
Como reacción a la reciente crisis financiera y a los desmanes del libre mercado que postraron bancos y economías en varios países, muchos analistas insisten en que el mundo cambió para siempre. Que a partir de ahora la intervención estatal será más la regla que la excepción. Y que el neoliberalismo es cosa del pasado.
Dicen que habrá menos tolerancia con las finanzas creativas que engendraron arcanos derivados como las hipotecas subprime que detonaron la actual debacle. Que habrá más regulación, más aversión al riesgo y que los bancos volverán al negocio transparente de recibir el ahorro de la gente y hacer préstamos con él, como era en el pasado. Infortunadamente, se equivocan. La economía no va a cambiar. La gente no va a cambiar. Y dentro de diez o doce años tendremos otra recesión.
Resulta que las recesiones son endémicas. En los últimos ochenta años se han presentado ocho crisis mayores; desde la Gran Depresión de 1929-32, pasando por las de 1957, 1973-75, 1980-82, 1987, 1990-91, 2000-03, hasta la actual.
Las crisis son recurrentes porque nacen de la envidia y la codicia de la gente. La interacción social, la publicidad, el Internet y la televisión crean deseos de tener lo que otros tienen: una vivienda más grande y mejor ubicada, mejores electrodomésticos, ropa de moda, una mejor pareja (más costosa), un mejor automóvil, más altos títulos y diplomas, mejores colegios para los hijos, mejor salud y un sinfín de nuevos servicios y productos catalizados por la tecnología.
El punto importante es que estas necesidades socialmente creadas son ilimitadas; cuando un individuo finalmente alcanza un mayor nivel de ingreso, aparecen nuevas necesidades que le demandan aún mayor ingreso. El individuo promedio buscará conseguir más ingresos por todos los medios, los cuales pueden ser legales o ilegales. Dependiendo de sus convicciones morales y de la estructura de incentivos y legislación de la sociedad, puede optar por hacer cosas productivas como trabajar, innovar, encontrar o crear mercados, o improductivas como fomentar burbujas o pirámides, o robar.
Con cada crisis, es costumbre que las autoridades prometan reforzar la vigilancia y reformar el sistema regulatorio. Sin embargo, más temprano que tarde, la codicia y su ingenio abren huecos en la vigilancia estatal, iniciando un nuevo ciclo especulativo, porque la motivación privada no decae mientras el monitoreo estatal es laxo y decae rapidito.
Tanto así que The New York Times, en su edición del 6 de septiembre, denunció que ingeniosos banqueros ya comienzan a empaquetar seguros de vida de ancianos y enfermos terminales en bonos para vender a miles de inversionistas, tal como lo hicieron con las hipotecas subprime. La idea es empaquetar todo tipo de enfermedades para tener una mezcla bien balanceada y menos volátil, de manera que si se encuentra cura para alguna de ellas no se desplome el precio del bono.
Como el respaldo de estos bonos es la muerte, están menos sujetos a los vaivenes del mercado (lo cual es bueno), porque la tasa de mortalidad de la población tiene poca correlación con las oscilaciones de la economía.
En la práctica, los inversionistas les compran a los viejitos y enfermos terminales el beneficio de sus pólizas. La ganancia del negocio será igual al valor asegurado menos el costo de comprar el beneficio menos las primas anuales que el inversionista tendrá que asumir y seguir pagando. De manera que el inversionista elevará plegarias diarias por la pronta muerte del asegurado.
Esto no parece muy moral, pero es legal. Vuelve y juega el mercado. Así que no nos hagamos ilusiones, que la gente no aprende y nada va a cambiar.
Tomado de El Tiempo