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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

126.Cine

Hace unos días se celebró en Getxo, en la boca de la ría de Bilbao (España), la III edición de Cinegourland, un festival que trata de reunir en un solo evento dos artes tan placenteros como el cine y la cocina. Digamos, ya de entrada, que la conjunción, que podría parecer sencilla, no lo es tanto.

El cine está lleno de secuencias gastronómicas. En muchas películas los personajes comen y beben; hasta cocinan. Pero, dejando aparte los documentales, que a mi juicio son cine, claro que sí, pero menos, no abundan las películas que podamos etiquetar como gastronómicas.

De ahí las dificultades que cada año encuentra el entusiasta promotor del evento, el periodista, cinéfilo y gastrónomo Pepe Barrena; pero hay que decir que siempre completa un buen programa.

Volvamos al principio. A nadie se le ocurrirá negar el carácter gastronómico de la secuencia en la que Charlie Chaplin saborea con elegancia el cuero, los cordones y los clavos de una bota hervida; pero de ahí a decir que La quimera del oro es una película gastronómica… va un mundo.

Otro ejemplo: cuando se habla de este presunto subgénero, al que llamamos cine gastronómico, siempre sale alguien que menciona la película de Marco Ferreri La grande bouffe, que refleja justamente todo lo de no gastronómico que tiene el hecho de comer.

¿No hay, pues, películas gastronómicas? Pues… las va habiendo. Para mí, una de las mejores es la prácticamente descatalogada
Pero ¿quién mata a los grandes chefs?, de Ted Kotcheff, con una Jacqueline Bisset encantadora y un Robert Morley en el papel de su vida.

Es inevitable, también, la mención de El festín de Babette, de Gabriel Axel, en el que Stéphanie Audran borda su papel de gran cocinera exiliada.

Hay más: la hilarante American Cuisine, de Jean-Yves Pitoun; la entrañable Deliciosa Marta, de Sandra Nettelbeck; la enorme Como agua para chocolate, de Alfonso Arau sobre la novela del mismo título de su entonces esposa, Laura Esquivel; la trepidante Comer, beber, amar, de Ang Lee… y, cómo no, Ratatouille, pieza mágica del cine de animación dirigida por Brad Bird para Pixar.

Me gustan las películas que entran en la cocina, incluso las que entran como un elefante en una cacharrería y exageran la pintura del caos ordenado que es una cocina de un restaurante importante.

Barrena entiende que, además de ver algunas proyecciones cada año, es bueno que en su certamen se hable de cine y de gastronomía. Esta vez hubo ponencias, discusiones, películas, excursiones y demostraciones sobre los manteles, a cargo de los mejores cocineros de Vizcaya.

En cuanto al cine gastronómico, seguiremos esperando que, de vez en cuando, aparezca alguna obra maestra. No es un género sencillo, definitivamente. El cine y la gastronomía forman un maridaje complicado.

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