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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Archive for noviembre, 2009

Cerrando Círculos

Posted by Carlos Prieto On noviembre - 30 - 2009
Por: Paulo Coelho
Enviado por: Luz Irene Ramirez
Fuente: SlideShare
Aunque no soy seguidor de Mr. Coelho, admito que es excelente este mensaje. Muchos conocidos y amigos pasan años en rutinas que no los conducen a ningún lado. Siguen siendo los mismos, con sus mismos vicios, con sus mismas expectativas…con sus mismos sueños. No se ve una evolución de fondo, sino de forma -sus arrugas-. Debemos dejar atrás nuestro pasado, aprender de las equivocaciones y aciertos que tuvimos; potencializar toda esa experiencia, para enfrentarnos a este duro presente y poder así… pretender un mejor futuro. Carlos Prieto

Los vampiros de Henry James

Posted by Carlos Prieto On noviembre - 30 - 2009

Por: Tomas Eloy Martínez

Fuente: El Espectador

345. Twilight

El éxito desmesurado de Twlight (“Crepúsculo”), primer volumen de la saga todavía inconclusa de Stephenie Meyer, ha resucitado el mito del vampiro, que alude al afán de inmortalidad de los seres humanos y a la búsqueda de respuestas en el más allá de los problemas que no se han podido resolver en el acá de la vida.

Las cuatro novelas que Meyer dio a conocer hasta ahora, han abierto las compuertas a un torrente de continuadores del conde Drácula. La mayoría introduce pocas variantes en las ya clásicas historias de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, que iniciaron el género en la Inglaterra victoriana.

Es una lástima que esa generosa moda haya olvidado a Henry James, cuyos vampiros no beben la sangre de los seres humanos ni salen de sus tumbas cuando cae la noche. Son más sutiles e inteligentes: No les interesa la inmortalidad, sino el dominio absoluto del ser amado.

Entre 1881 y 1904, Henry James publicó una docena de novelas que llevaron el género a su estado de perfección y lo prepararon para las transformaciones del siglo XX. Ya es un lugar común afirmar que James es una de las piedras fundamentales de la narración moderna, junto con Marcel Proust, Franz Kafka y James Joyce. Se ha ponderado la precisión algebraica de sus intrigas, el hábil desarrollo de las anécdotas laterales y la elección de un punto de vista dominante para ordenar todas las jerarquías del relato.

Pero quizá el aporte central de James a la novela sea la creación de realidades que están siempre en duda. Todo lo que sucede podría ser de una manera o de otra. El lector, así, tiene que decidir cuál es el verdadero lugar de cada cosa y cuándo los sentimientos se desvían de su cauce y se vuelven nada.

Cierta incomodidad lo aquejaba al narrar la vida sexual de sus personajes. El vampirismo fue uno de los procedimientos oblicuos que le permitieron hacer pie en el tema. En Washington Square (1881), el vampiro Morris Towsend es ahuyentado, un paso antes de apoderarse de su presa, por las intrigas de Lavinia Penniman, tía de Catherine Sloper, la víctima. Cuando Catherine trata de recuperarse, la decepción y los años la han marchitado, y Morris, mientras tanto, ha perdido por completo sus habilidades de seducción.

En The Turn of the Screw (“Otra vuelta de tuerca”), 1898 , la posesión de los niños por los espíritus del Mal —el fantasma de los criados— asume una forma que parece sexual; en The Ambassadors (“Los embajadores”), 1903 , una mujer inteligente y de buen gusto se vale del sexo para transmitir esas cualidades a su amante vulgar.

Pero la apoteosis del vampirismo es The Sacred Fount (“La fuente sagrada”), 1901, una novela breve que los contemporáneos de James pasaron por alto porque la consideraban sólo un juego de espejos en los que no se reflejaba la realidad. Quizá no sea casual que The Sacred Fount haya sido escrita en una habitación privada del Reform Club, desde la cual James pudo observar los funerales de la reina Victoria. Toda una época llegaba a su fin.

James no describe ni da el nombre del narrador de su novela. Lo presenta de manera difusa cuando toma el tren a Newmarch en la estación de Paddington. Ha sido invitado a Newmarch a pasar el fin de semana. En su mismo vagón viaja Gilbert Long, a quien el narrador ha visto siempre como un idiota fatuo, y también la señora Brissenden, que ha ganado en belleza y juventud desde la última vez que se cruzó con ella. Al narrador lo confunde esa transformación. ¿Cómo es posible que la Sra. Brissenden, una mujer tan gris y poco atractiva, se haya embellecido en plena madurez? ¿Cómo puede haber alcanzado una segunda juventud?

Por la conversación entre Long y el narrador, el lector se entera de que ella se ha casado con un hombre mucho más joven. Tiene más de 40 años, pero parece de 25. A su vez Long, que ha sido un “Adonis vulgar y antipático”, no sólo se ha vuelto cordial, sino que también muestra signos de agudeza e inteligencia. Cuando los personajes llegan a destino, el tema central del libro ya ha sido desplegado por completo. La Sra. Brissenden parece haber drenado la lozanía de su marido al volverse más joven y más hermosa.

Pronto el narrador pone su atención en otra mujer, May Server, quien podría ser la fuente de la juventud mental de Long. Éste ha pintado su retrato cuando ella era una mujer de gran belleza y paz; ahora coquetea incansablemente con todos los hombres de la fiesta, en un esfuerzo patético por encontrar los despojos de esa belleza en la mirada de los otros.

