“La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?” Sigmund Freud

"¿Existe el Infierno? ¿Existe Dios? ¿Resucitaremos después de la muerte? Ah, no olvidemos lo más importante: ¿Habrá mujeres allí?" Woody Allen
Por donde se les mire, las mujeres son superiores a nosotros.
En las compras, por ejemplo, el hombre es pragmático. Ellas compran de todo: platos para colgar en las paredes, “vestidos” para la licuadora, libros de arte para la mesa de centro, “caminos” para la del comedor, popurrís para los baños, sobrecortina para las cortinas, estuche para los estuches… Aman lo inútil, es decir, el arte.
Si de los avaros hombres dependiera, las casas serían de una austeridad monacal, los rituales perderían su boato, desaparecerían los mil y un oficios relacionados con la moda y la decoración, el comercio perdería muchos de sus renglones más dinámicos y el mundo luz y color. Los vitrales, los jardines, la lencería, la música, los perfumes y la poesía, lo bello y lo superfluo existen por la mujer, para la mujer.
El lenguaje es femenino. No hablo, claro, del lenguaje de la ciencia: plano, lacónico, masculino, sino del lenguaje de cada día, el del bar y el del costurero, el de la calle y el del convento: lenguas facundas, hiperbólicas, digresivas, redundantes, picantes, sesgadas, cadenciosas y dicharacheras, como ellas.
Si quiere ver, caro lector, cómo se despacha un retrato en dos brochazos, pídale a un hombre la descripción de la señora Z: “Es fea pero tiene buen trasero”. Listo. Pídale lo mismo a una mujer y prepárese a escuchar una relación minuciosa del vestido, el cuerpo, el rostro, la risa, la voz, la personalidad y la historia pública y privada de la señora Z… pero no, mejor no se lo pida; las historias de las mujeres son infinitas y los hombres no tenemos tiempo, ¡ni siquiera eso tenemos!
Las mujeres son criaturas sociales (por eso parecen más numerosas que los hombres). En el fondo de toda mujer siempre hay una chiquilla que vibra con los paseos, las fiestas, los trajes, los aderezos, las cenas, el baile. El hombre es asocial hasta la grosería. Sólo nos atraen las reuniones privadas con unos pocos amigos (o con ‘viejas’ frívolas y suculentas, ¡gas!). Si no es así, preferimos quedarnos en casa trabajando o viendo televisión.
En el sexo también tenemos mucho que aprenderles. Nosotros somos brutalmente genitales. Rudos. Precipitados. Para la mujer el amor es primero un juego de fintas y reticencias, y luego sí el ritual de las luces tenues, los bálsamos, los aceites, los masajes, la invención —poro a poro— de otra caricia, la detención del tiempo, la comunión de los cuerpos.
También nos enseñan —y también en vano— el arte de cultivar la relación de pareja. Para la mujer, tener éxito en el amor significa construir una relación duradera, ojalá eterna. Para los hombres, el éxito es algo que medimos por el número de nuestras conquistas amorosas.
Nos quedaba el desquite de no sé qué superioridad mental sustentada en la fisiología del cerebro, pero las investigaciones neurológicas nos están negando incluso este consuelo. Se ha descubierto que la resistencia eléctrica del cuerpo calloso que separa los dos hemisferios cerebrales es menor en la mujer que en el hombre, hecho que le permite a ella una mejor conexión interhemisférica en sus procesos mentales. Esto explica por qué los hombres sólo podemos hacer una cosa a la vez, mientras que ellas pueden ver televisión, conversar, pintarse las uñas de los pies y echarle ojo al niño, todo al tiempo.
Celosa de tanta perfección, la Naturaleza las ha hecho vulnerables. Como son una suerte de encarnación del Todo, las acosa el fantasma de la Nada. A la mujer le angustia el vacío, por eso llena con objetos cualquier espacio libre; odia el silencio, por eso habla hasta por los codos o pone música; y la aterra la soledad, por eso soporta más allá del límite a ese ser jarto y prepotente, el hombre.
Tomado de El Espectador
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