
Las sorpresas con los negros se multiplican. También por primera vez un abogado negro entraría a formar parte de la terna para magistrados del Consejo de Estado. Se trata de Inocencio Méndez, un administrativista, quien además fue el primer profesor negro titular en la Universidad de los Andes hace unos años, cuando Manuel José Cepeda era el decano de derecho. Inocencio, con unos cuantos títulos de posgrado en derecho administrativo, ha sido el cerebro jurídico del IDU en el enorme paquete licitatorio para la contratación de la fase tres de Transmilenio en Bogotá. Arrancó de bien abajo como todos los negros en Colombia. Creció en San Onofre, Sucre, donde ayudaba a completar el sustento familiar para poder asistir a las clases de las monjas franciscanas en el colegio Santa Clara, vendiendo agua cargada en burro por las calles de su pueblo. Aunque no padeció en carne propia la década de terror de los paramilitares de Diego Vecino y Rodrigo Cadena en Sucre, conoció de primera mano la persecución y el asesinato de familiares suyos, aquellos que decidieron no dejarse amedrentar ni acceder a abandonar forzosamente las parcelas, ante la presión paramilitar. Entre ellos, su prima Georgina Narváez, la maestra que fue asesina porque, como testigo electoral, se atrevió a denunciar el fraude que le permitió a Erick Morris, candidato del Álvaro García Romero, ser elegido gobernador en 1997. Abominable crimen que es pieza procesal del expediente del ex senador García Romero, para quien la Fiscalía pidió una condena de 60 años.
Son cada vez más los negros, que como Inocencio, empiezan a sacudirse su destino. Un sino de exclusión y humillación disfrazada de chistes y de bromas ofensivas como las consabidas “… negro tenía que ser”, “si no la hace a la entrada, la hace a la salida”, “un negro con corbata, se pierde el negro y se pierde la corbata”. Un destino limitado por décadas a tener que dedicarse a trabajos físicos y de servidumbre, las mujeres en las cocinas y el aseo y los hombres enfilados en los ejércitos legales e ilegales, poniendo los muertos.
Pero la vida tiene sus compensaciones. Los primeros en hacerle el esguince a la ruta de la opresión fue una generación de chocoanos que hace más de medio siglo tomó el camino de la pedagogía. Por esos azares de la vida, el Chocó, en medio del abandono, se convirtió en una cantera de maestros que como en una diáspora salieron a enseñar con paciencia, afecto y buena letra en las escuelas públicas del país. A esos apóstoles precisamente, hoy octogenarios y nonagenarios que sobreviven pobremente en las orillas del río Atrato, se les hará un merecido homenaje el miércoles entrante en Quibdó.
Les llegó pues la hora a los negros, con quienes existe no sólo en Colombia sino en el mundo, una deuda histórica mayúscula. Y Obama, claramente ha sido el encargado de abrir las exclusas.
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