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Sacerdotes, hijos y novias (By. Salud Hernández-Mora)

Posted by pocho On Mayo - 10 - 2009

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La Iglesia Católica es tajante. Quien quiera ser sacerdote tiene que vivir en celibato. Si un hombre es incapaz de seguir ese mandato, que se dedique a otra causa. Lo deshonesto es traicionar la palabra dada, engañar a la comunidad religiosa y a los fieles, llevar una doble vida en contra de los principios morales que en teoría amparan.

En pocas semanas estallaron dos escándalos sonados. El de Fernando Lugo, presidente del Paraguay y papá de una cantidad aún desconocida de niños, nacidos en sus tiempos de obispo. Y el de un respetado sacerdote de Miami, estrella del púlpito, la radio y la televisión.

El primero produce una honda decepción y vergüenza. Utilizó su condición de jerarca de la Iglesia para aprovecharse de una chica desamparada. En un hemisferio dominado por el machismo, donde el abuso de menores está a la orden del día, donde cientos de miles de adolescentes arruinan sus vidas por un embarazo temprano, es injustificable que un prelado, guía espiritual de su pueblo, saque ventaja de una jovencita y le haga un hijo para luego salir corriendo. Como es inaceptable que, no satisfecho con liarse con una menor, repita faena. De momento aparecieron dos señoras más que le reclaman la paternidad de sus retoños.

Al igual que otros católicos, recibí la llegada de Lugo al poder como una bocanada de aire fresco, pero traicionó sus convicciones, engañó a quienes confiaron en su verdad. Si fue capaz de abusar, de tapar, de reincidir, de hacer justo lo contrario a lo que predicaba cuando era obispo, ¿por qué pensar que no hará lo mismo ahora?

Y luego está el padre Alberto, fotografiado en una playa concurrida de Miami metiéndole mano a una muchacha, que resultó ser su novia. Alega que es un hombre más sometido a tentaciones, que el celibato habría que desterrarlo, y miles de voces se sumaron a la suya.

Olvidan que el celibato no es la cuestión en esos hechos, sino violar los votos que prometieron al consagrarse y el compromiso moral adquirido con sus comunidades. Ante los católicos de a pie no pueden reducir el asunto a señalar a la Iglesia como la culpable de sus farsas.

Nadie dice que deban amarrase a sus votos de abstinencia de por vida. Incontables hechos cotidianos en todos los ámbitos sociales indican que el género masculino es más presto a seguir sus instintos básicos de lo que sería deseable. Por ello, si se enamoran de una mujer, si se aburren del celibato, que lo acepten de frente y cuelguen los hábitos de inmediato. Esa actitud sería respetable. Pero que no mancillen la Iglesia con sus falacias ni apelen al argumento maniqueo de que son seres humanos imperfectos y eso les otorga el derecho a hacer lo que quieran.

Ser sacerdote no es para todo el mundo. En Colombia, la Iglesia Católica es ejemplar en infinidad de campos, pero no lo es tanto en cuestiones de curas y camas, ni en afrontar sus pecados con valentía y mano dura.

Como católica, apruebo el celibato. Quien no pueda respetar las reglas, que siga otra vocación. Y si un día hay menos curas, que dejen a las monjas oficiar misa. Lo que no tiene sentido es que a la Iglesia Católica le exijan siempre eliminar o descafeinar normas -ya de por sí somos el credo más laxo- para acomodarlas a nuestras crecientes debilidades mundanas.

Quienes defienden abolir el celibato como fórmula para evitar curas con novias, hijos, así como pederastas, ¿acaso pueden garantizar que el matrimonio arregla el problema? Porque muchos casados abusan de menores, son infieles, llevan vidas falsas.

Que no pretendan, pues, disfrazar de actitud intransigente de la Iglesia lo que no deja de ser una deslealtad con la verdad, la rectitud y la ética, de dos sacerdotes muy carismáticos, con gran poder de arrastrar masas y, por ello, más responsables de sus acciones. Quien no esté a la altura de un compromiso duro, difícil, que millones de feligreses jamás podrían ni querrían honrar, que se hagan a un lado.

Tomado de El Tiempo

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