoxas de totalitarismo.
Los desafíos serán mayores para la democracia porque nunca se había visto tanta disociación entre la libertad económica y la libertad política. El capitalismo ha echado raíces en sistemas autoritarios y para los neoconservadores las libertades públicas son asuntos menores si se trata de salvaguardar por ejemplo la seguridad del Estado. Pero la reinvención del Estado tampoco podrá cargarse el Estado de Derecho como se le achacó a la euforia neoliberal. Y pese a que los extremos se tocan, el chivo expiatorio de neoliberales, neocons y autoritarios no debe ser la democracia.
La supervivencia de la globalización, como lo ha precisado Nicolas Baverez en su último libro (Après le déluge, 2009), va a depender de dos revoluciones en las próximas décadas: una política que lleve a un modelo eficaz de gobernabilidad mundial y una económica que adopte un nuevo modelo socioecológico de desarrollo. Pero mientras unos se dedican a anticipar el futuro para enfrentarlo con ideas y herramientas políticas distintas e idóneas, otros siguen anclados en el pasado hibernando dentro de la veneración del statu quo. Sin duda, la mejor celebración de los 200 años de nuestra Independencia sería detenernos a avizorar qué nos traerán al menos los próximos 20.
Tomado de El Espectador
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