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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

Sexo y secuestro (By. Jorge Restrepo Potes)

Posted by pocho On marzo - 12 - 2009

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Ha pasado por mis ojos mucha literatura erótica, desde Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, y Decamerón, de Bocaccio, hasta El diario de una sirvienta, de Hernán Hoyos, cuyos libros hace 30 años se vendían como pan caliente –comparación exacta– en las esquinas de Cali, empujados los compradores por el bombo que le hacía Pardo Llada en sus columnas y en la radio. Y en cine he visto todo, desde las tórridas películas de Passolini y las orientales como El imperio de los sentidos, hasta El último tango en París y Garganta profunda, a cuya actriz, Linda Lovelace, se rindió justo homenaje en estos días. 

Nada me conmueve en ese campo. Pero estoy verdaderamente asombrado con la literatura del secuestro que ha inundado el país en el último año, cuando todo aquel -o aquella- que logra escapar de esa tragedia atroz, que es la pérdida de la libertad y de la propia dignidad, se siente con el derecho de contar su calvario. Hasta ahí, todo bien, como dice el ‘Pibe’ Valderrama. Pero no contentos con contar en que consistía la bazofia que recibían por comida o las terribles condiciones de los cambuches donde tenían que intentar dormir entre nubes de zancudos y escuchando los graznidos ominosos de las aves nocturnas y el silbido de las culebras, les ha dado por narrar, con pelos y señales, las intimidades que se permitían algunos secuestrados con algunas secuestradas. 

Pero ahí no para la vaina. Las señoras de los que salen a la libertad, también se sientan a escribir que sus parejas se dedicaron entre la manigua a maniobras ya no de alcoba sino de hamaca, por demás incómoda para esos ajetreos, digo yo, aunque cuentan que Simón Bolívar era un experto en el asunto, al vaivén del movimiento. 

Que mi marido era un santo varón hasta que cayó en las redes de su compañera de secuestro y entonces me cambió y llegó a pedir cuentas de la administración de los bienes sociales, informa la señora Lucy Artunduaga, esposa de Gechen, quien ya sacó libro. 

Porque, al parecer, lo que vende en las librerías y en los andenes es el tema del sexo en el secuestro. Ya nada importa la descripción del paisaje selvático ni la imponencia de los caudales hídricos ni los estudios forzados de la fauna y de la flora de las ‘montañas de Colombia’. Ahora todo eso hay que dejarlo de lado para informarnos al resto de compatriotas quién le arrastraba el ala a quién, quién dormía con quién, quién acezaba a mejor ritmo, en fin, una serie de acontecimientos que no tienen, a mi juicio, cabida en una descripción decente de la desventura vivida. 

Cuando conocí el relato escrito por los ‘contratistas’ gringos –vaya uno a saber de qué contrato se trataba–liberados en la Operación Jaque, sentí verdadera repulsión al ver la manera infame en que trataron a ciertas personas que con ellos padecieron el secuestro. No hay razón alguna para que esos caballeros hayan publicado episodios íntimos del cautiverio, que no aportan nada al relato y que sólo sirven para exacerbar el morbo de algunos lectores, ojalá pocos, pues no todos tenemos el espíritu dispuesto a meternos en esas áreas de la vida privada. 

Ignoro a quién puede interesarle el comportamiento sexual de Íngrid Betancourt y de otras personas secuestradas y si tuvieron o no sexo con compañeros de cambuche o si Clara Rojas tuvo el hijo con comandante o con guerrillero raso. Todo eso hay que dejarlo a la adolorida memoria de ellas y no arrojar cieno sobre sus familias.

Tomado de El País – Cali (12/03/2009)

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