Por: Esther Balac
Fuente: El Tiempo
“Para las mujeres el mejor afrodisiaco son las palabras, el punto g está en los oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo.” Isabel Allende
Empiezo por decir que es absolutamente falso que ellas tengan menos ganas de irse a la cama que los hombres.
Si bien es cierto que los señores serían capaces de abalanzarse sobre una mujer en la primera cita, incluso en la mesa de un restaurante, con solo imaginar lo que hay después de una rodilla al aire o en lo más profundo de un escote, no quiere decir que ellos sean más ganosos. Nada de eso. Lo que pasa, simple y llanamente, es que sentimos distinto.
No quiero meterme en problemas con nadie, pero ojalá todos entendieran que el deseo femenino toma un desvío que deja fuera del camino a los ojos y cruza justo por el centro del oído. Mejor dicho, a todas se nos alborotan las hormonas y las ganas con lo que escuchamos, con las palabras dichas por quien tiene que decirlas, en el momento justo.
Aquello de que todo entra por los ojos se desvanece en el terreno de lo erótico femenino. Un hombre es capaz de arrastrarse, de abdicar a un trono y hasta de convertirse en codeudor por un nalgatorio redondeado y firme o por unos senos turgentes, así sean trazados con compás y armados con relleno fluido.
Una mujer, en cambio, necesita más que eso: si Cristiano Ronaldo se quita la ropa delante de ella, pero permanece silencioso y estático, cual guardia suizo, hay más probabilidades de que lo invite a tomarse un café, así sea en pelota, que a meterse bajo sus sábanas.
Claro que las hormonas contribuyen, en buena medida, en la puesta a punto de caramelo, y que su ausencia puede hacer que resulte más estimulante una sesión frente a la lavadora que sobre la cama, pero sería tonto desconocer que el deseo sexual femenino también va de la mano de la tranquilidad emocional, del sentirse queridas y respetadas, del gusto que se siente por el otro y de un entorno grato.
Preguntarán entonces con quiénes se acuestan los hombres en sus primeras citas. Obvio que no es con muñecas de hule sino con mujeres de carne y hueso. Lo reconozco. Sin embargo puedo decir con certeza que muchas de ellas no lo hacen ni enamoradas ni con el deseo alborotado. ¡No se hagan ilusiones, señores!
El deseo sexual femenino está alojado en el cerebro y depende de muchos factores. Para la muestra está el reciente cuento de magos de la farmacología que dicen haber hallado el ‘viagra’ femenino; se trata de un estimulante del deseo sexual que primero se ensayó como antidepresivo. Dicen que aquella que se tome una dosis diaria es capaz de ver sexy al propio míster Bean. ¡Qué horror! Qué pereza que pretendan vendernos siempre la felicidad en pastillas.
Lo que no dicen es que los efectos de la tal píldora apenas son un poco mejores que los de una pastilla de harina. Eso no ha sido obstáculo para que la vendan como el remedio contra la frigidez. ¡Al diablo!
Más que medicamentos lo que necesitamos es buenos polvos. En otras palabras, hombres capaces de hablarnos seductoramente en la oreja antes de mandar la mano, de escucharnos antes de botársenos encima y de esperarnos cuanto sea necesario. Mejor dicho, hombres de verdad capaces de dar eso que no se puede concentrar en un frasquito. Hasta luego.
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