Los hinchas del buen fútbol celebramos la estética y generosidad del Barcelona, su mensaje refrescante, la valentía de su estilo. Gritamos el heroico gol de Iniesta y nos alegró que arribara a la final europea del 27 de mayo. Molesta el cómo.
Chelsea, con armas limpias y una marcación ajustada, severa aunque reglamentaria, le encontró la vuelta para anularlo en los partidos semifinales. Y su arquero Czech casi no tuvo trabajo, ni en España ni en Inglaterra. Perspicaz como se ha mostrado en toda su carrera (por algo es un coleccionista de triunfos), Guus Hiddink le escalonó gente a las fuentes de alimentación de fútbol del Barza; Xavi, Iniesta y Messi. Y le cortó la luz eléctrica. Quedó a oscuras el cuadro azulgrana.
Lo que debió ser un triunfo poco romántico, pero claro del Chelsea, se transformó en empate por obra de los milagros del fútbol. Y esencialmente por el desastroso desempeño del árbitro noruego Tom Henning, quien ignoró, mínimo, tres penales favorables al equipo de Drogba. Pasó el Barza. Que ha hecho un magnífico torneo y merecía la final. Pero en cruces eliminatorios los méritos de cuartos de final no cuentan en la semifinal.
El mundo quedó perplejo ante el espectáculo que significa no concederle tres penales nítidos a un mismo equipo. “Si este juez vuelve a dirigir algo más importante que un Sub-13 habrá que hablar muy mal de la UEFA”, escribió el periodista Matt Dickinson, del The Times. La prensa británica reclama cinco penas máximas, incluyendo dos faltas a Drogba entrando al área. Y no negamos ninguna. No obstante preferimos centrarnos en tres: una mano enorme de Piqué que no puede considerarse casual; un brazo de Eto’o que vio venir el pelotazo y buscó cubrirse el rostro (¡este en el minuto 95…!) y un agarrón gigantesco de Dani Alves a Maloudá un metro dentro del área; el juez lo sancionó fuera.
La sensación de estupor, de vacío que deja un despojo arbitral es escalofriante. Y en esto no está envuelto el Barcelona. Incluso descreemos de las teorías conspirativas. Simplemente, el réferi noruego Tom Henning se equivocó mucho. O es malo.
No basta con hacerles pruebas físicas y ponerles auriculares a los jueces, tampoco con darles cursos ni enseñarles inglés. Todo eso está bien, pero no alcanza. Los réferis deberían ser sometidos a exámenes intelectuales y de fútbol, para saber si son despiertos y si conocen del juego. Si un individuo no puede divisar tres penales clarísimos en un mismo partido no está para una semifinal de Liga de Campeones, partido que vieron más de mil millones de personas. Por más estado físico que tenga.
Las reglas del juego son maravillosas, perfectas casi. Y el fútbol está hecho de tradición, un componente decisivo de su popularidad. Sin embargo, todo es susceptible de ser mejorado y corregido. En la era tecnológica, el fútbol se niega a subirse a la tecnología.
El rugby, un deporte en franco crecimiento popular y comercial, adoptó hace pocos años el utilísimo y revolucionario video ref. Es sencillo: un asistente del árbitro, dentro de una pequeña cabina al costado del campo, mira el juego a través de un televisor. Si advierte una situación anómala avisa al juez mediante un dispositivo que funciona como un vibrador y que el colegiado lleva en el brazo.
Se utiliza exclusivamente para situaciones de try (equivalente al gol), pues las montoneras son tan nutridas que a menudo no alcanza a distinguirse si un jugador efectivamente apoyó la pelota en el césped, o si lo hizo detrás de la raya. Un try mal concedido puede cambiar un resultado, inclusive en la mismísima final del mundo. “Es una fantástica ayuda, no hay que olvidar que uno está administrando justicia”, comentó el arbitro internacional de rugby argentino Pablo De Luca. “Igual -agregó-, el juez es quien tiene la última palabra”.
Como futboleros ortodoxos, al principio nos opusimos al novedoso sistema. Una vez que lo vimos nos pareció extraordinario. El juego no se para más de 45 segundos o un minuto (a veces en el fútbol se pierden tres o cuatro con un lesionado).
Sería magnífico aplicarlo al fútbol y que cada equipo tuviera el derecho de pedir dos video ref por partido, uno en cada tiempo. No desnaturaliza el juego, no le quita emoción ni continuidad, lo mejora. Tom Henning hubiera reconsiderado algunos de sus fallos erróneos.
El rugby escapó a las polémicas gracias a esta innovación. El tenis no disminuyó su atractivo por sumar la computadora para verificar si la pelota picó adentro o afuera. Las altas esferas del fútbol sostienen que “las polémicas forman parte del folclor del juego”. Es un pensamiento bastante fresco: la injusticia no es folclor, es injusticia.
Jorge Barraza
Para EL TIEMPO