De las ambigüedades de Henry James es posible deducir no sólo una estética, sino también una metafísica. Todo lector familiarizado con The Turn of the Screw, Daisy Miller (1879), The Portrait of a Lady (“Retrato de una dama”), 1881, y Washington Square —sus obras más difundidas— sabe que ninguna de ellas tiene un solo sentido y que sólo en la ambigüedad encuentran su razón de ser.

De la misma manera, la idea de inmortalidad que inquieta a James alude a la inmortalidad de la conciencia. Para un espíritu tan poco religioso como el suyo, la muerte es “conclusión y extinción bienvenida” o bien, por el contrario, es “renovación del interés y del deseo”.

Por su complejidad y la delicadeza de su ejecución, la obra de James tiene pocos herederos. Hace tres décadas, alguna crítica inglesa supuso que The Sleepwalkers (“Los sonámbulos” – Die Schlafwandler), 1932, del austriaco Hermann Broch, podía ser un derivado del último James.

Más próximos a su espíritu están ciertos latinoamericanos taciturnos como el autor argentino José Bianco, el escritor mexicano Sergio Pitol y el argentino Adolfo Bioy Casares, escritor de Moscas y arañas.

La grandeza de James está hecha de omisiones y de inexistencias, y lo no dicho enriquece sus ficciones más que lo dicho. En épocas tan poco propicias para las elipsis como las que le sucedieron, el ejercicio de un arte como el suyo parece poco posible.

James condujo la novela a uno de sus límites, agotó ese límite mediante una incesante exploración y saltó al otro lado. Para seguirlo en la aventura habría sido preciso tener su genio, vivir su vida, escribir por segunda vez sus ficciones.

Tomas Eloy Martínez: Novelista y periodista argentino.

Tal vez el diablo

Posted by Carlos Prieto On noviembre - 30 - 2009

Por: Héctor Abad Faciolince

Fuente: El Espectador

343. Thomas Midgley“Cuán terrible es lo que los científicos guardan en sus portafolios.” Nikita Krushov

El tipo se presenta como un señor respetable de saco y corbata —un empresario— que tiene un trabajo importante en la industria química. Aclamado por sus colegas, ganador de premios y medallas, fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias, pero quizá nadie en la historia del mundo le ha hecho tanto daño al planeta Tierra como él. Su nombre es anodino y pocos lo conocen: Thomas Midgley.

Supe de él por un libro extraordinario: Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Quien quiera entender la historia y el precario equilibrio de nuestro planeta, sus riesgos, sus maravillas, sus misterios, debería leer este libro, claro y ameno, que tiene incluso una versión para niños.

A Midgley se le deben dos de los inventos más dañinos del siglo 20: el aditivo de plomo para la gasolina (ethyl o plomo tetraetílico) y los clorofluorocarbonos (CFC o freón), los grandes culpables de la aniquilación del ozono atmosférico. Como dice Bryson, “una sola molécula de CFC es aproximadamente diez mil veces más eficaz intensificando el efecto invernadero que una molécula de dióxido de carbono… y el dióxido de carbono no es manco que digamos en lo del efecto invernadero. En fin, los CFC pueden acabar siendo el peor invento del siglo XX”.

Los líderes del mundo se reúnen la semana próxima en Copenhague, para tratar de llegar a un acuerdo sobre las emisiones de dióxido de carbono y así mitigar sus efectos sobre el calentamiento global. Pero quizá esta reunión ni siquiera habría sido necesaria de no haber sido por los inventos de Midgley, quizá la persona que más daño le ha hecho a la atmósfera terrestre desde aquella catástrofe del meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios.

Podrá pensarse que este diablo no era un demonio deliberado, sino un pobre inventor que no era consciente del desastre que sus inventos desencadenaban. No es así. A este “químico catastrófico” muchos de sus colegas científicos le escribieron para advertirle sobre los efectos letales que podía tener el plomo en los organismos vivientes. Cuando la General Motors, la Du Pont y la Standard Oil empezaron a producir en gran escala este aditivo para la gasolina, los obreros de sus fábricas tuvieron síntomas de enfermedades graves: saturnismo, desorientación, agresividad, ceguera, alucinaciones, fallas renales… El mismo Midgley se intoxicó con plomo, pero tanto él como los empresarios ocultaron estos efectos colaterales del aditivo que les estaba llenando los bolsillos de plata.

Ellos mismos pagaban las investigaciones sobre los efectos del plomo inhalado, pero no daban a conocer los resultados. Mientras en Europa se llegaba a la conclusión de que incluso una de las causas de la decadencia del Imperio Romano había sido el plomo (que los patricios consumían con el vino), pues se sospecha que en buena medida enloqueció a los gobernantes, Midgley organizaba ruedas de prensa en las que se lavaba las manos con Ethyl y aspiraba su dulce aroma para demostrar lo que sabía que era falso: su inocuidad para la salud.

El plomo que el aditivo de Midgley arrojó a la atmósfera lo seguimos respirando todavía hoy. Incluso hay teorías bastante serias que asocian el crecimiento de la delincuencia en las ciudades con la alta exposición al plomo. El plomo produce daños graves en el cerebro, que se manifiestan en mayor agresividad y menos cociente intelectual.

En cuanto a los efectos nefastos de su otro invento, los CFC, sobre la atmósfera y la capa de ozono, Midgley no alcanzó a vivir para enterarse de ellos. Como en una Némesis o venganza divina, lo último que hizo Midgley —al enfermarse de parálisis— fue inventar una máquina con cuerdas y poleas que, con un motor, le ayudaban a moverse. Pues bien, cuenta Bryson que en 1944 el inventor se enredó en las cuerdas y la máquina en marcha lo estranguló. Un poco tarde para el mundo; el daño ya estaba hecho. Del daño se hablará en Copenhague la próxima semana.

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