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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Faltó la orquesta, baile hubo. Seis a dos y a domicilio es una tunda de esas que pasan dos por siglo. Sobre todo en un clásico entre gigantes.


Es, también, una palizota inolvidable de la humildad sobre la arrogancia, porque el Barsa nunca alardeó pese a su buen fútbol, a su estado de gracia. Y el Madrid no es justamente la modestia hecha club. Cacareaba hasta yendo 8 puntos abajo. El clisé de que “el Madrid debe ganar todo siempre” deberá archivarse hasta la temporada siguiente. Y ahora que se le escurrieron todos los torneos lidiará contra rumores y malhumores.

En Marca.com el 85% de los internautas madridistas eligieron este infrecuente 2-6 como “la peor derrota de la historia”. La única ventaja que otorga este superclásico atípico (el único que no enfrenta a dos clubes de la misma ciudad) es que pueden caminar tranquilos por Madrid a salvo de ironías barcelonistas. Claro que están los del Atlético, cebados por años de cargadas de parte de los merengues.

Es muchas cosas este sensacional 6-2 del Barcelona: paliza, demolición, escarmiento, baile, toqueteo, humillación, floreo, estropicio.

Pero, esencialmente, es el triunfo del fútbol razonado sobre el fútbol alocado. El Madrid no tiene transición entre defensa y ataque. Mata o muere, es todo vértigo. Y ante un rival sólidamente plantado, tan convencido de su estilo, el arrojo, la intrepidez, acaso la imprudencia se pagan con la derrota. Hasta con la vergüenza, como en este caso.  

También están sus increíbles fallos. En el gol de Puyol, el autor cruza 90 metros de área a área para ir a buscar el centro. Y luego cabecea sólo. Le faltó avisar por teléfono que subía. Aún así, nadie lo tomó.

Los ojos del mundo están posados en el triunvirato de punta: Henry-Eto’o-Messi. Han marcado 68 tantos entre los tres. Y son indiscutibles, letales. Pero el gran secreto del Barsa está en la media, en la dupla que ejerce la comandancia de toda esta fiesta de color y entusiasmo que representa el Barcelona: Xavi e Iniesta. Ellos aportan la partitura y dan la orden tácita de tocar y tocar hasta quebrar al adversario. Los nueve restantes acatan. 

Son los portadores de la idea del entrenador de monopolizar la posesión de la pelota. Y los encargados de plasmarla en el césped. Porque sistemas hay muchos, se necesitan intérpretes capaces de llevarlos a cabo. Todos quieren tener el balón, pocos pueden. Xavi e Iniesta enarbolan la bandera, a ellos se suma Messi en la endiablada triangulación, en el toque que enloquece y descontrola al rival y da seguridad al propio equipo. El tic tac que va desgastando y generando huecos que entonces sí aprovecharán los de punta.

Este triunfo nos importa a todos porque transmite un mensaje: el fútbol bien jugado es ganador. El que parte desde la cabeza y llega a los pies, no al revés. El concepto es antiquísimo: ejercer el control del juego a través de la tenencia. Rotar, desmarcarse y ofrecer opciones de descarga para reducir las posibilidades ofensivas del rival, alterar sus nervios (no hay mayor castigo en fútbol que no entrar en contacto con la bola) y, cuando se presenta la distracción, cambiar de ritmo y asestar el golpe.

 Messi está evolucionando extraordinariamente. Forma parte de ambas trinidades: la del medio, que toca y desequilibra, y la de arriba, que ejecuta. Convierte y asiste. Y ya no está únicamente recostado por derecha, como un insólito wing derecho zurdo. Se lo ve con mayor tránsito por todo el ancho del campo. A los 21 años, con su seriedad y profesionalismo, se puede esperar aún mucho más de él.

Seis jugadores de la selección campeona de Europa (Casillas, Sergio Ramos, Xavi, Iniesta, Puyol y Piqué), una decena de figuras internacionales (Henry, Eto’o, Cannavaro, Messi, Higuaín, Robben, Raúl, Dani Alves) compusieron un festival que ya entró en los anales del fútbol. Otra lectura: cuando hay solistas de tal calidad se pueden armar orquestas y festivales como estos.

Imagino al barcelonismo. Como hincha, uno pasa la vida esperando una tarde de estas. Y acaso no cree que finalmente se dé. Esto redime cincuenta años de angustias, desencanto y fidelidad. De lluvias y fríos, de broncas y amarguras. Sólo el fútbol puede proporcionar tanto éxtasis. El Barcelonismo siempre apoyó la sensibilidad artística del juego. Lo merece.

Jorge Barraza
Para EL TIEMPO

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